Más allá de los juicios y la desaprobación pública, la destrucción de Avelina Lésper en Zona MACO debería conducirnos a pensar en el estado de la crítica de arte en nuestro país. El panorama es sumamente desalentador.

El pasado fin de semana, la destrucción de una pieza en la feria de arte contemporáneo Zona MACO se convirtió en noticia mundial. Al centro de la polémica se encontraba Avelina Lésper, columnista y directora de la colección de arte de Milenio, reconocida por su vociferante postura ante el arte contemporáneo —o más bien, ante el arte conceptual. En redes sociales, reconocidas voces del ámbito museístico y académico, como Alfonso Miranda y Cuauhtémoc Medina, condenaron el hecho. Lésper justificó su acción de burla contra la obra —acercar una lata de refresco para equiparar los objetos expuestos a un pedazo de basura sacado de contexto— como un comentario crítico y posteriormente argumentó en videos, textos y entrevistas que su actuar iba perfectamente acorde a los códigos de una feria de arte; como si intentar colocar un objeto sobre una pieza sin el consentimiento del artista ni de la galería no violentara la obra, como ha argumentado Ximena Apisdorf Soto, sino una práctica perfectamente común.

El suceso detonó un debate no solo en torno a la responsabilidad de Lésper sino también, por extensión, sobre qué es o debería ser el crítico de arte. Y también sobre qué ha sido. Para Medina —académico del Instituto de Investigaciones Estéticas y curador del MUAC (Museo Universitario Arte Contemporáneo)— el incidente revelaba, más allá de la intención, un discurso de odio, alimentado por la ignorancia, y que atenta contra la libertad artística. También comentó que equiparar una obra de arte a basura ya es un discurso gastado y un recurso recurrente desde el surgimiento de los movimientos de vanguardia a inicios del siglo XX. Resulta sorprendente que cien años después haya aún quien lo considere un debate relevante y, más aún, que construya su trabajo crítico en torno a éste. Pero lo cierto es que tampoco hay un consenso generalizado sobre qué es la crítica de arte, o cómo se debe ejercer, en la era del fin del arte —parafraseando a Arthur Danto.

En 2002, James Elkins, historiador del arte y académico de la Escuela del Instituto de Arte de Chicago, publicó el panfleto What Happened to Art Criticism? (¿Qué le pasó a la crítica de arte?). Se trataba de un esfuerzo por entender el rumbo que este género había tomado con el cambio de milenio. Su publicación derivó en más textos, investigaciones y mesas redondas, todo ello abocado a analizar el estado de la crítica. El panfleto de Elkins fue el resultado de una encuesta entre críticos de arte que intentaba recoger, a su vez, su propia perspectiva respecto a su oficio. Entre los hallazgos más significativos surgió esta constatación: la crítica de arte cada vez juzgaba menos y explicaba más. En otras palabras, los críticos ya no se sentían cómodos describiendo su trabajo como el de alguien que emite juicios sobre una obra de arte, sino el de quien ayuda a su audiencia a entenderla. Si bien el académico se ocupaba casi exclusivamente de la crítica escrita en lengua inglesa, es evidente que esta tendencia ha sido global. Desde esta perspectiva, la noción del crítico como el gran juez del buen gusto resulta anacrónica, a pesar de que plumas como la de Lésper sigan buscando ejercer ese rol.

Tras más de una década de estudiar las vicisitudes de la crítica, Elkins escribió en 2019 un breve ensayo para abordar las conclusiones de ese primer ejercicio de 2002, proponiendo nuevas lecturas a las problemáticas que lo aquejaban, y que poco han cambiado. En este texto, titulado The State of Art Criticism in 2019 (El estado de la crítica de arte en 2019), Elkins sugiere que este camino descriptivo probablemente sea el resultado del propio camino que ha tomado el arte; es decir, si el arte es cada vez más conceptual, el criterio estético es cada vez menos relevante y, por lo tanto, lo que se requiere del crítico ya no es que adopte el rol del juez que decide si una pieza es o no arte, sino el del reductor de complejidad que sabe explicarla. A su vez, y quizá como resultado de esto, Elkins asegura que continúa creciendo la sensación de que la crítica ya no juega un papel significativo. En resumen, se podría decir que esto se debe a que enunciados como “esto no es arte” están completamente superados y la pluralidad de ideas es mucho más aceptada.1 Bajo esta luz, no resulta sorprendente que la crítica naciera en el contexto de los salones, cuando la tensión entre una narrativa y otra sí era de vital importancia, ya que una representaba el discurso del Estado —perpetrado a través de las academias— y la otra a la libertad artística y creativa; los críticos, de cada lado de la moneda, debían justificar qué era el arte, pues de ello no solo dependía la belleza estética, sino las buenas formas y costumbres.

