Un día como hoy de 1900 nació Luis Buñuel, el gran cineasta del surrealismo. El siguiente ensayo explora no sólo la recepción escandalosa de alguna de sus películas, sino el conjunto de gestos admirables de su estilo cinematográfico.

Además de cineasta, Buñuel era un asiduo cinéfilo. Se cuenta que a finales de los años 40 asistió a la proyección de varias películas europeas surgidas después de la Segunda Guerra Mundial. En especial, El limpiabotas (1946) y Ladrón de bicicletas (1948) de Vittorio de Sica, dos exitosos melodramas que definieron el cine neorrealista italiano. Aunque le gustaba ese género, algo inquietaba a don Luis, la piedrita surrealista en el zapato: la naciente estética del neorrealismo, las frondosas actrices, los galanes grandilocuentes, las agridulces historias le parecían, a pesar de todo, “demasiado burguesas”. El espectador salía admirando a los protagonistas, identificándose con sus nuevas y nuevos ídolos, a pesar de su trágico destino.

Buñuel no olvidaba una de las lecciones más arraigadas del grupo de Breton: “épater les burgeois”, escandalizar al burgués o “espantarlo”, para que no se duerma y sienta que la pobreza a su alrededor puede ser bella y triste, ajena y lejana como un simple espectáculo pasajero. El cineasta aragonés, nacido en Calanda, Teruel, en 1900, halló la causa de su desencanto: “A nadie le gusta ser pobre”. “Todos quieren salir de la pobreza”. Y entonces filmó Los olivdados (1950).

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Los olvidados
la vida no tuvo tiempo de acariciarlos
—Jacques Prévert

De la tragedia de los niños de la ciudad de México nadie sale ileso. José de la Colina resumió con lucidez el tono de la película: “Los olvidados, filme de rara, poética calidad brutal, firmemente enraizado en la miseria cotidiana, pero cruzado por ráfagas de salvaje onirismo y feroz ternura”. En efecto, suceden escenas brutales, tiernas, feroces. Puro oxímoron surrealista:al ciego le desmadran su tambor, al tullido de brazos y de piernas le roban sus cigarros y mandan a la mierda su carrito con ruedas, Ojitos carga su diente de muerto y no le sirve de nada, su padre lo abandona en un mercado, Meche se unta las piernas con leche de burra para embellecerlas, mientras le pide a Ojitos que le clave las tijeras al ciego. Pedro sueña con un pedazo de carne que su madre le niega. Erotismo y maldad, Georges Bataille en escena. Los niños no distinguen entre el bien y el mal. Sólo se trata de sobrevivir, de sobremorir, comodiría Víctor Rodríguez Núñez, poeta cubano.

Cuando Pedro trata de rehabilitarse y comprar unos cigarros para el administrador de la Granja-Escuela, reformatorio de adolescentes, se le aparece El Jaibo y le arranca el dinero de las manos. Huye en el tranvía. Pedrito ve alejarse, así, la esperanza de salir de su desamparo. No hay remedio ni salvación. Al final, muere a manos del mismo Jaibo. Su cadáver es transportado a escondidas en la noche, dentro de un costal, a lomo de burra, arrojado a un basurero. Y los únicos testigos de este mal somos nosotros, hipócritas espectadores, mes semblables, mes frères.

Durante varias generaciones El Jaibo fue el apodo que se le daba a los niños traviesos, más bien malditos. Lo que hoy se llaman bullies. Toritos malvados que lastiman a otros niños, les roban las canicas, molestan a las niñas, las tocan, dañan a los animales, los torturan y los matan. Todos tuvimos un amigo así. Representan al mal encarnado, casi sin querer, heredaros de la injusticia genética. Son los Jaibos. Y abundan.

