Para muchos el Vive Latino 2020 fue el último concierto antes de recluirse en casa durante tiempo indefinido. Una despedida que, según el siguiente testimonio, tuvo pinceladas de absurdo y grotesca agonía.

Que si creo en el coronavirus. Que no creo en dios. Lo dice el tipo detrás de mí en la fila para entrar al Foro. Lo entrevistaron para la televisión, dice. Y escupe al suelo. Y escupe al suelo otra vez. En los puestos donde se venden playeras de Guns N’ Roses también se venden tapabocas con el logo del Vive Latino 2020. No vi a nadie que trajera uno. Antes de entregar el boleto en la puerta alguien me apunta con un termómetro. Paso la prueba. A un lado veo un equipo de la Secretaría de Salud, gente que mira su teléfono y platica tranquilamente. Si el mundo afuera es raro, adentro no es muy distinto. Hay un mini Oxxo, “baños VIP”, juegos de feria —canicas en la típica tabla agujereada y pesca de pececitos de plástico—, una rueda de la fortuna patrocinada por una compañía de jeans. Hay una zanja llena de un líquido espeso y lechoso; la gente se quita los zapatos para cruzarla y se toma fotos. Lo patrocina Cinemex. Básicamente, dice por teléfono una chica de control de público, no estamos haciendo nada.

No sé cómo son los baños VIP; para el resto, Sanirent c’est Sanirent. Hay también mingitorios de acero, horizontales, donde los hombres mean hombro a hombro. Un hombre audaz ve un hueco mínimo entre otros dos. En vez de esperar, se mete entre ambos de manera lateral y orina con una torsión notable. Afuera hay estaciones de gel antibacterial. Increíblemente para los estándares nacionales, si uno aprieta el dispensador sí sale el líquido bendito. Hay también algo que quizá no estaba planeado: unos lavabos decentes y coquetos, con detalles en triplay. Me lavo las manos al mismo tiempo que otro desgraciado. Nos miramos de reojo. Enjabonamos, enjuagamos, nadie quiere ser el irresponsable que termina primero. Pasamos demasiado tiempo en ese lavabo.

¿Quién cree en los fantasmas?, pregunta un tipo en la carpa de comedia. Varios levantan el brazo. Siempre son los cafés, dice. ¿Es usted afrodescendiente?, le preguntaron a mi papá en el censo. Si eres blanco ya la hiciste, dice otro comediante al día siguiente.

Todos, comediantes o no, hacen el mismo chiste: nos la pela el coronavirus, etcétera. Este es el último concierto que va a haber en un mes, mes y medio, dice un hombre apodado El Abulón, que no es médico pero sí vocalista de las Víctimas del Doctor Cerebro. Se siente como el fin de algo, o el principio de otra cosa. Mi hermano me habla del furor por la liga de futbol en Nigeria, una de las pocas que quedan. El Vive es el último momento de goce de la especie. México y Nairobi. El antiguo DF no se lo propuso, pero ahora es un corredor enjuto que el mundo mira dirigirse al pebetero para apagar la llama. Abulón lo sabe. Abulón tiene información privilegiada y arenga a las masas. Algunos músicos, dice, no pudieron venir al Vive porque no los dejaron salir de sus países. A otros la neta se les arrugó. La gente grita “putos, putos”. No tiene nada de malo agarrarle la verga a una mujer, dice, en un escenario diferente, un comediante vestido como si combatiera el ébola en Guinea. No vayan a creer que soy uno de esos “putos”, dice el estandopero, y entrecomilla el aire. ¡AGUA, CERVEZA, DORITOS!

Es inagotable la pasión de los mexicanos por las Maruchans. Los vasos de cerveza se reutilizan para compartir los fideos tiesos. Hay más opciones de comida que bandas. Frutas, alitas, tacos de canasta, pizzas, hamburguesas, burritos, huaraches de milanesa empanizada, donas, tequeños, palomitas, chicharrones, y la lista continúa. Cafés americanos más caros que en Manhattan. Pulquito de mango y guayaba. Vodka y mezcal que despachan hombres y mujeres desde sus backpacks. Para las 10 pm ya hay gente dormida en el suelo. Los policías caminan en columnas sinuosas entre el público. Buscan a LOS MARIGUANOS. Algunos presuntuosos apilan sus vasos de cerveza en vez de tirarlos. Uno de ellos recibe una instrucción de la chica que lo acompaña. Graba, le dice ella, y le da un teléfono. El tipo se voltea al escenario para obedecer y ella se gira hacia El Edu. Lo abraza del cuello, se le arrima, como se diría oficialmente. Le pregunta: ¿Entonces qué? El Edu no responde. La chica se aburre y lo suelta. El tipo voltea y levanta el pulgar para dejarle ver a su mujer que la grabación ha sido un éxito.

