De ambas orillas del Atlántico recuperamos a dos escritoras imprescindibles del siglo XX en lengua inglesa a propósito de la enfermedad, sus derroteros, su lenguaje y sus metáforas. Nadie mejor para pensar en la actual pandemia desde un punto de vista filosófico y literario como Virginia Woolf y Susan Sontag.

Nueva jerarquía de las pasiones

El breve ensayo Estar enfermo de Virginia Woolf aparece en enero de 1926 en The Criterion, la revista de T. S. Eliot, a quien no le agrada demasiado el texto. El juicio del poeta agudiza las inseguridades de Virginia, empeora su salud mental. Varios médicos en su época especulan sobre su condición. Le diagnostican depresión clínica, insomnio, ansiedad. Además de potentes sedantes como el Cloral, la conminan a guardar reposo absoluto, dejar de escribir. Su postración por larguísimas temporadas no aminora el malestar físico y mental que la aqueja hasta el día en que, con Londres bajo una lluvia de bombas alemanas, se suicida en el río Ouse. Lo demás es sabido: era un 28 de marzo de 1941 y Virginia llevaba los bolsillos llenos de piedras.

Estar enfermo se desarrolla como una respuesta de libertad creativa, personalísima, a la observación inicial de la propia Woolf de que “no existe un registro de esta cotidiana tragedia del cuerpo” y de que la literatura y el lenguaje se ocupan poco de la enfermedad. No la saben nombrar en sus intrincadas galerías, superficies y extensiones. La describen poco. Es un tema parco y escaso. Estar enfermo es también un ensayo sobre la lucidez del paciente —lucidez que jamás abandona a la misma Woolf—  y el descubrimiento del nuevo mundo sensible que surge bajo el cielo extrañamente protector de su malestar, de su aislamiento, de su diferencia con “el ejército de los erguidos”.

Virginia Woolf en 1902. Fotografía de George Charles Beresford. Dominio Público.

~. Cuando pensamos en esto [en lo habitual que es la enfermedad], se vuelve en verdad extraño que la enfermedad no ocupe un sitio entre los temas principales de la literatura, al lado del amor, la guerra y los celos. Uno pensaría que hay novelas dedicadas a la influenza, odas a la neumonía, poemas líricos al dolor de muelas. Pero no […] la literatura hace su mejor esfuerzo por sostener que la mente es su mayor preocupación, que el cuerpo es una lámina de vidrio a través de la cual se ve un alma íntegra y clara y —a no ser por una o dos pasiones como el deseo y la codicia— es insignificante.

~. Las personas escriben siempre sobre las actividades de la mente; los pensamientos que llegan hasta ella, sus nobles planes, la forma en que la inteligencia ha civilizado al universo.

~. [L]a pobreza del lenguaje obstaculiza la descripción de la enfermedad. En el idioma inglés, que puede expresar los pensamientos de Hamlet y la tragedia del rey Lear, no hay palabras que describan el escalofrío o la migraña; el lenguaje ha crecido en una sola dirección. La más simple alumna enamorada tiene a Shakespeare y a Keats para hablar por ella; pero si a un doliente se le ocurre describirle al médico su dolor de cabeza, el lenguaje se marchita de inmediato.

~. [L]o que nos hace falta no es un nuevo lenguaje, más primitivo, más sensual, más obsceno, sino una nueva jerarquía de las pasiones; el amor tiene que deponerse a favor de una fiebre de cuarenta grados; los celos tienen que ceder ante las punzadas de la ciática; el insomnio está obligado a desempeñar el papel del villano, y el héroe, a convertirse en un dulce líquido blanquecino: el poderoso príncipe con ojos de polilla y pies emplumados llamado Cloral.

~. [E]s imposible compartir la experiencia y, como ocurre siempre con estas cosas intrascendentes, el propio sufrimiento del enfermo sólo sirve para despertar en la mente de sus amigos el recuerdo de sus propias influenzas, sus propios dolores por los que nadie lloró en febrero pasado, y por los que ahora se lamentan a gritos, desesperada y estrepitosamente, invocando el divino alivio de la compasión.

