El 7 de julio fue publicada en la revista estadunidense Harper’s “Una carta sobre la justicia y el debate abierto”. La misiva ha sido traducida al castellano por varios medios, algunos de los cuales no señalaron el carácter marcadamente estadunidense de algunos de los aspectos centrales que, me parece, están detrás de la misma y del debate que ha suscitado. Señalo este aspecto porque, como quedará claro más adelante, me parece una cuestión importante.
La carta refiere lo que considera un clima público e intelectual que está ahogando el debate libre. Está firmada por 151 periodistas, académicos, intelectuales, escritores y activistas. Antes de ocuparme de algunos aspectos de la carta, haré un apretado resumen de la misma. Conviene señalar que el primer término de su título es la justicia, lo que no me parece una cuestión menor, pues la justicia (racial, social, igualitaria e inclusiva) es un ideal y un objetivo que no ponen en duda los firmantes. Lo que les preocupa es que, para lograrla, en aras de una unanimidad ideológica que les parece inaceptable se está minando el debate abierto y la tolerancia. Desde su perspectiva, esto representa una actitud iliberal, que sumada a la amenaza a la democracia que representa Donald Trump, coloca al mundo entero (eso parecen sugerir los firmantes) en una situación realmente difícil en lo que concierne a un debate sin limitaciones, sin cortapisas.
Para los 151 firmantes, el libre intercambio de ideas y de información, que da vida a las sociedades liberales, está amenazado. En su opinión, una atmósfera moralista y sofocante se está imponiendo. Si esto era común en la derecha radical, ahora un ambiente de censura se está extendiendo en lo que denominan “nuestra cultura” (our culture), lo que ha llevado a una serie de castigos en diversos ámbitos profesionales (ejemplos y castigos que no son especificados en la carta). Además, consideran que las restricciones al debate afectan más a quienes carecen de cualquier tipo de poder y reduce las posibilidades de todos para participar democráticamente. Las malas ideas, nos dicen, pueden ser derrotadas mediante argumentos y persuasión, no silenciando a quienes tienen opiniones distintas. “Justicia” y “libertad” no son términos disyuntivos, pues una no puede existir sin la otra. Como escritores, necesitamos espacio para la experimentación, para los riesgos y hasta para las equivocaciones. Debemos preservar el desacuerdo, pero sin temer consecuencias profesionales adversas como las aludidas en el segundo párrafo de la misiva. Esta defensa, concluyen, la deben llevar a cabo periodistas, escritores e intelectuales.
Hasta aquí con el contenido de la carta. ¿Qué decir sobre ella? De entrada, que pese a algunas señales que pueden hacer pensar lo contrario, corresponde a una sociedad específica en un momento social e históricamente muy concreto. Una trivialidad, sin duda, pero ante la tendencia que he percibido por extrapolar lo que sucede en la sociedad estadunidense a otras sociedades y a otras latitudes, me pareció importante decirlo. De entrada, algunas cifras: de los 151 firmantes (94 hombres y 57 mujeres), 121 son estadunidenses. De los 30 restantes, la mayoría son ingleses o canadienses y en casi todos los casos con vínculos académicos y profesionales muy estrechos con los Estados Unidos. Lo mismo se puede decir de los poquísimos ejemplos de firmantes de otras latitudes —con contadísimas excepciones; entre ellas la del mexicano Enrique Krauze, el único de los tres firmantes latinoamericanos que no labora en los Estados Unidos. Esta carta toca temas que nos importan (empezando por los límites de la libertad de expresión), que nos resultan familiares y que incluso pueden arrojar alguna luz sobre casos que conocemos en nuestro país. Sin embargo, creo que es importante no extrapolar indiscriminadamente. En mi opinión, su pertinencia para el caso de México es relativa. Volveré a esta cuestión más adelante.
