El siguiente es un encuentro directo con uno de los oficios más nobles y, para muchos, más pertubadores, pero tan ineludibles como la muerte misma. Así es la vida de un grupo de embalsamadores de la ciudad de México.

Ciérrenme los ojos,
déjenme caer el párpado,
no quiero morir feyo raza

—El Piporro

Nos dicen que en el salón de al lado están embalsamando a un hombre que recién llegó; “está baleado, ¿quieren pasar?” Gustavo y yo nos miramos. Hay un “no” instantáneo, un segundo paralizante. De manera mecánica él saca la cámara y abre el tripié. Alcanzo a escuchar que el hombre tenía alrededor de 30 años; lo mataron en una gasolinera ese mismo día. Yo sigo diciendo que no para mis adentros. Ángela me anima a aprovechar la oportunidad “única” de perderle un poco de miedo a la muerte. Gustavo ya se había adelantado. Me encaminan a la sala de embalsamamiento. Abren la cortina plegable. Un hombre joven yace en la plancha de acero, en torno a él un grupo de tres o cuatro personas suturan el pecho, limpian y extraen líquidos del cuerpo por una cánula. La escena transcurre  con lentitud. La piel del cadáver es clara. Me animan a acercarme. No puedo moverme ni lo intento. Evito a toda costa ver el rostro. Alguien ordena tapar los genitales y así me doy cuenta de que está desnudo. De regreso a la oficina donde nos recibieron tomo el vaso de agua que había rechazado al llegar.

José Hirata Yen, el dueño de la agencia de embalsamamiento, me tiende una tarjeta cuando le pregunto por sus apellidos. “Mi familia es de origen chino, japonés, español y zapoteco; yo, 100 por ciento mexicano y adoptado”, dice. Ángela Talamantes es de Jalisco. Al igual que José, Guillermo Arredondo es de la Ciudad de México. Los tres son embalsamadores, tienen 37 años y trabajan juntos desde hace tres. En esta pequeña oficina con su sala adjunta de embalsamamiento son testigos de poco más de tres mil de las 63,200 muertes al año en la Ciudad de México causadas por enfermedades, accidentes y violencia, según datos del INEGI para el año 2018.

Mientras comienza la entrevista empiezo a sentir la presión baja. El aire se hace denso. No es la presión —pienso—, es el miedo.

José cree que “a la muerte hay que verla con respeto”,  y tratar cada cuerpo como si fuera un familiar querido. Ese es el lema con el que dirige al grupo de 11 embalsamadores —dos de ellos en capacitación—. “Los cadáveres no tienen derechos como alguien vivo —sostiene Ángela— pero sí tienen derecho a una reparación digna y respetuosa”. La labor en el salón de embalsamamiento es en general solitaria, a menos que haya aprendices. Como en todo trabajo, hay una rutina cotidiana y cada quién tiene su ritual antes de iniciar. José Hirata, por ejemplo, prende un cigarro, ojea el expediente en donde se específica el motivo del fallecimiento, se detiene en el nombre de pila. Le habla al cuerpo inmóvil con ese nombre que perdió el verbo presente y le explica el procedimiento que realizará. Guillermo se prepara un café bien cargado. También le habla al cuerpo. Talamantes prefiere no decir cuál es su ritual. Briceida Hernández, la más joven del equipo, de 20 años, le pide al que yace en la cama metálica que coopere para regresarlo con sus familiares y se despidan.

Ilustración: Patricio Betteo

Algunos cuerpos tienen un peso al depositarlos en la plancha y al terminar el trabajo y acomodarlos en el ataúd pueden ganar más kilos. No hay una explicación científica para este fenómeno. Probablemente se deba a que han dejado asuntos pendientes y no quieren irse. Este es el único caso, de hecho, en el que los embalsamadores se atreven a conjeturar un razonamiento paranormal. Nadie habla de presencias o sustos dentro de la sala; si el cuerpo se mueve es que está pasando de la rigidez a la flacidez, o viceversa. Aquí la muerte parece no tener segundos planos ni otra dimensión. “Te mueres y todo se acaba”, declara rotundo José. A Briceida le recuerda que somos efímeros. Ángela quisiera creer en la reencarnación mientras que Guillermo no vislumbra otra existencia: la muerte es el punto final. Guillermo agrega que en las ocasiones que le ha tocado preparar el cuerpo de un delincuente, el proceso de embalsamamiento no cambia. Con el desprendimiento de la vida —cree— se va también el juicio sobre sus actos.

