Horrible epidemia, según la describe el padre Francisco Javier Alegre

El mismo título sirvió de presentación a los párrafos siguientes, los cuales se leyeron por primera vez en el tomo correspondiente a 1840 de la revista El Mosaico Mexicano. Versan sobre la epidemia de matlazáhuatl que asoló a la Nueva España entre 1737 y 1738. Los entregó a la revista Carlos María de Bustamante (1774-1848), extractándolos del manuscrito de Alegre (1729-1788) sobre la Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España, en cuya edición él trabajaba entonces. La historia de Alegre termina en 1763 y ocupa varios tomos en su primera impresión (J. M. Lara, 1842). Los párrafos pertenecen al capítulo xviii del Libro Décimo. Alegre tenía siete años cuando Daniel Defoe (1659-1730) publicó su gaceta de la peste que se llevó una cuarta parte de la población de Londres en 1665, y ocho cuando el matlazáhuatl volvió a hacer de las suyas en la Nueva España y acabó —según el cálculo moderado del jesuita— con cuarenta mil almas solo en la ciudad de México. Como Defoe en su memoria apócrifa, Alegre echó mano de la investigación en fuentes primarias y secundarias para reconstruir el halo de las epidemias que impregnan las páginas de su Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España, y para dejar registro de este episodio, como Defoe otra vez, se sirvió del más asombroso recurso tecnológico que los humanos crearon para tal efecto, como dice Stepehen Greenblatt, y el cual se ejerce desde hace siglos, la literatura.

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Por el mes de agosto de 1737 se empezó a sentir en un obraje, en el pueblo de indios de Mixcoac, de la jurisdicción de Tacuba, población cercana a México, de donde pasó a esta ciudad a fines de noviembre.

A juicio de los inteligentes, era la misma especie de enfermedad que luego, recién llegada la Compañía a Nueva España, por los años de 1575 y 76, había asolado estos reinos: un vehemente frío y temblor en todo el cuerpo, un fuerte dolor de cabeza y de estómago, una calentura ardiente y un flujo de sangre por las narices, que era el término de la vida.

Los indios fueron la primera y cuasi la única víctima. Su poca cautela, su pobreza, su desabrigo, los exponían, más abiertamente, a los insultos de la epidemia, que ya, a fines de diciembre, había tomado un gran cuerpo.

Habían precedido no pocas señales que tenían no poco consternados los ánimos. Temblor de tierra, el día 7 de septiembre de 1736, eclipse de luna, en la conjunción del mismo mes y, luego, más horrible, de sol, a primero de febrero de 1737; extraordinarias lluvias, a fines del otoño; muchas y muy frecuentes exhalaciones nocturnas, huracanes fuertísimos, por el mes de diciembre; y tal cual singular aspecto de estrellas, que no faltó profesor de astronomía que juzgase ser cometa.

Ilustración: Kathia Recio

Sin embargo, no se tomaba aún de la ciudad providencia alguna, hasta que la frecuencia de viáticos y de entierros, la falta de los operarios en las fábricas y de los indios en todos los diversos ministerios que, por la mayor parte, ellos solos ejercitan en la ciudad; hizo conocer el estrago. A estas primeras noticias, el señor arzobispo virrey don Juan Antonio Vizarrón, consultado el real Protomedicato, proveyó, por su decreto de 2 de enero, que se señalasen (como efectivamente se ejecutó) cuatro médicos y seis boticas en que se diese a los pobres gratuitamente, a costa de su Ilustrísima, lo que necesitasen para su curación; cuyo costo, solo en cinco meses, montó a 35 372 pesos; caridad, que, sola, bastaría a inmortalizar el nombre de este pastor y padre de la república.

Esta providencia hubo de reformarse a fines de mayo, por no parecer ya tan necesaria y, más aún, porque se creyó ser la causa de difundirse más el contagio, no recogiéndose, por este motivo, los enfermos a hospitales, de los muchos que hay, y había, por entonces, muchos más en la ciudad. Nueve para diversos géneros de enfermedades se cuentan en México; pero, no bastando todos para la única que entonces asolaba la ciudad, se añadieron otros seis; en que quiso el Señor servirse particularmente del celo, fervor y actividad del Padre Juan Martínez, solícito operario del colegio máximo de San Pedro y San Pablo. Consiguió, primeramente, del señor Arzobispo dos mil pesos, en reales, que se repartiesen a los pobres, por medio de los Padres del colegio máximo; pero, como de esta limosna viese que la mayor parte cedía más en alivio de la pobreza que de la enfermedad, determinó pedir limosna, cuasi de puerta en puerta, para erigir en hospitales algunas casas en los barrios más apartados, donde era mayor el desamparo y la necesidad de los enfermos.

Cooperó Dios a sus caritativos designios con tanta abundancia, que un pobre jesuíta, sin más caudal que su misericordia, levantó tres hospitales, uno, junto a la parroquia de San Sebastián 8, otro, en el Hornillo 9, que corrían enteramente por su cuenta; y el tercero, en el barrio de Santa Catalina, mártir 10, en que tuvo mucha parte don Vicente Rebechi a quien pidió el Padre la que tenía destinada para plaza de gallos. El caritativo caballero no sólo la ofreció gustosamente, sino también lo necesario para medicinas, abrigo y sustendo de los enfermos, y aun su misma persona para la asistencia y curación de ellos.

En estos tres hospitales, empleó el Padre Juan Martínez muchos miles; que, con increíble liberalidad, le subministraban el señor Arzobispo, la nobilísima ciudad, el consulado y muchas piadosas personas, en que tenía no poca parte el colegio de México, tanto en reales, como en pan, carne, frezadas y otros alivios de la común necesidad.

Al cuidado de lo temporal, añadía el Padre el más importante de las almas; bien que, en esto, no le cedía algún otro de sus Hermanos. Todos los sacerdotes de los cuatro colegios de México corrían, incesantemente, las calles, acompañados de innumerable tropa de los que llamaban para confesiones, entre las bendiciones de los desvalidos y de todos los vecinos, encantados de ver un ejemplo de tanta caridad. Los más no volvían, en todo el día, al colegio o solo era para tomar un breve alimento. El Padre Provincial era el primero. No había hora tan incómoda, lugar tan distante, pieza tan hedionda, enfermo tan asqueroso; no había ocupación que los apartase de estos oficios de amor para con sus afligidos prójimos.

Fuera de los tres hospitales, en que llevaban solos todo el peso, asistían, igualmente, en todos los demás de la ciudad, en todos los barrios, en todas las plazas y las calles, donde se encontraban, a cada paso, los enfermos y moribundos. El hospital de San Lázaro que, de una particular enfermedad, destinó, en este tiempo, a la necesidad presente el celo de su prior, fray José Peláez; lo habilitó, en gran parte, de lo temporal el Padre Nicolás de Segura, prefecto entonces de la congregación de la Purísima, y lo asistió enteramente, en lo espiritual, con algunos de sus congregantes sacerdotes y muchos de los jesuitas. En los barrios no sólo eran confesores los Padres, sino también párrocos, administrando todos los sacramentos, por facultad que había, para esto, concedido el Ilustrísimo.

Fuera necesaria una historia aparte, para referir, o las cuantiosísimas limosnas, o las acciones de heroica caridad que, entonces, se practicaron en México. Las personas más distinguidas del cabildo eclesiástico y secular, real audiencia y demás tribunales, salían, por las calles, acompañados de sus criados y pajes, a repartir el sustento, el vestido, las medicinas a los pobres, a asistir a su viático, a recoger los tristes infantes que, tal vez, desamparados, se hallaban solos en las casas, difuntos ya todos los demás moradores, a juntar en carros la multitud de cadáveres; para que, no bastando las muchas iglesias de la ciudad y sus ceméntanos, se abrieron largas y profundas zanjas en el de San Lázaro y otros barrios.

