Radicada en el barrio californiano de East Los Ángeles pero de ascendencia michoacana, Guadalupe Rosales es una artista cuya obra abarca tanto la curación de la cuenta de Instagram @veteranas_and_rucas —un archivo de fotografías que retrata la vida cotidiana de las comunidades mexicano-americanas del sur de California en el siglo pasado— como su propia práctica escultórica y fotográfica. Su más reciente exposición en México, El Rocío Sobre Las Madrugadas Sin Fin, abrió el sábado 25 de enero en el Museo Universitario del Chopo. La ensayista y geógrafa Caroline Tracey nos ofrece una introducción a la obra de una de las artistas más interesantes de California seguida de una entrevista con Rosales.

El topónimo East LA se refiere a un grupo de barrios y pequeñas ciudades en el Este del condado de Los Ángeles donde más del 90% de la población tiene raíces en América Latina: la comunidad mexicana/chicana más grande de Estados Unidos. La zona ha sido un refugio para inmigrantes mexicanos desde la guerra mexicana-estadounidense —el estudioso George Sanchez, por ejemplo, estima que el 90% de la población mexicana que vivía en Los Ángeles en 1880 había migrado a la ciudad después del Tratado de Guadalupe-Hidalgo— y especialmente durante la década de la Revolución, cuando los ferrocarriles del porfiriato llevaron a más de 50 mil mexicanos a California. No es de sorprenderse, entonces, que el barrio haya sido una de las sedes más importantes del movimiento chicano en las décadas de 1960 y 1970.

Tal es la historia que sirve de punto de partida para el arte de Guadalupe Rosales. Su obra se enfoca en representar la cultura chicana de los años noventa, en particular el periodo de 1988 a 1998 —“la década de la muerte” en la que la violencia pandillera de Los Ángeles se cobraba en promedio mil vidas al año. En la primera década del siglo XXI, por otro lado, el número de homicidios relacionados con pandillas cayó un 66%.

En este ambiente de violencia muchos jóvenes chicanos comenzaron a organizar fiestas caseras y a formar grupos sociales contraculturales a los que llamaban party crews. El de Rosales, por ejemplo, se hacía llamar “Aztec Nation”. Estos grupos ofrecían a los jóvenes un espacio seguro para pasarla bien, a resguardo tanto de la violencia pandillera como de la igualmente peligrosa violencia de la policía de L.A, ominosamente famosa por su racismo. Rosales recuerda esa época con una ambivalencia que anima su obra: una nostalgia por la solidaridad orgánica de un momento marcado irremediablemente por la pérdida de compañeros y familiares. El espectador de El Rocío Sobre Las Madrugadas Sin Fin oscila pensativamente entre esos polos.

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de conversar con Rosales en el atrio del Museo del Chopo, robándole un momento de reflexión en medio de una semana de desvelos durante la instalación de la exposición. Trascribo aquí algunos pasajes de nuestra plática en inglés.

Caroline Tracy: ¿Cómo empezó la cuenta @veteranas_and_rucas?

Guadalupe Rosales: Empecé @veteranas_and_rucas en 2015. Estaba viviendo en Nueva York, a donde me había mudado en 1999. Antes de eso, vivía en Los Ángeles —East LA—donde crecí. Mi vida ahí era muy compleja, no en un sentido negativo; lo que quiero decir es que no era lineal.

En L.A participaba en varias escenas—la de las party crews, las subculturas rave y punk, luego la escena queer— pero la gran mayoría de mi comunidad era mexicana. En el barrio donde vivía las pandillas estaban muy presentes, y la mayor parte de mis amigos estaban involucrados en ellas de una manera u otra.

Entonces, en 1996, unos días antes de Navidad, mi primo fue asesinado. Su muerte puso mi vida de cabeza. Aún cuando crecí con tiroteos en frente de mi casa y escuchando con frecuencia que alguien había sido levantado arrestado, el asesinato de mi primo fue la primera vez que estuve expuesta a la violencia que me rodeaba de manera tan personal. Mi primo vivió con mi familia. Era como un hermano. Así que me deprimí mucho, y empecé de pensar en quién era yo, en quién era en L.A, en mis alrededores. Empecé a sentirme sola. Decidí mudarme a Nueva York a pesar de que no conocía a nadie ahí. Fue un impulso, más bien, y no sabía qué iba a pasar.

En la Costa Este conocí distintas comunidades —la queer, la del arte, y gente que venía de familias que estaban en posición de apoyarlos. Muchos de mis amigos, casi todos ellos blancos, estudiaban en la universidad o en escuelas de arte. Fue entonces, también, que salí del closet como queer. No hablaba de mi familia ni de cómo crecí porque sentía que mis amigos en Nueva York no iban a entenderlo. Pero empecé a tener mucha nostalgia, me sentía homesick, y empecé a juntar los trozos de mi vida. Así que supongo que fue gracias a esa separación — ese esfuerzo por desapegarme, ese deseo de borrar mi historia— que terminé queriendo saber más. Necesitaba alejarme para poder reflexionar.

