La nueva serie documental sobre la vida y las hazañas profesionales de Michael Jordan es el camino que lleva al autor de esta memoria de adolescencia a los instantes en los que la vida palpitaba en las canchas de basquetbol de un caluroso rincón de Chiapas.
No fui un niño cercano a los deportes. La memoria de mis primeros dos lustros de vida no registra algarabía alguna alrededor de un gol visto en televisión ni visitas en domingo a un campo de juego. No me sorprende. Mi padre, a los diecinueve años, se sumó al Movimiento de Acción Revolucionaria, uno de los grupos guerrilleros de los años setenta. Motivo por el cual, tiempo después, estuvo preso casi cuatro años, en Lecumberri y el Reclusorio Norte. Una vez que concluyó su estadía en la cárcel consolidó una familia con mi madre y nos mudamos —junto con mi hermano— a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. A meses de esta transición, y a semanas de mi cumpleaños número cinco, mi padre sufrió un accidente automovilístico cuyo saldo fue su cuerpo parapléjico. Desde ese momento, mi papá ha enfrentado en una silla de ruedas —de manera muy exitosa, por cierto— los avatares propios de la vida. De tal manera que por su temprano y beligerante compromiso político, no cultivó ninguna afición deportiva que me pudiese transmitir y, luego, simplemente careció de las condiciones físicas para practicar un deporte conmigo. Mi madre, por su parte, también de origen muy humilde, no tuvo tiempo de distracciones deportivas: desde muy pequeña tuvo, junto con su madre y tías, quienes conformaban su núcleo familiar, que sortear retos económicos que no facilitaban aficionarse a los deportes.
Pero esto cambió a mis doce años de edad. Al finalizar la primaria, mis padres estaban escandalizados con mi escuela Antonio Caso. Un ambicioso experimento escolar de educación privada, respuesta de un grupo de padres de familia ante las recurrentes huelgas de los maestros de la recién nacida CNTE en las escuelas públicas del sureste del país. Fue un lento proceso de descomposición escolar, pero el límite fue mi profesor de sexto de primaria. Un buen tipo, sin duda, pero con un serio problema de alcoholismo. De tal manera que si no se presentaba al salón de clases sin descanso alguno de la fiesta de la noche anterior, aún con destellos de embriaguez, asistía con una resaca tal que nos dejaba jugar dentro del salón de clases con la condición de que no interrumpiéramos su siesta. Mis padres me enviaron al colegio Diego Rivera; una escuela con un prestigio anclado en calidad académica y disciplina espartana. Esto, sin embargo, no impidió que pronto trabara amistad con varios de mis nuevos compañeros de salón y, no menos importante, que gracias a ellos se encendiera finalmente en mí la pasión por un deporte: el básquetbol. Por supuesto ya sabía de éste, pero fue en esa escuela, en la colonia Laureles de la capital chiapaneca, que el baloncesto me atrapó y se volvió mi obsesión durante los siguientes años.

Fotografía: Joshua Massel bajo licencia de Creative Commons.
Pronto me enteré de un tal Michael Jordan, los Chicago Bulls y su reciente campeonato frente a los Lakers de los Ángeles. Era el año 1992. Hacía todo para llegar muy temprano a mi secundaria para jugar a la canasta al menos quince o veinte minutos antes de iniciar clases a las 7:00 hrs. Luego, venía un recreo de media hora a las 10:30 hrs., y la revancha de la cáscara que en no pocas ocasiones tenía como fondo el amanecer tuxtleco. A las 14:00 hrs., concluía la jornada escolar, y si mi madre se demoraba para pasar por mí, aprovechaba esos minutos para lanzar algunos tiros más o, en el mejor de los casos, si otros compañeros estaban en la misma situación, entonces, otra vez se armaba la reta. Llegaba a casa. En lo que se servía la comida, practicaba algunos movimientos en la canasta del pequeño jardín de nuestro hogar. Después de comer, me abocaba a realizar mis tareas escolares lo más rápido posible. A las 18:00 hrs., ya sin pendientes, salía raudo en mi bicicleta al parque del barrio. Me esperaba otra jornada de básquetbol. Varios de mis amigos del colegio Diego Rivera vivían también en la misma colonia y, por ello, sin mayor dilación se presentaban al encuentro vespertino de retas. Regresaba a casa alrededor de las 20:00 hrs.; exhausto, después de esta jornada deportiva bajo un sol tuxtleco que en verano quema a más de 40 °C. Procedía ducha, cena y a dormir a pierna suelta con mi balón Spalding.
