La siguiente crónica relata la visita a México del recién fallecido crítico George Steiner (1929-2020) y de su relación con nuestro país.

Para Daniela, lectora de Steiner

El viernes 20 de marzo de 1998, alrededor de las siete de la noche, llegué a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM tras cubrir a paso veloz la distancia entre el metro CU y el entonces aún nuevo conjunto de edificios en que hasta el día de hoy se asienta esa escuela, tan diferente de las pequeñas instalaciones en que yo estudiara en los años 70, ubicadas junto a la Facultad de Economía, en el extremo este del enorme prado que todo mundo conoce como las Islas.

Llevaba a mi lado, casi corriendo, a Daniela, mi hija mayor, con once años de edad, a quien antes de salir de casa le dije: “Hija: ahora eres todavía pequeña y seguramente no vas a entenderlo. Pero algún día, cuando seas mayor, recordarás que fuiste conmigo a escuchar a George Steiner, y te vas a dar cuenta de la importancia que tiene el que esta noche me acompañes.” Y mi querida hija, con la docilidad y el cariño hacia mí que le daban sus once años, puso su mejor esfuerzo para avanzar más rápido que el reloj y llegar conmigo a la Universidad como si corriéramos para recibir herencia —expresión que ahora tal vez no significa nada, pero que era un símil recurrente hasta los años 60 para describir el que uno corriera con una prisa inexplicable para los demás.

Sólo ahora que escribo esto me doy cuenta de que arrastrar así a mi hija para construirle un recuerdo que yo presuponía grato (y que, por fortuna, lo es), era al mismo tiempo un mínimo ejercicio propedéutico —parecido en intención, toda proporción guardada, a los que Frederick Steiner practicaba con el pequeño George—,1 y una especie de ofrenda al gigante intelectual que suscitaba mi admiración y mis apuros.

Ilustración: David Peón

Aunque llegamos con una hora de anticipación al edificio en que estaba programada la conferencia de Steiner, el aula magna ya estaba llena y había suficiente gente en los pasillos para impedir que uno se acercara siquiera a la puerta de entrada. Porca miseria! Así que habíamos corrido para nada.

Como la esperanza es lo último que muere, me quedé con mi hija haciendo guardia en el pasillo por si ocurría un milagro y lográbamos entrar. Así, haciendo tiempo, me enteré de que la presencia de Steiner en la Facultad obedecía a una invitación que le había hecho la Sociedad de Ex Alumnos de la FCPyS (presidida, no sé si hasta hoy, por Gerardo Estrada), que había tenido el enorme acierto de invitarlo pero el muy mal tino de reservar para su presentación un salón de apenas cien o ciento diez sillas.

Para serenar los ánimos de los que nos veíamos excluidos, empezó a correr la voz en los pasillos de que la conferencia podría verse por circuito cerrado televisivo en otras dos aulas, y el duelo y la desesperación de los concurrentes dio paso a un aire de resignación. Fuimos a una de las aulas y el consuelo previsto se volvió indignación. Instalado en el ángulo izquierdo del aula había un televisor pequeño, que de la conferencia dejaría ver, si acaso, muy de cuando en cuando algún acercamiento a la expresión de Steiner. Pero muchos decidieron que peor es nada y tomaron asiento. Con mi habitual ánimo suicida le expliqué a mi hija que no valía la pena escuchar la conferencia así —era un disparate ir a una escuela para ver una conferencia televisada— y que para el caso era mejor irnos.

Salimos al pasillo justo en el momento en que pasaba Steiner, en medio de una valla impenetrable, escoltado por un pequeño grupo en el que alcancé a distinguir a un sonriente Antonio Saborit, al que en vano le grité: “¡Toño, Toño!”, para ver si me socorría en mi predicamento pero vi a Toño entrar al aula —sin perder la sonrisa ni voltear para ubicar la fuente de los gritos—, cuya puerta se cerró inexpugnable. Me sentí como el campesino de Kafka cuando, agonizante, ve cerrarse para siempre las puertas de la ley.

