¿Cómo hemos de describir el zeitgeist de los mal llamados millennials? Aquí se esboza una respuesta dialéctica en la que la apatía y el idealismo se tocan en la mentalidad de una generación que no ha conocido sino un mundo globalizado y que se debate entre el vacío adictivo de las redes sociales y una conciencia renovada de la urgencia de transformar al mundo.
En El mundo del ayer, su memoria del colapso del Imperio austrohúngaro, Stefan Zweig narra las sacudidas que vivieron él y sus contemporáneos. Captura, con la sensibilidad que lo caracteriza, la forma en que las generaciones se rebelan en contra de sus antecesoras; algunas con más rabia que otras. ¿Qué es de nuestra generación? Nosotros, los nacidos entre los años 90 y ahora, ¿tenemos alguna conciencia compartida que difiera radicalmente de aquella de la generación que nos precedió, esa de nuestros padres? ¿Existe alguna rebeldía común, o acaso existirá?
Claro está, no hemos vivido (hasta ahora) un cataclismo en la escala de la Primera o Segunda Guerra Mundial. Como bien sabemos, los jóvenes que vivieron y pelearon en estos conflictos adoptaron, de forma inevitable, una actitud de agudo rechazo a todo lo anterior; a todo lo concerniente al mundo “del orden” del siglo XIX. La generación de este gran cisma rehusó, y con razón, la confianza en las autoridades de todo tipo. Su insubordinación engendró nuevas olas, con el tiempo convertidas en cosmovisiones: la fe en el socialismo, el nacer del expresionismo, del surrealismo, del existencialismo; de todos los ismos reaccionarios, aquellos productos de un mundo vuelto a nacer, puesto que el viejo no era más que una sombra en crisis. Así, ¿será que nuestra generación tenga también un espíritu de cambio rebelde ante el orden que le precedió?
Se presiente de entrada un resquebrajamiento en la jerarquía de prioridades: nuestras preocupaciones han adquirido una dimensión global. Se percibe un tono compartido, producto probablemente de que poblamos un mundo más pequeño, encogido por las fuerzas de la globalización y del internet. La pobreza permanece como una preocupación prioritaria, pero nos atañe una noción de “pobreza global”; así también con la desigualdad y la violencia. Aunque no haya desaparecido, las aflicciones locales no son la marca de nuestra generación. La cuarta ola del feminismo, por ejemplo, es una embestida por la emancipación y la equidad de todas las mujeres. El movimiento no se limita, como lo hizo en sus cimientos, por el derecho al sufragio en un país u otro. Hoy es una batalla concertada en todo continente y con el mismo objetivo sin importar la jurisdicción. Su lucha no se entiende más que en su dimensión global.
Comparemos este ejemplo con la Primavera del 68 o con las protestas en contra de la guerra en Vietnam. En el primer caso, contingentes estudiantiles de todo el mundo se movilizaron en sincronía, pero cada uno atendió las dolencias de su propio país y limitó las quejas a sus fronteras. En el caso de Vietnam, a pesar de que aparecieran manifestaciones en contra de la guerra en distintas naciones, el coro de las multitudes exigía respuestas únicamente al gobierno de Lyndon B. Johnson. No se vivían, como sucede hoy con el cambio climático, movimientos sincronizados de gran escala que demandaran acción concertada a los “líderes del mundo”, sin importar su procedencia. Si bien la campaña por el desarme nuclear logra un alcance global desde los años cincuenta, su magnitud no adquiere la intensidad ni la generalización con las que hoy se encausan luchas como el cambio climático y el feminismo.
Esto no es sorpresa: el mundo ha cambiado y por consecuencia lo que exigimos del mismo también lo ha hecho. Un mundo globalizado hace que nuestra visión sea colectiva y que nuestra voluntad de cambio sea compartida. Así como las generaciones de las posguerras acusaron a sus padres de ingenuidad y debilidad por creer en sus autoridades, por aceptar dócilmente los estándares estéticos, por confiar en una axiología inmutable, y por tener fe en un mundo ordenado —en el rechazo de todo aquello dando pie a la posmodernidad—, ahora nosotros acusamos a los nuestros y a sus antecesores de miopía por limitar su voluntad de cambio al sentir local y nacional.

Ilustración: Ricardo Figueroa
De esta forma los jóvenes de hoy rechazamos, de forma generalizada aunque no total, las prioridades nacionales en pos de exigencias globales. Por supuesto que muchos jóvenes se alinean con el resurgimiento populista del nacionalismo, pero son éstos, y no los predicadores del mundo globalizado, quienes nadan a contracorriente del espíritu de su tiempo. Difícilmente existe un mejor ejemplo de ello que la sustentabilidad ecológica y la lucha en contra del calentamiento global como la nueva gran cruzada de los jóvenes políticamente activos. Greta Thunberg ha encarnado, más y mejor que nadie, el espíritu de su generación. El nuevo norte en la brújula de la juventud globalizada es la supervivencia del mundo; no la grandeza de su país sino la salud del orbe. Tampoco Malala se restringe a predicar el derecho a la educación de las niñas en Pakistán. Su discurso es uno de igual acceso al aprendizaje en cada rincón del tercer planeta del sistema solar.
Y resulta poco azaroso que los ejemplos paradigmáticos de esta nueva actitud generacional sean tan jóvenes; niñas convertidas en símbolos antes de siquiera terminar la preparatoria. No podía ser de otra forma. Las exigencias de carácter global exigen, a su vez, un idealismo inocente —no por ello una pizca menos valiente— que no podría ser expresado con voz genuina a menos de que provenga de alguien que, en efecto, respire un idealismo inocente y genuino. La cara de una niña o un niño con convicción resulta entonces el símbolo necesario de nuestra transformación generacional.
El peligro de las abstracciones como las que aquí plasmo, sin embargo, reside en encuadrar a toda una generación dentro de un concepto hermético, ignorando su complejidad. Por supuesto que no somos un todo homogéneo afligido por las mismas preocupaciones y prioridades. Ninguna generación jamás lo ha sido. La nuestra, como todas las anteriores, se opone de frente a distintas fuerzas. Así, la fuerza del ímpetu globalizador e idealista es encarada por la fuerza de la apatía, ese otro sello de nuestros tiempos. Las redes sociales, de cuyo poder hipnotizante nuestra generación fue la primera víctima, han hecho del activismo, irónicamente, un quehacer pasivo. Nos hemos convertido en los activistas, y sin dudarlo me incluyo, del “Compartir” y del “Me gusta”. No somos los activistas, como lo fueron antaño, de la poesía y de las novelas, ni de las horas interminables en los cafés o en las cantinas planeando el próximo gran golpe. Nuestras cruzadas han perdido todo cariz romántico. Si acaso, el movimiento de Black Lives Matter es una excepción a la regla; esperemos, o mejor aún, encarguémonos de que marque una nueva pauta.
La espada es de doble filo: para muy pocos y en contadas ocasiones las redes sociales son un verdadero instrumento de cohesión y coordinación. Para los muchos, y con temor a sonar cliché, las redes sociales son un instrumento de distanciamiento más que de conexión, diseñadas para volvernos adictos, para reforzar nuestros prejuicios y para alejarnos de las opiniones contrarias. Facebook, Instagram, TikTok, etcétera, son potenciadores del ego y del individualismo mucho más de lo que son promotores de una comunidad global; son impulsores de la separación mucho más de lo que son de la unidad. La ironía (¿hipocresía?) de que probablemente publique esta reflexión en estas plataformas no me supera. No titubeo en admitir que soy un adicto empedernido y sostengo que el tiempo invertido en gestos útiles (como compartir esta reflexión con ustedes) es mucho menor al tiempo desperdiciado en la desatención estéril.
Nuestra apatía es también un colateral del exceso asfixiante en la oferta de entretenimiento. La abundancia de series, películas, videos y memes nos entumece y, en la mayoría de los casos, aplaca nuestro potencial creativo. ¿Cuántas obras menos habría producido Shakespeare de haber crecido con Netflix o Instagram a la mano? ¿Cuántas sinfonías menos habría compuesto Beethoven? ¿Cuántos destellos de creatividad les habrían sido raptados por contestar comentarios en Twitter? No exagero al afirmar que casi todo momento de reposo mental nos es negado por la disponibilidad adictiva de las redes sociales y del entretenimiento inmediato. Por consecuencia, ¿cuántos genios nacidos en nuestra generación habrán de morir sin jamás crear su obra maestra, no por falta de oportunidades (el mayor asesino del talento), sino porque sus horas de lucidez fueron malgastadas desplazando su dedo sobre una pantalla?
La contradicción de nuestra generación es clara en el encuentro de estas dos grandes fuerzas: el idealismo más elevado en la búsqueda de valores globales y causas comunes, por un lado; y la apatía inducida por el abuso de la tecnología, por el otro. Imposible vaticinar hoy el curso que tomará una generación forjada por estas fuerzas. Más difícil aún predecir si los jóvenes de ahora seremos fieles al -ismo del globalismo o si caeremos víctimas del -ismo de la generación hoy gobernante: el nacionalismo de hombres como Trump, Bolsonaro, AMLO, Putin y Xi que se muestran renuentes a toda consideración supranacional.
Toda generación es marcada por eventos que pesan sobre su experiencia colectiva. ¿Cómo marcará la hecatombe del coronavirus a la nuestra? ¿Surgirá una juventud más activa, decepcionada por la falta de acción concertada frente a este reto y con aún mayor ánimo por encarar los problemas de escala global al unísono (cambio climático, equidad de género, pobreza mundial)? ¿O surgirá una masa aún más distante y apática, anestesiada por el abuso de los teléfonos inteligentes y complaciente con el activismo pasivo? No existe respuesta; nos aguardan eventos ante los cuales seremos testigos y víctimas. Surgirán nuevas fuerzas que, así como lo hicieron las guerras mundiales para las generaciones que les sucedieron, marcarán un antes y un después entre nuestra generación y la de nuestros padres. El covid-19 y la falta de cooperación internacional ante la crisis serán sólo las primeras de entre ellas.
Ante tantas incógnitas este escrito no puede ser un manifiesto ni mucho menos un llamado a la acción. Esta reflexión no es más que eso: una invitación al balcón. Subámonos para observarnos desde fuera. ¿Cuál es nuestro zeitgeist y cómo enfrentaremos los retos de nuestro mundo? Esta pandemia es el momento indicado para recordar que todos navegamos el mismo mar a pesar de tripular distintos barcos. ¿Cuál es nuestro norte? ¿Hacia dónde apunta la brújula? Ojalá elijamos el rumbo de Malala y Thunberg. Y ojalá que lleguemos al destino antes de que nosotros, compañeros contemporáneos, desvanezcamos. Algún día, en no mucho tiempo, nuestro mundo también será el mundo de ayer.
Alejandro Roemer
Maestro en Derechos Humanos y Acción Humanitaria por L’Institute D’Études Politiques de Paris (Sciences Po). Profesor de Derecho Internacional en la Universidad Panamericana, Ciudad de México.