Algunos han comentado con fino esnobismo que ahora “importamos polémicas” a falta de ya no crearlas en nuestro país. Pero la forma en que la novela American dirt pinta la realidad mexicana nos concierne hasta la rabia.

Algo tienen los gringos con los nombres de los pájaros. “Birds, lad” comienza la primera de las Mayan Letters del poeta Charles Olson, escritas desde Campeche a mediados del siglo pasado:

Last evening a thing like our hawk […] I was down at the beach [and] I noticed these huge wings fluttering wrong. My guess was one of the kids, all of whom carry sling-shots, had brought down a zopalote (our vulture) […] But when I came near, I noticed […] that it was no vulture, but another bird which is quite beautiful here, in Maya a chii-mi (chee-me): flies in flock over the water line, soaring like hawks […] Just checked the dictionary, and is, as I thought, our frigate bird.

Como Heriberto Yépez ha demostrado, las experiencias de Olson en México fueron fundamentales en la concepción de la poética post-poundiana que el poeta habría de inaugurar con su Maximus. Lo chistoso del asunto es que parecería que el gran descubrimiento del fundador de una de las escuelas literarias más importantes de la Norteamérica contemporánea es que, en México, los pájaros tienen nombres distintos que en Estados Unidos. La thing like our hawk, por supuesto, no es otra cosa que a hawk by another name.

Este tipo de ornitología literaria aparece en toda su gloria en las primeras páginas de American Dirt, la más reciente novela de la escritora norteamericana Jeanine Cummins. La escena toma lugar en Acapulco, donde un cartel que se hace llamar  —inexplicablemente— “Los Jardineros” acaba de masacrar a dieciséis miembros de la familia de la protagonista. Un grupo de policías y personal forense se ha apersonado en la escena del crimen para abrir la carpeta de investigación. Uno de estos investigadores —Cummins lo llama “detective,” aunque uno supone que se refiere a un Ministerio Público— interroga a Lydia, la librera acapulqueña en quien se centra la trama. “One of them ate the chicken,” dice la superviviente sobre uno de los sicarios. En respuesta, nos dice la voz narrativa de la novela: “The detective writes pollo in his notebook”.

Da risa, lo sé, pero también rabia. El lanzamiento de American Dirt, como cualquiera que tenga la mala fortuna de poseer una cuenta de twitter puede constatar, desencadenó un verdadero escándalo en el mundo literario de nuestro vecino del norte. La queja principal es que la novela, además de mala desde un punto de vista literario, es nociva desde un punto de vista político. American Dirt narra la migración indocumentada de Lydia y su hijo Luca, quienes salen huyendo de Acapulco con destino a Denver y viven el conocido Vía Crucis del desierto fronterizo. De allí que el fracaso de la novela exceda a su condición como obra literaria: American Dirt pretende ser una confrontación con la historia del presente —una historia compleja y atroz que no cabe en una sensibilidad que siente la necesidad de recordarnos que, en español, chicken se dice pollo.

Ilustración: Víctor Solís

Las fallas de la novela son muchas y aburridas de repetir. La más grave, a mis ojos, es que la trama de American Dirt es absolutamente inverosímil. Poco después de su conversación con el detective, por ejemplo, Lydia se dirige a su banco y retira $ 200 000 pesos en efectivo para costear su escape a Estados Unidos. Y entonces, en lugar de comprarse un boleto de avión —o un coche nuevo, o dos caballos purasangre, o un velero catamarán, o ya de perdis un pasaje en autobús— nuestra protagonista decide emigrar a los Estados Unidos a bordo de la Bestia, el tren de carga que durante años fue el único medio de transporte al alcance de los migrantes y refugiados más pobres del continente. Las posibilidades son dos: o Lydia es tan ingenua que uno se preocupa por el estado de sus facultades mentales, o Cummins no tiene la más remota idea de lo que está hablando.