~. Hay en la enfermedad, confesémoslo (y la enfermedad es el gran confesionario), una franqueza infantil; las verdades se sueltan abruptamente y se dicen cosas que oculta la cauta responsabilidad de la salud.

~. No conocemos nuestra alma, y ya no digamos la de los demás. Los seres humanos no avanzan a lo largo del trayecto entero tomados de la mano. Cada uno alberga un bosque virgen; un campo nevado donde ni siquiera se conoce la huella de un ave. Ahí avanzamos solos, y así lo preferimos. Siempre ser objeto de compasión, siempre estar acompañado, siempre ser comprendido, sería intolerable. Pero cuando hay salud debe mantenerse esa afable pretensión y renovarse el esfuerzo: para comunicar, civilizar, compartir, cultivar el desierto, educar a los nativos, trabajar juntos de día y divertirnos de noche. Cuando hay enfermedad esta fantasía se acaba.

~. La oleada de vida se precipita, infatigable. Sólo quienes están en cama saben lo que, después de todo, la naturaleza no hace el menor esfuerzo por ocultar: al final, ella vencerá; el calor abandonará el mundo; paralizados por la escarcha, dejaremos de arrastrarnos por los campos; el hielo cubrirá la fábrica y el motor con una gruesa capa; el Sol se apagará. […] Pero con el anzuelo de la vida aún dentro tenemos que retorcernos. No podemos anquilosarnos apaciblemente en montículos vidriosos. Incluso los que están en cama se levantan ante la mera imagen de escarcha en los dedos de los pies y se estiran para aprovechar la esperanza universal: el Cielo, la Inmortalidad.

~. Librados a nuestros propios recursos, especulamos, pues, carnalmente. Necesitamos que los poetas imaginen por nosotros. […] En efecto, es a los poetas a quienes recurrimos. La enfermedad nos indispone para las largas campañas que exige la prosa.

~. Decadencia y caída del Imperio romano no es un libro para leerse mientras uno está enfermo de influenza, como tampoco lo son La copa dorada ni Madame Bovary.

~. En la enfermedad, las palabras parecen tener una cualidad mística. Comprendemos lo que está más allá de su significado superficial, reunimos instintivamente esto, eso o aquello —un sonido, un color, aquí un acento, allá una pausa— que el poeta, quien sabe que las palabras son exiguas comparadas con las ideas, ha desparramado en su página para evocar —cuando se les reúne— un estado de ánimo que ni las palabras pueden expresar ni la razón explicar.

~. En la salud el significado usurpa la sonoridad. Nuestra inteligencia domina nuestros sentidos. Pero en la enfermedad, con la policía fuera de servicio, nos arrastramos bajo algunos oscuros poemas de Mallarmé o de Donne, una frase en latín o en griego, y las palabras emiten su fragancia, destilan su gusto, y después, si por fin comprendemos su significado, éste es tanto más rico por haber llegado a nosotros primero sensualmente, a través del paladar y el olfato, como un aroma singular.

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Ese otro país

La enfermedad como metáfora, por otro lado, es una de las obras maestras de la ensayista y crítica estadunidense Susan Sontag y también apareció por primera vez en una revista literaria: The New York Review of Books la publicó en 1978. Su argumento, a grandes rasgos, es que nuestra insistencia en entender las enfermedades como símbolos o significantes es, además de irracional, peligrosa. El texto se centra en la tuberculosis y el cáncer. Sontag misma padeció la segunda dolencia.

Así, mientras que Woolf opta por un ensayo personal breve y creativo, que roza lo lírico, Sontag prefiere aproximarse al cáncer desde una perspectiva más erudita, tomando sus ejemplos de la literatura, la historia y la filosofía —de todos lados, en fin, salvo de su propia experiencia. Lo curioso es que, a pesar de sus experiencias con la salud mental  y con el cáncer, ninguna de las dos menciona directamente su propia enfermedad.