Se hizo muy de notar la piedad y fervor de algunas nobles señoras que, deponiendo toda la delicadeza propria de su sexo y educación, se repartían por los hospitales, singularmente, en el de Santa Catalina y Puente de la Teja, a servir personalmente a los apestados; y no menos la del ilustre conde de Santiago, don Juan de Velasco Altamirano que, en todo el tiempo de la epidemia, gobernó siempre el coche en que salía de la catedral el augustísimo sacramento, devoción en que se ha señalado siempre su nobilísima casa, y motivo piadoso que lo conducía también a visitar las humildes chozas de los enfermos y remediar sus necesidades.

¿Quién podrá referir el ardor con que los párrocos y ministros de las iglesias y todos los Ordenes religiosos, sacrificando sus vidas, se consagraron enteramente al socorro de los pobres? ¿Los espectáculos lastimosos que les quebraban el corazón, a cada paso,  en la hambre, en la desnudez, en el desamparo de los miserables que, a cielo descubierto, muchas veces, y a las orillas de las acequias o confundidos los sanos con los enfermos, y los enfermos con los muertos, en pequeñísimas piezas, acababan, finalmente, todos al rigor de la fiebre; el trabajo que, para confesarlos y administrarlos, era menester, por la estrechez de la habitación o por la cualidad de los enfermos?

A pesar de tan continuas y horribles fatigas, ni del cuidado de la propria vida, ni del alimento, ni del vestido, ni del sueño, ni del descanso, parece que se acordaban los celosísimos obreros, únicamente ocupados en llevar a los graneros del cielo la mies copiosísima de que se les llenaban las manos. Tantos pecadores envejecidos en la maldad y en la ignorancia, muchos que jamás se habían confesado, muchísimos que, en mucho tiempo, no lo habían hecho; innumerables de confesiones nulas y sacrilegas, a quienes el desengaño, el peligro o la exhortación hacía abrir los ojos; supersticiones, errores, idolatrías, ocasiones presentes, tal vez, en el mismo lecho que era menester desarraigar; haciendas, créditos que era forzoso restituir, matrimonios inválidos, tratos inicuos que era preciso deshacer; ocupaciones todas que, tal vez, necesitan el estudio y diligencias de muchos días, y a que, por necesidad, se debía dar entonces un pronto expediente.

Entretanto, no bastando la profusión de los caudales en limosnas, las precauciones de los magistrados, ni la pericia de los médicos para atajar el contagio que, cada día, cobraba nuevas fuerzas; viéndose las plazas, las calles, las oficinas, los caminos en un triste silencio, desamparados los barrios, cerradas o solitarias las casas; se hacían, por todos los templos, rogaciones, plegarias, procesiones, novenas y todo género de piadosos obsequios, para aplacar la ira del cielo.

Con la experiencia de diez años, antes, en el sarampión, se ocurrió, desde luego, a la santísima Virgen, en su milagrosa advocación de Loreto. Se llevó, en solemne procesión, a la casa profesa, a petición de la ciudad; se le cantó un novenario de misas. Lo mismo se hizo, después, con la santa imagen de los Remedios, cuyo amparo ha experimentado, tantas veces, esta ciudad, desde el tiempo de su conquista. No quedó santuario, no quedó devota imagen a que, pública o privadamente, las comunidades religiosas, las cofradías, los gremios no repitiesen, muchas veces, sus ruegos y oraciones.

Lo mismo que en México, se practicaba en Puebla, en Querétaro, Celaya, Toluca, Cholula, Tlaxcala y cuasi todas las ciudades y pueblos de Nueva España; donde fue el mismo el rigor de la peste, la misma vigilancia en los pastores y magistrados, la misma caridad en los vecinos, la misma actividad y fervor en los operarios.