Pero los milagros existen y, de pronto, ni sé ni recuerdo porqué o cómo, logré entrar con mi hija al salón, donde, gracias al excesivo celo de quienes guardaban el acceso, aún quedaban algunos lugares sin ocupar. Así que me instalé con mi hija en algún ribete de la nube y escuchamos a Steiner hablar, enérgico y acalorado, sobre la barbarie de nuestra era electrónica y el ocaso de las humanidades. A su lado estaba una funcionaria de la Facultad, cuyo nombre olvido o deliberadamente omito porque en algún momento, mientras Steiner hablaba, su teléfono celular timbró y ella lo sacó de su bolsa para contestar la llamada.

El rostro de Steiner se descompuso y, con una mezcla de impaciencia y autoridad, gritó —creo que dirigiéndose a Gerardo Estrada—:

—Mister Dean! Would you please call for attention! The things I am trying to say are very important!

Por suerte, aunque Steiner tuvo la decencia de no voltear a verla, la funcionaria se dio por aludida; guardó su teléfono y la conferencia, ilustrada de modo involuntario por el acto que acabábamos de presenciar, siguió adelante.

Salimos del salón y yo flotaba, claro. Saludé a viejos amigos y en especial conversé con una querida amiga, Hortensia Moreno, quien narraría todo esto infinitamente mejor que yo. Sí: era un gran privilegio haber tenido oportunidad de ver a Steiner pronunciar una clase. Sus palabras estaban llenas de pasión y convicción, y hacía gala del histrionismo que es virtud, de una u otra manera, de todos los grandes profesores, que basta para crear un silencio y una concentración total en torno a sus palabras.

Días antes —el lunes 16— lo habíamos escuchado en la sala principal de Bellas Artes, llena de bote en bote, donde habló también sobre el mismo tema, y al final aceptó responder algunas preguntas del público asistente. Pero la experiencia había sido muy distinta. Como la degustación de un vino diluido —aunque vino, al fin.
En Bellas Artes prevalecía una inevitable atmósfera de espectáculo. Sin duda el poder magisterial de Steiner se desplegaba mejor en corto, con un auditorio más atento a su saber que a su fama. Después de todo, escuchar a un profesor en un salón de clases es un acto muy parecido al de la lectura, en el que siempre cabe detenerse en un párrafo, explorar a profundidad su sentido, incluso disfrutar meramente del sonido de las palabras.

No deja de ser sorprendente que en nuestra época, tan dada a la trivialidad, un profesor de verdad, de a de veras, no uno de tantos charlatanes que se quieren hacer pasar por sabios, haya adquirido tanto renombre. Es una felicidad que así sea, sea cual sea el grado de mérito que su variopinto público lector le atribuya. Su pensamiento, su manera de urgirnos a la reflexión, a leer en serio, a comprender la gravedad de las ideas y asumir nuestra responsabilidad, es más que estimulante. Uno no lee a Steiner sin sentir que uno cambia, que aprende a pensar. Tal como ocurre cuando uno tiene la suerte de estudiar con un gran maestro.

El martes 17, al día siguiente de escucharlo en Bellas Artes fui a buscarlo a su hotel. Se había hospedado en el Camino Real, en la colonia Anzures. Yo trabajaba entonces en la Biblioteca de México y formaba parte del pequeño equipo que preparaba la revista homónima. Al comienzo del año habíamos decidido dedicar un número al ajedrez y cuando imaginábamos el índice propuse la inclusión de un fragmento de Fields of Force, el precioso libro de Steiner sobre la serie de juegos que Bobby Fischer y Boris Spassky sostuvieron en 1972 en Reikiavik, Islandia, para disputar el campeonato mundial de ajedrez.

Cuando supimos que Steiner vendría a México en marzo, invitado por el Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México, decidimos pedirle su autorización directamente. Así que, con la confianza de la inconciencia, como si Steiner estuviera sentado en su cuarto esperándome, fui al Camino Real y pregunté por él en la recepción. Steiner no estaba. Ahora sé, por unas páginas de Adolfo Castañón en su libro Alfonso Reyes: caballero de la voz andante —y por Antonio Saborit, que me llamó la atención sobre ellas—, que Steiner se había ido a Monterrey para brindar, también allá, una conferencia. Como no me quedaba más opción, le escribí una carta, explicándole mi propósito de traducir parte del texto que originalmente había sido un reportaje. Dejé la carta en manos de una amable señorita como quien lanza una botella al mar, y me fui a mi casa. Todavía creía en ese momento que sería posible abordarlo el fin de semana, luego de su conferencia en la Facultad de Ciencias Políticas, y entonces cosechar su permiso. Pero en la Universidad pasó lo que pasó y después de eso pensé que hablar personalmente con Steiner sería punto menos que imposible, así que ni siquiera pensé en volver a intentarlo.

Ya no sé si habrá sido durante el fin de semana o en la mañana del lunes, en algún momento sonó el teléfono y contestó Daniela. Desde la sala me gritó: “¡Papi, te llama George Steiner!” Mi hija todavía se acuerda del grito de alegría que pegué. Pero de inmediato, siempre suspicaz, pensé: “¿De veras?” A sus once años mi hija era perfectamente capaz de hacerme una buena broma. Pero Steiner, en efecto, estaba al otro lado de la línea. Me pidió que fuera a verlo a su hotel al día siguiente y que le llevara —lo que alguien más inteligente que yo habría hecho desde el principio— un ejemplar de la revista para la que quería traducir páginas de Fields of Force.

Steiner tuvo la bondad de regalarme unos minutos en una cafetería del hotel. Le sorprendía, me dijo, que alguien en México tuviera interés de traducir páginas de un libro tan viejo y que a él ya no le parecía tan interesante. Le dio un vistazo a la revista, y al despedirse me dijo que le enviara a su domicilio en Churchill College el número de Biblioteca en el que aparecería la traducción, como lo hice, ya no sé si en agosto o en septiembre, una vez que estuvo impreso el voluminoso número doble (45-46), correspondiente a los meses que van de mayo a agosto.

Adolfo Castañón cuenta, en “La vocecilla y el paisaje: Alfonso Reyes”2 —el ensayo al que pertenecen las páginas en las que se habla del viaje a Monterrey—, que Steiner “viajó a nuestro país para despedirse de su amigo Octavio Paz”, quien moriría el 19 de abril. No cabe dudar de que esa haya sido su intención. Además del testimonio fehaciente de Castañón, quien viajó con Steiner a Monterrey, y lo acompañó en buen parte de las actividades que éste realizó en México, es bien sabido que Steiner fue a Coyoacán a visitar a Paz en la casa en que se albergaba, en Francisco Sosa.

La enorme estima de Steiner por Octavio Paz está evidenciada en Después de Babel, donde lo cita y menciona varias veces, y en la decisiva influencia que tuvo para que, en 1970, Paz fuese invitado a dictar la cátedra Simón Bolívar en la Universidad de Cambridge, donde el peso académico de George Steiner ya era muy considerable.

Por desgracia, Steiner no volvería a México. En el 2007 se le otorgó el Premio Alfonso Reyes, pero su salud le impidió venir. Lo aceptó en la Embajada de México en el Reino Unido, donde pronunció un discurso en presencia de Juan José Bremer, titular de la representación mexicana, el 9 de octubre de aquel año. Pero esa ya es harina de otro relato, comprendido en la más vasta historia de la relación de George Steiner con México, donde parte de su obra ha sido traducida y editada.

 

Rafael Vargas
Escritor, editor y traductor. Entre decenas de otros libros, se encargó de la selección, traducción y prólogo de George Steiner, Necesidad de música (Grano de Sal, 2019).


1 Frederick Steiner le enseñaba griego a su hijo de seis años leyéndole breves pasajes de la Iliada.

2 Adolfo Castañón, Alfonso Reyes: caballero de la voz errante, quinta edición (ampliada, corregida y revisada), impresa bajo el sello conjunto de la Academia Mexicana de la Lengua, Juan Pablos Editor, Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2012, pp. 311-317.