¿Quién hace un libro? El autor, sin duda, pero también el editor —o, mejor, el editante. En el curso de una reflexión sobre la fascinante historia del oficio de editar, se acuña este esclarecedor neologismo Desde las imprentas venecianas del renacimiento hasta el escritorio de Gordon Lish, el editor se nos revela menos como un retocador que como una suerte de partera de libros.
Editar, en lugar de editor.
—Liliana Ang
La historia de las ideas y la organización del conocimiento no serían como las concebimos hoy sin la metamorfosis que vivió el libro en el Renacimiento veneciano. Los siglos XV y XVI marcaron un punto trascendental en la cartografía del saber, al encontrar en los libros el cuerpo perfecto para que se gestara una transformación sustancial en la organización del pensamiento.
Hasta el Renacimiento, los libros tenían una función totalmente distinta a la actual: se copiaban tratados médicos, ábacos para aprender a realizar operaciones aritméticas o libros fundacionales de religiones como la católica, la judía y el islam. Pero la condición narrativa y ociosa en la que también se ubican en nuestro tiempo se debe a una serie de condiciones y decisiones que se tomaron en el vaivén de los canales venecianos.
Los libros no desaparecerán nunca. No hay vuelta atrás porque siempre habrá otra vuelta de página. El esfuerzo por intentar delimitar con exactitud qué lugar ocupan los libros en nuestro presente continúa sosteniendo reflexiones y animados debates. Dos territorios imprescindibles para sumergirse en ello son Librerías y Contra Amazon de Jorge Carrión así como Nadie acabará con los libros de Umberto Eco. Por si fuera poco, la pandemia nos ha recordado lo valioso que puede ser un libro como fuente de consuelo en épocas difíciles.
Ante la variedad de formatos y soportes en los que hoy se edita, tenemos una oportunidad de oro para replantearnos qué es un libro. El ecosistema editorial atraviesa una crisis de asfixia que cuestiona todo su enramado y nos obliga a observar con detenimiento todos los espacios que lo conforman. Las editoriales mexicanas Almadía, Era y Sexto Pisolanzaron una campaña compartida de donación por internet para intentar solventar sus estructuras administrativas, saldar deudas, pagar costos operativos y mantener un flujo corriente. A esta iniciativa la acompaña también una feria del libro virtual en la que las editoriales convocan a los escritores de sus catálogos para que, a través de las redes sociales de las librerías nacionales, presenten las novedades y se hable del contexto cultural que atraviesa el país. Este esfuerzo no sólo demuestra la incansable labor que realizan las editoriales para sobrevivir, sino que incluso las ha obligado a dar la vuelta a su condición para asumirse como editoriales “dependientes” de los lectores para no desaparecer.

Ilustración: Izak Peón
En ese sentido, me parece que también es necesario darle un nuevo valor a la idea del editor. Propongo que acuñemos la figura del editante para entender su presencia, tanto en la creación del libro, como en el proceso que lo acompaña.
La palabra “editor” es latina. “Editor” proviene de “edere”—hacer salir, sacar o dar a la luz— más el sufijo “-tor” que es equivalente al sufijo castellano “-dor”—agente que hace la acción—. “Editus” es el participio de “edere”.
Más allá de las posibles acepciones y definiciones que pueda tener la palabra editor, el editante encarna en su semántica el gerundio en constante transformación de quien se acerca a una idea para traducirla en un libro. Editante, que transforma el participativo “editus” en adjetivo/sustantivo. El neologismo se refiere al que hace libros incluso impalpables; el que sueña volúmenes aún por existir. El editante los piensa; el editante se imagina no como autor, sino como el que los saca a la luz. Entonces, editante tiene más que ver con la acción de “dar” (“edere”) que con el agente que realiza la acción (“edi-tor”). Lo que importa es la actividad misma de sacar a la luz y no tanto quien la realiza, por eso el término prescinde del sufijo “-tor”, el agente.
