Hoy se cumplen 60 años de la independencia del Congo, antigua colonia de Bélgica. La pregunta que surge entonces es cómo recordar a la brutalidad del imperialismo europeo en África. Aquí se ensayan algunas posibles respuestas en torno a las exposiciones del AfricaMuseum de Bruselas.
Durante la incómoda ceremonia en la que se acordó la independencia de la actual República Democrática del Congo, Patrice Lumumba, el primer ministro del naciente Estado, dio un discurso que no estaba previsto en el evento planeado con semanas de anticipación. Al final del acto protocoloario, el dirigente del Movimiento Nacional Congoleño sentenció que, a partir de ese momento y tras poner “fin a la humillante esclavitud impuesta a nosotros por la fuerza”, el Congo le hablaba a Bélgica como su igual. Superaba el tuteo con el que durante décadas los europeos se habían referido a los negros, “no como se tutea a un amigo”.
Ese 30 de junio, hoy hace sesenta años, se clausuró uno de los regímenes más cruentos de la colonización africana a manos de un país improbable. El tamaño y juventud de Bélgica no correspondían con las ambiciones de su segundo monarca, Leopoldo II, quien en un afán por demostrar la competitividad de su reino, mezclado con sus delirios de explorador, conquistó el vasto territorio del Congo en las últimas dos décadas del siglo XIX. El monarca delegó la tarea al inglés Henry Morton Stanley quien, a bordo de una balsa en el salvaje río que le da nombre a la zona, logró que los territorios aledaños firmaran su adhesión al rey de los belgas. Para ello, no escatimó en engaños ni dudó en colaborar con el esclavista de la pequeña isla de Zanzíbar, Tippu Tip, que desde hacía décadas asediaba a las poblaciones centroafricanas.
El entonces Estado Independiente del Congo tenía la característica de ser una empresa privada cuya maquinaria estaba destinada al enriquecimiento exclusivo del rey. Pero las condiciones de trabajo y los castigos que enfrentaban los trabajadores del Congo dedicados a las industrias de la madera, el marfil, la minería y, sobre todo, el caucho desataron escándalo de dimensiones internacionales. En 1909, Leopoldo II se vio obligado a cederle al Estado belga la administración de su territorio africano. La ocupación se mantuvo y significó, entre otras cosas, que los congoleses combatieran al ejército alemán en África durante la Primera Guerra Mundial, y que los actuales Ruanda y Burundi –que estaban en manos alemanas– pasaran a ser protectorados belgas.
La segregación racial, la explotación y la falta de autonomía determinaron el devenir de esos territorios. Pero la complejidad de la colonización no se aprende en las clases de historia en Bélgica; los protagonistas del drama africano siguen siendo incómodos y las discusiones recientes suscitadas por el movimiento de Black Lives Matter demuestran que el significado de esa experiencia hoy está lejos de zanjarse.

Mural sobre la renovación del Museo del África Central en Tervuren, Bélgica
El regreso de Lumumba
El emblemático discurso de Lumumba la noche en que se pactó la soberanía congolesa es aún más potente cuando se compara con las palabras del rey Balduino. Al declarar la independencia que llevaba en discusión desde que el profesor en derecho Jef van Bilsen publicara Un plan de treinta años para la emancipación de la África belga en 1955, el sucesor de Leopoldo II recordó la valentía de su abuelo y narró la independencia como una más de las herencias “civilizadoras” que el reino de Bélgica le otorgaba al Congo. Esto incluso después de que miembros del gobierno belga le dijeran que referirse a Leopoldo con el término de "liberador" era francamente excesivo.1
Por su parte, el discurso de Joseph Kasa-Vubu, designado presidente del naciente Congo por su liderazgo en el Partido Alianza de los Bakongo, se habrá percibido tan reverencial que le mereció el retrato de un personaje ridículo e ingenuo en la obra de teatro de Aimé Césaire, Una temporada en el Congo, escrita pocos años después de la muerte de Lumumba.
Concretada la independencia, la violencia de Bélgica al Congo no cesó. El antiguo imperio boicoteó activamente las posibilidades de desarrollo del país, despojándolo de sus acciones en las distintas compañías que extraían en los recursos naturales africanos. Incluso los contratos de la industria nuclear que dependían del uranio congolés, así como los planes para desarrollar un reactor de investigación, les fueron arrebatados.
Pero quizás el peor de los crímenes del gobierno belga en la antigua colonia fuera su participación en el asesinato de Lumumba, orquestado por la CIA en enero de 1961, según sostienen historiadores como Ludo de Witte o David Van Reybrouck. Y, con ello, la complicidad de Bélgica en el ascenso del general Mobutu Sese Sekn, quien gobernaría la República Democrática del Congo durante las siguientes tres décadas con daños en la cultura política del país presentes hasta el día de hoy.