En la fila de los tacos un hombre mete la mano en el pantalón de una mujer. En el circuito del autódromo se repartían cangureras a manera de plan antirrobo. Quizás el hombre buscaba cambio o su teléfono en el perineo. De cualquier modo no debí haber visto aquello.

En el escenario principal toca Guns N’ Roses, que es, esencialmente, lo que todo mundo vino a ver. Pero antes, el tributo a José José, donde Abulón es el maestro de ceremonias. Todos los rockeros pesados cantan con fruición: Espera un poco, un poquito más. Y también: Algo me arrastró hacia ti como una ola, y fui y te dije hola. ¡AGUA, CERVEZA, DORITOS!

Axl Rose está gordo y parece un gringo común y corriente, lo cual le rompe el corazón a cualquiera. Lo acompañan Duff McKagan en el bajo y Slash en la guitarra, y no paran durante dos horas y media. Axl se cambia de camiseta cinco veces. Cada vez los dibujos de sus playeras son más inapropiados. Slash usa demasiadas pulseras y una camiseta de Mickey Mouse que dice PARANOID. En las pantallas del Foro unos esqueletos tienen sexo en posiciones varias. Extrañamente, no han dejado de ser la misma banda, una increíblemente vulgar pero irrechazable; una estética y un sonido de otra época que permanecen como necio sedimento necio de la cultura pop.

El video no mató a la radio, pero sí al slam. En las canciones donde esperaba ver volar vasos de cerveza y recibir patadas en la espinilla, la gente, en cambio, grababa. Brazos al aire, pantalla fija y silencio: nadie quiere que en su video se escuchen gritos desafinados. Que tampoco salga movido. El piano se descompone pero de algún lugar sacan otro y Axl canta la lluvia de noviembre. El hombre encargado de recoger los vasos de plástico del suelo deja a un lado la bolsa jumbo y mira hacia el escenario para cantar con el resto. El Foro está lleno y nadie sabe cómo. ¿Sí fuiste a la congregación de 70 mil personas?, me escribe La Pé, incrédula. Si sí, ni aunque te cortes las manos [te salvas, quiere decir]. Todos cantan lo mismo: llévame a la ciudad paraíso. I wanna go. Un ritual macabro en el que todos piden a gritos la muerte; quizá la verdadera razón por la que vinieron al concierto. Axl canta: Why I’m here I can’t quite remember. The surgeon general says it’s hazardous to breathe. Slash toca y no se le mueve un pelo. Nadie le ha visto las pupilas desde 1987. Axl todavía se amarra en la cintura esa especie de franela a cuadros. Llevamos una década tapándonos la boca con el codo para estornudar. El mundo, leo días después, no es un hospital, sino un hospicio. Hay cosas que no cambian. Agua, cerveza, doritos.

Al día siguiente —porque la condición esencial del vicio es la reincidencia— una banda chilena canta durante diez minutos “Valparaíso y Concepción”. En el suelo, de rodillas, el guitarrista desafina su instrumento en vez de tocarlo. Después se pone de pie frente a otro músico y empiezan a chocar cuerdas contra cuerdas. ¡Valparaíso y Concepción!, grita el vocalista, como si el idioma se agotara en esos dos vocablos. Terminé sordo y feliz. El vocalista aclaró: Valparaíso y Concepción están ahora mismo para la cagá, poweón. Y volvimos a sentir, otra vez, que el mundo se hacía chiquito, que se cerraba sobre el Vive Latino.

Hay un ring de lucha libre. El réferi flexiona el brazo, lo lanza por encima del hombro y le dice a alguien del público: Chingas a tu madre. Un puesto cercano pide donaciones para esterilizar perros. En un escenario se anuncia una banda de “jóvenes con deficiencias mentales” de Tepeji del Río. La rueda de la fortuna de Oggi Jeans gira y gira. Tocan los Babasónicos. El Edu me dice: Tiene buen flow el viejito. Adrián Dárgelos tiene cincuenta años. Eduardo Hernández Saucedo (alias Ed Maverick) nació en el 2001 y toca casi al mismo tiempo. Empieza a llover. Fuerte. ¡Chinga tu madre, Ed Maverick!, le grita alguien atrás de mí, que también canta todas sus canciones con entusiasmo. Sé que es tarde ya, canta Inspector unas horas después, y yo todavía no conozco a alguien que no se sepa esa canción. Quizá conozco a muy poca gente. Uno de ellos me escribe: Esto es lo más irresponsable que has hecho. Estoy de acuerdo: la botella de gel antibacterial que traje es muy pequeña, pero el concierto prohibía más de sesenta mililitros. También prohibía: Drogas y/o su parafernalia, máquinas que dan masajes o masajeadores, luces químicas duras, joyería con picos y peluches.

En la Batalla de campeones, los freestyleros le desean el contagio del Covid-19 a Peña Nieto. La gente aplaude la propuesta con entusiasmo. Se insultan los raperos, se acercan, se alejan, se dan la mano, y el público cizañoso dice AH, OH, UH, cada vez que uno se la aplica al otro.

Toca Zoé su disco más vendido. La gente canta el unplugged y seguro escupe al aire y yo estoy ahí, en medio, pensando en una vacación acapulqueña de hace diez años. No hay que asustarse, dice desde el escenario León Larregui, quien para mí cumple una función oracular desde que dijera aquello de México es el futuro de México. Es algo que sí existe, siguió, pero no hay que dejarse caer en el pánico y en la locura. Porque ahí sí, dijo, sí nos enfermamos. Cómo decirle que no a quien dejó por escrito y para siempre lo que todos pensábamos pero no nos atrevíamos a decir: Es raro el amor.

Si Guns N’ Roses cerró con “Paradise City” Zoé cierra con “Bésame mucho”, otra suerte de plegaria mórbida, festín de los psicoanalistas que miran a las masas cantar en contagiosas circunstancias. Todas las letras ahora significan otra cosa. Quiero tenerte muy cerca canta Denisse Gutiérrez, mejor que hace diez años. Piensa que tal vez mañana yo ya estaré lejos; quizá a un brazo de distancia. No es que el Vive Latino fuera ajeno al mundo, que le diera la espalda a las noticias y al conteo de muertos. Mira, me dijo en febrero —eran otros tiempos— una chica que salió corriendo hace un mes de China, aquí ponen cuántos van, cuántos se han curado. Todos los días, me dijo mientras yo veía su pantalla del WeChat y no podía leer más que una especie de marcador de béisbol con los números, me levanto y veo cómo vamos. Al final de todo —encima de todo, mejor dicho— lanzaron fuegos artificiales, cohetes que explotaban en el aire y hacían ruido de colores, en el peor momento para festejar cualquier cosa, que por eso mismo es el mejor momento, como cuando los parroquianos del café de Rick en Casablanca se ponen a cantar la Marsellesa; como cuando el estadio canta “Cielito lindo”, que es, sin lugar a dudas, la canción más triste del mundo y, sin embargo, se canta siempre con una alegría absoluta. El Vive Latino cerró con fuegos artificiales como Disneylandia cierra sus parques.

Un par de días después la policía de la ciudad detuvo a un hombre que había robado veintiún celulares durante el festival. También se reportó que un hombre de cuarenta años, internado en un hospital de Santa Fe con el virus, había pasado el fin de semana en el Vive Latino. Ah, amigo, me escribe alguien desde otra parte del mundo, México es muy grande. ¿Es verdad que van a hacer otro concierto por si quedó alguien sin infectar? Un día después salió la secretaria de salud local a decir que aquello era imposible, que el mismo señor, en esos días, estaba en su casa. El mundo, tan aficionado a la categoría de pureza, ha encontrado su mejor metáfora: los infectados y los limpios. Ah, y en México si te roban el celular en el Vive Latino, es por pendejo: lo mismo si te contagias.

 

Luis Madrigal

 

 

Un comentario en “Con el coronavirus en el Vive Latino

  1. Estuve en el Vive, con mis precauciones y mis obvios descuidos. Fui también al centro en Cdmx, use muchos Ubers, fui varias veces al aeropuerto y tengo la corazonada de que en cada uno se esos lugares tuve miles de posibilidades de infectar me, no solo en el Vive. Ahora guardo cuarentena esperando estar bien, pero enojada porque no se la razón del porqué el alud se info, prohibiciones y números en el país, no llegó a finales de febrero, para poder decidir y porque rayos, en todo caso no suspendieron. No culpo a otros, pero no nos digan pendejos. Solo con información veraz y oportuna y acciones contundentes se toman buenas decisiones… 🤷‍♀️