Según una de las acepciones de la RAE (inmejorable espacio para poner en tela de juicio cualquier palabra) un editor es aquella persona que:
[…] publica por medio de la imprenta u otro procedimiento una obra, ajena por lo regular, en un periódico, un disco, etc., multiplicando los ejemplares.
La definición de editor, entendida así, estaría ligada en primer lugar al proceso de imprenta, y también, de manera general, a un proceso no especificado de edición cuyo fin último sería “multiplicar” los ejemplares de una obra. En este último matiz aparece la paradoja.
La figura del editante, en comparación con la del editor, sería aquella que se encarga de tomar las decisiones, guías y selecciones, mediante las cuales se termina de consolidar no sólo una pieza, sino, también, un discurso. Editante como cuerpo que señala —que significa, que hace presente algo— no como dios que dicta.
Imagino la figura del editante muy similar a la del curador artístico. Es decir, una persona alterna o periférica al proceso de creación de una obra que, como una partera, acompaña y busca preparar el entorno y las herramientas para dar a luz a una idea.
En la entrevista que el artista italiano Mario Mertz concedió para Artforum en 1972, afirmaba —hablando de Harald Szeeman— que un curador es “una personalidad que ayuda a estructurar el caos […] en los últimos años ha organizado una serie de exposiciones que reflejan su inclinación por mezclar forma y fondo, artefactos y arte, combinando, como lo hacen los inventores, documentos históricos, objetos cotidianos y piezas artísticas”. Si sustituimos la palabra “curador” por editante en la declaración de Mertz, ¿no podríamos estar hablando de una figura (casi) idéntica?
Hay muchos autores que cargan con la idea prejuiciada de la figura del editor. Los grandes editores a lo largo de la historia —la mayoría de ellos hombres— han sido vistos a menudo como tiburones o verdugos de muchas obras. Abundan las anécdotas sobre grandes novelas que han encontrado resistencia para ser publicadas.
Quizá la más ilustrativa sea la de En Busca del tiempo perdido de Marcel Proust. El escritor francés tuvo que pagar la primera tirada de su obra al ser rechazado por la prestigiosa editorial Gallimard. La obra cobró una importancia elevada entre los lectores franceses, sobre todo a raíz de que A la sombra de las muchachas en flor, segundo volumen de la serie, ganara el premio Goncourt, lo cual impulsó a Gaston Gallimard, editor del sello, a publicar los volúmenes siguientes de la novela. Puede que Gallimard cometiera un error al rechazar el manuscrito en un primer momento, pero rectificó a tiempo. La novela no tendría la relevancia que tiene hoy si el resto de volúmenes no hubieran sido publicados en Gallimard.
Otro momento que alude a la tensión con el editor sucedió con el cuentista estadunidense Raymond Carver. En el año 2012 la editorial Anagrama publicó una nueva edición de sus cuentos. Lo interesante de “Principiantes” —que después, por sugerencia editorial, se titularía “De qué hablamos cuando hablamos de amor”— es que se trata del texto de Carver sin las sugerencias de su editor, Gordon Lish. Los apuntes de Lish nutren al relato y enaltecen la prosa minimalista con la que Carver se ganó el beneplácito de la crítica más exigente.
En 1501, la intuición del famoso impresor veneciano, Aldo Manuzio, lo movió a tomar una decisión en la imprenta que alteró hasta el día de hoy la forma en la que imaginamos al libro. Manuzio recurrió al formato in-octavo —llamado así por los dobleces que se le hacen al pliego— para editar un “clásico”. En un libro de 18 centímetros, que ya se empleaba para imprimir mapas, misales, tratados médicos y jurídicos, Manuzio imprimió una cómoda edición de los poemas de Virgilio, que permitió que muchas más personas pudiesen acceder a una obra que se mantenía guardada en libros imposibles de adquirir. Con un olfato de lector avezado, el impresor veneciano pensó que al condensar la obra de Virgilio en una edición mucho más pequeña, convertiría lo que hasta entonces se había atesorado en ediciones incunables en un libro de bolsillo capaz de viajar, literalmente, hasta la pequeña bolsa de las prendas de quien pudiese pagarlo. Por este gesto, Manuzio es considerado uno de los patronos de la edición moderna.