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En Buñuel por Buñuel, espléndidas entrevistas recogidas por José de la Colina y Tomás Pérez Turrent, el cineasta recuerda cómo Los olvidados indignó al nacionalismo charro mexicano.Jorge Negrete, líder del sindicato de actores, quien viajaba por el extranjero en los momentos de la filmación, la criticó agriamente: “Si llego yo a estar en México en esos días, usted no habría hecho esa película”. Algunos trabajadores del ya no tan don Luis, abandonaron el proyecto durante el rodaje. “La peluquera se ofendió cuando Pedrito llegaba a la casa con hambre y su madre le negaba la comida —recuerda Buñuel: ‘Eso, en México, ninguna madre se lo dice a su hijo. Es denigrante, no quiero hacer esta película’. Se fue del estudio y presentó su dimisión.” Los mismos técnicos se quejaban: “Señor Buñuel, esto es de una cochambre tremenda. No todo México es así. Tenemos también hermosos barrios residenciales, como Las Lomas…” El autor de los acertados diálogos, Pedro de Urdimalas, no permitió que su nombre apareciera en los créditos. En una exhibición privada, a la que acudieron David Alfaro Siqueiros, Lupe Marín, esposa de Diego Rivera, León Felipe y su mujer mexicana, Berta Gamboa, los asistentes salieron espantados. Bertha le dijo al cineasta aragonés, heredero de Goya: “Es usted un miserable. Ofende usted a todo el mundo. Lo que muestra esta película no es México”. Siqueiros sentenció lo contrario: “Muy bien, Buñuel. Deje usted a las viejas decir lo que quieran y siga usted haciendo cine”.

El viejo lobo don Luis estaba bien curtido en aceite. Los escandalitos burgueses mexicanos no lo amedrentaron, probablemente espolearon su ego, y lo hicieron sonreír. No en balde había sido boxeador en su juventud. Tampoco había olvidado las aventuras parisienses con Breton, Max Ernst, Dalí y compañía. Octavio Paz, entonces tercer secretario de la Embajada de México en París, promovió que la película se exhibiera en Cannes, en 1951. Sin embargo, no representó a México. En el ensayo que Paz distribuyó entre los críticos, 24 horas antes de la exhibición del filme, “El poeta Buñuel”, defiende que esa orfandad social le pertenece a México: “Y Los olvidados, esos niños, su mitología, su rebeldía pasiva, su lealtad suicida, su dulzura que relampaguea, su ternura llena de ferocidades exquisitas, su desgarrada afirmación de sí mismos, su búsqueda sin fin de la comunión —no son ni pueden ser sino mexicanos”.

Irónicamente, también Georges Sadoul, surrealista convertido al Partido Comunista francés que, en ese momento, profesaba el estalinismo, le comentó preocupado a Buñuel que la película “defendía la moral burguesa”. Andaba escamado por el filme de su amigo y temía por las consecuencias. Después de verla, Pudovkin aclamó la película. Sadoul y el partido se desdijeron, cambiaron de opinión, y aplaudieron la obra.

En el poema que Prévert escribió sobre la función, dejo dicho:

La última vez que vi
a Luis Buñuel
fue en Cannes
una noche en la Croisette
en plena miseria en la ciudad de México
y todos esos niños
que morían atrozmente en la pantalla
estaban más vivos
que muchos de los invitados.

Finalmente, la película obtuvo el Premio al Mejor Director en ese festival de 1951. Y terminó con las discusiones. Hoy, Los olvidados ha sido declarada “Patrimonio histórico de la humanidad” por la UNESCO.

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El ángel exterminador (1961) explora la otra cara de la moneda. Si en Los olvidados Buñuel denunció “las monstruosidades de la sociedad” que abandona a los seres más frágiles, ahora ataca a la casta privilegiada. The Haves and the Have Nots. Quería llamar la película “Los náufragos de la calle Providencia”, pero José Bergamín le concedió el título de una obra de teatro que no pudo realizar. Cuando Buñuel le pidió el nombre, Bergamín le contestó que no era suyo, que se encontraba en el Apocalipsis de la Biblia, lo que fascinó aún más al cineasta aragonés. Son conocidos sus escarceos con la doctrina cristiana.

Don Luis se ensaña contra la clase alta mexicana que goza de todo, que se deleita en el verde poder de su dinero. Caballeros exquisitos con sus “fracs de 800 pesos hechos de tela tropical” y “damas elegantes de cautelosa menstruación”, que diría Jaime Sabines. Los protagonistas de este melodrama viven en la opulencia del Primer Mundo, rodeados de la miseria del Tercer Mundo, su servidumbre, que esa noche los abandona. Tienen miedo.

Buñuel quería filmar la película en Londres o París. No hubo presupuesto. Mejor. La burguesía mexicana se presenta como una caricatura de la europea. Escogió a los actores que le parecieron ser lo menos mexicano posible: Claudio Brook, Jacqueline Andere, Silvia Pinal, etcétera. Los disfraza de magnates almidonados, acompañados de sus enjoyadas esposas, y los desenmascara, los lleva a sus límites. Todo tenía que ser muy físico, aclara Buñuel, ”el desaliño, la enfermedad, el sudor, la barba que crece, la basura que se va acumulando”. No deja salir a los personajes de una casa, al terminar una fiesta, y se van degradando, solitos, hasta ejercer sus instintos más bajos: rencor, odio, mala leche, lujuria, asesinato y suicidio, locura.

En El ángel exterminador Buñuel no ofendió a nadie, porque nadie la entendió en su momento. Si algo le gustaba a don Luis es que no se pudiera desentrañar el significado de sus escenas. En eso radica su belleza surrealista. Todavía hoy circula un artículo que se titula: “Las ovejas tienen que significar algo”. Cuando le preguntaron al cineasta español qué simbolizaban los corderos en la mansión o entrando a la iglesia, al final de la historia, él sencillamente contestó: “Yo quería burros, pero no los encontraron. Solo hallaron unos corderos y los trajeron”. Sobre el oso en la sala de la casa, también se sumaron las interpretaciones. Cuenta Buñuel una, fácil y extravagante: “El oso era la Unión Soviética que tenía sitiada a la burguesía, y así la película quedaba enciclopédicamente explicada”. Su postura es más poética: “Es bonito ver entrar un oso en un salón”. Silvia Pinal, quien produjo la película junto con su esposo en ese momento, Gustavo Alatriste, le pedía a Jacqueline Andere y a Enrique Rambal que no trataran de entender el guion. Ofelia Guilmain también les gritaba que sólo actuaran escena por escena, que no intentaran descifrarlas.

Tal vez, tan importante como el enigmático guion, fueron las contribuciones de Buñuel al lenguaje cinematográfico. El tema de la repetición de ciertos actos —con pequeñas variaciones en el ángulo de la cámara— fueron improvisaciones que se le ocurrieron en el momento y parecían errores de edición. Gabriel Figueroa no entendía. Estaba muy preocupado. Incluso en algunos cines llegaron a quitar las escenas dobles. Buñuel lo aclara:

Creo haber sido el primero en emplearla en el cine […] Luego he visto que Bergman emplea también la repetición en Persona. Hay dos mujeres, una enfermera y una paciente. La cámara está fija. La enfermera, de espaldas, cuenta una historia durante unos minutos. Termina y cambio: ahora está de frente la que estaba de espaldas y viceversa. Y el relato se repite exactamente.

Otro de los gestos admirables del cine de Buñuel es que, en los momentos de la Época de Oro del cine mexicano, cuando se multiplicaban los paisajes pastoriles, de nubes bajas y llanuras extendidas, filmados, en gran parte, por el mismo Gabriel Figueroa; cuando abundaban los ranchos idílicos, poblados de rancheros-caballeros andantes, cantadores y defensores de damas, viudas y niños, Buñuel sitúa a sus personajes en espacios interiores, atrapados en historias circulares, sin salida, y se concentra en los conflictos humanos. José de la Colina piensa que en El ángel exterminador las relaciones son semejantes a las de A puerta cerrada, de Sartre. Buñuel no está del todo de acuerdo:

En El ángel exterminador los personajes no salen porque no pueden salir, sin saber por qué. En lo de Sartre sí se sabe por qué: han muerto y están en el infierno. El punto de partida es diferente. Creo que en El ángel exterminador hay más misterio. Con perdón de Sartre. O si quieren ustedes, simplemente más irracionalidad. Creo también que en mi película hay humor.

Fotograma de El ángel exterminador de Luis Buñuel

Cómo no recordar al político arruinado que se suicida en La Edad de Oro y aparece muerto en la pantalla, después de oírse un balazo, tirado… en el techo. Buñuel nos toma el pelo. Y el humor negro fue otro de los artificios que definió el trabajo de los surrealistas.

