Este no es otro obituario del neoliberalismo. Entrevista con Quinn Slobodian

Tucídides dice en algún lado que uno de los efectos de la guerra civil es la degeneración del lenguaje. En la lucha de hermano contra hermano las palabras pierden su sentido, de tal modo que la comunicación se vuelve imposible. Si bien México no vive una Guerra del Peloponeso, nadie puede negar que nuestra esfera pública parece con frecuencia un campo de batalla. El resultado es que, como los atenienses y los espartanos, hemos perdido la capacidad de entendernos mutuamente. Este quiebre comunicacional queda en evidencia cuando intentamos establecer el sentido de una de las palabras más nombradas  de nuestro momento: neoliberal. En teoría, el término denota a una corriente de pensamiento político caracterizada por su defensa del mercado como fuerza organizadora de la sociedad; en la práctica, se trata de un insulto carente de contenido.

Fue con la intención de clarificar el sentido del término que hace no mucho decidí escribirle a Quinn Slobodian, profesor de historia en el Wellesley College de Estados Unidos. Slobodian es el autor de Globalists, una fascinante historia intelectual del ala europea del neoliberalismo,  a la que él llama “la Escuela de Ginebra”. A contracorriente de la tendencia a identificar al movimiento neoliberal con la Universidad de Chicago y el Consenso de Washington, Slobodian excava los orígenes de la corriente en la Europa central de entreguerras. Sus neoliberales — Hayek, Mises, y Ropke, principalmente— son el producto no de la Norteamérica de la posguerra, sino del colapso del Imperio austrohúngaro y del surgimiento, para ellos amenazante, de la democracia de masas. A diferencia de sus colegas en Chicago, los neoliberales de Slobodian desconfían de los números y las estadísticas. Para ellos, la economía es incuantificable, incluso incognoscible: existe más allá de la razón y de la representación. Que la economía sea “sublime”, sin embargo, no significa que sea intocable. Al contrario: se trata de un sistema frágil y que requiere de constantes cuidados. La tarea que los neoliberales de Ginebra se plantearon, entonces, consiste en el diseño de la estructuras legales y políticas que permiten el florecimiento del mercado.

Aquí presento la traducción de la correspondencia con Slobodian, la cual sostuvimos originalmente en inglés.


Estimado Quinn,

Muchas gracias por acceder a un intercambio epistolar sobre tu libro. Globalists contiene tantas ideas que resulta difícil saber por dónde empezar. Quizás podríamos abrir la conversación  con tu argumento a razón de que los principales pensadores neoliberales tenían bastante menos fe en los números y en el racionamiento cuantitativo de la que la opinión popular les suele adjudicar.

Confieso que nunca he leído a Hayek, así que descubrir que él concebía a la economía como una entidad sublime e incognoscible fue una sorpresa. Si entendí correctamente, Hayek y compañía llegaron a sus prescripciones políticas a través de una especie de deducción trascendental: dados los fenómenos visibles de la vida económica, ¿qué tendría que ser el caso en el nivel “noumenal” de la economía para que el mundo sea como es? Estas deducciones, a su vez, pueden ser generalizadas hasta convertirse en “leyes económicas”, equivalentes en cierto sentido a las categorías kantianas del entendimiento, pues aplican independientemente de nuestras acciones. De allí la “objetividad” de las prescripciones neoliberales: son producto de la aplicación de la razón pura a problemas cuasi meteorológicos, no de antagonismos políticos determinados.

Lo que resulta interesante, al menos a mis ojos, es que los neoliberales que aparecen en tu libro conciben de la economía no sólo como una rama de la “filosofía mundana”, sino también como una ciencia empírica similar a la física o a la medicina. Así, la epistemología de los neoliberales contiene dentro de sí una enorme tensión: Hayek, Mises y compañía no parecen poder decidir si son realistas o idealistas; si su objeto de estudio es un reino de noumenos idealizados que sólo podemos aprehender de forma metafísica, o si se trata del “mundo real” de la producción, el intercambio y el consumo.

Mi primera pregunta emerge de estas consideraciones. ¿Deberíamos concebir al “movimiento neoliberal” como una corriente filosófica o como una serie de prácticas técnico-económicas? ¿Qué tanto peso hemos de darle a la insistencia de los neoliberales de que eran en primer lugar filósofos y en segundo lugar economistas? Más importante aún: ¿qué hemos de hacer con la tensión que emerge entre una concepción “sublime e incognoscible” de la economía y las prescripciones políticas que derivan su autoridad del conocimiento económico?