Pero, ¿no es injusto juzgar una obra de ficción con criterios periodísticos? Puede que en México no exista tal cosa como un detective —y que en Acapulco no abunden las librerías, ni la potato salad, ni los niños llamados Luca— pero American Dirt no pretende registrar la realidad tal cual es, sino como su autora la imagina. Todo esto es válido, sin duda, pero lo cierto es que muchos elementos de la novela de Cummins sugieren que el texto debe leerse en clave realista. La voz narrativa es omnisciente en el sentido estricto del término: lo sabe todo, desde los pensamientos más privados de los personajes hasta el porcentaje de la policía local que trabaja para el cartel. Consideremos el siguiente pasaje:

In fact, of the more than two dozen law enforcement and medical personnel moving around Abuela’s home and patio this very moment […] seven receive regular money from the local cartel. The illicit payment is three times more than what they earn from the government. In fact, one has already texted el jefe to report Lydia’s and Luca’s survival. The others do nothing, because that’s precisely what the cartel pays them to do, to populate uniforms and perform the appearance of governance. Some of the personnel feel morally conflicted about this; others do not. None of them have a choice anyway, so their feelings are largely immaterial. The unsolved-crime rate in Mexico is well north of 90 percent. The costumed existence of la policía provides the necessary counterillusion to the fact of the cartel’s actual impunity. Lydia knows this. Everyone knows this.

Nótese como el registro de la prosa, con sus números precisos y porcentajes, remite a la retórica de la no-ficción. El uso de oraciones declarativas y generales, en particular, hace pensar en lo que mis profesores de periodismo llamaban la nut-graf —la “nuez” de la nota, el párrafo donde el periodista hace una pausa en el reporte de los hechos notorios para establecer, de la manera más eficiente posible, el contexto de la noticia. El resultado es que el libro se torna con frecuencia didáctico. Uno se lleva la impresión de que Cummins quiere enseñarnos una o dos cosas sobre el México contemporáneo, que su novela busca ayudarnos a “tomar conciencia” de la tragedia que emerge cuando una madre queda atrapada entre la espada del narcotráfico y la pared de la política migratoria estadunidense. De allí que los momentos en los que Cummins demuestra lo poco que sabe sobre México sean tan difíciles de ignorar: la novela promete educarnos y sin embargo no consigue sino insultar a nuestra inteligencia.

Tenemos entonces que American Dirt es una mala novela. ¿Por qué dedicarle tanta atención a un texto mediocre? ¿De dónde viene tanto escándalo? La respuesta, creo yo, yace menos en el texto que en las decisiones mercadológicas de Flatiron Books, la casa editora de la novela. La contraportada de la primera edición anuncia la llegada de una nueva Gran Novela Inmigrante y declara a Cummins la heredera de John Steinbeck. Oprah Winfrey, la conductora de televisión que por razones incomprensibles es una de las voces más importantes de la industria editorial estadounidense, escogió el libro para su multitudinario club de lectores. Las mesas de la cena de lanzamiento lucían adornos hechos con alambre de púas. El adelanto para la autora, dicen reportes confiables, ascendió a la extraordinaria suma de un millón de dólares. Para colmo de males, Cummins, quien nació en España de padres blancos norteamericanos y creció en los Estados Unidos, decidió que el hecho de que una de sus abuelas tenía raíces en Puerto Rico le da derecho a llamarse “latina”.

Ahora bien, es importante subrayar que la identidad de Cummins es, en sentido estricto, irrelevante para la calidad de su texto. Incluso si decidimos que su “latinidad” es espuria, nadie puede negar que es posible escribir bien sobre México sin ser mexicano. Allí están Bolaño y Mistral, pero también Jean Meyer, John Reed, Ioan Grillo y muchos otros. La diferencia estriba en que estos autores, a diferencia de Cummins, entendieron que México es un tema infinito, al que hay que dedicar la vida entera para comenzar a entender que es imposible entenderlo. El aparato paratextual de American Dirt sugiere que la autoridad de Cummins proviene de su identidad y no de sus lecturas o su capacidad imaginativa. El resultado es que la tenue “latinidad” de la autora se convierte en una tapadera que pretende esconder o disculpar su profunda ignorancia sobre la realidad que su novela pretende describir.

Es aquí, creo yo, que radica el origen de la furia que la novela desató en muchos escritores latinos. No es un secreto que el mundo editorial norteamericano, como casi todo en los Estados Unidos, está dominado por blancos monolingües (con un énfasis particular en mono). La inmensa mayoría de los libros que se publican al norte del Río Bravo son escritos, editados, publicados, promovidos, reseñados y premiados por blancos. El corolario es que los escritores de color con frecuencia tienen que batallar para publicar sus obras, por lo general por menos dinero y con menos fanfarria que sus colegas blancos. Casos como el de American Dirt, entonces, añaden insulto a la ofensa: no cabe la menor duda de que existen mejores libros sobre temas similares escritos por autores cuya latinidad es bastante menos dudosa que la de Cummins. ¿Por qué, entonces, gastar tanto dinero y tanta promoción en una novela tan mala escrita por una autora tan inconsciente de su propia ignorancia?

La respuesta, a juzgar por los comentarios de los editores norteamericanos en mi línea del tiempo de twitter, es que la novela de Cummins, a diferencia de otros libros que tratan temas similares, tiene el potencial de vender. El error, según esta lectura, consistió en presentar un thriller de aeropuerto como si fuera una Gran Obra Literaria. Dejando de lado que semejante afirmación es un insulto al thriller como género, la respuesta de los editores no hace sino posponer la pregunta. Si el libro no pretende ser literatura, ¿por qué lo vendieron así? ¿Cuál es la función literaria o mercadológica de equiparar a Cummins y Steinbeck? La pregunta admite solamente dos respuestas, ambas desconcertantes: o los editores de Flatiron Books tienen tan mal gusto literario que la comparación con Steinbeck les parece acertada, o son tan cínicos que les parece útil como publicidad a pesar de ser falsa. Uno termina sospechando que lo que tenemos frente a nosotros es un caso perverso de affirmative action: a ojos de los editores, el hecho de que la autora se identifica como latina al parecer justifica o compensa las carencias literarias de su obra.

Con estas consideraciones en mente, volvamos a los pollitos. Quisiera sugerir que la presencia de palabras en español a lo largo y ancho del texto de Cummins sirve al nivel del lenguaje la misma función que la “latinidad” de la autora sirve al nivel meta-textual. Veamos lo que sucede con el pasaje que vimos arriba si le quitamos las itálicas:

“One of them ate the chicken.”
The detective writes chicken in his notebook.

De pronto, la repetición de la palabra pollo dota a las líneas de un cierto dejo dadaísta, o quizás más bien idiota. Dado que American Dirt es al parecer un ejemplo de thriller, género definido por la eficiencia narrativa y la cuidadosa dosificación del contexto dramático, cabe preguntarse qué es, exactamente, lo que el pasaje pretende revelarnos sobre los personajes. ¿Que el detective toma notas como el lechero ordeña vacas? ¿Que el estrés postraumático de Lydia la lleva a hacer bromas absurdistas? ¿Que tanto la víctima del crimen como el policía encargado de resolverlo carecen de facultades de raciocinio que les permitan discernir un detalle revelador de una simple obviedad? Sospecho que no. El uso de pollo no busca sino recordarle al lector norteamericano que, en México, la gente habla español. Como dicen los gringos: No shit, Sherlock.

American Dirt, en corto,parece imaginar un lector que no sabe absolutamente nada sobre México, al punto que la palabra pollo le parece tan exótica como aquella thing like our hawk le parecía a Olson. La fuerte reacción de escritoras como Myryam Gurba —Pendeja, You Ain’t Steinbeck, reza el título de su muy recomendable reseña— es el producto del encuentro entre un lector para quien México lo es todo y un texto escrito para un lector para quien México no es nada. La pregunta, entonces, es si la literatura debería halagar la ignorancia del lector o retarla. La respuesta, creo yo, es tan obvia como la cancioncita que tantos mexicanos repetimos hasta el cansancio a lo largo de nuestra infancia colonizada: pollito, chicken; gallina, hen.

 

Nicolás Medina Mora
Editor y ensayista.