Las  emociones tampoco tienen cabida cuando se trata de limpiar un cuerpo, extraerle líquidos, bombear químicos, tapar orificios y maquillar. Pero hay ocasiones en que las circunstancias traicionan ese escudo profesional. Por ejemplo, cuando se trata de niños —explica Guillermo— algo se contrae en su interior y no puede evitar pensar en sus dos hijos pequeños. “O cuando te toca limpiar dos cuerpos —cuenta José— de un lado un policía y del otro un delincuente, abatidos en el mismo incidente.” O cuando Briceida relata la muerte repentina de un vecino del barrio donde trabajan y la presencia desgarradora de la familia al ver el cadáver.
Cuando Guillermo habla se mira las manos. La primera vez que embalsamó no pudo olvidar el rostro del cadáver; durante casi seis meses lo veía en el metro, en la calle, donde fuera. De eso han pasado 12 años. “Aquí ningún día es normal, la violencia complica las cosas —dice— porque se vuelve más difícil la reconstrucción del cuerpo.” A él ya le ha tocado suturar cabezas o partes desmembradas. Con la misma seriedad cuenta también la anécdota de un muerto barbado cuyo familiar pidió que fuera rasurado. La contraorden de otro allegado más cercano arribó tarde y hubo que juntar el pelo recortado y pegarlo: “no quedó muy bien”, confiesa.

A diferencia de sus compañeros que visten de negro, Ángela Talamantes va de rojo de pies a cabeza: desde los tacones, la camisa a cuadros, el pintalabios, hasta el cabello crespo encendido. Después de hacer prácticas de necropsia en Tamaulipas por una temporada, llegó a la Ciudad de México hace casi tres años al contactarse por Facebook con José Hirata Yen. Con la voz suave y un dejo norteño habla del dolor convertido en empatía, cuando trabajaba en una funeraria y le tocó recibir el cuerpo de un jovencito al que sus familiares habían prohibido que su madre lo viera. La mujer esperaba afuera de la sala de embalsamamiento. Al terminar y aprovechando que estaba sola, Talamantes la dejó pasar a despedirse. El llanto se convirtió en un aullido que recorrió toda la funeraria. “Pensé que me iban a correr, pero no pude evitarlo”. No la despidieron, pero sí se llevó un regaño que carga con un poco de orgullo.

Para este grupo de embalsamadores, la vocación llegó desde temprano, viendo películas y documentales o mesereando en funerarias. Hace dos años, empezó un boom por el embalsamamiento. De pronto vieron surgir escuelas y carreras dedicadas a esta profesión. Este grupo embalsamadores estudió en el Politécnico Nacional y está certificado.

“Pocos duran en este oficio —afirma Briceida—. Muchos se acercan por morbo o para tener trabajo, pero no todos aguantan. Lo difícil no está en el procedimiento en sí, sino en el horario.” La gente muere y el servicio tiene que estar disponible 24/7. Las horas de sueño son un lujo y el tiempo de descanso o de otras actividades están sujetas a la demanda de trabajo. Lo que más lamentan Ángela y Guillermo es el poco tiempo que les dedican a sus hijos. “A veces no puedes ni echar pasión, porque el celular suena en cualquier momento —confiesa José.” Él coordina los servicios desde donde esté: la clave siempre es “llegó la flaca”. La planeación no tiene cabida; un día puede no haber ni un solo servicio, y al siguiente se juntan diez.

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La Providencia apenas sobresale del resto de pequeños negocios de Azcapotzalco, en el noroeste de la Ciudad de México, entre tortillerías, papelerías, salones de belleza, casas y edificios bajos. En esta zona de visibles contrastes, de amplias avenidas arboladas en medio de unidades habitacionales, consideradas de las más grandes de América Latina, se fincó el semillero de la Triple Alianza, la última confederación de estados indígenas antes de la llegada de los españoles. Ahora hay en esta alcaldía el mayor número de panteones de un total de 117 en la Ciudad de México.

Ilustración: Kathia Recio

El local de embalsamamiento se encuentra a tres cuadras del panteón San Isidro, el tercero más grande de la Ciudad de México, dedicado en exclusiva al entierro de bebés y niños. Quizás por eso, la apertura de La Providencia en 2017 no perturbó a sus vecinos, que se han acostumbrado al ir y venir de carrozas fúnebres a todas horas. “El negocio tiene convenios con alrededor de 50 funerarias” —explica Betty—, la administradora que ocupa el único escritorio de la oficina. Algunos servicios se realizan en este local o en las instalaciones de las funerarias. Al preguntarle si ha entrado a la sala de embalsamamiento responde con una sonrisa resignada: “sí, cuando el trabajo se acumula, les ayudo”.

Cuando se trata de sociabilizar en el tiempo libre, los embalsamadores se enfrentan al asombro. José es tajante, nunca cuenta a qué se dedica y cuando le preguntan responde que es  recolector de basura. Todos ríen. “A nadie le importa ese trabajo” —afirma. Guillermo Arredondo sí dice que embalsama, a lo que le suelen responder que mejor no cuente detalles.

Un embalsamador que ha terminado su turno, un muchacho alto y delgado se despide de Briceida con cariño. Pienso que es su novio pero no; su pareja trabaja en una funeraria. A diferencia de sus colegas, ella convive con otro grupo de amigos.

En un momento en el que quedamos a solas los tres en la oficina, José Hirata me confiesa que tiene una relación con Ángela, ante el asombro de ella. “Casi nadie lo sabe” —explica. Además del trabajo, comparten la afinidad por el mundo del sexo sadomasoquista en el que Talamantes organiza performances.

“Parece dormido”

Antes de iniciar el trabajo, la patología o causa del accidente determinará los líquidos a utilizar. Por ejemplo, si la muerte es por paro cardiaco la piel se tornará morada;  amarilla si es por padecimiento hepático. A veces la familia proporciona una foto para que el cadáver se parezca a como lucía en vida, pero a veces dan imágenes de cuando la persona estaba sana y no delataba el deterioro mórbido. “El remordimiento por haber estado alejados de un familiar enfermo y no reconocerlo, a veces provoca reclamaciones fuera de lugar” —explica Guillermo. Y tampoco se pueden hacer milagros, como peticiones poco comunes de reducir arrugas o mejorar la apariencia más allá del maquillaje.

Al preguntarles cuál es la mejor parte del trabajo, la respuesta es unánime: el resultado final, saber que el cuerpo regresará con la familia y los seres queridos en las mejores condiciones. Sin embargo, pocas veces reciben felicitaciones porque las funerarias son las encargadas de dar la cara al entregar el cuerpo a los familiares del fallecido. Las fallas, esas sí, son notificadas siempre y de inmediato. Por eso, cuando existe la oportunidad de entregar el cuerpo directamente a los familiares —y no mediante  la funeraria— y agradecen el resultado final, la recompensa se materializa. Ésa es, sin duda, la mejor parte de una jornada.

Ilustración: Estelí Meza

La transformación física con éxito del embalsamamiento se traduce en impresiones: “se fue en paz”, “parece dormido” o “se ve que no sufrió”. Frente al dolor, “las caras de alivio de la familia, dan gusto” —dice Briceida. El trabajo de los embalsamadores es el que inspira estas impresiones: el estrago de la muerte queda maquillado por unas horas, suficientes para la despedida final.

