Con altísima sensibilidad, estas prosas constituyen un registro sismográfico de la depresión y sus metáforas, flores negras que vemos abrirse y cerrarse en el campo narrativo de la más íntima y personal experiencia.

Supongo que es la enfermedad un relevo
de uno mismo por uno mismo —el fantasma de uno mismo—.

—Valeria Luiselli, Los ingrávidos

El término enfermedad proviene del latín infirmitas, que significa literalmente falto de firmeza.

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Sabía que era necesario decir que no. Lo aprendí tarde. En la ciudad M., aprendes a decir que sí aunque en verdad quieras decir todo lo contrario. Claro que voy significa que no vas a ir, pero también significa que sí. Significa cualquier cosa. Sabemos que es confuso, y las personas extranjeras se enloquecen con esto, pero si no entienden cómo funciona es su problema y pueden irse cuando gusten. Nuestras puertas se abren con facilidad hacia la parte sur.

Ilustraciones: Kathia Recio

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Hace un par de años tuve mi tardío ataque de rebeldía: no quiero ir, no quiero comer eso, no quiero que me griten, no quiero que me follen, no quiero que me toquen, no quiero tener miedo, ni quiero que me convenzan de comprar más zapatos de los que necesito. No quiero una muestra de su crema antiarrugas. Quiero tener arrugas porque es como tener pliegues y, sin pliegues, una simplemente no está viva.

Desde siempre odio los perfumes dulzones que te acosan en los centros comerciales atrapados en las manos de una señorita y no, no quiero oler a eso todo el día: no dispare, tenga misericordia, soy frágil, estoy enferma. Los olores entran en mí más recio que en usted. No sé por qué, pero me impregno de todo lo que me rodea y lo llevo escondido: lo acumulo como las tacañas o las locas. Mire con cuidado, no hay herida visible, pero es de mi cabeza y es una cosa seria. Ahora estoy aquí, pero en cualquier segundo desaparezco y es difícil encontrarme adentro. No, le digo que es muy serio: el cuerpo se queda todavía —aunque igual, si me ve más de cerca, no tiene la misma nitidez que ayer—, pero lo de adentro se evapora por completo. Lo de adentro huye del resto. Después vuelve como un perro arrepentido porque tiene hambre.

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Aquí en la ciudad M. hay demasiado ruido y yo quiero apretar el botón de mute, pero está Shakira a todo volumen en el edificio de enfrente, la eterna y escandalosa siembra de edificios, el señor de los bísquetes calientitos, el de los aguacates maduros, la baaaasuuuuura, el gaaaaaaaas, la promoción de jamón bernina, todo tiene un volumen alto. Comento lo anterior y Otra (mi amada Otra) me dice que cómo es posible que no me haya acostumbrado a vivir así, que ella ya no percibe nada. Me pregunto cómo será eso. ¿Será como el silencio? ¿El silencio existe o sólo es acostumbrarse al ruido?  Yo que vivo entre constantes gritos quisiera saber si mi caso es la resistencia, la obstinación. ¿La negación del ruido es como vive Otra? ¿Ese debería ser el camino: dejar de resisitirse?

No me atrevo a decirle que a veces hasta los pájaros me irritan de tanto silbar. Si no hay algo importante que decir, ya callénse de una buena vez por todas. Honestamente los pájaros casi nunca tienen nada urgente que decir. Ellos vuelan. Si yo volara, sería muda y abriría los ojos lo más que se pudiera. No se puede mirar y conocer al mundo cuando se habla demasiado.

En consulta le digo a M.L. que yo quisiera un silencio evasivo. Vivir en la otra cara del mundo, esa en la que viven los fantasmas. Ella insiste en que los fantasmas no existen y que sólo es posible adaptarse a vivir en esta realidad, que debo aceptarlo en algún momento. Me enojo, pero igual pago la sesión como cada martes. No tengo los ochocientos pesos de la consulta. En verdad el dinero es un asunto demasiado material para alguien que está siendo borrada poco a poco. He negociado un descuento del cincuenta por ciento por ser paciente habitual. Insiste en que mi piel sigue igual de firme que antes. Yo sé que parte de ser terapeuta consiste en mentir. Pagamos por esas mentiras nuestras para que la otra parte nos responda con mentiras suyas. Ahí, a veces, encontramos la verdad. Es como los imanes y los polos que se atraen. No sé nada de matemáticas, pero diría que he desaparecido en un veinte por ciento.

