Prejuicios, supersticiones, creencias, humor y crítica marcan el camino de formas y trazos que ha tomado el arte mexicano para representar las epidemias. Un recorrido desde tiempos prehispánicos hasta el siglo XX.

En 1520 se registra la llegada de un hombre de raza negra a tierras mesoamericanas que desata una de las peores epidemias en la historia de nuestro continente: Juan Guía. Aquel esclavo inadvertidamente trae consigo una maldición que acaba siendo una poderosa arma para lograr la Conquista del Nuevo Mundo. Tras desembarcar en la región maya, Guía avanza con los españoles hacia el altiplano con la viruela a cuestas y rápidamente la propaga entre los pueblos indígenas.

A partir de este episodio se ha narrado la historia de las epidemias en México, atribuyendo sus orígenes a la llegada de los españoles; una visión cargada de prejuicios. La noción del mundo prehispánico como un idilio libre de toda enfermedad aún perdura hasta nuestros días y ha sido alimentada, en gran medida, por los relatos de la viruela; atravesados por la leyenda negra de España, han sido utilizados para crear una narrativa de héroes y villanos, en la que los conquistadores son retratados como portadores de muerte y devastación, a pesar de que quien desató el contagio fue un esclavo, importado a estas tierras para suplantar la mano de obra indígena diezmada. Por supuesto que no fueron ni los conquistadores ni los negros quienes introdujeron las epidemias al Nuevo Mundo, pero con la llegada de la viruela sí surgieron nuevas representaciones pictóricas de la enfermedad.

En el Códice Florentino se encuentra la imagen más icónica de aquella epidemia de viruela acaecida en los primeros años de la Conquista.1 En una escena de este códice aparecen enfermos cubiertos de puntos; sus cuerpos yacen sobre petates, con la cabeza recargada en una especia de almohada y cubiertos por mantas. Lo que más destaca de esta representación es la forma en la que se ha plasmado la agonía de esos cuerpos: la mayoría de los enfermos tienen los ojos cerrados, uno de ellos levanta el brazo y extiende el cuello en un gesto tormentoso, mientras otro se encorva con una mirada de angustia, su boca despidiendo una vírgula, señal del habla en el arte prehispánico pero que aquí evoca un lamento de dolor.

Si bien la viruela como tal apareció por primera vez en el imaginario de los pueblos mesoamericanos a partir de ese fatídico momento, la salud y la enfermedad, la preocupación por los distintos estados del cuerpo, sus dolencias y las causas de éstas, fueron temas que ocuparon a los tlacuilos, pintores y escultores prehispánicos desde tiempos inmemoriales. Existen numerosas figurillas con características que han sido leídas como señales de algún padecimiento médico: vientres abultados, marcas en la piel o diversas deformaciones. Algunos códices y relatos nos hablan también de epidemias que sucedieron antes de la Conquista, como el códice Chimalpopoca, en el que se narra una sequía en 1453 en el Valle de México a causa de severas heladas que, a su vez, generaron hambruna, condiciones insalubres y, en consecuencia, epidemias. La helada misma era considerada una “plaga del cielo”,2 cuyas temperaturas bajas desataron un “catarro pestilencial”, como lo narra Fernando de Alva Ixtlilxóchitl en su Historia chichimeca y que ha sido interpretado como una posible epidemia de influenza. El Códice Chimalpopoca también hace referencia a otra epidemia de 1496, que podría ser un brote de tifo.

De acuerdo al arqueólogo Omar Espinosa, las representaciones de algunos dioses en los códices mesoamericanos también muestran padecimientos médicos o vínculos con la enfermedad, particularmente en aquellos que se relacionaban a la suciedad, los vicios y los males en general. Entre estas representaciones, Espinosa resalta la de Nanahuatzin, el buboso, quien aparece en el Códice Borgia con llagas, manos deformadas y una condición en el ojo que evoca su enfermedad. La ceguera fue tema frecuente en las representaciones de estos dioses, como sucede también con Ixnextli, quien aparece llorando en el Códice Telleriano-Remensis debido a que tiene los ojos cubiertos con ceniza, o con Itztlacoliuhqui, representado como un ciego o con los ojos tapados debido a los males que atrapaba.

Libro undécimo del Código Florentino. De las plantas medicinales

El vínculo entre arte, religión y enfermedad es común a todas las culturas. A lo largo de la historia del arte, las epidemias detonan la producción de imágenes alusivas a la intervención divina, tanto para bien como para mal. Este tipo de manifestaciones artísticas también se producen a manera de ofrenda, particularmente en agradecimiento a los dioses y santos que interceden en favor de la humanidad. Un caso emblemático es el de la peste bubónica, en torno a la cual surgieron importantes expresiones plásticas que lo mismo condenaban a la humanidad por su comportamiento, entendiendo la peste como un castigo divino, que agradecían a diversos santos por haber detenido la epidemia. En el arte mexicano, esa función de ofrenda y agradecimiento aparece en los exvotos, una práctica de religiosidad popular que inició en el virreinato.

Anónimo mexicano, Exvoto de Bartolo Martínez, 3 de enero de 1903. Dominio Público

Los exvotos son una fuente riquísima para entender la vida cotidiana durante el Virreinato. En ellos también se refleja la preocupación por la salud. Si bien no siempre especifican el tipo de enfermedad que padece el protagonista, e incluso en ocasiones se resalta que sus causas eran desconocidas, es probable que muchos exvotos estén vinculados a alguna epidemia o crisis sanitaria. Más allá de los padecimientos particulares, vale la pena comentar algunas características de estas representaciones: en la mayoría de los casos, veremos al protagonista recostado en su lecho, frecuentemente rodeado de familiares, médicos y sacerdotes, y es común ver al enfermo o a sus familiares en una posición orante, ya sea hincados o con las manos juntas, ante la imagen del santo o virgen que ha irrumpido en la escena para curar el mal. En cuanto a la cartela que acompaña la escena, un tema recurrente es la búsqueda de remedios sin ningún resultado, lo cual lleva al enfermo a buscar la intervención divina. En la colección del Museo Arocena hay varios ejemplos de este tipo de exvotos: resalta uno dedicado a Nuestra Señora de la Salud de Pátzcuaro en el que se narra cómo la virgen ayudó al vicario de aquel santuario, don Manuel Lecuona, a sobrevivir una enfermedad grave el 27 de junio de 1796. Lo más llamativo de esta imagen se encuentra en la cartela, donde se especifica que además de estar “gravemente enfermo” también se encontraba “desahuciado por los médicos”. Es una actitud recurrente en la sociedad de la época: la desconfianza en los médicos y, en consecuencia, la preferencia por las prácticas religiosas.

La tradición del exvoto continuó con gran ímpetu después de la Independencia y siguió siendo común hasta las primeras décadas del siglo XX. La epidemia de cólera, que llegó a México en 1833, significó también la irrupción de una nueva temática para este género pictórico. En este sentido, entre los 594 exvotos repatriados que se presentaron en la exposición Memoria de milagros en el Museo de las Culturas del Mundo, destaca el que ofreció Juan María Fernández en agradecimiento a la Virgen de la Soledad “por haberla salvado del cólera”. Por la factura de la cabecera y el bordado del cobertor podemos asumir que la donante de este exvoto pertenecía a una familia de alcurnia. Queda claro así que el exvoto fue una expresión artística tanto de las clases obreras como de la élite.

