No es secreto que el  sistema de salud público mexicano vive una crisis. Lo que tal vez lo sea es que uno de los peores focos de dicha crisis es la rehabilitación de las adicciones. A continuación presentamos una reseña de Sísifos, un nuevo documental independiente que busca corregir nuestra ignorancia sobre el tema, y que será proyectado en el marco del FICUNAM el 7, 8, 14, y 15 de este mes.

El siglo XXI ha sido testigo del inútil conflicto contra las drogas. El costo en sangre de la llamada “guerra contra el narcotráfico” es bien conocido: entre 2005 y 2019 el número de homicidios registrados en México casi se triplicó. Pero existe otro tipo de costo de este conflicto, uno que por lo general no aparece en la discusión pública: entre 2007 y 2017 el uso de drogas ilícitas  aumentó casi 200% mientras que el de alcohol se triplicó.

Sísifos, el más reciente largometraje documental de los cineastas mexicanos Santiago Mohar Volkow y Nicolás Gutiérrez Wenhammer, representa un esfuerzo de volver la mirada hacia esta otra cara del problema. El documental, que será estrenado este sábado 7 de marzo en el marco del Festival Internacional de Cine de la Universidad Nacional Autónoma de México, nos ofrece una mirada cruda y realista a uno de los incontables “anexos” que existen en México: centros de rehabilitación de adicciones que operan de manera autogestionada y sin el aval o la supervisión de las autoridades de salud pública, médicos, o psicólogos.

El anexo en el centro del filme de Mohar y Gutiérrez está ubicado en Chiapas y es conocido como “Una luz en la oscuridad.” Desde el primer momento queda en evidencia que la intención de los documentalistas es antes que nada fotográfica: el documental nos regala largas y angustiosas secuencias de adictos y ex-adictos trabajando con disciplina y en absoluto silencio. Igualmente impresionante es la constante presencia del cristianismo: en las pocas ocasiones en las que los internos dicen palabra, casi siempre es para repetir la frase “buena voluntad.” Semejante lenguaje contrasta fuertemente con las condiciones del anexo. Los internos, casi todos ellos provenientes de los estratos sociales más marginalizados de nuestra sociedad, viven hacinados: comen, duermen, se lavan los dientes, y hacen ejercicio hombro con hombro, bajo una disciplina casi militar.

Estas largas secuencias silenciosas aparecen entrelazadas con los testimonios que varios adictos comparten en las sesiones grupales que constituyen la principal actividad terapéutica del anexo. Así, Mohar y Gutiérrez nos muestran al anexo sin caer en la tentación de pasar juicio, tal como lo vería un interno recién ingresado. En una escena particularmente eficaz, los cineastas nos presentan a uno de los trabajadores del centro, quien da voz a la lógica del anexo: “¿Qué harías si ves a un familiar que se está ahorcando?” pregunta el empleado. “¿Dirías, bueno, está en su derecho, ya es mayor de edad, él puede decidir qué hacer con su vida? ¿O lo bajarías el lazo. Yo pienso que, por más, hasta a un desconocido. Es esa parte humana que todos tenemos, pues haríamos algo por él”.

Esta suerte de comentarios que exaltan la bondad fundamental de los seres humanos y la importancia del esfuerzo individual contrasta con las declaraciones de los ingresados, las cuales demuestran la enorme dificultad de cambiar en circunstancias tan adversas. Este contraste es, quizás, tanto el mayor acierto como la mayor carencia del filme: Mohar y Gutiérrez resisten la tentación de convertir a uno u otro de los internos en un héroe que lucha contra sí mismo y contra la sociedad que lo ha marginado, pero este compromiso con suspender el juicio moral significa que el filme se rehúsa a condenar explícitamente a las violaciones a los derechos humanos que son comunes en los anexos.

Sísifos, sin embargo, no es una película relativista. La casi completa carencia de infraestructura pública para combatir a las adicciones en nuestro país se hace presente en cada momento del documental: los anexos no son otra cosa que la consecuencia de la ausencia del Estado, el equivalente en salúd pública de los famosos grupos de autodefensa contra el narcotráfico. De allí, quizás, el título de la obra: en la guerra contra las adicciones como en la guerra contra el narcotráfico, los más pobres de nuestro país viven condenados a una lucha sin fin.

 

Natalia Moscoso Lomnitz
Escritora y estudiante de preparatoria.