En esta carta les proponemos un respiro, libre de contagios y paranoia sanitaria. Algo tan sencillo como releer a uno de los grandes, uno de esos extranjeros que escribió sobre México mejor que tantos escritores de aquí, y supo entender una tradición de denuncia que remonta hasta Bartolomé de las Casas.
Queridos lectores hartos de leer sobre el fementido virus:
Si quieren hacer una pausa a tanta información abrumadora, déjenme contarles algo. El año pasado, sin darme cuenta, olvidé recordar el cincuentenario de la muerte de B. Traven. Y sí, el 28 de marzo de 1969 falleció en México uno de los mejores escritores alemanes del siglo XX, y hasta de todos los tiempos, diría yo, y desde luego el más leído.
Al mismo tiempo se trataba de una de las personalidades más misteriosas y más fascinantes de su época, el legítimo sucesor de la leyenda de Ambrose Bierce y el legítimo predecesor de la leyenda de J. D. Salinger. Firmaba sus libros con el nombre de B. Traven, y todavía queda un leve margen de duda en cuanto a su auténtica personalidad, aun cuando el misterio parecería haber sido develado ya: hay una monumental y documentada biografía suya, B. Traven: Biographie eines Rätsels [B. Traven: Biografía de un enigma], de 839 páginas, obra poco menos que titánica de Karl S. Guthke y editada en Fráncfort del Meno, 1987, por la Büchergilde Gutenberg. Esto es, por la corporación cultural alemana que editó toda la obra de Traven, y a cuyos archivos —una extensa correspondencia con el autor— tuvo acceso su biógrafo.
Ahora, a 51 años de la muerte de Traven, recordarlo no tiene nada que ver con la piedad que se estila en estos casos, más bien implica admiración y sacarse el sombrero al pensar en sus novelas La rebelión de los colgados, La marcha en el reino de la caoba [traducido como Marcha al imperio de la caoba] y Gobierno, sobre todo estas tres, contextualizadas en el estallido rebelde indígena de Chiapas. Novelas escritas allá por los años 30 y que parecieran haber sido entregadas a la imprenta ayer, contemporáneamente con ese amanecer revolucionario en las tierras cuyo obispo fuera el Padre Bartolomé de las Casas.
Las novelas de Traven se insertan así en una tradición de denuncia que parte de los escritos del dominico y continuará en los textos del subcomandante Marcos, quien —como bien dijo Carlos Fuentes— más que a Carlos Marx se diría que hubiese leído a Carlos Monsiváis: todo queda entre los Carlos.
En La rebelión de los colgados encontramos por ejemplo la frase “Queremos tierra y libertad… Pues si queremos tierra y libertad tendremos que peliárnoslas”. Y en Gobierno, de 1931, aquel a quien García Márquez definió certero como “gran alentador”, se adelanta con clarividencia a su tiempo y lanza un mensaje ecologista que no ha sido recogido en ningún momento por la posterior historia de la república mexicana.

En esa novela expone Traven cómo los indígenas de Chiapas fueron despojados sistemáticamente de su mayor fuente de riqueza, la selva tropical y los tesoros naturales que oculta. Encendida en la protesta, la voz del novelista se alza para condenar la tala masiva de las reservas de maderas preciosas de México, sus bosques de caoba. Y al tiempo que clama (en el desierto) porque cese esa tala, apunta al mero mero centro de la diana de otro problema: “No puede haber caoba barata y a la vez protección de los indígenas indefensos. […] Una de dos: o hay caoba barata o hay respeto a la dignidad humana del pueblo indígena”.
Traven, quien vivió largos años entre los indígenas de Chiapas, sabía que la gran cultura de esos pueblos estaba amenazada de extinción —y lo sigue estando, ahora— por la ambición “civilizadora” de los ladinos, los blancos y los mestizos que constituyen la clase dominante de México, y que no ha suspendido en ningún momento la actitud cercana al genocidio con respecto a los indígenas: primero sus culturas y sus lenguas, luego las propias etnias. Traven creía que esa conspiración sólo podía combatirse mediante movimientos revolucionarios, pero de características por completo autóctonas, marcados por la cultura de los propios indígenas, y no por ideologías importadas. En esa misma novela, explica que otros muchos pueblos deberían aprender de los chiapanecos, “no sólo en Rusia, donde más urgente es, sino en todos los demás países donde Marx y Lenin han sido elevados a la categoría de santos anacoretas”.
No es exagerado afirmar, como lo ha hecho el periodista alemán Fritz Schatten, que “Traven, heraldo y adelantado de su tiempo, dejó escrito su mensaje para una generación venidera: la nuestra”. Y las siguientes, añadiría yo. Porque las novelas del enigmático y exitoso autor siguen teniendo una actualidad alucinada.
Hay que repasar a Traven. Regresar a su obra que es, además, un prodigio de legibilidad e interés, valores hoy en día tan escasos. Novelas como La carreta, Aslan Norval, El barco de los muertos, El tesoro de Sierra Madre y La rosa blanca (podría continuar la lista, pero baste con estos botones de muestra) alegran el corazón del lector y lo reafirman en el amor a la literatura como fuente de gozo y de vida, otra cultura que asimismo se está perdiendo en el mundo actual.
En curioso paralelo con el grande Juan Rulfo, también Traven se dedicó magistralmente a la fotografía, como demuestran los dos volúmenes de Tierra de la primavera, ese canto de amor al país en que pasó los años más felices de su vida, ese México que es más México en su pluma que en la de algunos mexicanos.
Sé que suena a lugar común, pero justamente el sentido común me aconseja decirlo: el mejor homenaje que puede uno rendirle a B. Traven, más de medio siglo después de su muerte, es leerlo… o volverlo a leer. En eso ando durante mi cuarentena, desde la que me despido encareciéndoles que cuiden mucho su salud y la ajena, hasta que nos libremos de este Pinochet invisible que nos quiere serruchar el piso.
Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.