Sinceramente,
Nicolás

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Estimado Nicolás,

Primero que nada quiero tener cuidado de no caer en la trampa contra la que mi colega Dieter Plehwe siempre advierte: la falacia del pars pro toto, la tentación de tomar las opiniones de uno u otro neoliberal como indicativas del “movimiento neoliberal” en general. Mi libro se ocupa principalmente de los neoliberales alemanoparlantes, en particular aquellos asociados con el “ordoliberalismo” y la Escuela Austríaca, y especialmente el grupo de Hayek.

En Hayek, como mencionas, encontramos una tendencia a la que podríamos llamar “teología negativa del mercado”. En este esquema el mercado es casi indecible. Piensa en cómo los judíos ortodoxos escriben el nombre de Dios: YHWH —pues bien, así con el “MRCDO” para la Escuela de Ginebra. Hayek incluso revivió un término poco conocido para evitar referirse a “la economía”: la catalaxia. La implicación es que uno no mira directamente al sol, sino que estudia sus efectos. El viento es invisible, pero no así el movimiento de las ramas de los árboles. Uno construye su casa tomando en cuenta los efectos del viento, incluso si no puede verlo salvo indirectamente.

Esta clase de misticismo puede volverse profundamente antitécnico. En casos extremos, toda propuesta científica queda descartada de antemano como otro ejemplo de “cientificismo” o de la supuesta arrogancia de los expertos. Esta posición ha florecido en la respuesta de los libertarios hayekianos a la pandemia. Desde el candidato libertario a la presidencia norteamericana, Justin Amash, hasta Richard A. Epstein, el gurú del derecho económico, los neoliberales se hacen la misma pregunta: ¿qué podemos saber? Insisten en que no podemos hacer caso de los “planeadores centrales” de la epidemiología. Debemos dejar que la gente se guíe por su propia sabiduría, dejarlos bañarse en la sopa del virus para que el conocimiento tácito encuentre su camino.

Así, el poder de la posición de Hayek consiste en acceder por la puerta trasera a una especie de omnisciencia: siempre sabemos que no podemos saber, por lo tanto toda acción colectiva que pretenda ir más allá de enseñarnos a doblarnos con el viento está condenada al fracaso —y, más aún, a la calamidad.

Este tipo de neoliberalismo hayekiano tiene mucho más en común con la filosofía política que con la economía ortodoxa. En tu correo mencionas a la física y a la medicina, pero las disciplinas más cercanas al neoliberalismo hayekiano son en realidad la teoría de sistemas complejos y la biología de la evolución: epistemologías que comercian en probabilidades más que en exactitudes y que siempre se mantienen atentas a las consecuencias inesperadas. Aunque los seguidores de Hayek suelen desconfiar de la genética, siempre me ha parecido que su visión de la historia tiene mucho en común con la de Richard Dawkins, para quien los genes —esas “herencias inmortales” que viajan “de un cuerpo a otro a través de las épocas: los agentes libres, autodirigidos y sin trabas de la vida”— son los protagonistas de la historia.

Saludos,
Quinn

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Ilustración: Kathia Recio

Estimado Quinn,

Tienes razón en tener cuidado de no tomar la parte por el todo, en especial cuando se trata de un término que con frecuencia parece menos una categoría histórica que un insulto sin contenido. En México, en particular, la palabra “neoliberal” ha terminado por significar “todo aquel que se oponga al presidente Andrés Manuel López Obrador”, a tal grado que grupos tan poco neoliberales como los ambientalistas que se oponen a las ambiciones petroleras del presidente quedan acusados de promover el Consenso de Washington. Algo similar sucede en ciertos sectores de la izquierda estadunidense, y me imagino que lo mismo puede decirse de otras partes del mundo. Esto me lleva a mi siguiente pregunta: ¿qué podemos aprender del uso de “neoliberal” como un insulto? ¿Qué elementos del neoliberalismo real-existente permiten que el movimiento se haya convertido en la ballena blanca de ciertos sectores de la izquierda? ¿Se trata, acaso, de un profundo malentendido?

