Julia Stephen, la madre de Virginia Woolf, sabía a la perfección cuidar y atender enfermos, aun si no era profesional. Sus notas, de 1883, destilan una sabiduría práctica y empática, un conocimiento experimentado del camino de vicisitudes que debe recorrer tanto quien acompaña como quien padece la enfermedad.

Cuatro décadas antes de que Virginia Woolf publicara sus reflexiones sobre lo que significa estar enfermo —en la revista The New Criterion de T. S. Eliot—, su madre, Julia Stephen, ya había escrito una serie de observaciones y sugerencias a propósito de la relación entre enfermeras y pacientes. Julia, según el testimonio de su segundo esposo Leslie Stephen, sabía cómo atender enfermos. Familiares y amigos pedían su presencia cada que necesitaban de sus cuidados y ella no dudaba en posponer todo, incluso su boda. Estos fragmentos provienen de Notas desde las habitaciones de los enfermos que aparece en el volumen de Alba Editorial donde también puede leerse el ensayo Estar enfermo de Virginia Woolf.

 

~. Cada enfermera, ya sea profesional o aficionada, debe mirar a su paciente como un “caso”, cuidando con delicadeza inquebrantable y atenta tanto al completo desconocido como al amigo poco comprensivo y al más cercano y querido.

~. Un imperativo para todos los que se ocupan de los enfermos es que estén alegres; no con una alegría elaborada o forzada, sino con un brillo silencioso que haga de su presencia una alegría y no una opresión. Puede parecer difícil seguir este consejo, pero no lo es. La alegría es un hábito, y nadie que tenga una cara sombría debe atreverse a atender a los enfermos.

~. El ambiente de la habitación del enfermo tiene que ser alegre y pacífico. Debe de apartarse de problemas domésticos, cuestiones de dinero, preocupaciones y discusiones de cualquier tipo.

~. No puede haber medias tintas en estos temas; los indicios y susurros son peores que la verdad. No hay límite para la imaginación del enfermo, y este es un hecho que se pasa demasiadas veces por alto.: es algo que hacen hasta los más cariñosos. Respuestas como "No, no es nada", "No te preocupes", cuando surge la sospecha, son suficientes para inquietar al desafortunado paciente que tiene fiebre.

~. Entre los miles de pequeños males que rondan la enfermedad, el más grande por la desazón que puede causar, aunque el de tamaño más pequeño, son las migas. […] Cualquiera que haya estado enfermo tomará enseguida precauciones, aunque resultarán inútiles. Se pondrá una servilleta debajo de la barbilla, estirará el cuello hasta dejar la boca fuera de la cama, comerá del modo más incómodo y tendrá cuidado de que ninguna miga se meta entre los pliegues de su camisón y su bata. Cuando se recueste en la cama, con la vana esperanza de haber vencido al enemigo, este se le habrá adelantado: tiene una afilada miga clavada en la espalda y hay granos de arena de migas que parecen habérsele pegado a los dedos de los pies. Si el paciente es capaz de levantarse para que le hagan la cama, cuando vuelva a ella encontrará que las migas le están esperando. […] Después de cada comida, la enfermera tiene que meter la mano debajo de las sábanas para ver si hay migas. […] Hay que mirar bien la ropa de noche del paciente; las migas están acecho en cada diminuto doblez o adorno. Suben por la manga del camisón, y si el paciente está en la cama cuando se efectúa la búsqueda tiene que colgar los brazos fuera de la cama para que las migas, que seguro están ahí, caigan fuera.

Ilustración: Kathia Recio

~. Algunos piensan que toda la comodidad de una cama depende de las almohadas, y no estoy segura de que no tengan razón. Es verdad que una almohada muy blanda o demasiado dura puede convertir una cama confortable en la más incómoda. Cada uno tiene su propio modo de preparar las almohadas: unos las prefieren suaves y lisas, mientras que otros las retuercen y les dan vueltas hasta que parece que no hay cabeza que pueda en ellas hallar reposo. La enfermera debe averiguar cómo las prefiere el paciente antes de intentar colocarlas.

~. No hay parte del oficio de enfermera más complicada, más necesaria ni más detestable que el lavado. Sabemos que mucha gente tiene una exagerada manía con la higiene. Dirigiéndome a este tipo de pacientes, les rogaría que repriman su deseo de agua y jabón como si fuera ginebra; que se contenten con un pequeño lavado cada día y que no se atormenten con la idea de que, a no ser que se laven todos los días con el mayor escrúpulo, estarán sucios.

~. Para arreglar el pelo del paciente, la enfermera hará bien en usar al principio solo un peine de púas grandes o, si no lo tiene, las púas mayores de un peine ordinario. Debe sostener el cabello con una mano cerca de las raíces para que el paciente no sufra si hay que desenredar alguna parte. […] La enfermera debe siempre, antes de usarlo, limpiar el cepillo de pelos sueltos. Hay pocas cosas tan molestas como que se arrastre despacio por la cara un pelo largo cada vez que el cepillo pasa por encima.

~. Las fantasías de los enfermos parecen, y a menudo son, absurdas; pero discutir no las disipa; sólo hacen que crezcan, ya que el paciente oculta lo que siente y con eso aumenta su intranquilidad mental, una manera segura de aumentar su sufrimiento físico. Para una enfermera cuidadosa y considerada, que las fantasías del paciente no sean absurdas. Si el enfermo sabe que su enfermera se ha esforzado en reconocer que en algo tiene razón, estará tranquilo y no la molestará con preguntas y sugerencias inútiles.

~. En casos de gran excitación nerviosa la enfermera puede calmar a su paciente cogiéndole la mano y hablándole tranquilamente sin aparente motivo ni esfuerzo, pero sin perder de vista su objetivo y volviendo a callar poco a poco si ve que su paciente no se calma.

~. Si el paciente muere, la enfermera debe recordar que aunque su ayuda todavía puede necesitarse, su sitio ya no está al lado del lecho de muerte, a no ser que se le pida. Su presencia debe notarse lo menos posible. si ha hecho bien su trabajo verá que todos acuden a ella; pero tiene que guardar silencio y abstenerse de hacer cualquier comentario o sugerencia. A menos que la familia no está dispuesta a hacerlo, no debe intentar cerrar los ojos ni sujetar el mentón del muerto.

• Virginia Woolf, Estar enfermo. Julia Stephen, Notas desde las habitaciones de los enfermos, trad. de María Tena, Barcelona, Alba editorial, 2019, 104 p.