La incógnita de lo que hubiera podido ser el gobierno nacionalista de Lumumba, en medio del auge de la descolonización y del llamado “espíritu del Tercer Mundo”, es uno de los saldos más trágicos de la Guerra Fría.
En 2002, el ministro de relaciones exteriores, Louis Michel, se disculpó con la familia de Lumumba y al pueblo congolés por la “implicación moral” de Bélgica en el golpe al primer mandatario del Congo independiente. Como parte de las acciones de reparación, se creó un fondo de más de tres millones de euros para fomentar el “desarrollo democrático en la RDC” y dar becas a alumnos del Congo para estudiar en Bélgica.2 Fue la primera disculpa pública del gobierno belga a propósito de su aventura colonial. Quince años después, el gobierno belga se disculpó con los hijos de las parejas interraciales —prácticamente siempre de mujeres africanas y padres europeos— que fueron arrebatados de sus madres durante la era de colonización. Crecieron en orfanatos administrados por la iglesia católica, en África y en Bélgica, instituciones que apenas en 2017 aceptaron abrir sus archivos para que estos hombres y mujeres, que hoy tienen más de sesenta años, puedan reconstruir sus historias.
Pero estas disculpas no se manifiestan en el espacio público que transitan cotidianamente los afrodescendientes belgas. En Bruselas, diversas organizaciones de afrodescendientes pasaron años colocando placas con el nombre del primer ministro congolés para compensar el hecho de que sus restos hubieran sido desaparecidos, y no se pudiera honrarlo en algún lugar establecido. Pero las autoridades belgas las quitaban cada vez. A principios de los 2000, el antropólogo Karel Arnaut propuso —sin éxito— sustituir la estatua de Charles Woeste, el abogado y defensor de Leopoldo II, con una de Lumumba. La diáspora congolesa decidió entonces impulsar una intervención de plazas itinerantes para las cuales la artista Rhode Bath-Schéba Makoumbou creó una estatua de madera con apoyo del Palacio de Bellas Artes y la Federación Valona de Bruselas.
Tuvieron que pasar cinco años tras de una votación adversa de los vecinos de la comuna de Ixelles para que, en junio de 2018, finalmente se inaugurara oficialmente la Plaza Lumumba en Bruselas. Fue colocada cerca de la Porte de Namur, a la entrada del barrio africano Matonge: un homónimo, con tiendas y restaurantes a la moda, del histórico barrio musical que está al noreste de Kinsasa.
El AfricaMuseum: un esfuerzo decolonial
El protagonismo de Lumumba como símbolo de la relación de Bélgica con el Congo, aunque merecido, oscurece a otros personajes y hechos vinculados con la historia colonial belga. En estos días, sin embargo, la figura en disputa es la de Leopoldo II. Como parte de la ola del movimiento Black Lives Matter, las esculturas del mandatario han sido vandalizadas en diversas ciudades belgas, y una petición al ayuntamiento de Bruselas para quitar todas las estatuas dedicadas al antiguo propietario del Congo ha recabado más de 60 mil firmas. El principio de los grupos que animan la carta es realista: “no se puede borrar el pasado, pero sí se puede decidir a quien honrar”.
Entre estas protestas, quizás la más notable sea la decapitación de la estatua de Leopoldo en el museo que el antiguo rey construyó en Tervuren para mostrarle a Europa las riquezas de la tierra que poseía al centro de África, que él mismo nunca pisó. El Museo del Congo belga fue construido a principios del siglo XX en donde se había establecido la sección colonial de la Exposición Universal de Bruselas en 1897. Ésta incluyó la recreación de aldeas africanas, con congoleses habitando en ellas, en los jardines que rodean al enorme palacio. La idea era ver cómo vivían en su “hábitat natural” y compararlos con la “obra civilizadora” del padre Van Impe, un sacerdote católico que había tomado bajo su resguardo a sesenta niños del Congo, a los que educó bajo preceptos europeos. Un verano particularmente frío le costó la vida a siete africanos de los jardines de Tervuren. Este episodio muestra claramente las espirales de violencia que resultan de la discriminación y el colonialismo, en las que no existe frontera entre lo simbólico y lo real; una lógica que está detrás de la búsqueda por deshacerse de los emblemas de la colonización.
La exposición de animales disecados y objetos rituales robados se mantuvo durante décadas como una clara muestra de la condescendencia de Bélgica a su antigua colonia. No fue sino hasta 2012 que este gabinete de curiosidades y prejuicios fue transformado. La exposición abrió de nuevo sus puertas tras seis años de investigación y remodelación con el propósito explícito de “descolonizarse”. Cuando se reinauguró, su director, Guido Grijseels, dio un discurso en el parlamento francófono de Bruselas en el que declaró que el museo buscaba tomar distancia del sistema colonial, militar y racista que lo había caracterizado. El cambio de “espíritu cultural e institucional” al que se abocó hoy se refleja en la obra nueva, la investigación, los talleres y conferencias que acoge. Dos programas dan cuenta de la voluntad renovada del museo: una residencia para periodistas africanos con el fin de que dialoguen con el espacio y den a conocer sus iniciativas en África; y los “talleres de historia” destinados a que jóvenes de bachillerato comparen sus narrativas con las historias individuales que ha recobrado el museo. Uno de los grandes aciertos del nuevo espacio es justamente este enfoque más sociológico con el que se acerca a la historia centroafricana. En la nueva exposición la colonia y el apartheid adquieren rostros concretos, mientras que la vida cotidiana actual se narra desde una auténtica comprensión de los códigos sociales que la moldean.
Al mismo tiempo, la antigua colección se ha reinterpretado a la luz de la irrupción violenta de los belgas. El museo no oculta nada: un grupo de esculturas que muestra a los congoleses en posturas y actividades mediadas por la mirada occidental hoy está en una sala que simula ser una bodega para que el visitante se confronte con las imágenes que promovía el espacio. Los flancos del salón central tienen cuatro alegorías de Arsène Matton que representan las “aportaciones” de Bélgica al Congo, el cual está simbolizado por niños: la civilización, la seguridad, el bienestar y la liberación de la esclavitud (la del comercio árabe, claro). Al no poder quitarlas, el museo decidió que las obras dialogaran con una pieza del artista congolés Aimé Mpane que pone a los africanos, literalmente, al centro del espacio.
En un primer momento, el colectivo “Memoria Colonial y la Lucha contra las Discriminaciones” manifestó su inconformidad con la insuficiente participación de la diáspora africana en la renovación del museo, y llamó a emprender una descolonización que no fuera solamente cosmética. Hoy este colectivo asesora algunas de las actividades del museo. Sin embargo, para Mireille-Tsheusi Robert de la organización Bamko-Cran, una de las voces más importantes en el activismo por la igualdad de los afrodescendientes en Bélgica, cualquier descolonización mediante el dispositivo del museo es imposible en tanto no se tenga una conversación seria sobre la devolución y restitución de objetos que le pertenecen a la República Democrática del Congo, Ruanda y Burundi —una devolución similar a la que el presidente Macron de Francia ha emprendido con Benín. Recientemente se abrió un debate parlamentario en Bélgica que por primera vez parece avanzar más allá de la retórica racista que mucho tiempo dijo que los africanos eran incapaces de preservar sus objetos. El propio AfricaMuseum, por su parte, tiene en marcha un programa para averiguar la proveniencia de las piezas de su colección.
A pesar de esto, el hecho de que el museo de Tervuren mantenga los animales disecados, muestras de minerales, y guepardos y serpientes en formol, ha sido denunciado por algunos miembros de la diáspora africana como una mera continuación de la idea del África “exótica”. La cineasta Monique Mbeka Phoba compara a la colección con la propaganda colonial y Robert, por su parte, ha descrito al espacio como un sitio de muerte al que se rehúsa ir. Estos días el museo se enfrenta a decenas de peticiones de distintas ciudades belgas para resguardar ahí las estatuas de Leopoldo. Grijseels, su director, cree que recibirlas sería echar por la borda los esfuerzos para cambiarle el rostro a este espacio.
Las notas al pie de la colonización
Para decenas de miles de niños europeos, el AfricaMuseum de Tervuren es el primer contacto con África, y muchas veces el único. La apuesta del museo ha sido asumir culpas, compensar con obra crítica y de vanguardia, y esperar que el visitante entienda la complejidad de la historia después de leer todas las fichas.
Es una estrategia similar a la que proponen quienes piden ponerle placas explicativas a las estatuas de Leopoldo II en las que queden muy claramente dichos sus pecados, pero que “permitan a cada uno hacer su propio juicio sobre un hombre inscrito en su contexto”. De hecho, una contrapetición firmada por diversos representantes de distintas ONG relacionadas con África piden reconsiderar la carta que aboga por el derrumbe de las estatuas pues, a su parecer, atacar a un símbolo sin un debate “democrático y académico sobre las realidades históricas” es una afrenta contra la democracia y la nación. Porque a Leopoldo se le puede criticar por muchas cosas, dicen, pero en ningún caso de haber sido un “genocida”.3 Fue también “rey de los belgas”, dicen otros, como si ese no fuera parte del problema: invirtió las ganancias del Congo en Bruselas y las estatuas que hoy están en entredicho fueron moldeadas con cobre de la Union Minière du Haut Katanga.
Aunque necesarias, las notas al pie tienen sus límites. Muchos historiadores comparten la noción de que la población en general desconoce los detalles de la colonización belga y, aunque es cierto que el conocimiento histórico desarrolla múltiples habilidades críticas, argumentar que las decisiones de memoria tienen que basarse en dicho conocimiento es un argumento peligroso por varias razones.
