Mircea Eliade afirma en “Notas sobre los enfermos” que a cada época le corresponde una enfermedad específica. De modo que podemos esbozar cómo se concibe la existencia en un periodo determinado de la historia.

Ilustración: Víctor Solís


Cuando el acento se puso sobre el individuo y no sobre el tipo, ni sobre la clase, los fenómenos del desorden orgánico fueron, en sí mismos, individualizados. Sólo existen todavía los enfermos. Las enfermedades se vuelven esquemas demasiado vagos  a los cuales casi nada corresponde dentro de la realidad clínica.
—Mircea Eliade

Acaso no sobre releer en estos días a los autores que han estudiado las enfermedades desde la antropología o la literatura. Lo acabo de hacer con Mircea Eliade. De ahí estas breves glosas.

Siguiendo al célebre historiador de la medicina Karl Sudhof, Mircea Eliade sostiene que “las épocas clásicas no conocían enfermos, sino solamente enfermedades”. A cada época histórica corresponde una enfermedad específica. Cada una de estas enfermedades expresa la concepción existencial fundamental de la época considerada.

El destino inexorable

La lepra es la enfermedad de la Antigüedad, correspondía al Destino —individual, evidentemente— y está cargada con ese sino que literalmente marca. Y marca porque es eso: un destino —desde antes de que se manifieste se está “marcado” o predestinado física y metafísicamente para su padecimiento; en sí misma es una marca de exclusión, la lepra marca al marcado.

Castigo extendido

La peste expresa fielmente la concepción trágica de la existencia dominante en la Edad Media: ya no individuos como en la lepra, sino muchedumbres enteras súbitamente aniquiladas, como por efecto de una maldición o de un castigo divino.

Pústulas del libertinaje

La sífilis es la enfermedad del Renacimiento, un mal que no podía expandirse más que en una época donde el libertinaje era posible —en la entrega a lo sensibleprofano y el desapego en relación con lo sagrado—, donde las comarcas se vuelven co-marcas, las marcas culturales y territoriales se vuelven flexibles, donde el cortejo jugaba un rol preeminente, donde viajar era un estilo de existencia: Montaigne sale de su castillo y sus libros para recorrer caminos, villas y ciudades empujado por el característico y renacentista afán de la experiencia, de la literal andadura.

Languidez romántica

La tuberculosis es la enfermedad del Romanticismo, corresponde a su faz pálida y su talante enfermizo y deprimido, a su “patética clorótica”, dice Eliade; es, además, una enfermedad social consecutiva a la miseria urbana engendrada por la Revolución Industrial.

La muerte silenciosa

El cáncer, por último, es la enfermedad de nuestros días. Expresa, de cierta manera, el encuentro de la época moderna con lo irracional: el mal silencioso que se incuba sin más, que no se explica ni por la determinación divina ni por la acción excesiva de la libertad humana. De ese encuentro del optimismo racionalista moderno con lo irracional dan cuenta lo mismo el cáncer que el principio de indeterminación en física o la fuerza inmaterial específica que da vida a los organismos en las filosofías vitalistas.

Lo particular de la contemporaneidad, sin embargo, es que la atención no está ya dirigida predominantemente hacia la enfermedad sino hacia el enfermo. Este es el tiempo de las historias clínicas personales, de los exámenes clínicos individuales, del historial médico de cada paciente, de la detección de sintomatologías y prescripciones por cada singular paciente. El enfermo es el que ha perdido su organización vital interna, el que padece un desorden orgánico específico; es, en ese sentido, de entrada, un desconocido. El enfermo ya no pertenece a un tipo, deviene un caso: se le da, por lo mismo, un trato específico, es decir, se le trata casuísticamente.

El médico introduce voluntad de orden y de vida en el organismo y en el paciente en su totalidad. Y eso depende de infinidad de matices, de indicios, de variaciones, de personalidades. En principio, entonces, como postula el psicoanálisis, todos somos enfermos. Como en el viejo Hipócrates, somos, cada una y cada uno de nosotros, mezcla singular de humores determinada por nuestra relación con las zonas siderales, los climas terrestres y las situaciones propiamente humanas. De algún modo, parecería que la medicina se dirige en el presente hacia un neohumorismo, hacia los viejos dogmas climáticos y orgánicos del padrecito griego.

Hay en esto una pretensión arcaica de reintegración con el Cosmos, de recuperación de una antigua Arché que clama por la restitución de una armonía primordial con realidades fundantes que nos preceden y sobrepasan. Una nota que debe destacarse es que acaso este “despotismo del enfermo” sea portador de una sustitución histórica: la sustitución del binomio salud-enfermedad por el de desorden (individual)-orden (colectivo, cósmico). La pregunta es inevitable: ¿en la medida en que la salud (personal, privada) está cada vez más asociada con el orden (colectivo, público), está prefigurándose alguna tentación totalitaria aun en el campo de la clínica?

• Mircea Eliade, “Notas sobre los enfermos”, compilado en Fragmentarium, México, Nueva Imagen, 2001, originalmente publicado en 1939.

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista.