En Egipto, una ciudad completa ha vuelto vecinos a los vivos y a los muertos, pero curiosamente son estos últimos los verdaderos dueños de esas tierras y propiedades que ahora son espejo de miseria y hambre.

Los cementerios suelen ser un pasaje de duelo para los vivos y un sitio de residencia para los cuerpos de los muertos; pero hay un barrio en el Cairo donde esa costumbre se difumina; en donde ambos, vivos y muertos, duermen en las mismas tumbas y absorben el mismo polvo, el de la Ciudad de los muertos.

Al Qarafa —nombre en árabe del asedio— es un antiguo cementerio rendido a los pies de la montaña Mokattam, que comenzó a refugiar personas desde la Guerra de los seis días en 1967 o tal vez antes. Ahí, en medio de la capital egipcia, una ciudad con más de 20 millones de habitantes, vorágine distinguida por el movimiento imparable de los encendedores, tazas de té, galabiyas, polvo y jirones de edificio, se traza un laberinto de tierra y lápidas capaz de no dejar salir a quien entra. Quien se ve obligado a resguardarse entre sus centenarias paredes y epitafios terrosos paga la supervivencia con la condena de habitar en silencio entre los muertos, y vivir en el más allá de la vida y en el más acá de la miseria. La lápida, piedra que es también de otro, es su tierra, el sitio prestado donde podrá extender una manta y ayudarse a vivir con una cubeta y un plato.

Ilustración: Gonzalo Tassier

En esta enorme necrópolis, donde viven miles de familias sitiadas por el polvo y abismadas por el hambre, convive el recuerdo y el cuidado a los muertos que se consideran memorables con la voluntad de enterrar vivos y sin nombre a aquellos sacrificados por la ciudad. Entre sus angostas calles llenas de mausoleos y palacios de antiguos sultanes, princesas, príncipes y nobles egipcios de dinastías milenarias, Al Qarafa asila carpinteros, tenderos, artesanos, mecánicos, madres y ancianos en resquicios insospechados. En los sepulcros hay huesudos merodeando entierros, viejas motocicletas andando a rastras, hombres taciturnos sentados en escombros, niños jugando entre los nombres borrosos de las piedras.

Una concurrida carretera llena de motos, cabras y comerciantes limita la Ciudad de los muertos e intenta demarcar su existencia a la imaginación con ayuda de la arena. Sus conductores sacrifican a los residentes del camposanto evitando las preguntas de los turistas y quitando la mirada del retrovisor que les recuerda que deben tener cuidado, pues el umbral de Al Qarafa está siempre abierto y en expansión.

Fuera del cementerio, se rumora que el crimen abunda en la Ciudad de los muertos y que diariamente sus habitantes se prometen hurto y comida. Pero también se rumora que ha habido intentos del gobierno egipcio por desplazar a sus residentes de ahí, prestarles un nuevo sitio y prometerles “una vida mejor”; ¿pero a dónde más van a ir los muertos si no al cementerio? Después de todo, la muerte es la única promesa inquebrantable para los cuerpos.

En este enorme mausoleo arrasado y sin dioses, veo a una mujer con la mirada hueca barriendo un montículo de tierra que el viento inmediatamente vuelve a desperdigar.

Entonces surge la pregunta por los sepultureros de Al Qarafa, no los de afuera, sino los de adentro. Los sepultureros deben abundar en la Ciudad de los muertos para sobrevivir, han de ser casi todos sus habitantes, o al menos todos los que consuelan y compadecen a los que lloran y se duelen, ya sea forzando la puerta de un tumba, escarbando una grieta para que corra el aire entre los muros o abriéndose el uno al otro un espacio, al fin propio, bajo tierra.

Un par de ancianos con la cabeza descubierta —carentes de turbante, esa tumba errática pensada precisamente para abrigar el cadáver del hombre que lo portó durante la vida— deambulan errabundos en las orillas de la carretera. Parecen no escuchar las interminables caravanas de automóviles y polvo que los adelantan. Los miro con detenimiento pero ellos no advierten mi presencia, solo vagabundean entre las zanjas que nos separan.

 

Valeria Villalobos
Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y periodismo y literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires.