Dice la poeta Wislawa Szymborska que nada sucede dos veces, que ningún día va a ser el mismo. En el futuro habrá otras marchas para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, pero ninguna será como la de este domingo. Madres, hijas, hermanas, amigas con pañuelos morados y verdes que saturan las calles para exigir que se reconozcan y respeten sus derechos humanos. Porque las presentes son el grito de las que ya no están, de las que caminan al lado de ellas y de las que aún no tienen edad suficiente para soportar el calor del mediodía.

Se mencionó que habría dos contingentes: uno que saldría del Ángel de la Independencia a las 12 horas y otro del Monumento a la Revolución a las dos. En el Ángel de la Independencia sólo están bomberos y funcionarios asignados a las brigadas de Diálogo y convivencia, éstos con chaleco naranja. El jefe Becerril entrega extintores a sus apagafuegos y les dice: “Tengan cuidado. Tienen seguro, todo”. Les pide que se formen en una línea impecable. Delante de ellos, en el piso, sus herramientas plateadas con la manguera hacia enfrente. No hay señales de otro contingente. Los encargados del diálogo y la convivencia están ahí para “apoyar en algún enfrentamiento, una emergencia médica o encontrar a un familiar”. Lo mejor es avanzar hacia el Monumento a la Revolución.

En la Glorieta de la Palma hay más personas reunidas. Jóvenes con pancartas que esperan a alguien más. En este breve recorrido son notorias las vallas que colocaron en las estaciones del Metrobús. La entrada principal de la plaza de Reforma 222 también está protegida.

Cerca del cruce de Reforma con Insurgentes el ruido de los motores de los autos se apaga con los gritos y aplausos de jóvenes vestidas de negro con cartulinas y banderas en las manos. La estación del Metrobús Reforma funciona: de su andén salen más mujeres.

La primera señal del dolor que ha dejado los feminicidios en este país aparece en un extremo del Monumento a la Madre, donde se anuncia la entrada al espectáculo virtual para disfrutar de la obra de Van Gogh. El colectivo Voces de la ausencia tiene lonas con los rostros impresos de las hijas y hermanas que han perdido. Lo importante, dicen, es que “mi voz no morirá nunca”.

Veinte minutos antes de las 13 horas la plaza del Monumento a la Revolución, del lado de la calle Ponciano Arriaga, está colorida de negro, morado y verde. Los paliacates cuestan veinte pesos y se agotan en minutos. Un vendedor anuncia “las últimas playeras moradas, gente”. Para los cautos hay baterías para el celular recargadas. Una larga fila de mujeres espera turno para entrar al baño de un estacionamiento público. Quienes salen del metro Revolución se detienen a comer pozole, tacos de suadero, longaniza y campechanos o quesadillas.

En el piso hay jóvenes escribiendo leyendas en cartulinas: “Tengo más miedo de morir por feminicidio que por coronavirus. Ni una menos”. Quienes aún no encuentran a su grupo para marchar envían mensajes y hacen llamadas. En minutos, el lado opuesto de la plaza comienza a saturarse. Al paso de un grupo de mujeres de una comunidad otomí hay gritos y aplausos. Tres jóvenes forman una cruz con aserrín en el piso. Los mensajes impresos en las playeras son contundentes: “No nos vamos a callar”; “Queremos que vivan las mujeres”. Amnistía Internacional trae su batucada y hace que varias personas muevan los pies y aplaudan.

Un altavoz amplifica las palabras de una madre con su hija desaparecida. Está parada al lado de una cruz rosa de madera. Recuerda que ese es el símbolo de los feminicidios en Ciudad Juárez y que ahora es retomado en todo el país. María de la Luz Estrada, coordinadora general del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, aclara que esa marcha no es sólo por la violencia en contra de la mujer sino por sus derechos humanos. Los ojos se mojan cuando la madre de Fátima Quintana, asesinada a los doce años el 5 de febrero de 2015, cuenta el horror que vivió su hija antes de morir. Otra madre dice con voz baja y quebrada: “Siempre apoyándonos unas a otras”. Quienes están alrededor endurecen la espalda pero dejan correr las lágrimas. Es el dolor compartido.

Las colectivas avanzan antes de lo previsto. Voces humanizando la justicia llama la atención con cabezas de unicel rojas; Las de los tambores huelen a copal; Marea Verde muestra sus pañuelos. Fotógrafas de México cargan sus cámaras al cuello; según Aída Maltrano, están aquí para apoyar a todas las mujeres para que no asesinen a ni una más y para que tengan más espacios y visibilidad para su trabajo. Otra agrupación amarró listones de colores con trozos de tela colgando a un poste de hierro morado que se mueve con ruedas; esta es una instalación titulada cintas de la memoria, explica Julia Arnaud, que recupera elementos de danzas yucatecas y chiapanecas que simbolizan unión para generar un espacio de sororidad y hacer un ejercicio de memoria con los nombres de las víctimas.

La marcha avanza. Es ruidosa, creativa, testimonial. En coro: “Aplaudan, aplaudan, aplaudan. No dejen de aplaudir”; “Van a volver, van a volver, las balas que disparaste”; “Ni una más, ni una más, ni una asesinada más”; “El que no brinque es macho”. Y por escrito: “Te prefiero violenta que violentada”; “Tu misoginia me seca la vagina”.