Sin embargo, reservaba el Señor esta gloria para su santísima Madre, en la milagrosa imagen de Guadalupe; a cuyo amparo quería que se pusiese todo el reino. Bien presente había tenido la ciudad este recurso, desde los principios de la epidemia; y así, en cabildo que se tuvo a 23 de enero, con el ejemplar de lo acontecido en la última inundación del año de 1629, en que el ilustrísimo señor don Francisco Manzo y Zúñiga resolvió traer, y trajo, efectivamente, a México la sagrada imagen; se determinó pedir, para el mismo efecto, la venia del ilustrísimo y excelentísimo señor don Juan Antonio Vizarrón. No faltó quien, en el mismo cabildo, impugnase como temeraria esta resolución, persuadiendo a que se jurase la Señora principal patrona de la ciudad, en aquella maravillosa advocación. Pasó la consulta a su Excelencia ilustrísima, quien respondió con este memorable decreto:

México, y henero 25 de 1737.

Sin embargo de que debo y doi muchas gracias a la nobilíssima ciudad por la proposición que su zelo fomenta en la precedente  consulta; es tanta la importancia de un movimiento tan respectable, que, no determinándome a conformarme, ni a contravenir en acción que no consta haverse practicado jamás en necessidades de México, aun más apretadas que la presente; debo sí excitar la piedad de su ayuntamiento a proponer alguna plegaria o novenario u otro pío y deprecativo medio a obligar a la divina misericordia con la interposición de la Sma. Virgen, exequutándolo en su santuario de Guadalupe, refugio preciso, como nacido de Nueva España y de esta capital.

Hízose, por entonces, el solemne novenario, repartiendo entre sí los días el cabildo eclesiástico y sagradas Religiones; pero no descaeciendo, un punto, la fuerza del contagio, en cabildo de 11 de febrero, se trató de fomentar aquel pensamiento de jurarla patrona. Para este efecto, se nombraron dos comisarios y otros dos, por su parte, el cabildo eclesiástico; a que, accediendo la autoridad del señor Arzobispo Virrey, se procedió a la elección por el cabildo secular, en 28 de marzo, y por el eclesiástico, en 2 de abril; la que, vista por su Excelencia ilustrísima con la respuesta fiscal, en 24 de abril, dijo: Que aprobaba y aprobó, en cuanto ha lugar, y con sumisión a la sagrada congregación de ritos y arreglamiento a sus decretos, la elección de patrona principal de esta ciudad de México en nuestra Señora, bajo el milagroso título de Guadalupe y, en su consecuencia, asignaba el día sábado, que se contarán 27 del corriente, para que, a las diez horas de la mañana, en la real capilla de este palacio, comparezcan los diputados de uno y otro cabildo eclesiástico y secular, a hacer, ante su Excelencia ilustrísima, el juramento acostumbrado; como, efectivamente, se practicó con increíble regocijo de toda la ciudad, el 26 de mayo.

Parece que el ángel exterminador no esperaba más que esta resolución para envainar la espada que había acabado tantas vidas. Desde que se comenzó a tratar, con calor, de dicho patronato, comenzó a disminuir, notablemente, el número de los muertos; tanto que, en 25 de mayo, víspera de la solemne jura, no se enterraron sino tres cadáveres en el camposanto de San Lázaro, donde, diariamente, pasaban, antes, de cuarenta y cincuenta.

El número de difuntos, en sola la ciudad de México, se dice haber pasado de cuarenta mil, aunque en la Gaceta de aquel año sólo 30.000 se pusieron. Los cuarenta mil sólo se ajustaron sobre un cálculo prudencial que, quizá, se hallará muy corto, sabiendo que la Puebla, ciudad mucho menos populosa de indios, donde se ajustó con más exactitud, pasaron de 50.000; y de veinte mil, en Querétaro, con los de los pueblos y haciendas vecinas.

Sigue la relación de los padres jesuitas que murieron por las fatigas y contagio que adquirieron en la peste. Fueron sin duda varones dignos de la inmortalidad, por su celo cristiano, por su saber, y porque a ellos debe la América en gran parte su ilustración y moralidad.

 

Carlos María Bustamante

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Publicado en: Noticias de Cipango