La primera es la que sugiere que, si hay algo parecido a “la verdad” está en manos de historiadores y académicos que han estudiado el tema, una noción que premia el conocimiento académico — marginal e inaccesible — sobre otras formas de conocimiento que son más extendidas, comprensibles y significativas para el público en general. En los colectivos que exigen el desmantelamiento de las estatuas y demás odas al pasado colonial hay descendientes de personas que vivieron de primera mano los abusos. Bajo esta luz, ¿es válido desacreditar esos testimonios y ceñirse sólo al conocimiento presuntamente objetivo?
El segundo riesgo de escudarse en la bibliografía histórica es que hacerlo desplaza la que quizás sea la fuente de información más importante para los afrodescendientes en Bélgica como en tantas partes del mundo: el racismo al que se enfrentan todavía hoy. Como lo prueban estudios recientes, las cifras de desempleo entre los belgas afrodescendientes son de tres a cuatro veces más altas que las de sus pares blancos; por no decir nada de las maneras en las que se les niega la vivienda, no están representados en los medios de comunicación y ni siquiera las instituciones que se dicen interculturales los incluyen en sus investigaciones y equipos de trabajo. Y con todo lo multicultural que es Bélgica (las dos ciudades más importantes del país, Bruselas y Amberes, tienen en promedio un 40% de habitantes extranjeros), sólo el 4 % de quienes adquieren la nacionalidad cada año son congoleses, situación que no corresponde con casi un siglo de historia compartida.
Deshacerse de las estatuas de Leopoldo —o dejar una o dos, como propone la periodista Gia Abrassart— es una demanda política concreta de un grupo que hoy sigue marginalizado. Creer que las estatuas y sus similares no tienen que someterse a juicios políticos con el argumento de que son “resabios del pasado” no es salvaguardar la historia, es elegir una versión de la misma que sirva al presente. El ejemplo más claro de que la posición academicista y conservadora del debate no está realmente preocupada por las estatuas como fuentes para conocer a personalidades del pasado, sino por los personajes concretos que representan, es evidente en su rechazo a la Plaza Lumumba.
Es cierto, sin embargo, que hay formas y lugares de memoria que tienen mayores posibilidades de despertar reflexiones críticas que otros. Pretender que los niños y jóvenes aprendan sobre África en Bélgica sin pasar por el antiguo palacio de Tervuren sería edulcorarles la experiencia, pues a fin de cuentas, el museo es lo más cercano a un panteón de africanos que hay en Bélgica. En el museo, el elefante disecado que les entusiasma a los niños tiene la oportunidad de aparecer dos salas más adelante en las fotografías y videos del Centre d’information du Congo belge et de Ruanda-Urundi con una explicación sobre cómo éstas imágenes moldearon buena parte de la percepción europea, exotizante y racista, sobre África.
Dejar al descubierto estas costuras es lo que hace del museo un buen espacio para reflexionar sobre la memoria de África. Su aceptación del paso del tiempo, su diálogo con las críticas y la manera en que se ha involucrado con el África contemporánea pueden ser todas acciones insuficientes, pero son acciones vigentes. Si alguien está preocupado por el futuro de Leopoldo tendrá que imaginar una solución similar, que responda a las peticiones de los belgas y congoleses hoy. Construirle una plaza en donde aparezca derribado del caballo, con una placa que hable del movimiento contra el racismo de la diáspora africana que cobró un aliento renovado justo en el aniversario de la independencia del Congo haría realmente memorable su barba larga y cuadrada.
Pocos días antes de ser asesinado, Patrice Lumumba le escribió a su esposa, Pauline Opango, pidiéndole que le recordara a sus hijos que el futuro previsto para el Congo era brillante. Esperaba de sus habitantes que se abocaran a la tarea de la reconstrucción de la independencia y la soberanía de ese rico territorio, y estaba seguro de que, un día, la historia daría su opinión. “Pero no será la historia que enseñen Bruselas, París, Washington o las Naciones Unidas”, escribió Lumumba, sino la de los países emancipados.
Sesenta años después, la diáspora está contando su historia y lo hace tuteando a los belgas. Les toca a ellos escuchar.
Ana Sofía Rodríguez Everaert
Historiadora.
1 Ludo de Witte, “Patrice Lumumba’s Speech: Ludo de Witte revisits the birth of the Republic of Congo, 30th June 1960”, Verso, 19 de enero 2016.
2 Marie-Laure Colson, “La Belgique ‘s’excuse’ pour Lumumba”, Libération, 6 de febrero 2002.
3 “Libre opinion: Léopold II et le Congo: lettre ouverte au bourgmestre de Bruxelles”, La libre Afrique, 8 de junio 2020.