Una madre le explica a su hija: “Tú tranquila, Elena. No te asustes con los gritos. Se grita para que todos nos escuchen”. Hay rechifla para un helicóptero.

Frente al edificio de la Lotería Nacional interpretan “Cielita linda” con un verso dedicado a las mujeres que alguna vez han padecido depresión: “Si la noche te cubre, cielita linda/ y no puedes ver/ Te ofrezco este canto como luciérnaga para tu ser”.

El agua de la fuente de Bucareli es roja y en la base hay pintas recién hechas por jóvenes con el rostro cubierto con pasamontañas negros: “Ni una más”, “Yo sí te creo”, “AMLO macho”. Les gritan “anarcas” y una responde: no somos infiltradas sólo estamos enojadas.

Una voz en vivo dice: “Madre, si desaparezco, no me busques; búscame en una estrella. No soy un cuerpo desfigurado a golpes”.

El Hotel Hilton es otro edificio con la entrada protegida. El Hemiciclo a Juárez tiene placas de hierro a su alrededor y una fila de integrantes del agrupamiento Atenea. La presencia de estas mujeres policía altera el ánimo y les gritan: “Ojalá así nos cuidaran”. Norma Jiménez es una de estas mujeres con uniforme azul y escudo antimotines. Dice que se siente decepcionaba con esta actitud “porque nosotros también somos mujeres. Sólo ven el uniforme. Esta marcha es contra la violencia y nos atacan. Nosotros estamos con ellas también”. Están cuidando el monumento desde las diez de la mañana y se irán hasta que les digan que “todo está en calma”. Desayunaron a las ocho de la mañana y a la una les habían dado un refrigerio.

Hay pintas con tinta morada en el piso a lo largo de la Alameda: “Aquí pasan violadores”. Los cánticos siguen: “Tranquila, hermana. Esta es tu manada”; “Señor presidente, no sea indiferente”.

La base de la escultura ecuestre de Francisco I. Madero colocada frente al palacio de Bellas Artes es golpeada con martillos por algunas de las jóvenes que también hicieron pintas en paredes de comercios. Los integrantes de Marabunta Brigada Humanitaria de Paz tratan de tranquilizarlas y entre ellos mismos se alertan por “si se mueve la policía”. Es la primera vez que aparece un sonido que en sí mismo es violento: el chirrido de una pistola de descarga eléctrica portátil. Frente a la Antimonumenta se comparten testimonios de mujeres que fueron violadas por familiares o conocidos o que han sido golpeadas por su esposo.

Dos hileras de mujeres policías resguardan el palacio de mármol y una joven pega en sus escudos estampas con el rostro de hombres, su nombre y la descripción del tipo de violencia que cometieron: violador, abusador, acosador, golpeador.

Pocos minutos después de las tres de la tarde, un grupo de jóvenes golpea las placas de acero que protegían el Banco de México. Las derrumban a empujones y patadas. Golpean ventanas con martillos y tubos de fierro. Fotógrafos y camarógrafos corren para obtener la mejor imagen. Algunas mujeres del contingente gritan: “¡Violencia, no! ¡Violencia, no!”; “¡Así no!”. En Cinco de Mayo una vez más suenan los martillazos contra el acero: la cortina del Bar La Ópera. Alguien insiste con la pistola de descarga eléctrica.

Suenan una advertencia y un llamado: “No traigo pantalón; respétame, cabrón”; “Señor, señora, no sea indiferente; se mata a las mujeres en la cara de la gente”. Después del escándalo, se levantan los puños y por un minuto la esquina de Cinco de Mayo y el Zócalo queda en silencio.

No hay bandera en el asta. Los nombres de algunas víctimas están pintados de blanco en la plancha. En un templete frente a Palacio Nacional se pronuncian discursos por la igualdad de la mujer, para erradicar todo tipo de violencia en su contra y a favor de sus derechos humanos.

Poco después de las cuatro de la tarde, mujeres con el rostro cubierto con máscaras negras patean y dan martillazos a la cerca de metal que cubre los restos de un escenario. Vencen. Otras jóvenes las apoyan y les gritan: “Sí me representan”; “Las mujeres no regresan, las paredes se despintan”. Poco después siguen con las placas que protegen la Catedral Metropolitana. Mujeres policía se agrupan y algunas jóvenes queman pedazos de madera. Hay un pequeño incendio y un policía lo apaga con un extintor. En el templete piensan que “es represión” y algunos curiosos empiezan a lanzar botellas y otros objetos contra los policías.

En la puerta del Palacio Nacional también suenan explosiones. Hay humo. Llegan mujeres policías. Hay una joven con una quemadura en la pierna. Recibe primeros auxilios de los voluntarios de Marabunta.

Huela a pintura en aerosol. No todos los contingentes han llegado. A las cinco de la tarde, las banderas verdes y moradas empiezan a desaparecer por 20 de Noviembre y Cinco de febrero. Las gargantas buscan agua y los pies pesan. El grito de las que ya no están volverá a escucharse. Nunca como hoy.

 

Kathya Millares
Editora.

 

 

Un comentario en “8 de marzo de 2020

  1. Las entiendo y las valoro, en mi humilde opinión, la ley es la que no se aplica por igual, saludos y adelante