Del mismo modo, quisiera también preguntarte sobre la recepción latinoamericana de los pensadores alemanes y austríacos que te interesan. Confieso que leer tus reflexiones sobre las nociones hayekianas de la federación supranacional y la “constitución económica” fue una experiencia un tanto desconcertante —una especie de déjà vu en reversa — porque sentí que estaba leyendo una descripción del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.  Más aún, las élites latinoamericanas aparecen como personajes secundarios en tu libro, con frecuencia a través de sus interacciones directas con tu “Escuela de Ginebra”. Esto me sorprendió, en buena medida porque la historia estándar de la llegada del neoliberalismo a América Latina suele incluir una escala en Chicago. Así, quisiera preguntarte: ¿qué tan austriaco es el neoliberalismo latinoamericano? ¿Cuáles son algunas de las diferencias fundamentales entre la llamada “Escuela de Chicago” y la Escuela de Ginebra?

Estas consideraciones me llevan a tu fascinante discusión de las actitudes de la Escuela de Ginebra frente al imperialismo. Los pensadores que estudias parecen tener una relación contradictoria con el imperio: por un lado, tus neoliberales viven presos de una cierta nostalgia por el liberalismo económico de los imperios británico y austrohúngaro; por otro lado, al menos algunos de los miembros de la Escuela de Ginebra insistían en una u otra forma de antiimperialismo. ¿Sería justo decir, entonces, que la noción hayekiana de la federación supranacional gobernada por una “constitución económica” fue concebida como un sustituto para el imperio? De ser así, ¿deberíamos pensar en el TLCAN como una suerte de “imperialismo disfrazado”?

Saludos,
NMMP

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Estimado Nicolás,

Confieso que soy bastante cuidadoso con respecto al uso de la palabra “neoliberal,” quizá porque paso tanto tiempo pensando y escribiendo sobre la categoría. Creo que el principal riesgo del uso excesivo de la palabra es que se trata de un término que enfatiza el contenido intelectual del movimiento. Los propios neoliberales describieron su empresa de los últimos cincuenta años como una “guerra de ideas.” Convertir al neoliberalismo en un sinónimo del capitalismo como tal implica ceder la partida y aceptar que la batalla es primordialmente intelectual y no política. Yo prefiero pensar al neoliberalismo como una de muchas maneras posibles de organizar al capitalismo. El capitalismo real existente es revoltoso y no se alínea a la perfección con una u otra ideología. Es una especie de Frankenstein cosido de retazos, un monstruo compuesto de arreglos de clase y maquinaria oxidada, que depende en última instancia de seres humanos vulnerables a la fatiga, la enfermedad y la depresión. Está lleno de fisuras y contradicciones que son al mismo tiempo oportunidades. El término “neoliberalismo” con frecuencia esconde el cuerpo decrépito del capitalismo detrás de una fachada demasiado lisa.

El neoliberalismo es una escuela de pensamiento que emergió en los años treinta del siglo pasado como un intento de responder una pregunta concreta: ¿cómo proteger al capitalismo de los peligros de la democracia en una era de sufragio universal y descolonización? En ese sentido, en efecto, mi tesis es que los neoliberales se ocuparon activamente en diseñar un sustituto para el sistema imperial que los precedió. Su problema era el siguiente: ¿cómo reconciliar la contradicción entre la autonomía del Estado-nación y la interdependencia de la economía mundial? La historia de la gobernanza económica global de los siglos XX y XXI no es más que una serie de intentos de resolver ese acertijo. Las instituciones supranacionales y los instrumentos legales transnacionales del periodo son esfuerzos por resolver la tensión que se abre en el mundo doble del capitalismo: aquel que divide al acontecer humano en el imperium políticode los Estados y la soberanía y el dominium económicode la propiedad privada.

