El mayor poeta de Nicaragua del siglo XX falleció el 1.º de marzo del 2020. Estas lúcidas viñetas rememoran su esplendor y el brillo de la lengua que honró desde los años 1960.

A Silvia López y Leo Salvatierra,
amigos nicaragüenses.

 

Ernesto Cardenal viene volando

Marzo 1º, 2020. Domingo. Recuerdo dos ocasiones como si fueran ayer, por el impacto y la felicidad que me causaron. Las guardo como dos llamas de fuego azul en los archivos de la memoria. Las reproduzco hoy, con tristeza, porque al abrir casualmente el teléfono celular, encontré un texto que me informaba, sin preámbulos, que se fue, corporalmente, Ernesto Cardenal, otro de nuestros Premios Nobel sin corona. Descanse en paz.

Una foto y una imagen

Corría el año 1983 y Ernesto Cardenal visitó el campus de la Universidad de Berkeley. Fue un día de sol, esplendoroso. Con su boina negra, una gentil chamarra de gamuza, y una sonrisa radiante, don Ernesto llenó el Auditorio Wheeler, para cerca de 500 personas, y leyó poemas llenos de luz y alegría. Esa tarde le tomé un par de fotos en blanco y negro donde la plata de su pelo y su barba brillan encendidas. Hace algunos años, desenterré esas fotos de unas cajas olvidadas en San Luis Potosí, y se las mandé a Luz Marina Acosta, su asistente personal, vía e-mail. Nunca supe si llegaron. Quiero pensar que sí las vio. Y sonrió, con nostalgia.

Fotografía de: Arturo Dávila

En uno de sus poemas, narraba un viaje hacia una isla del Caribe. Contó que, al bajar del aeroplano, vio una línea de mar azul turquesa, unas palmeras de falda verde bailando al viento, y mujeres con senos “grandes y jugosos como papayas”. Nunca se me ha borrado esa imagen de don Ernesto, que me transporta a la juventud, cuando la vida era dulce como una fiesta.

El recital iluminado

Mayo 16, 2015. La tierra de California está seca. No ha llovido en casi cinco años. La canícula del verano exaspera todavía más la paciencia. En los noticieros, muestran imágenes de satélites que, desde el espacio, registran una mancha roja, casi púrpura. No cae el agua. Apenas lloviznas desarticuladas o el vapor del rocío al amanecer. No hay nieve en las montañas. Los jardines se hacen polvo. El sol quema las esquinas de la tarde. Las suelas de los zapatos y los volantes del auto, arden. Refulge el asfalto y los días se alargan, sudorosos. Por eso, la visita de Ernesto Cardenal a San Francisco, para clausurar el congreso de poesía anual de la ciudad, cayó como lluvia fresca, como agua que alimenta el espíritu.

Muchos pensaban que el evento del Teatro Brava sería un homenaje de papel al longevo poeta, un reconocimiento virtual para un viejito senil. Se temía que no llegara, tras la neumonía que lo noqueó en su última estancia en Alemania, durante el invierno de 2014. Cardenal contaba con 90 años. Los viajes ya no eran fáciles. Por eso, la sorpresa fue doblemente grata. Su cuerpo antiguo, sentado a duras penas en una silla de metal, no impidió una voz trémula y clara. Asistimos a un recital iluminado con versos de cristal que apaciguaron las dudas.

Se presentó como “El poeta de la ciencia”, ave singular en el reino de las musas. Su pasión por la astronomía no es nueva. En los Epigramas (1961), consta un legendario poema corto, amoroso y científico, donde describió su soledad, tan infinita como el universo. ¿Quién, que haya seguido su trayectoria, no lo recuerda? Es magnífico:

Ileana: la Galaxia de Andrómeda,
a 700.000 años luz,
que se puede mirar a simple vista en una noche clara,
está más cerca que tú.
Otros ojos solitarios estarán mirándome desde Andrómeda
en la noche de ellos. Yo a ti no te veo.
Ileana: la distancia es tiempo, y el tiempo vuela.
A 200 millones de millas por hora el universo
se está expandiendo hacia la Nada.
Y tú estás lejos de mí como a millones de años.

La dolorosa reflexión del poeta expone su tristeza e imagina que “otros ojos solitarios” sufren, también, en Andrómeda. Su experiencia, así, se vuelve universal. Quien quiera constatar que el viejo Cardenal recita este poema con la misma emoción con la que lo escribió, puede visitar “Palabra virtual”, biblioteca sonora con sorpresas verbales inusitadas.