De esta manera, a partir de los estudios de Elkins, ha surgido una idea generalizada de que la crítica está en crisis, tanto por la forma en la que se hace como por sus espacios de expresión y difusión. En México, la crítica de arte es escasa entre las páginas de los grandes periódicos; si uno hace un balance general de lo que se publica en los suplementos culturales, e incluso en las revistas, se encontrará con contenidos principalmente literarios. Ni qué decir de otros medios masivos. Mientras que los grandes periódicos y medios internacionales cuentan con sus críticos de cabecera, en México el arte no parece ser de interés periodístico ni crítico; su único soporte de discusión y reflexión es la reseña.

Constantin Guys, Bazar de la volupté, 1865. Pintor francés al que dedicó Baudelaire su ensayo Le peintre de la vie moderne, obra clave para entender los fundamentos de la modernidad estética.

A propósito de la crítica de arte de Charles Baudelaire, Guillermo Solana —director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza— afirma que el auge de la crítica en el siglo XIX y la consolidación de su influencia en la producción artística fue posible gracias al aumento no solo de medios impresos donde publicarla sino también de la libertad de prensa.2 Casi doscientos años después, su ausencia en la prensa mexicana nos ha llevado a una situación en la que las pocas voces críticas son las únicas que llegan a hacer eco en lo que llamamos el “público en general”, convirtiendo esas escasas páginas en grandes megáfonos sin ofrecer ningún otro punto de vista como contrapeso. Ahora bien, no es que no se haga crítica en México. Se hace y muy seriamente, pero se publica en revistas especializadas, blogs o bien en la Academia. Pero la consume un círculo reducido de lectores, que suele ser el de los mismos que escriben crítica. Esta proliferación de espacios para la crítica, al margen de la prensa, es irónicamente uno de los síntomas que percibe James Elkins como señal de la crisis de la crítica de arte: el académico estadunidense afirma que estamos en una época en la que se escribe más crítica que nunca, pero en la que se lee cada vez menos.

Si la crítica especializada sólo prolifera en esos espacios independientes y autogestivos, esto significa que se cierra cada vez más al público. Quizá lo que hace falta es que la crítica se acerque más a la divulgación, una vía que ya Elkins parecía avistar desde su primer cuestionamiento de 2002, cuando aseguraba que la función del crítico contemporáneo parece ser la de mediar entre la obra y el público.

Por otro lado, si la crítica de arte está en crisis en México, no solo se debe al poco interés de los medios masivos por este género, sino también por la nula seriedad con la que se aborda desde las instituciones académicas; en las pocas universidades que ofrecen la licenciatura en Historia del Arte, materias como crítica y difusión son en algunos casos optativas y, en otros, asignadas a profesores con poca experiencia en ese ámbito. No solo se trata de abrir espacios por abrirlos; si no hay una formación seria de críticos de arte, no podemos exigir una crítica de arte relevante y valiosa.

 

Veka Duncan
Historiadora del arte y conductora de El Foco en Adn40. Twitter: @VekaDuncan.


1 En su ensayo, Elkins también apunta hacia la diversidad de criterios sobre quién es hoy en día un “buen” artista en comparación a otras épocas como síntoma de que los críticos son cada vez más disímiles en sus apreciaciones sobre qué debe ser considerado arte.

2 Guillermo Solana, “Baudelaire crítico de arte: una vindicación de la pintura” en Charles Baudelaire, Salones y otros escritos sobre arte, Madrid: Visor, 1999, p. 13

 

 

5 comentarios en “¿Qué le pasó a la crítica de arte?

  1. Yo creo que va más allá. Habrá que tomar en cuenta también los postulados del individuo postmoderno, del “todo es arte” y de lo políticamente correcto.
    Hay un punto certero en mencionar que no es lo mismo ser critico a ser criticón.
    Lo que no me cuadra es que el critico postmoderno abandone el papel de juez para ser vocero. Tampoco se puede tratar de eso….

  2. Y que denostado esta el arte contemporáneo o conceptual, lo que mas se lee o escucha, es que “no es arte, arte era lo de antes”. A veces también creo que es bueno que el crítico de arte describa o hable sobre el contexto del artista, no diré que siendo objetivo, sino buscando acercar las diferentes obras al público en general.

  3. Por más que una obra considerada de arte por muchos no nos guste, no tenemos derecho a destruirla, sino simplemente manifestar nuestra opinión; habrá quien coincida con nosotros.

  4. Creo que esta confusión se puede resolver asomándose un poco a otros campos y darse cuenta que el problema en general es que el arte ha buscado su automarginación. Campos como el cine tienen una crítica mucho mas desarrollada por que el cine ha mantenido un espectro de espectadores mucho más amplio. Existe “cine de arte” o “de autor” , cine comercial, cine romántico, etc, y sin embargo los críticos trabajan varios tipos de cine reconociendo los productos más por su mérito y éxito que por compromisos con grupos específicos, pues la misma critica puntual es un producto de consumo popular.

    Críticos como Avelina, cubren una necesidad muy sencilla. Informada o no, le da voz a los que han creado una carga negativa ante el llamado arte conceptual. El mismo término ya es inseparable de una connotación clasista, colonial, más ligado a ser un elemento de distinción social elitista, que realmente un ejercicio estético o intelectual.