Con respecto a América Latina, te puedo ofrecer respuestas en dos niveles. En el nivel supranacional, instituciones como el TLCAN o la Organización Mundial de Comercio constituyen intentos mínimos de legalizar o constitucionalizar las relaciones económicas. La idea es que uno cede una parte de su soberanía con el entendimiento de que su contraparte está haciendo lo propio, creando así un nuevo espacio para la negociación y la resolución de disputas —procesos que a veces terminarán por favorecernos. La idea, consistente con la noción de la economía como algo sublime, es que uno no intenta determinar los resultados, sino simplemente establecer las reglas del juego. Esto puede sonar a un “nuevo imperialismo” en tanto que  Estados Unidos es claramente la potencia dominante en cualquier relación de este tipo, pero uno debería considerar la alternativa. La razón por la cual muchos países pobres entraron a la OMS en los 90 del siglo pasado fue su convicción de que un campo de negociación reducido era mejor que la imposibilidad de negociar. Como las trade wars de los últimos tres años han dejado en claro,  una relación desigual pero multilateral era preferible a quedar expuestos a los vaivenes del unilateralismo estadunidense. En un libro reciente, Malcolm Fairbrother ha mostrado que durante las negociaciones del TLCAN el gobierno mexicano recurrió al razonamiento legalista de lo que he llamado la Escuela de Ginebra con mucha más frecuencia que su contraparte estadunidense.

En el otro extremo de la escala, al nivel de la calle, los neoliberales —en el sentido estricto de la palabra—  han tenido enorme éxito a la hora de promover la idea del emprendimiento individual en América Latina. Pienso, por ejemplo, en el genio de relaciones públicas de Hernando de Soto, un economista peruano educado en Ginebra, quien organizó un evento en Lima en el que Hayek compartía el escenario con vendedores ambulantes que habían sido arrestados por ejercer su comercio sin licencia. Del mismo modo, mi colega Johanna Bockman ha demostrado que muchos exsocialistas en América Latina sintieron la fuerza gravitacional de las reformas de mercado de la antigua Yugoslavia, al punto de erigirse a sí mismos como los grandes defensores de las pequeñas empresas.

Ya sea que lo miremos desde arriba o desde abajo, el neoliberalismo ofrece —al menos en teoría— la posibilidad de desempoderar a las élites, o bien al constreñir su poder a través de acuerdos legales, o bien a través de la entrada de nuevos competidores al mercado. Este es uno de los encantos menos apreciados de la ideología neoliberal: su capacidad de proyectarse a sí misma como un arma del little guy contra el poder del Estado y las élites. Incluso si las cosas son con frecuencia a la inversa, no podemos entender el poder seductor del neoliberalismo si no tomamos nota de su aparente deferencia a las habilidades y la sabiduría de la gente común.

Saludos,
Quinn

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Estimado Quinn,

Lo que dices sobre el neoliberalismo como una forma particular y determinada de organizar al capitalismo es muy sugerente. Así, quisiera preguntarte sobre la tan sonada “crisis de neoliberalismo” que al parecer vivimos hoy en día. Tu libro cierra con una reflexión sobre las maneras en las que fenómenos como el Brexit demuestran que la “demos”—esa bête noir del neoliberalismo— sigue viva y coleando; que, pese a todos sus éxitos a la hora de legalizar las relaciones económicas internacionales, los neoliberales fracasaron en su intento de separar el imperium político del dominium económico. ¿Es justo decir, entonces, que el neoliberalismo está en crisis? ¿O deberíamos más bien hablar de una crisis del capitalismo? ¿Cómo podemos distinguir conceptualmente una de otra?

Esto me lleva a mi última pregunta, una que como historiador estarás particularmente bien posicionado para responder. ¿Hemos acaso vivido el fin del neoliberalismo? ¿Deberíamos conjugar el movimiento siempre en pasado? ¿Qué tan vivas siguen las ideas de la Escuela de Ginebra? La pandemia ha tenido el efecto paradójico de recordarnos lo enraizada que está la globalización al mismo tiempo que ha puesto un alto al intercambio económico internacional que constituye su base. Muchos países —si bien no México—  han respondido a la crisis con medidas muy poco neoliberales, tales como el gasto contracíclico. ¿Qué queda, entonces, de Hayek?

Saludos,
NMMP

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Estiado Nicolás,

Lo primero que hay que anotar es que el capitalismo, como la masculinidad, no conoce otra cosa que la crisis: funciona a través de la crisis, valorizando y revalorizando tanto el éxito como el fracaso de manera casi simultánea. La era de las fusiones empresariales, leveraged buyouts y bancarrotas estratégicas que hemos vivido desde los años 80 ha sido una fase particularmente desorientadora de la “destrucción productiva” del capitalismo. Las categorías como “neoliberalismo” son útiles para intentar entender las ideas que han sido propuestas para gobernar esta era de “capitalismo destructor”.