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Le digo a Otra que esta tarde no voy a moverme de la cama. He elegido dedicarme a ser estatua. Voy a quedarme aquí fría, dura y sola como estatua abandonada. Esta tarde nadie me quiere y yo no soy capaz de querer a nadie. Otra me dice con coraje que eso suena muy parecido a estar muerta. Tiene razón, es parecido, pero desafortunadamente no es lo mismo. El problema es la confusión entre ambas cosas. A pesar de todo, no te olvides de mí. Otra me detesta así. Cierra la puerta y escucho cómo maldice. Siento culpa por no amarla hoy. Tal vez mañana sea capaz. La culpa es una emoción que me permite notar que sigo aquí.

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Hasta ahora no he intentado suicidarme. Lo he pensado obsesivamente desde hace varios años. Lo que sigue sólo es envejecer (que es la manera menos agria de decir que nos vamos pudriendo), pero ahora tomo las pastillas anti-querer-suicidarse que son como acostumbrarse al ruido.

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Mi abuela huele mal porque no se baña. Los ancianos tienen que bañarse varias veces y ponerse talco Maja para disimular la podredumbre. Mi abuela vive abandonada en una cama con barandales y a veces envidio que ella pueda vivir como un fantasma. A ciertas horas aparece con un grito y alguien le da de comer o le cambian el pañal. Es como una bebé, dice Otra que dicen los demás. No existen los bebés de 92 años. Mi abuela es un fantasma, pero ni ella ni los demás se han dado cuenta.

Nadie la visita porque huele mal. Es desagradable y me deprime, me dice Otra. A mí me asombra que las fantasmas huelan tan fuerte. Por eso no quise que la señorita me pusiera el perfume. Necesito saber qué tan fantasma estoy. Que la abuela también “se hace” la muda y la sorda. Ha desaparecido en un 92%. ¡Justo su edad!

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Depresión aguda y ansiedad. Posible bipolaridad que siempre está por confirmarse. Depende del día en que acudo a la cita. Yo creo que no vivo entre dos polos. Me imagino que para M.L. mirarme es como esas imágenes a las que miras fijamente y después de un rato aparece algo en tercera dimensión. Ella necesita encontrarme el fondo y yo me obstino en la forma. Cierto que no todos los días quiero ser estatua. Otros días quiero dar vueltas como los trompos o como los sufíes en su giro derviche. A veces quiero las dos cosas al mismo tiempo, y es cuando estallo. ¿Eso es la bipolaridad? ¿Que te jalen la cabeza y los pies al mismo tiempo?

Una pastilla amarilla por la mañana, una blanca y otra color rosa por la noche. Si me pongo mal, otra roja, pero esa es sólo en caso de emergencia. Esa es mi extinguidor.

Un ejemplo: sueño que soy un venado en la niebla. Amanezco con taquicardia porque intuyo que alguien está a punto de dispararme sólo para comprobar algo: su hombría, su buen tino. Entonces, Otra me dice: cariño, tómate el Victán. Apaga el fuego. No es necesario vivir así. Yo de a poco vuelvo a mis cabales como una geniecita de pacotilla que sale de la lámpara lista para cumplir el deseo de los demás: Todo está bien, perfectamente bien. Porque una tiene que estar siempre bien aunque esté mal. Es como decir que voy a ir a tu fiesta.

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Dice Butler que somos, en primer lugar, vulnerables y entonces superamos esa vulnerabilidad, al menos provisionalmente, mediante actos de resistencia. Por eso aprendí a gritar sin lastimarme la garganta. Gritar es como cantar pero con rabia. Yo gritaba por todas partes hasta que un día un señor me persiguió saliendo del metro y me bajó la falda. Fue ahí cuando aprendí a gritar hacia adentro y a pasar inadvertida. Si usted pudiera hacerse diminuto y entrara por mi oído, lo único que escucharía son seiscientos tres gritos sonando al mismo tiempo.

