En Instantáneas, Claudio Magris recoge una serie de breves capturas de la vida cotidiana, los viajes y las anécdotas memorables para reflexionar con agudeza y elegancia sobre el comportamiento humano. Como el ojo preciso de un observador nato, el escritor construye un ágil diario de su contacto inmediato con el mundo entre 1999 y 2016. El siguiente texto pertenece al libro que llega en estos días a México.

En las cárceles del Coroneo, en Trieste, discutiendo con los detenidos. De lectura y de literatura, según el programa, pero muy pronto también de otros y más canden- tes temas. Inicio el encuentro tratando de explicar cómo nace un libro, de recordar los motivos que inducen a escribir, la relación entre autor y lector. Entonces un detenido, que cumple una grave pena por homicidio, dice que también él, como otros compañeros suyos de prisión, escribe, añadiendo que, sin embargo, entre ellos y yo —y mis colegas dedicados a las letras—, en lo que respecta a la escritura, hay una diferencia insalvable. Vosotros, dice, escribís para publicar, para comunicar, para transmitir a los demás lo que tenéis dentro; para mí y para otros como yo en esta cárcel, las razones que nos inducen a escribir son opuestas. Escribimos —al menos este es mi caso, dice, pero sé que vale igual para los otros— para tener algo que sea nuestro, solo nuestro, fuera del control que obliga a someter cada trozo de nuestra vida y de nuestra realidad a los rayos X. Aquí no hay nada mío, solo mío; mi existencia está hecha para ser desnudada, cacheada, fichada. En cambio, lo que escribo es solo mío; no se lo enseño a nadie, jamás se lo daría a leer a nadie, es un mundo mío donde los carceleros, la ley, los jueces, los otros prisioneros, todos los demás no pueden entrar. Y sobre el papel me siento libre, sin guardianes, sin nadie que me expropie de mí mismo.

Para aquel hombre, evidentemente, poner su corazón al desnudo, como dice el título de una obra de Baudelaire, significaría sufrir una violencia más. No creo que tenga razón. Escribir, comunicar, dar una parte de uno mismo a los demás puede ser un gesto de generosidad, un regalo que abre un diálogo. Y es precisamente en el diálogo, en el salir de sí mismo y encontrar al otro, en lo que consiste el sentido de la existencia. Por lo demás, en otras cárceles, por ejemplo en Bollate, Bérgamo o Viterbo, otros presos, también ellos dados a la escritura, me han dicho lo contrario, me han expresado el deseo de hablar con alguien de ese modo. Pero en la terca cerrazón en sí mismo de este hombre, en su celda del Coroneo, hay también una verdad, una exigencia de reserva y una voluntad de resistencia que todos necesitamos, incluso quien no se encuentra entre rejas.

Lo miro, lo escucho y pienso en el indecente striptease espiritual que se extiende de día en día. En los amantes o examantes deseosos de exhibir en televisión sus reproches, que degradan la cama a escenario de trifulcas y chismorreos, en las madres cuyo corazón en mano ocupa toda la pantalla, en las legiones que cuentan en Facebook intimidades —no más interesantes que su ropa interior— a personas que no conocen y que siguen siendo extrañas después del intercambio de información, o en las que difunden obscenamente intimidades ajenas robadas. También el corazón, escribe Flaubert, tiene sus letrinas, pero no se entiende por qué hay que espiar estas letrinas por el ojo de la cerradura, invitando a hacerlo a otros miles, o por qué hay que abrir la puerta de la propia letrina mientras se está ocupado en evacuar, e invitar a otros a mirar.

Pero pienso también en nosotros, que escribimos y no solo publicamos, pero andamos por ahí poniendo nuestro corazón quizá no al desnudo pero sí, desde luego, bajo los reflectores, leyendo en voz alta nuestras páginas, esperando tener multitud de oyentes, contando cómo y por qué hemos llenado de palabras esos folios, qué nobles, sufridas o transgresoras pasiones están detrás de esos folios impresos. Por supuesto, esperamos que se admire lo que hemos sacado a la luz desde nuestro fondo oscuro, sin darnos cuenta de que así, como escribe Borges en una página memorable, nos vaciamos, dejamos que nos quiten todo y ese espacio oscuro corre el riesgo de quedar vacío.

No imitaremos a aquel detenido, inflexible guardián de su fondo oscuro; no sería justo y, sobre todo, no seríamos capaces. No sabemos renunciar a abrir el corazón a los visitantes que hacen cola esperando la hora de apertura. Personas cuya generosidad es a menudo más profunda, inteligente y verdadera que la nuestra. Pero si al menos no dejáramos este corazón desnudo del todo; si le pusiéramos, por decencia, una camisa cualquiera, no necesariamente de rayas.
1.º de noviembre de 2012

• Claudio Magris, Instantáneas, trad. de Pilar González Rodríguez, Barcelona, Anagrama, 2020, 160 p.

 

Claudio Magris
Escritor, traductor y germanista. Es autor de: El Danubio, Otro mar y Alfabetos, entre decenas de títulos.