La llegada. El mobiliario urbano y las paredes debían estar tapados, no los fuéramos a rayar. Entre la convocatoria masiva, el cierre de calles que complicaba el acceso al punto de encuentro, y que el metro y el metrobús estaban suspendidos en la zona, encontrar a tu grupo era una tarea difícil.

La hora. Era difícil estar parados en el sol candente de 12:30 a 14:30 horas, sin movernos, y más con niños. El agua, las nieves de diez pesos y el buen ánimo aligeraron la espera. Parecía que no avanzaríamos nunca. Hubo compañeras que no lo lograron y se fueron.

La ruta. Nosotras esperamos y cuando no pudimos esperar más, fuimos desordenadas pero logramos avanzar: salimos del cauce de la marcha varias veces y caminamos sobre las banquetas y jardineras, cruzamos camellones. Para nuestra sorpresa desde el inicio hubo enormes vallas en distintos puntos, incluso sobre las banquetas, lo que dificultaba el paso. Si hubiera habido una estampida la nota sería algún evento trágico. Antes de poner vallas, deberían pensar en la protección civil y que en esos eventos habrá niños.

Ir con niños. Nosotras, mamás y maestras, cuidando al rebaño, logramos pasar frente a varias decenas de colectivas sin que nadie nos atropellara. Cada grupo gritando su enojo pero si alguien nos empujaba, pisaba o separaba momentáneamente, siempre alguna de las partes se disculpaba y era fácil reconformar el contingente. Era una marcha de mujeres y nos comportamos con gran civilidad. Primero los niños.

Robarles un poco la inocencia. Las niñas y niños recibieron una dosis de realidad, acompañada de un torbellino de información que había que explicarles en tiempo récord. ¿Qué dijiste que era una violación? ¿Te puedes morir de una violación? ¿Por qué alguien querría violar a Fátima… o a mí? ¿Debo tener miedo y de quién? ¿Qué cosa quieren meter a la licuadora?

Las señoras. Un grupo de señoras de playeras blancas con cuadros morados muy al pendiente de indicarnos dónde iban los contingentes con niños. Sentirse cuidadas por todas las presentes otorgaba cierta paz a quienes los llevábamos. Criar a una niña es chamba de una tribu.

Las estudiantes. Quiero destacar a las borregas, estudiantes del Tec de Monterrey, que no sólo fueron cuidadosas de no aplastar a nadie a su paso —mujeres jóvenes que avanzaban con paso firme— sino que cuando les cortamos involuntariamente el paso, cambiaron sus consignas a algo tipo “las niñas que marchan son parte de la lucha”. Y nuestras niñas sonrieron sintiéndose parte de la marcha.

Las encapuchadas. Pasamos enfrente de colectivas que iban juntas, cantando consignas, gritando. Varias grupas de radicales tomaron por sorpresa a nuestras niñas. “Mamá, dijiste que pintaban, pero ellas están rompiendo cosas”, y por “cosas” me refiero a ventanales y barricadas de madera, a batazos. Aun así, nunca nos sentimos amenazadas o en riesgo. Algunas madres más desconfiadas jalaban a sus hijos para alejarlos de la bola, pero nosotras marchamos cerca, muy cerca. Convivimos con encapuchadas en varios puntos, desde el Monumento a la Revolución hasta Eje Central y Bellas Artes, donde decidimos no seguir porque los niños estaban cansados.

“Sin violencia”. Me cuentan que en el Zócalo el grito de “sin violencia” era abucheado por marejadas de radicales y simpatizantes de romper y rayar puertas y rejas, cascos y escudos. En nuestro trayecto, sin embargo, el canto de “sin violencia” desanimaba a quienes llevaban los palos y pasaban haciendo alarde de su enojo pero sin lastimar a nadie. Ni siquiera a los hombres que con sus celulares las grababan desde lo alto de bancas, árboles o postes. Tampoco a las mujeres policías que cuidaban accesos importantes, como el de la Cancillería. A nosotras no nos tocaron las bombas molotov, los incendios autoinfligidos ni las corretizas por los extinguidores. Lo que más impresionaba era la cantidad y diversidad de gente que marchaba a nuestro lado, muchas como yo intentando explicar el enojo de las radicales, otras diciendo “ellas no nos representan” y otras simplemente rechazando la violencia según aparecía.

Las comunicaciones. La señal de los celulares falló desde el principio. Al paso de las primeras horas las fallas fueron mucho más evidentes. La capacidad de las torres de comunicaciones seguramente estuvo saturada, pero la interrupción de la señal telefónica y de internet en una circunstancia como la de hoy, en la que realmente necesitas encontrar a tu colectiva para no marchar sola, sólo alimenta la teoría de la conspiración.

El número de marchistas. Dicen las autoridades que éramos 80 mil. Yo pienso que hay un subregistro importante: muchas no pudieron siquiera salir de la explanada del Monumento a la Revolución, sobre todo los contingentes mixtos; muchas no llegamos al zócalo porque llevábamos 5 horas paradas con chilpayates; muchas usamos calles alternas para llegar porque la marcha no avanzaba. Seguro éramos más que 80 mil. Muchas miles más.

El tipo de marchistas. Mujeres encapuchadas, universitarias, radicales, fresas, hipsters, extranjeras, locales, señoras de pinta conservadora, todas llamando a triturar el pene de los violadores en electrodomésticos. Afromexicanas, indígenas, sobre todo muchas mestizas, blancas. No vi a ninguna apañarse a nadie por su origen o su aspecto. En la marcha vimos de todo. Hombres solos, cargando niñas y niños en hombros, hombres acompañando a sus compañeras, hombres que recibían con resignación el glitter en la cabeza. Fue hasta poco antes de Eje Central cuando las consignas de las radicales pedían a los hombres aliados abandonar la marcha. No vi agresión física ni verbal personalizada hacia nadie, excluyendo por supuesto los ataques de brillantina.

El embudo. Entiendo la necesidad imperiosa de tener a las mujeres bajo control. Es broma. Las autoridades se preocuparon más por cerrar el paso directo por diversas calles hacia la Plaza de la Constitución que por el libre tránsito. Nos hubieran dejado pasar, habríamos llegado más y más rápido. No sé si con mayores o menores incidentes de violencia, pero al menos se habría ejercido el derecho a manifestarnos por donde se nos diera la gana. Nosotras padecimos los retrasos provocados por el embudo que diseñaron para llegar al zócalo, pues esperamos varias horas antes de poder iniciar el recorrido. Varias horas.

Las mujeres policía. Heroicas y estoicas. Con cara de miedo o de pánico por momentos ante el paso de las encapuchadas, las mujeres policías —el eslabón más vulnerable en la cadena de mando— sonreían. Sonreían. Nerviosas, sí, con un trabajo por demás desagradable en una marcha de mujeres; las policías no fueron la nota porque —en lo que a mí concierne— lo hicieron bien. Cuando pasamos les dimos las gracias y creo haber visto cómo les hicimos más pasadero el ingrato contexto en el que se encontraban.

 

Sofia Ramirez Aguilar
Es analista política, conferencista y directora adjunta de investigación aplicada en MCCI.

 

 

Un comentario en “Nuestra marcha del #8M

  1. Que buen sabor de boca el reconocimiento a las policías, efectivamente… ingrato el contexto que les tocó en la marcha.