Ofrecemos este recuerdo entrañable de la editora, traductora y amiga mexicana del gran escritor brasileño fallecido el pasado 15 de abril.
Me preguntan de Fonseca. Llegué como editora a Cal y Arena, mucho después de que Fonseca llegara a nuestra casa editorial. Cal editó 21 libros suyos. Me tocó, al llegar, editar y adaptar algunas de sus traducciones y de ahí me dio por estudiar portugués. Quería traducirlo. En alguno de nuestros intercambios se lo conté. Siendo su editora y confesándole que por él estudiaba portugués le pedí traducir Amalgama. Le dije que le mandaba una prueba. No, dijo, confío en ti. Algunos de los textos de Amalgama son poemas. Yo no me atrevo a traducir poesía. Pero tenía y tengo, un as bajo la manga, mi amigo de siempre, el poeta Luis Miguel Aguilar. Le pedí esa ayuda. Logramos esa valentonada juntos.
Yo sabía que Fonseca era un hombre llano, agudo, lleno de humor, sensible, directo, con un lenguaje y una agudeza difíciles de encontrar en un escritor de ese tamaño y con tamaña “humildad literaria”. Le daba por lo policiaco, él fue policía o detective en algún momento. Su prosa inigualable es así: Caso. Búsqueda. Resolución. Se entregó, a diferencia de la generación anterior o contemporánea, a buscar su universo en las grandes urbes. Los jodidos, los pillos, los ladrones, los resentidos, los machos, buscadores de nalgas y tetas y sexo a rabiar, eso se le daba. Y la venganza. Según yo, ése era su tema. Si se querían chingar a la gorda, la gorda terminaba por chingarse al jodido que le había llamado así. Si los ricos tenían grandes fiestas lujosas y lujuriosas llegaban los resentidos a humillarlos a todas y a todos, a ponerlos de rodillas y rogarles que no los mataran.

En sus cuentos Fonseca hacía justicia. Era un justiciero. Pero un justiciero sensual, lúbrico, cochino también. Perdido por el cuerpo de las mujeres, pero también por sus mentes.
Perdió a su mujer no sabemos cuándo ni cómo. Su intimidad tenía candado.
No le gustaban las fotos, ni las entrevistas, pero cuando lo invitaron a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una de esas veces donde recibió el gran premio todavía con el nombre de Juan Rulfo, se presentó en el salón, bajó del estrado, pidió el libro que recién habíamos editado en Cal y Arena, Pequeñas criaturas, lo tomó en sus manos de casi noventa años, sin lentes de ver de cerca, y lo leyó en español, como si nada, como si fuera su propia lengua, paseando entre las personas que nos encontrábamos allí, sentadas. Y riéndose. Nadie sabía dequé se burlaba ese gran pícaro, escritor extraordinario.
Delia Juárez
Directora editorial de Cal y Arena. Su libro más reciente es: Así escribo. Antología. 53 escritores mexicanos.
Cuando lo leo sueño con mulatas de tez olivácea, apiñonada, ojeras genéticas ,oscuras, con globos aereostáticos ardiendo en el mar junto a la playa, en cariocas cosmopolitas, urbanitas cultos y cultas pervertidos, ríos larguísimos y extensos en la selva del amazónas, tengo el uno y el dos de sus cuentos y le pido a Dios el privilegio de leer el número 3, y su colección de cuentos póstumos. Gracias por todo Rubem, como te percibo cínico y descreído tal vez no creas en el mas alla pero espero que descansas a lla vera de Dios y tu Cristo Redentor, y tu “Ángel de la guarda”.