La Escuela de Ginebra de la que he escrito es un corpus de teoría y praxis que se enfoca, antes que nada, en el ordenamiento internacional del capitalismo. Los años 90 del siglo pasado, con su proliferación de tratados comerciales y con el surgimiento de la disciplina académica del derecho económico internacional, fueron una primavera para esta variedad de neoliberalismo. La salida del Reino Unido de la Unión Europea en 2016, seguida por la victoria de la furia de Trump contra el TLCAN y la OMC, podrían parecer un epitafio para la Escuela de Ginebra. Pero quizás sea muy pronto para declarar que el neoliberalismo ha muerto.

Considera lo que ha sucedido desde 2016. Estados Unidos desechó el TLCAN pero lo reemplazó con un tratado que tiene más que menos en común con su predecesor. Los brexiteers radicales argumentaron su salida de la Unión Europea con base en las reglas de la OMC, lo que implica una aceptación de la organización ginebrina. El estado de la OMC es lamentable; la organización está paralizada en sus decisión debido a la negativa de Estados Unidos a ratificar candidatos a su organismo de apelación. La mayoría de los observadores, sin embargo, mantiene que es probable que veamos el surgimiento de una nueva OMC, una que estará diseñada para contener al país que la Unión Europea y muchos otros ven como una amenaza: China. Al final, el balance global de intereses capitalistas hace que sea muy difícil deshacerse del sistema económico internacional. Esto, sin embargo, no quiere decir que no debamos prestar atención a quienes murmuran acerca de la importancia de repatriar los negocios internacionales, por ejemplo.

Desde mi punto de vista, lo que resulta importante notar es que la energía intelectual de la Escuela de Ginebra parece haberse agotado. ¿Dónde, entonces, está la energía del proyecto neoliberal? Esto me lleva a la investigación para mi próximo libro. Desde los 90 del siglo pasado —el punto climático del neoliberalismo ginebrino— hemos visto el surgimiento de neoliberales disidentes que mantienen que las nuevas formas del derecho supranacional son en realidad los caballos de Troya de un socialismo renacido al terminar la Guerra Fría. Las minutas de muchas reuniones de intelectuales neoliberales en los 90 registran un miedo de que el colapso del comunismo soviético trajo consigo nuevos enemigos: un “socialismo europeo”, liderado desde Bruselas y Frankfurt; un “socialismo verde,” liderado por las élites y las juventudes de Occidente; y lo que podríamos llamar un “socialismo de minorías,” caracterizado por el antirracismo y el feminismo, que busca el egalitarianismo para las mujeres y las comunidades de color. 

La respuesta de los liberales más energéticos a este triunvirato de amenazas ha consistido en revisitar la importancia de la nación y de las diferencias enraizadas en el cerebro y en la biología, todo esto para insistir en la necesidad de escindirse del cuerpo político existente. Este neoliberalismo “neonaturalista” queda en evidencia en el trabajo de autores como Charles Murray, autor de The bell curve,1 y en la curiosa mezcla de “ciencia racial” y libertarianismo radical que aparece en la extrema derecha desde Alabama hasta Brasil. 

Este neoliberalismo de ultraderecha está vivo y coleando, pero lo mismo puede decirse del libertarianismo más mainstream de centros de investigación como el Cato Institute y la Heritage Foundation. Las continuidades no son difíciles de distinguir. Hace unos meses, Trump le dio la Medalla Presidencial de la Libertad a Arthur Laffer, el artífice de la política fiscal de Reagan. Junto con su colega Stephen Moore, Laffer ha sido uno de los principales consejeros de Trump desde su campaña presidencial. Pese a todas sus transgresiones, Trump ha demostrado ser un presidente bastante predecible: ha vuelto realidad muchos de los objetivos de los libertarios de Washington, particularmente los recortes a los impuestos de los ricos y sus corporaciones que constituyen el principal logro de su primer periodo presidencial.

He leído demasiados obituarios del neoliberalismo como para escribir otro más. Estos pensadores se cuelgan como rémoras del cuerpo de los ricos. Ese es un gran refugio para sobrevivir a la tormenta más tumultuosa.

Saludos,
Quinn


1 Nota del traductor: The bell curve es un controvertido libro, acusado por muchos de racismo científico, que pretende establecer una correlación entre la identidad étnica y la inteligencia.

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Publicado en: Noticias de Cipango