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Hago listas de metáforas de la depresión: debilidad, vacío, melancolía excesiva, lentitud mental, fragilidad emocional, caída, piedra en el zapato (gracias, Johanna Hedva), habitar la cueva, el hoyo negro, el círculo estrecho, vivir en la cloaca. Esta última me remite a una película en la que unos judíos vivían en las coladeras para ocultarse de los nazis. Una muy buena película. Otra y yo lloramos tres días seguidos después de verla. A veces me gusta ver cosas que me hacen llorar, porque siento que eso me vacía un poco. Cuando subo a una báscula y peso más de lo lo normal es porque no he llorado lo suficiente.

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Lo lamento, perdí el hilo. Pasa seguido que una empieza el bordado y de pronto se acaba el hilo. Lo malo es cuando en la mercería dicen que ya no hay de ese mismo tono porque lo dejaron de importar.  No soporto cuando las cosas no tienen el mismo tono. Aquí en la ciudad M. importamos casi todo. Lo que más importamos son personas que no quieren vivir en sus países y tampoco quieren vivir en ciudad M. Quieren cruzar para el otro lado. No al mundo de los fantasmas, ni a la otra cara del mundo. Ellas quieren ir a donde puedan ganar suficiente dinero para mantener a toda su familia. Yo no tengo familia que alimentar, por eso no entiendo nada sobre irse al norte. Para mí el sur es la tierra y el norte es para los que saben volar. Tengo una madre que insiste en que debería tener hijos para ser feliz porque los hijos hacen a las mujeres felices. Un día le dije que yo no quería ser feliz y me gritó y yo le grité: carajo, madre, yo sólo quiero ser fantasma.

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Ser paciente psiquiátrica es como estar castigada: una es de nuevo la niña que no pasa ningún examen. Todo el mundo es tu madre. La mujer de la anécdota anterior puede o no ser mi verdadera madre porque yo ya tengo demasiadas y no reconozco a la real. Ante cada pregunta que respondo con sinceridad: ¡reprobada! El cuerpo expresa lo que el alma calla. ¿Quién dijo eso?

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Si suena el teléfono y al contestar la persona que está del otro lado te pregunta cómo estás: debes de responder que estás bien. Otra dice que es importante que recuerde eso: que es una pregunta cortés y que la cortesía significa un acto falso.

—No quieren saber cómo estás, sólo es como un diálogo teatral. A ti te gusta el teatro —dice Otra.

—¿Me gusta? —pregunto.

—Sí, te gusta  —contesta.

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Si tan sólo pudiera sacarme de la entraña-cabeza tanta frase new age. Mi madre o la madre de Otra que también es mi madre, en fin, no lo sé, alguna de mis madres dice que si pienso positivo las cosas que me pasan serán positivas. M.L. me dice que si alguien se rompe una pierna no la ponen a pensar positivo, que la llevan a un hospital y le ponen un yeso.  Me río pensando en ser momia en lugar de ser fantasma.

(Nótese que he puesto entraña-cabeza. Es porque creo que también existen otros tipos de entrañas: entraña-corazón, entraña-estómago, entraña-útero, entraña-garganta, entraña-plexo solar, entraña-sacro, entraña-espiral: que es la parte que no es ano ni es vágina.)

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—¿Qué te enfermó?  —me pregunta M.L.
El capitalismo 
la misoginia 
el acoso sexual 
el miedo 
la diferencia de clases 
el racismo el clasismo 
la puta falta de libertad.
—Eso es muy disperso —me dijo M.L.
—Entonces fueron mis papás.

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Las burlas de los demás sobre las personas que creemos en los fantasmas me recuerdan a los cuervos de Edimburgo a las cinco de la mañana. Siempre me despertaban de mi sueño y era muy difícil volver a dormir. Otra no cree en los fantasmas y eso es lo que más me duele. Sobre todo los días en que sí la amo con todo mi ser. Otra no cree en los fantasmas y yo estoy en un treinta por ciento del otro lado. Otra no cree en mí. ¿Cómo nos vamos a comunicar cuando llegue a cien?

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Hace algunos años gané una beca para escribir una novela que nunca terminé. Se trataba de una mujer a la que la sociedad misógina había enloquecido. Estaba basada en una historia real. Estaba basada en mí. En un capítulo creí que era ella la que quería aplastar pájaros con las manos hasta matarlos sólo porque estaba agotada de su chismerío absurdo: ella es una puta, es tan mala, es tan inútil… tan bonita y es tanto desperdicio. Era yo. Todo era sobre mí. Por eso no pude terminarla, porque no me he muerto, no he acabado. Cuando sea fantasma podré ponerle fin.

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Le dije a Otra que quiero ser fantasma novelista.

Mientras no me dejen ser fantasma, voy a ser poeta. Aunque sea mala.

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M.L. me dice que dedicaremos unas sesiones a trabajar con mis fantasías catastróficas. que ya es tiempo de que detengamos esa conducta. Acepto porque cuando estoy frente a ella soy la niña y ella es la adulta. La madre.
Para qué pensar tanto en la violación. ¿Tiene usted en el fondo un deseo a ser violada? ¡Claro! ¡Aquí en ciudad M. todas tenemos ese deseo! Sólo así se explica que nos persigan hasta violarnos y luego seamos pedazos. En la siguiente consulta digo: en esta semana han violado y matado a más de quince mujeres en ciudad M. La tarea fue no revisar los periódicos, y concentrarme en la siguiente frase: “Nadie me va a violar”. A la consulta siguiente le digo a M.L. que en las redes sociales sólo se habla del feminicidio. Ella me prohíbe revisar las redes sociales. Le cuento a Otra sobre esto y me dice que dejar las redes sociales hoy en día es como ser un fantasma. Me doy cuenta de que Otra no entiende nada sobre los fantasmas y me pongo muy triste. Si yo fuera un fantasma no habría violación ni feminicido. Estaría a salvo.

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Hace algunas noches soñé con una frontera. Otra estaba del otro lado llamándome.

—¡Ven para acá!

—No puedo pasar —le decía.

—¿Cómo que no puedes pasar?

—No me dejan.

—¿Quiénes no te dejan?

—¡Ellos!

—¿Ellos quiénes?

—¡Ellos!, ¿no los ves?

Después de un rato de tratar de mostrarle a los oficiales me daba cuenta que del otro lado de la frontera ellos eran invisibles.  El ejército de los erguidos nos separa.

—¿Es que no quieres venir conmigo? —me decía Otra llorando.

—¡Carajo! me rompe el alma que no los veas.

Acordamos que ellos se quedarían en la línea a vigilarme. Ellos decidieron los turnos para tomar mi mano y mantenerme despierta:

As a seashell.
They had to call and call
And pick the worms off me like sticky pearls.

Dying
Is an art, like everything else
I do it exceptionally well.

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Abro la cortina a las siete de la mañana. Los pájaros ya están criticando mi humor por todas partes. En un momento pasa el señor del gas y a las ocho en punto empiezan a trabajar los albañiles en el nuevo edificio de la esquina.

Hace unas semanas talaron mi árbol preferido. Abrir la cortina es un acto de tortura, pero M.L. dice que, como parte del tratamiento, es muy importante que me dé la luz del sol y que evite los lugares oscuros. ¿Y cuando yo entera soy un lugar oscuro? Huyo de mí. Lo que ves es sólo carne y huesos. Mi cabeza-alma-corazón se ha ido. Regreso más tarde.

Creemos que el árbol era un fresno porque Otra tiene alergia a los fresnos y siempre estaba constipada. Ahora Otra respira mejor, lo que me alegra mucho, pero a escondidas cuando ella se va a trabajar, me tiro al piso y lloro como una niña chiquita porque extraño mi árbol.

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Nadie puede ser lo que quiere ser. Esa es la tragedia del mundo entero, pero los libros de auto ayuda dicen lo contrario y venden millones de pesos. Las mentiras se venden muy caras hoy en día. Yo ya no sé mentir. Mi enfermedad me ha quitado eso: la enfermedad es el gran confesionario. Ahí me enfrento. Nueva metáfora para la depresión: espejo para la confesión.

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Ahora mismo le he pedido a Otra que cierre la puerta tras de sí. Los seres humanos no vamos de la mano hasta el final del camino. En cada uno hay una selva virgen; una llanura nevada donde incluso la huella de las aves es desconocida. Ahora mismo he desaparecido un cincuenta por ciento. En poco tiempo debo lograr convencer a Otra de que los fantasmas existimos o la perderé. Esta noche la amo más que nunca, a ella que es tan firme, tan real.

 

Anaïs Abreu d’Argence
Poeta y editora. Es fundadora y editora de La Dïéresis.