Desde principios del siglo XIX el cólera rápidamente se convirtió en protagonista de otras manifestaciones artísticas populares, como la caricatura. De nuevo se hizo latente la charlatanería que la población percibía entre los médicos. En la prensa europea, particularmente la británica, brotaron múltiples imágenes que satirizaban la situación, contraponiendo la experiencia de las clases obreras —marcada por la miseria— con la de los acaudalados médicos, quienes, según la opinión pública del momento, se beneficiaban de la enfermedad y el pánico que generaba. En México, como la actual pandemia de coronavirus ha demostrado, nuestro sentido del humor sale a relucir ante la menor provocación. Si bien durante la epidemia de cólera no había memes, sí existían las hojas volantes: breves gacetas que se repartían en la calle narrando sucesos fantásticos, acontecimientos de nota roja o desastres naturales, entre otras cosas.

En 1910, el emblemático taller de Antonio Vanegas Arroyo, famoso por las ilustraciones que realizaba José Guadalupe Posada, publicó una hoja volante con La Calavera del Cólera Morbo,con un verso firmado por Arturo Espinosa e ilustración del propio Posada. La calaverita en sí misma merece atención, pues, como sucedía con las caricaturas europeas, hace referencia al negocio que hacían “boticarios y doctores, en contrato criminoso”, incluyendo a Eusebio Gayosso, con “todos los que han quedado del cólera calaveras”; pero lo que aquí nos ocupa es la forma en la que se ha representado la enfermedad en la ilustración. Como es de esperarse en una obra de Posada, aparecen múltiples cráneos, o “calaveras”, realizando actividades cotidianas. Lo que más destaca se encuentra al centro del grabado, donde vemos a un personaje con torso de humano y cola de serpiente rodeado de moscas; éstas evocan las condiciones insalubres que generaron la epidemia, atribuida a las malas condiciones sanitarias del agua. La referencia a la serpiente es también interesante; por un lado, podría ser un motivo inspirado en la tradición bíblica, que ha persistido en la iconografía del arte occidental, de la serpiente como portadora del mal; por el otro, también podría referirse al báculo o vara de Esculapio, emblema médico. El rostro del personaje también es de notar, pues su lengua de fuera, en conjunto con sus brazos levantados, nos dan a entender un ademán de susto; es probable que en esta imagen Posada esté burlándose del pánico que generaron las epidemias de cólera. No deja de sorprender que esta hoja volante haya sido publicada en una fecha tan tardía, siendo la epidemia de cólera de 1833 la más significativa. Así, nos muestra el impacto de esta epidemia en la cultura popular mexicana y la persistencia de esta enfermedad hasta bien entrado el siglo XX.

Pocos años después de que se publicara esta sátira del cólera, surgió una nueva epidemia que devastaría al mundo entero: la influenza española, que se estima arrasó con la vida de 40 millones de personas entre 1918 y 1920. A diferencia de otros países, en los que desató una importante producción plástica, esta pandemia no tuvo un gran impacto en los artistas mexicanos. Es probable que esta ausencia se deba a que la enfermedad coincidió con un momento de transición política y social en el que apenas comenzaba a consolidarse el proyecto revolucionario en México. Por otro lado, también es importante recordar que los pintores que en las siguientes décadas se convertirían en las grandes firmas del arte mexicano, como Diego Rivera o David Alfaro Siqueiros, se encontraban en Europa en ese momento y, por lo tanto, tuvieron poco contacto con la llegada de la influenza al país. Algunos diarios publicaban fotografías de gente con mascarillas —imágenes que hoy resultan escalofriantemente familiares— o ilustraciones alusivas a la enfermedad, de cierto modo en continuidad con la representación pictórica del cólera en décadas anteriores. Incluso, al más puro estilo de las afamadas hojas volantes de Vanegas Arroyo, algunos periódicos también publicaron uno que otro corrido a manera de calaverita:

La cosa está del demonio;
No hay una familia sola
El que no cruel testimonio
Haya de la influenza española4

Las enfermedades y epidemias del siglo XX que sí dejaron un importante legado artístico en México fueron la poliomielitis y el SIDA. De la primera destaca la producción de la ahora icónica Frida Kahlo, cuya vida y obra son inherentes a la enfermedad y el dolor. Kahlo contrajo polio en 1913, a la edad de seis años, lo cual la obligó a pasar temporadas de aislamiento en su infancia. De acuerdo a algunas interpretaciones, esta experiencia se ve reflejada en Ella juega sola o niña con máscara de muerto de 1938. Otra posible referencia a la polio la encontramos en Lo que el agua me dio, también de 1938, una especie de autorretrato en el que vemos los pies de la artista dentro de una tina desde su propia perspectiva; en el cuadro resalta una deformidad en su pie derecho, de la cual se desprende un hilo de sangre, que posiblemente sea a causa de la polio. Las prótesis también serán un motivo recurrente en su obra tanto por su padecimiento infantil como por el accidente de tranvía al que sobrevivió en su adolescencia.

Para los años 80, la epidemia de SIDA cobraba la vida de miles de personas, particularmente de jóvenes de la comunidad LGBT+ y de otros grupos minoritarios. La comunidad artística internacional, una de las más afectadas por el virus, rápidamente reaccionó a la crisis sanitaria, produciendo un legado plástico que marcó el rumbo del arte contemporáneo. México no fue la excepción y a partir de la década de los 90 surgió una importante producción que abordaba la experiencia de quienes viven con VIH y el impacto social del SIDA. Mientras piezas como In Memoriam de Jesús Garibay Mendoza del grupo Taller de Documentación Visual (1995) rendían homenaje a las víctimas de la epidemia, otras concientizaban sobre el uso del condón, como las caricaturas de Arturo Kemchs. Estas epidemias modernas retomaron también elementos formales de representaciones anteriores: por un lado, la estética de Frida Kahlo está inspirada en los exvotos, que como ya se ha mencionado fue el género predilecto para representar la enfermedad durante cuatro siglos de arte mexicano; por el otro, Rolando de la Rosa se reapropió del imaginario de los códices para crear una nueva narrativa de la epidemia en Iconocuicatl sidaids de 1996, cerrando con ello el círculo de las epidemias y su representación en el arte mexicano.

Aún no sabemos qué influencia tendrá la actual pandemia de COVID-19 en nuestras manifestaciones culturales: cada crisis desata su propia producción artística y reinterpreta el segmento de la tradición que necesite.

 

Veka Duncan
Historiadora del arte y conductora de El Foco en Adn40. Twitter: @VekaDuncan.


1 Códice Florentino, lib. XII, f. 53v.

2 Angélica Mandujo Sánchez, Luis Camarillo Solache y Mario A. Mandujano, “Historia de las epidemias en el México antiguo. Algunos aspectos biológicos y sociales” en Revista Casa del Tiempo, abril 2003.

3 Los exvotos son pinturas de artistas anónimos en agradecimiento a la Virgen, a Jesús o a algún santo por su intervención en auxilio de quien lo manda a hacer, siendo las causas más frecuentes de esta ayuda los desastres naturales, los accidentes y, por supuesto, las enfermedades. Se producían por encargo y se donaban a los templos en los que se encontraban las imágenes de las advocaciones marianas o santos a quienes se les había pedido auxilio. Los santos se representan siempre dentro de la escena, aunque en una escala mayor al resto de los participantes de la acción. A su vez, los exvotos siempre muestran al donante como el protagonista de la historia, en el preciso momento en el que fue auxiliado. Para resaltar esta intervención divina, las escenas son siempre acompañadas por una cartela que narra los hechos, usualmente consignando la fecha en que sucedieron y el nombre de quien fue beneficiado. A diferencia de la mayoría del arte sacro del Virreinato, que era comisionado por la propia iglesia, estas expresiones eran de factura popular, es decir, comisionadas por gente de a pie y creadas por artistas autodidactas, de ahí su estilo naïf.

4 La Prensa, 2 de noviembre de 1918.