Es día de paro nacional de mujeres y en un rincón de la Ciudad de México una joven pasea a su perro, la señora de las quesadillas alimenta bocas y la vendedora de periódicos acomoda en hilera los ejemplares de hoy.

Son las ocho de la mañana. Hay una cadena de hechos que perturban la costumbre: las luces de la taquilla de la estación del metro Juanacatlán están apagadas. La vendedora de boletos y tarjetas no está. En el andén hay dos usuarias. Llega el tren y en uno de sus vagones van nueve mujeres sentadas con la calma que no les hubiera entregado un lunes habitual.

Una de estas viajeras ayuda en un puesto de comida en la calle cerca de la estación Potrero. Los dueños le dijeron que podía faltar si quería apoyar el paro de mujeres, pero no lo hizo porque “¿para qué me quedaba en casa?”. Vive sólo con su hija y ella también fue a trabajar.

En la estación Insurgentes del metrobús resaltan pañuelos contra el feminicidio y a favor del aborto anudados en las asas de bolsas de manta. De los asientos disponibles en el vagón exclusivo para mujeres, ocho están ocupados. Una mujer lee un libro y las demás usan los audífonos y el celular.

Como si fueran vistas estereoscópicas de Muybridge, aparecen en la calle breves escenas de mujeres trabajando. Venden café, tamales, atoles, tortas, pan dulce y chilaquiles. No todas están en paro.

Araceli Diego tiene 22 años y lleva tres trabajando como policía auxiliar. Hoy vigila la estación Buenavista del metrobús. ¿Por qué no faltó al trabajo? “No nos comentaron nada. No nos dieron el día.”

Ilustración: Estelí Meza

En una banqueta cercana a la salida de la estación hay una pequeña mesa con panqués de queso, tazas de cerámica y popotes para reciclar. Quien los vende es una mujer de más de cincuenta años. Asegura que está trabajando porque si hoy paraba estaría apoyando lo que hicieron ayer las encapuchadas. “No estoy de acuerdo con esa violencia”. Al lado hay un puesto de churros. El dueño es el padre de Karla Reyes. Ella tiene trece años y estudia la secundaria. Ignora qué sucede este lunes, aunque no tuvo clases porque las maestras “no iban a ir hoy”. Su padre se quedó en casa y ella vino a trabajar sola por iniciativa propia. De lo contrario, su día se habría ido en dormir y revisar el teléfono.

En los extremos de la explanada del Ferrocarril Suburbano, en un horario que todavía puede considerarse como hora pico de pasajeros, las taquillas están cerradas. Las operadoras participan en el paro. Aunque la compañía informó desde la semana pasada que se solidarizaba con sus trabajadoras, algunos usuarios no tomaron esto en cuenta. En las filas de las máquinas compra y recarga sobresalen los primerizos en el transporte o en la compra de saldo de la tarjeta, tardan dos minutos en promedio. Los que esperan se mueven con impaciencia. El porcentaje de hombres que atraviesa los torniquetes de salida es mayor que el de mujeres.

A las nueve con veintiocho minutos el tren parte rumbo a Cuautitlán. La ruta tiene siete estaciones (Buenavista, Fortuna, Tlalnepantla, San Rafael, Lechería, Tultitlán y Cuautitlán). Por la ventana aparecen las vías del ferrocarril de carga, hierba crecida, suelo con pasto seco, montones de arena y cascajo. Complejos industriales. Casas pequeñas construidas en la punta de los cerros.

Este paisaje observa Dania, trabajadora en una empresa de productos enlatados. Su oficina está en Santa Fe, pero hoy tiene que monitorear “una ruta de mercado” en este rumbo. A ella y a sus compañeras les comentaron que no habría represalias si se unían al movimiento, el inconveniente es que no todas podían hacerlo.

Más allá de los trenes cargados con varillas y alambre de metal, en una calle sin pavimentar, caminan dos encuestadoras del INEGI. Seguro tienen una fecha de entrega que deben cumplir.

Jessica tiene una zapatería. La cerró y va a visitar a su madre. Dice que esta acción es una manera de mostrar lo que pasa en el país con las mujeres. Y nota que varias decidieron apoyarla porque el suburbano va casi vacío.

Susana leyó en redes sociales sobre el paro pero tiene que ir a trabajar a una estética cercana a la estación Buenavista. Nadie les dijo que podían faltar. Tampoco hay excepciones. Va a cubrir su horario completo —11 de la mañana a siete de la noche: “las clientas aprovecharon para hacer cita porque les dieron el día”.

Estas son algunas voces del lunes de paro: semejantes, opuestas, complejas. Voces que quieren alejar un mal sueño.

 

Kathya Millares
Editora.

 

 

Un comentario en “Voces del lunes de paro

  1. Bonito resumen de lo o que hicieron muchas mujeres durante el Paro.
    Me gustó la conclusión: mujeres semejantes, opuestas, complejas. Yo añadiría que todas desean vivir sin violencia.