Lo anterior me parece importante expresarlo por la manía de algunos intelectuales mexicanos de pensar que los debates que tienen lugar en la sociedad estadunidense son siempre debates planetarios. Lo son sin duda por la difusión que reciben, pero eso no basta, pues los contenidos son siempre lo sustancial de un debate. A este respecto, me parece que se mezclan varios factores: el hecho de que no pocos de nuestros intelectuales públicos estudiaron posgrados en los Estados Unidos, la costumbre que tienen de seguir de cerca periódicos y publicaciones estadunidenses, el hecho de no leer otro idioma extranjero que no sea el inglés, el hecho de no leer o citar más que autores, intelectuales o académicos estadunidenses (o, en el mejor de los casos, anglosajones) y, por último, la admiración, implícita o explícita, que suscita en algunos de esos intelectuales públicos el vecino país del norte. El problema, aclaro, no es la admiración, es la extrapolación acrítica.
Los términos “Estados Unidos” o “estadunidense” no aparecen una sola vez en la carta que nos ocupa. Aunque en el primer párrafo hay una referencia explícita al presidente Trump y todos los ejemplos aludidos en el segundo párrafo están tomados de casos que tuvieron lugar en Estados Unidos, por momentos la carta parece tener ambiciones o proyecciones planetarias. Insisto: nos podemos identificar plenamente con algunas de las preocupaciones de la misiva (para acabar pronto, la conjunción entre justicia y libertad ha sido “la constante más constante” en la historia político-intelectual de Occidente desde, por lo menos, mediados del siglo XIX). Esto no obsta para que esta carta ataña particularmente a la sociedad estadunidense. Es en esta sociedad donde se conjuntan una serie de factores que explican la misiva y que explican también la enorme cantidad de reacciones que ahí ha suscitado. Algunas de ellas, por cierto, parecen dar la razón a los 151 firmantes en cuanto a la intolerancia frente a las opiniones “disidentes”.
Ahora bien, ante la enorme cantidad de reacciones y el hecho de que la inmensa mayoría se pueden leer en las redes sociales, hay que ser precavidos antes de extraer conclusiones (más sobre esto enseguida), pues son varias las aristas de la carta de Harper’s. Yo no voy a posicionarme respecto a estas reacciones; por su número de entrada, pero sobre todo porque no soy estadunidense, porque no vivo en dicha sociedad y porque no tengo suficiente conocimiento de causa sobre varios de los argumentos y contenidos de algunas de las reacciones que me han parecido más argumentadas. Una de las reacciones que más difusión ha recibido es una “contra-carta” que firmaron 164 periodistas, académicos y activistas, la cual fue publicada electrónicamente por The Objective unos días después de que apareció la misiva de Harper’s. El título de esta dura réplica es revelador: “Una carta más específica sobre la justicia y el debate abierto” Cabe apuntar que esta réplica especifica cuáles son los casos concretos a los que solamente alude el segundo párrafo de la misiva de Harper’s.

Ilustración: Estelí Meza
Más allá de los aspectos en los que pueda concordar con los 151 firmantes, lo que haré en lo que resta de estas líneas es mostrar un par de aspectos que me parecen discutibles de esta carta y, al mismo tiempo, mostrar algunas diferencias notables que yo veo con el caso mexicano.
En primer lugar, creo que una parte no desdeñable de lo expresado en la carta se deriva de conceder a las redes sociales un lugar que, se olvida a menudo, es un lugar virtual. Mientras concedamos a las redes un lugar privilegiado en nuestra visión del mundo, estaremos convencidos de que el mundo está repleto de estulticia, intolerancia, cerrazón, violencia verbal y ánimo de linchamiento. Suponiendo que el mundo esté realmente lleno de todo eso en la magnitud que las redes sugieren, lo verdaderamente preocupante sería que esos cinco elementos se impusieran en el funcionamiento de nuestras instituciones, de nuestras organizaciones, de nuestra sociedad.
Es cierto que en México existe un ambiente polarizado, al que el presidente López Obrador y no pocos de sus críticos o detractores han contribuido de muchas maneras, pero para limitarme al ámbito periodístico, creo que en México los comentaristas políticos se expresan sobre casi cualquier tema sin mayores cortapisas. Otra cosa es el periodismo que se ocupa de causas sociales y del narcotráfico, pero esto no tiene que ver con un ambiente de intolerancia ideológica o intelectual, sino con un ambiente generalizado de violencia pura y dura sobre el cual el Estado mexicano no parece tener control alguno (esto no sucede en los Estados Unidos). Es esta violencia incontrolada la que explica, sobre todo, la enorme cantidad de periodistas muertos en los últimos años en nuestro país.
Por otra parte, no creo, como sugieren los firmantes, que las restricciones al debate lastimen directamente a quienes carecen de poder y que, además, estas restricciones reduzcan la capacidad de todos para la participación democrática. Las preocupaciones que expresan los 151 firmantes en el segundo párrafo de su misiva aluden a situaciones concretas de editores, periodistas, profesores, investigadores y líderes de organizaciones que no representan al “ciudadano de a pie”, por decirlo así. Al menos no en México. En donde, por lo demás, yo no he tenido noticia de situaciones como las aludidas en la carta que nos ocupa (al respecto, creo que habría que ser precavidos antes de hacer analogías alegremente; advierto que yo no creo que la libertad de expresión sea ilimitada).
Pero vuelvo al punto: ¿los casos similares que podamos encontrar bastan para trasladar acríticamente, a México o a otros países, la situación general retratada en dicha carta? Yo creo que no, pero el debate está abierto. En todo caso, habría que hacer los matices, las prevenciones y las contextualizaciones que pocos se toman la molestia de hacer. Dicho de otro modo: estar en contra de ciertas actitudes que coartan o limitan el debate libre no basta para hacer extrapolaciones o para establecer analogías, como si éstas retrataran situaciones reales en otras latitudes (las causas que provocan esas situaciones pueden tener un origen muy distinto).
En cierto sentido, cualquier restricción a un debate abierto y franco disminuye la capacidad democrática de una sociedad, pero afirmar que las restricciones al debate a las que se refieren los 151 firmantes afectan la participación democrática de las mayorías me parece un planteamiento falaz. Esa participación se ve afectada mucho más por la desigualdad, la misoginia, el racismo y el clasismo que son el tipo de temas que ahora, finalmente, están sobre la mesa en muchas sociedades occidentales. Que movimientos como Me Too y Black Lives Matters hablan con frecuencia desde una pretendida superioridad moral y que a menudo se muestran intolerantes hacia cualquier “disidencia”, me parece incontrovertible. Dicho esto, igualmente incontrovertible me parece que algunas de las cuestiones y problemáticas que han puesto sobre la mesa movimientos como los mencionados representan un paso gigantesco hacia una sociedad más justa, más igualitaria, más equitativa y, en última instancia, más democrática. Ambos movimientos, por cierto, surgieron en los Estados Unidos. Es decir, en ocasiones la sociedad estadunidense proyecta o anuncia inquietudes sociales que repercuten o más adelante se manifiestan en otras partes del mundo. No se trata de negar lo anterior, sino de matizar y contextualizar dichas proyecciones y dichos anuncios. En cuanto al tema que nos ocupa en esta ocasión, me parece que más allá de sus claras repercusiones internacionales, era difícil que un movimiento como BLM surgiera fuera de los Estados Unidos, un país en el que la brutalidad e impunidad policíacas respecto a la gente de color son proverbiales desde hace muchísimos años.
Concluyo. Desde mi punto de vista, como individuos y como sociedad es crucial mantener un esfuerzo decidido e inteligente por terminar con inequidades, desigualdades y discriminaciones que han lastrado a la humanidad desde tiempo inmemorial, robándole en el camino la dignidad a millones de seres humanos. Al mismo tiempo y con una vehemencia e inteligencia análogas, debemos mantener los niveles de apertura y diálogo que deben definir a cualquier democracia liberal digna de ese nombre. Esta preocupación seguramente animó a algunos de los firmantes de la carta. Desde esta perspectiva y más allá de las reservas que he expresado en este escrito, se podría decir que en aspectos fundamentales la misiva en cuestión no tiene nacionalidad y que, por lo tanto, conviene debatirla de forma argumentada y crítica, en México o en cualquier otra parte del mundo.
Roberto Breña
Académico del Colegio de México.
Todo esto empieza con la mentira y se exacerba con el desdén por la verdad.
Decir falsedades bajo el argumento de la relatividad de la verdad.
Lo canallesco pues.
De dónde surgen, de donde vienen esas mentiras en la arena de la política mexicana?