A Manuzio también se le atribuye la primera utilización de letras cursivas en un texto —razón por la cual se les conoce como itálicas, en inglés y en francés— así como la decisión de utilizar dos columnas en la formación de la caja del libro; decisión que ayudaría a ahorrar papel y que se ha mantenido hasta nuestros días como importante criterio editorial.
Sin duda alguna el Renacimiento veneciano marcó un momento trascendental en la línea del tiempo bibliófila: la edición comenzó a tomarse en cuenta como algo que iba mucho más allá de la mera impresión. La encuadernación, la formación, la composición tipográfica y la impresión de obras que la sociedad pedía en el hervidero de sus ideas, convirtieron a los impresores en figuras que se acercaban a su profesión con habilidades, herramientas y conocimientos, más bien, de editores.
Escribe Alessando Marso Magno en su libro Los primeros editores:
Sin la industria editorial veneciana de aquel siglo no existiría el libro tal y como lo conocemos hoy, tampoco la lengua italiana tal como la hablamos hoy. El italiano se basa en la obra de los toscanos Dante y Petrarca, pero son las ediciones venecianas a cargo de Pietro Bembo e impresas por el rey de los editores, Aldo Manuzio, las que decidieron la influencia que aún perdura.
Entre los libros que salían del horno de la imprenta de Manuzio se distinguía un ex libris con el dibujo de un ancla entrelazada por un delfín —que algunos consideran ballena— con la leyenda festina lente. El oxímoron entre el movimiento y la quietud ilustra con exactitud esa doble condición que mantiene el editante: aquel que gravita entre las armas de la cotidianidad y la condición evanescente de las ideas. Me gusta observar al editante como una personalidad que se sumerge en las tensiones del mercado, que se acerca a las necesidades que demandan los ojos de los lectores y que busca que una idea se corporice.
Sin embargo, en el proceso mismo también hay una labor de creación. Como quien lanza cartas en una mesa para emprender una lectura adivinatoria, así el editante contribuye, al realizar a su vez una acción performativa para que el barro encuentre la forma; ya sea en el libro, en la curaduría de una exposición o en las canciones que componen un álbum.
Si los libros existen porque son leídos, entonces el editante es fundamental. Su condición en gerundio navega un constante cambio de derrotas en un mar de palabras que transforman su espacio en un navío. Se acompaña de una tripulación de lecturas imprescindibles para levar el ancla y viajar en busca de la ballena blanca.
Santiago Hernandez Zarauz
Editante en la casa editora independiente Minerva. Este texto es el primer capítulo de Elogio del Editante, su tesis de maestría en SUR: Escuela de Profesiones Artísticas de Madrid.
Bibliografía
21/1/2019 CURATOR INTERVIEW – Artforum International
Alessandro Marzo Magno, Los primeros editores, ed. Malpaso. Barcelona, 2017. Traducción de Marilena de Chiara.
Héctor Infantes, Octavo: historia de un formato editorial. Turpin Editores, España, 2014.
Que excelente texto, que valioso resaltar la profesión que puede quedar ensombrecida por un buen o un mal texto. Festejemos el día del EDITANTE
Apasionante impresión, sin embargo, personal.
Hoy no existen editores comprometidos con el libro, sólo hay empresarios interesados en vender y eso repliega la obra literaria, al plástico. Lamentablemente, los escritores estamos relegados a los caprichos sin fundamento (de otra forma, no serían “caprichos”, ¿verdad?) de un grupo de monigotes, fantoches, que le quitan el papel al “dios que dicta”, para invertirse en “dios que elige”.
Gracias por tan refrescante visión.