Susan Sontag en su casa en 1979 (encuadre recortado). Fotografía de Lynn Gilbert. Con licencia de Creative Commons CC-BY-SA 4.0

 

~. La enfermedad es la noche de la vida, una nacionalidad onerosa. Todo aquel que nace posee doble ciudadanía: aquella del reino de los sanos y aquella del reino de los enfermos. Aunque todos preferimos usar exclusivamente el pasaporte diurno, tarde o temprano nos vemos obligados a identificarnos como naturales de ese otro país.

~. Aunque la manera en la que la enfermedad nos mistifica depende de las expectativas de nuestros tiempos, la enfermedad en sí misma — antes la tuberculosis, hoy el cáncer — despierta en nosotros un temor decididamente anticuado. Así, toda enfermedad que se nos presente a un tiempo misteriosa y fatal terminará por parecernos contagiosa, si no literalmente, sin duda en el campo de la moral y de la metáfora.

~. Los mismos elementos que hacían de la tuberculosis una enfermedad “interesante” — o, si se prefieren los términos de la época, “romántica” — también la convirtieron en una maldición especial. Mientras que las grandes enfermedades epidémicas del pasado (la peste bubónica, el tifus, el cólera) atacaban a cada individuo en tanto que miembro de una comunidad, los románticos concebían a la tuberculosis como una dolencia solitaria que aislaba al enfermo de sus semejantes. Poco importaba que la tuberculosis, como el cáncer en nuestros días, fuera extremadamente común y prevalente: los románticos siempre la imaginaron como una enfermedad misteriosa que aquejaba al individuo — una flecha mortífera de la que nadie estaba a salvo y que señalaba a sus víctimas una por una. […] Ningún paciente de cólera se pregunta “¿por qué a mí?,” pero lo mismo no puede decirse de quien recibe un diagnóstico de cáncer.

~. Como todas las situaciones extremas, las enfermedades temidas sacan a relucir lo mejor y lo peor de la gente. La narrativa estándar de la peste, sin embargo, suele centrarse en la devastación del carácter moral de las poblaciones afectadas por la epidemia. Si el cronista de la plaga no tiene ideas preconcebidas que hacen de la enfermedad un castigo a los malvados, es probable que su relato ponga el énfasis en la corrupción moral que el paso de epidemia saca a la luz. Incluso si la enfermedad no es interpretada desde un principio como un juicio sobre el valor moral de una comunidad, el colapso de la convivencia que la plaga inevitablemente desencadena termina por convencer a los supervivientes de la maldad de su sociedad. Así, por ejemplo, Tucídides relata que la plaga ateniense de 430 a. C. destruyó el orden legal de la polis: “El placer del momento tomó el lugar del honor y la experiencia,” al punto que el lenguaje mismo quedó corrompido. Algo parecido sucede con Boccaccio: el mensaje de las descripciones de Florencia que llenan las primeras páginas del Decamerón es que los florentinos se comportaron como animales.

~. La lepra en sus peores días también provocaba un terror desproporcionado. En la Edad Media el leproso era un texto social en el que la corrupción se tornaba legible: un emblema o ejemplo de la degeneración y la decadencia. Pocos gestos más punitivos que dotar a una enfermedad de significado simbólico, pues tal significado tiene que ser por necesidad moralista. […] Primero vienen las asociaciones entre los temas más oscuros (la corrupción, la decadencia, la polución, la anomia, la debilidad) y la enfermedad. Después la enfermedad misma termina por convertirse en una metáfora. Finalmente el uso de la enfermedad como metáfora termina por imponer su horror a asuntos y objetos que nada tienen que ver con la plaga. La enfermedad, así, se convierte en un adjetivo.

 

Fuentes: Virginia Woolf, Estar enfermo, presentación, traducción y notas de Laura Emilia Pacheco, México, UNAM, 2007. Susan Sontag, Illness and his metaphors, Hampshire, Picador/Pan McMillan, 2001 (1a. Ed. de 1978 en Farrar, Straus and Giroux), traducción de los fragmentos de Nicolas Medina Mora.