Ciencia y poesía

El Cántico cósmico (1989),una de las aventuras poéticas más trascendentes del siglo XX latinoamericano, se lee poco. Las 43 cantigas y sus casi 18 000 versos son, en verdad, un prodigioso viaje galáctico, una aventura macroscópica y microscópica, donde convergen la ciencia, la historia de las civilizaciones, la religión, la política, la economía. Y de amor, en verso. Es una enorme lección de narrativa poética. Alguna vez cometí la herejía de afirmar que el Cántico de Cardenal era más legible que los Cantos de Pound, a quien admiro profundamente. Casi me cuelgan… Lo que en el poeta de Idaho termina muchas veces en confusión y en caos —“[A] tangle of works unfinished / Clarity I have had sometimes / I cannot make it flow thru.” (CXVI: 70-71)—, en el poeta de Granada, Nicaragua, nacido el 25 de enero de 1925, es transparente y premeditado. Después encontré una opinión de Pablo Antonio Cuadra, que explicaba mi afirmación mejor que yo: “Ernesto no imita a Pound, lo aprende. Y hace algo más: lo facilita”. Esa definición es exacta, la lectura del Cántico cósmico permite una mejor comprensión de la épica de Pound. Se entiende mejor el método poundiano, lo hace más fácil, más accesible.

Para Cardenal, la teoría de la evolución sigue un decurso riguroso, irreversible, que coincide con la revolución final, con la liberación del hombre sobre la Tierra. Y el polen erótico es el ingrediente principal, humano a la vez que divino, de ese movimiento. He allí una de las llaves para comprender esa inmensa obra que es el Cántico cósmico. Lo asombroso, lo consecuente, es que 50 y tantos años después, Cardenal siguiera en su búsqueda sideral y evolutiva. Así, en la lectura del Teatro Brava, eligió un fragmento de su épica sobre las temibles mandíbulas de un tiburón —shark!— que devienen, tras millones de años, dientes que son labios que son besos que son pura delicia nupcial:

Nuestros dientes proceden de los tiburones
pero después como mamíferos tuvimos labios que mamaban
y por esos labios que mamaban tuvimos besos.
La abertura de la boca es de hace 1.000 millones de años,
en aquellas aguas,
los dientes hace 400 millones de años,
los labios rojos hace sólo dos o tres. 
Bajado ya de los árboles
       las altas hierbas lo volvieron erecto
y miró las estrellas.   (“Cantiga 12”)

En el recital no faltó la Revolución nicaragüense, o los residuos de lo que fue. Cardenal, algún día del siglo pasado, expresó: “Continuaré siendo sandinista y revolucionario, y también siendo siempre marxista, además de cristiano”, receta difícil de digerir. Sin embargo, el viejo vate centroamericano defendió su necedad —su necesidad— utópica, su continua búsqueda del ideal. Su lectura de “Las loras”, otro fragmento de su Cántico cósmico, funciona como una parábola de la revolución que Cardenal vivió y cuya secuencia ha lamentado:

Mi amigo Michel es responsable militar en Somoto,
              allá por la frontera con Honduras,
y me contó que descubrió un contrabando de loras
que iban a ser exportadas a EE.UU.
              para que allí aprendieran a hablar inglés.
Eran 186 loras, y ya habían muerto 47 en sus jaulas.
Y él las regresó al lugar de donde las habían traído,
y cuando el camión estaba llegando a un lugar que llaman Los Llanos
cerca de las montañas de donde eran esas loras
(las montañas se veían grandes detrás de esos llanos)
las loras comenzaron a agitarse y a batir sus alas
y a apretujarse contra las paredes de las jaulas.
Y cuando les abrieron las jaulas
todas volaron como flechas en la misma dirección a sus montañas.
Eso mismo hizo la Revolución con nosotros, pienso yo:
nos sacó de las jaulas en las que nos llevaban a hablar inglés.
Nos devolvió la Patria de la que nos habían arrancado.
Los compas verdes como loras dieron a las loras sus montañas verdes.
                                      Pero hubo 47 que murieron.   (“Cantiga 18”)

Murieron los compas, murieron las loras, murieron los sueños de revolución y las utopías, pero esa noche tibia, en San Francisco, Ernesto Cardenal las revivió.

Postdata

Entre las preguntas que el público hizo, hubo una memorable por la sagaz respuesta de Cardenal, epigramática. Una mujer, de edad media, se levantó y  dijo:
—Padre. Soy una de las niñas que nació durante la Revolución y creció como parte de las juventudes sandinistas. ¿Qué nos recomienda hacer hoy, que las cosas están tan mal, y que, según usted nos cuenta, la Revolución se perdió y fue traicionada?

Con sus penetrantes ojos de águila, el poeta nonagenario contestó (y cerró la conferencia):

—Si no les gusta su vida y su realidad, hagan su revolución. Eso fue lo que pasó con nosotros. Hagan su propia revolución. Nosotros así le hicimos, cuando éramos jóvenes. Y muchos murieron por ella.

Así de fácil. Así de difícil.

Oakland, California

 

Arturo Dávila
Escritor, doctor en Lenguas romances por la Universidad de Berkeley. Sátiras (Hiperión, 2017) es su último libro de poemas.