Luego empecé a usar el internet y me di cuenta de que las representaciones de mi cultura en la cultura dominante eran muy superficiales, muy estereotípicas. También empecé a buscar a mis compañeros de la prepa, básicamente para saber si aún estaban vivos. Y a través de esa curiosidad, logré obtener documentos relacionados al asesinato de mi primo. Cuando me mandaron esos papeles y abrí el sobre — el primer documento era su certificado de defunción — sentí como si estuviera de nuevo cerca de su cuerpo, como si hubiera vuelto a 1996. Con esto no quiero decir que fuera un momento difícil; la verdad es que extraño esa época de mi vida, a pesar de que fue violenta. Esa fue la primera vez que me di cuenta de la importancia que un documento puede tener; que los documentos, ya sean textos o fotos, cuentan historias. Descubrí que quería extender esa experiencia, compartirla con otros. Por eso empecé @veteranas_and_rucas, para iniciar estas conversaciones y crear contra-narrativas, ya no solo para mí, sino para una audiencia.

CT: ¿Por qué tomó el archivo la forma que tiene? ¿Por qué optaste por coleccionar y curar fotografías? ¿Por qué Instagram?

GR: Hablé con un amigo y él me dijo que debería usar Instagram. Las redes sociales no me interesaban, pero fui a ver la aplicación y sentí que tenía sentido usarla. No quería tomar mucho espacio describiendo las fotos. Instagram me funciona porque se enfoca en las imágenes, pero también porque me permite dialogar con la gente.

Cuando me fui a Nueva York, traje conmigo unas fotos pequeñas, de las que caben en la billetera, que compañeros de prepa me habían regalado. Son fotos como las que solíamos tomarnos en los estudios fotográficos que había en los centros comerciales de entonces —lugares con nombres como Glamour Shots o Starshot Photos. También tenía unas revistas locales de la escena de L.A de los años noventa. Así que empecé con eso, con mis fotos y con las imágenes que encontré en las revistas. Pero luego hice una convocatoria pública y la página creció rapidísimo; la gente empezó a mandarme fotos en menos de una semana. Al principio mantenía la página anónima, lo cual tuvo un resultado muy simpático: mis amigos empezaron a mandarme el enlace diciendo, “oye, pienso que esta cuenta te gustaría”; ¡todo sin sospechar que yo era la creadora de la cuenta!

CT: ¿Puedes decirnos un poco acerca del tipo de fotos que te envían los seguidores de la cuenta?

GR: Son muy variadas. Recibo fotos que datan desde inicios del siglo XX hasta principios de los años 2000; ahora que estamos entrando al año 2020, siento que puedo publicar hasta 2003. Me mandan fotos de estudio, cándidas, fotos de fiestas, de bodas, de quinceañeras, de funerales, de navidad, de todo.

También he tenido casos en que alguien comparte una foto de su abuela, por ejemplo, y otra persona comenta: “Oye, ella es mi abuela, crecí en tal barrio, en tal calle, ¿somos parientes?” Y entonces la otra persona responde: “Yo crecí a dos cuadras de ese lugar, ¿cómo es posible que nunca nos hayamos conocido?”

CT: ¿Cómo escogiste la geografía y la época en las que se enfoca la cuenta?

GR:  Decidí enfocarme en el Sur de California porque quería tener alguna especie de límite — no quiero ampliar ese rango porque estoy consciente de que hay muchas cosas que no conozco, y sobre las que no me sentiría cómoda hablando.

En términos temporales, al principio la cuenta se enfocaba más exclusivamente en los años noventa. Me di cuenta de que nadie hablaba de las escenas rave y party crew del Sur de California, escenas de gente de color. Se hablaba mucho de los raves europeos y de otras escenas y espacios de gente blanca, pero nada de esto coincidía con mis recuerdos de escuchar música techno y house en East L.A, donde ninguno de mis amigos era blanco.

También me importaba hablar de la escena de fiestas porque las representaciones de la “cultura pandillera” en los medios y las películas tergiversaban la experiencia de mi comunidad. Me di cuenta de que muchas veces la gente piensa que si una persona de color está vestida con ropa holgada en East L.A, esa persona debe ser, automáticamente, un pandillero. Así todos quedaban convertidos en nada más que cholos, encasillados en una categoría a la que no pertenecían. Para muchas personas, esa ropa era nada más un estilo.

Al mismo tiempo, sin embargo, me enfocaba en los años noventa porque sí quería hablar de las pandillas. Crecí muy cerca de eso, y estaba muy consciente de la manera en que los medios y las películas representaban a ese mundo terminó criminalizándolo. En mi realidad, la cosa era muy distinta. Yo tenía amigos involucrados en pandillas que consideraba hermanos y hermanas, que respetaban a mi mamá, con quienes me llevaba muy bien. Y pues quería humanizarlos.

Por eso decidí que uno de mis principios iba a ser nunca censurar a nadie. Si alguien me enviaba una foto en que la gente estaba echando gang signs [las señas y gestos con los que los pandilleros de la época señalaban su pertenencia a uno u otro grupo], no iba a pixelear sus manos. Al contrario: quería que describieran la foto. Todas las fotos son personales, así que la narrativa de vida de la gente que me las envía siempre ha sido el foco principal. Les digo: cuéntame tu historia, la historia de esta foto. La idea es usar la narrativa, el acto de contar nuestras historias, como una herramienta para desmantelar la manera en que nuestra comunidad suele ser representada en la cultura dominante.

CT: ¿Por qué decidiste enfocarte en las experiencias de las mujeres?

GR: Después del asesinato de mi primo y la experiencia de no querer hablar sobre eso con mi familia, me di cuenta de que muchas mujeres, incluso yo y mi hermana, no nos sentíamos cómodas hablando de cosas que podrían ser consideradas vergonzosas. Cuando los hombres hablaban de violencia, su valentía era glorificada, casi aplaudida, pero si una mujer hablaba de lo mismo, estaba mal visto.

Es en parte por eso, creo yo, que muchas de nuestras historias siguen siendo borradas, censuradas, silenciadas. Nuestro desempoderamiento iba de la mano del desprecio que la cultura dominante nos mostraba —desprecio que, a veces, nosotras mismas sentíamos. Hablo a partir de mi propia experiencia: hubo una época en Nueva York, por ejemplo, en la que casi no quería hablar de mi pasado en Los Ángeles. Me daba vergüenza de que todos mis amigos habían crecido en familias que los apoyaban, pero yo no —no porque mi mamá no quisiera apoyarme, más bien porque no sabía cómo hacerlo.

Ahora que me siento más cómoda hablando de mis traumas, mi hermana también ha logrado hacerlo. Tengo amigas que se están abriendo, hablando de sus propios traumas. Para mí esto es importante, porque no quiero que nuestras historias sean censuradas ni tergiversadas, y cuando las contamos nosotras mismas, es la cosa más honesta y pura que podemos hacer.

La artista Guadalupe Rosales en su exposición en México.

CT: ¿Qué significa para ti presentar tu trabajo en México? ¿Qué tanto tienes que explicarle a una audiencia capitalina sobre el contexto de Los Ángeles para que puedan acercarse a tu trabajo?

GR: Creo que la gente todavía no está familiarizada con la cultura de los party crews. Me gustaría que tomaran consciencia de que se trataba de una alternativa a las pandillas, un estilo de vida como el de cualquier otra subcultura.

Todavía tengo que explicar que cada mujer y persona en las fotos no necesariamente es una chola o cholo. Con frecuencia tengo que especificar que muchas de las mujeres ni siquiera eran parte de ninguna pandilla, incluso si sus experiencias a veces sugieren que sí estaban involucradas.

También sé que ha habido mucho prejuicio. Por ejemplo, acabo de estar en Guadalajara, y llegué con trenzas, con mis Dickies, vestida así, como me siento cómoda, andando como ando en L.A, y eventualmente un guardia me dijo: “Sabes, la gente podría juzgarte o no sentirse cómoda cerca de ti, por la manera en que estás vestida”. Y bueno, en el momento me pareció que no tenía sentido lo que el señor me decía —en ese momoento todavía no había experimentado nada parecido— pero esa fue su advertencia: que en México la respuesta a alguien vestido como cholo es alejarse. Así que me pregunto sobre las maneras en las que la cultura chicana parece ser glorificada y al mismo tiempo ser criminalizada en México. No tenemos por qué ser críticos ni competitivos con nuestra propia gente. Me interesa mucho ver las semejanzas y diferencias entre las culturas chicana y mexicana. Quiero hablar de las cosas que tenemos en común, de cómo la única diferencia, lo único que nos separa, es la frontera.

• Guadalupe Rosales, El rocío sobre las madrugadas sin fin, Museo Universitario del Chopo, 26 de enero a 26 de abril de 2020.

 

Caroline Tracey
Ensayista y doctoranda en geografía por la Universidad de California.

Fotografías: Cortesía del Museo del Chopo.