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Lo impecable, lo brutal en El ángel exterminador es la degradación paulatina de los personajes. Anuncian que se quedan a dormir. Su vestimenta pierde el almidón. Sus rasgos se van desfigurando. Hay muertos enterrados en un closet que da al inframundo. Aparecen corderos en la sala. Se sacrifica a uno. Se destazan los muebles. Se destruye a hachazos un violoncelo. Se hacen fogatas con la madera. Dos amantes se suicidan. El mayordomo empieza a comer papel. “Un mayordomo es burgués de corazón, aclara Buñuel”. Las mujeres tienen pesadillas con manos que caminan. Esas manos que, desde El perro andaluz, nunca abandonaron a don Luis. No podemos olvidar al personaje de la fiesta, ahora casi un mendigo, que revisa los desechos con un bastón pequeño, a manera de pepenador. Una película de burgueses altivos acaba en un drama pánico y absurdo de pordioseros, a la manera de Antonin Artaud o Beckett. Se instala la demencia. Empiezan las incriminaciones. Casi se llega a asesinar al anfitrión, el Señor Edmundo Nobile, que ya ha perdido su nobleza. Lo impecable, lo brutal de El ángel exterminador, una de las películas más surrealistas de Buñuel, es que se acaba pareciendo demasiado. . . a la realidad.   

Se trata de una alegoría de la degradación humana que se repite sin cesar, y a la que hoy asistimos, cuando prendemos el televisor o vemos las noticias: rencor, odio, mala leche, lujuria, asesinato y suicidio, locura.

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Buñuel siempre intentó (y logró) escandalizar a los burgueses, a los poderosos. Se ríe de ellos ya sea denunciando la miseria que permiten y el olvido en que tienen a miles de niños callejeros, o estropeando sus fiestas, sus cenas, desenmascarando su falsa seguridad. Los surrealistas creían que burlándose de los valores que la burguesía había creado, interviniéndolos y alterándolos, tal vez podrían intervenir y alterar la realidad. No fue así. Buñuel nunca se definió como un hombre de izquierda:

Quizás soy anarco-nihilista, pero pacífico. Mentalmente, puedo colocar bombas en muchos sitios: en un monasterio, en una fábrica, en un embotellamiento de automóviles, en un lugar de ésos donde se oye música a todo volumen. Ahora, a lo único que yo me afiliaría sería a la Sociedad Protectora de Animales.

Todo está permitido, pero en la mente, en la fantasía.

De allí que, en una de sus últimas afirmaciones, Buñuel expresara: “La imaginación del hombre es libre, el hombre no”.

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El escándalo y la denuncia de la máscara burguesa retratada en El ángel exterminador es todavía válida. Funciona como un ejercicio magistral de la imaginación. Don Luis ya había hecho la misma faena en La Edad de Oro (1930), donde una sirvienta sale de la cocina envuelta en llamas, una carreta campesina con un mujik borracho se pasea por una sala aristócrata, un enfurecido padre le pega dos tiros a su hijo, una vaca descansa tendida sobre una cama, en el segundo piso de una mansión en París, etcétera. Y nadie se inmuta. La Fiesta continúa.

Las estructuras del poder no se resquebrajan, no cambian. El cine (y el arte) no hacen la revolución. Sin embargo, el lente panóptico de don Luis retrata, denuncia las fisuras, y molesta. La navaja de Buñuel rasga el ojo del espectador que nunca vuelva a ser el mismo. O la misma. Es la piedrita surrealista en el zapato de los privilegiados. Se trata de una constante en su filmografía. El discreto encanto de la burguesía (1972) cierra ese círculo y vuelve a retratar a los burgueses, que caminan a lo largo de una carretera rural, sin rumbo, y todavía no pueden (no podemos) terminar la cena.

Buñuel y sus escandalosas películas no nos dejan.

 

Arturo Dávila
Escritor, doctor en Lenguas romances por la Universidad de Berkeley. Sátiras (Hiperión, 2017) es su último libro de poemas.

 

Libros citados:
• Octavio Paz, Luis Buñuel: el doble arco de la belleza y la rebeldía,Barcelona,
Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, 2000.
• Tomás Pérez Turrent y José de la Colina, Buñuel por Buñuel,Madrid, Plot, 1993.