En paralelo a esta rutina deportiva, leía todo lo que estaba al alcance de mis manos sobre el basquetbol y, en particular, respecto a Jordan. Ayudaba mucho para este propósito que en casa no había día que faltaran de menos tres periódicos nacionales: La Jornada, Excélsior y, cuando surgió, el Reforma, además de los cinco o seis diarios locales. Sin embargo, no era suficiente. Me aficioné, entonces, a la revista Viva Basquet, publicación mexicana vigente al día de hoy, que aportaba información indispensable para darle seguimiento puntual a la liga estadunidense y europea de basquetbol en tiempos de un torpe Internet. Por supuesto, pronto encontré un dealer tuxtleco que me proveía de las icónicas tarjetas deportivas gringas, que ofrecían una buena imagen del jugador en cuestión y, al reverso, un sinfín de datos estadísticos. Pero esta valiosísima información, en realidad, sólo era un bálsamo para soportar los tiempos muertos entre cada transmisión de un partido de la NBA, por TVAzteca, y narrado por la emblemática voz, para cualquier aficionado de la época, de Enrique Garay.
En 1993, a mis trece años, después de meses de negociación, mis padres consintieron comprarme un onerosísimo par de tenis Jordan del año. Recuerdo el día que mi madre me llevó a comprarlos en una tienda deportiva del centro de la ciudad. Los había visto en el aparador infinidad de ocasiones, pero ahora serían míos. Me los probé, eran cómodos, salí de la tienda con ellos. No hubo día, en los siguientes meses, que no los usara. A pesar de la regla de mi escuela de que sólo se podían usar tenis, con el uniforme deportivo, los días que hubiese clase de educación física. Me hice merecedor de varios reportes de mala conducta, pero valió la pena: usé mis Jordan 1993, color blanco, hasta que prácticamente se deshicieron. Al año siguiente mis padres, ya con menos resistencia, me compraron el modelo 1994, color negro mate. Apenas hace unos días, con emoción recibí el regalo que adquirí para mi hija por su inminente cumpleaños número dos: un par de tenis diminutos Jordan —el primer modelo de 1985— color negro con rojo.
En esos años, si alguien se aficionaba a este deporte, era imposible no volverse a su vez fanático de Michael Jordan y los Chicago Bulls. Como lo explica muy bien la serie de Netflix, The last dance, en la década de los 90, el personalismo de Michael de Jordan —que le permitió promediar en la temporada de 1987 más de 37 puntos por partido— ya había sido educado, con gran astucia por el entrenador Phil Jackson, para exprimir su enorme talento en aras de construir un mejor equipo. Asimismo, el gerente general de los Bulls, Jerry Krause, además de impulsar a Jackson para dirigir el equipo con tal propósito, sumó otros jugadores clave para consolidar a los Bulls. En los 90, también ya había pasado la época de duras derrotas ante los Celtics de Boston, los Cavaliers de Cleveland y, sobre todo, ante los Pistons de Detroit. Los siguientes años se trató, entonces, de cosechar el trabajo de poco más de un lustro y que resultó en algo inédito en la historia del básquetbol: seis campeonatos en ochos años, es decir, dos tricampeonatos en los periodos de 1991-1993 y 1995-1998.
Estoy convencido que sólo si uno ha practicado el básquetbol, si uno ha pasado horas, días y meses practicando sin cesar tiros y dribles, puede realmente apreciar el calibre de las proezas físicas que implicaban las actuaciones de Jordan. La elegancia, inteligencia y ferocidad que rezumaba su juego. Su tiro de medio giro a espaldas de la canasta que rayaba en un salto de ballet; sus diestras coladas entre varios jugadores contrarios; la contundencia de sus clavadas frente a jugadores de más de 2.15 metros de estatura; los cambios de pelota de mano a mano suspendido en el aire. Y ahora, gracias a este documental, podemos agregar a esta destreza una peculiar personalidad que combinaba una pulsión competitiva extrema que valoraba el triunfo como lo único; un ponzoñoso rencor ante cualquiera que pusiese en duda su talento superlativo y una seguridad en sí mismo que lograba insertar la sombra de la duda en la cabeza inclusive de sus mejores oponentes. La mente de un ajedrecista en un jugador de un deporte de conjunto.
En el verano de 1998, Jordan y los Bulls hacían historia y repetían su segundo tricampeonato, a las pocas semanas me mudé a Ciudad de México para estudiar la carrera de derecho. En mi primer curso de teoría del derecho, un muy inteligente profesor, que había sido presidente de la Suprema Corte, me habló de un tal Karl Popper y de su libro La sociedad abierta y sus enemigos. Y todo cambió. En este sentido, una de las cosas agradables durante esta pandemia ha sido ver en las últimas cinco semanas, con emoción y ansia juvenil, cada lunes dos de los diez capítulos que integran el documental The last dance. Varios de mis mejores recuerdos de juventud en mi terruño se refrescaron y, no menos importante, algunas de mis certezas se reafirmaron aún más: no ha habido nunca en la historia un mejor jugador de básquetbol que Michael Jordan.
Saúl López Noriega
Profesor e investigador titular del CIDE