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En la primera visita al negocio, se festejó el cumpleaños de Guillermo Arredondo. La celebración consistió en un baño con “agua sucia”, contenida en una cubeta proveniente de la limpieza de la sala de embalsamamiento con harina y huevos añadidos. Las carcajadas inundan por unos minutos la sala. El compañerismo tiene algo liberador y salvaje; las horas de convivencia entre tanto estrés o el tedio de las  horas libres en espera de un cuerpo, han creado una estrecha cercanía. Los colegas suelen dormir en sillones durante las guardias, comparten las salidas a antros para bailar, escuchar música en vivo —de preferencia salsa— y tomar unos tragos.

A Briceida Hernández la conocí la segunda vez que fui al negocio. Deseaba conocer a la joven que, según sus compañeros, sostiene el ritmo de trabajo. A la hora de aplicarse apacigua al equipo y los mete en cintura. “Nos trae en chinga” —admite José.

Este negocio, como otros, tiene sus temporadas. José explica que la temporada “baja” es en primavera o Semana Santa. Sube durante las fiestas patrias o cuando hay campeonatos de box. Las extrañas estadísticas no tienen lógica. La mayoría de los fallecimientos son por enfermedad. Aunque las muertes por violencia no se reportan en la mayoría de los servicios, la separación física de la oficina con la sala de embalsamamiento —esta última sin letrero que la identifique, sobre la misma calle—  permite cierta seguridad en caso de alguna revancha delictiva o intento de robo de cuerpo. En México, la violencia se cobra más vidas que los accidentes, pero las enfermedades cardiovasculares y la diabetes se ubican en el primero y segundo lugar, según información del INEGI.

A solas, en silencio

En la sala de embalsamamiento priva la concentración. Nadie escucha música, no se atiende al celular y se evita cualquier distractor. La preparación empieza con el uso del uniforme reglamentario: una bata, guantes y un peto que suele ser pesado y caluroso. El primer paso es la limpieza del cuerpo; después se liberan gases y se drenan líquidos —sangre y orina— y heces fecales que son depositados en envases de Residuos Peligrosos Biológicos Infecciosos (RPBI); se acomodan facciones, se sutura la quijada, a veces se colocan prótesis en la cuenca de los ojos y se rasura; se dan masajes para reducir la rigidez, liberar coágulos y permitir la penetración de químicos y formaldehído para retrasar la descomposición; se extrae mucosa y comida; se tapan las fosas nasales y la tráquea; se vuelve a lavar el cuerpo y finalmente se maquilla y se viste para depositarlo en el ataúd. Las personas con sobrepeso implican un reto por la dificultad para extraer e introducir líquidos. La sutura de la quijada requiere de cuidado para evitar crear sonrisas o muecas artificiales.

Este proceso para que un cuerpo quede en perfecto estado de embalsamamiento con maquillaje requiere de aproximadamente tres horas. Pero la presión puede acelerarlo a una hora. El tiempo es el instrumento de trabajo más valioso en un oficio donde la precisión y los imprevistos obligan a administrar cada minuto.
El embalsamamiento no es legalmente obligatorio, a menos de que hayan pasado 48 horas del fallecimiento, de que la muerte haya sido ocasionada por alguna enfermedad contagiosa o se tenga que trasladar el cuerpo más de 300 kilómetros. Fuera de estas excepciones, la decisión de ser transformado antes de abandonar el mundo terrenal es personal o familiar.

Una decisión que el grupo de embalsamadores ya tomó. Ni Ángela Talamantes, ni José Hirata, ni Guillermo Arredondo quieren ser sometidos a este proceso; prefieren la muerte sin maquillaje. “A mí que me envuelvan en un petate y consumirme con la tierra” —dice Hirata. Talamantes quiere donar sus órganos y ser enterrada sin trámite. Lo mismo opina Arredondo. Briceida Hernández quisiera ser embalsamada por José, pero ¿y si él ya no está?

 

María Luisa Alós
Periodista y editora independiente.