Este 28 de enero cumple nueve décadas una de las escritoras y críticas literarias mexicanas más leídas, prolíficas y transgresoras.


Argentina. Siento una relación estrecha con Argentina, tengo una hija mitad mexicana mitad argentina y mi fijación al tango es total. Noé Jitrik me cantaba siempre este tango: “Ya no sos mi Margarita, ahora te llamás Margo”. Cuando me dicen Margarita siento que es un regaño, nunca me gustó mi nombre.

Borges, Jorge Luis. Cuando era muy jovencita empecé a leer a Borges sin saber que era Borges, porque él tradujo a Kafka y a Faulkner. Más tarde Proust fue fundamental para mí, luego leí a Rulfo, Stendhal, Flaubert y a Benjamin Constant que es una maravilla. Después llegaron a mi vida los ingleses: Dickens, Virginia Woolf; vino el turno de los alemanes: Thomas Mann, Herman Broch. Y después arribaron Joseph Roth y Sebald. Para mí son esenciales Roland Barthes y Walter Benjamin, pero tampoco puedo prescindir de Sor Juana, Bernal Díaz, Álvar Núñez Cabeza de Vaca y de los japoneses: Kawabata, Tanizaki y Fumiko Enchi.

Colón, Cristóbal. Cuando todavía manejaba me tocó ir por caminos muy complicados, como por ejemplo tuve que atravesar el Verrasano-Bridge, un puente gigantesco que atraviesa el río Hudson. Yo tenía que hacer esa proeza, me dirigía al noreste de los Estados Unidos a visitar a mi hermana que vivía en Rhode Island. Al cruzar ese puente me parecía que estaba en una de las carabelas de Colón. Por otro lado, mi padre, fascinado con su viaje a América, que lo hizo en barco, escribió un poema épico a la figura de Cristóbal Colón que se publicó en yiddish y que desgraciadamente no se ha podido traducir al español porque mi padre manejaba un idioma repleto de juegos de palabras y rimas. Con su poema, mi padre también se sintió Colón.

Desconcentrarme. Creo que las mujeres somos capaces de pensar y trabajar en varias cosas al mismo tiempo y, naturalmente, esa capacidad múltiple nos puede obligar a fragmentar. Si estoy trabajando en un artículo muy importante y escucho ruido cerca de donde estoy, o bien suena el timbre, o me dicen que llegó la cuenta de la luz, o que llegó el jardinero, todo eso me obliga a ser capaz de concentrarme enormemente en lo que estoy haciendo y, al mismo tiempo, desconcentrarme parcialmente, fragmentarme.

El día de tu boda. Es un libro que les dediqué a mis hijas Renata y Alina.

Fallidos.  Las mil y una calorías (1979) y No pronunciarás (1980) son libros fallidos, aunque debo confesar que recuperé fragmentos de ellos para Saña (2007). No los incluí en las obras completas, tienen momentos que considero que no funcionan mucho; sin embargo, son parte de la historia de la escritura que tiene que ver con lo que los franceses llaman “escritura genética”. La génesis de mi universo escritural está presente en esas páginas.

Genealogías. Podría decir que quizá los libros que más quiero de mi producción, aparte de la Literatura Colonial sobre Sor Juana y las Crónicas de Indias, es Las genealogías (1981) porque es un libro donde se describen momentos y personas entrañables para mí: mi familia, mis padres, mis hermanas, mis hijas. Otro libro que me gusta mucho es Apariciones (1996), porque tiene que ver con Sor Juana y porque está muy relacionado con las monjas y con el erotismo…

Herman Melville. Frente al mar de Zihuatanejo releí Moby Dick, de Herman Melville y Llámenme Ismael, de Orson: fueron mi inspiración para escribir Doscientas ballenas azules (1981), una recreación en fragmentos que muestra mi interés por ver ballenas en la literatura.

Infarto. Siempre tengo planes literarios y procuro terminarlos antes que me dé un infarto.

Judíos. Dice en alguna parte Bashevis Singer que los judíos no registran su historia, carecen de sentido cronológico. “Parece como si, instintivamente, supieran que el tiempo y el espacio son mera ilusión”.

Kafka. Los personajes de Kafka son siempre autobiográficos y siempre llevan su marca distintiva: todos se llaman K, o todos llevan nombres de cinco letras que repiten el orden exacto de consonantes y vocales: Samsa, Raban, o se llaman Karl como en América.

Los tres mosqueteros. Siempre quise ser aventurera, mis travesías las he experimentado virtualmente a través de la literatura. He vivido la experiencia de Los tres mosqueteros, las de Julio Verne en la Patagonia, los viajes en mar y los naufragios con Robinson Crusoe; y también leí con entusiasmo a Joseph Conrad, Jack London y Herman Melville.

Música. Mi madre tocaba el piano. La música siempre ha sido parte de mi vida. El término absoluto de la perfección es poder escuchar las obras de Bach grabadas o interpretadas por Glenn Gould.

Nunca. Mi padre nunca emprendía viajes los días 13. Y si debía hacerlo, se quedaba otro día: 12 o 14, nunca 13.

Onda.Creo que soy una buena crítica literaria. Tengo una originalidad en mi mirada que ya se puede advertir muy claramente en el primer tomo de mis obras completas, que afortunadamente organiza todo un material y le da coherencia. Lo que hice con la Literatura de la Onda también fue importante, aglutiné una serie de ideas que estaban en el aire y le di una cierta fisonomía crítica, los ordené críticamente; probablemente con estereotipos que a muchos de ellos no les gustaron, pero de cualquier manera gracias a ese libro se conocen como la Onda… Después de casi 50 años todavía se siguen peleando conmigo y a mí me importan muy poco. Los admiro como escritores pero no me interesan sus críticas. Dejé a un lado el tema de la Onda, no me interesa en lo más mínimo, es un tema de mi pasado como crítica literaria, les di nombre, les di coherencia crítica, y creo que eso lo deberían de agradecer y no lo agradecen. Pero dejémoslo por la paz.

Patchwork. El tipo de escritura que frecuento es fragmentaria, como las colchas que se hacían en los pueblos de los Estados Unidos, patchwork, en donde con retazos de otras vestimentas se iban elaborando verdaderas obras de arte. En un nivel más artístico estarían los mosaicos de Ravenna, hechos con fragmentos de piedra de diferentes colores. Yo trabajo así con fragmentos, por ejemplo Saña inició con 10 fragmentos y ahora tiene 260; es un libro que podría irse al infinito, pero ya lo voy a dejar así. Creo que todos mis libros están hechos a base de fragmentos; los rompecabezas son muy importantes para mí. Después de tener esos fragmentos hay que conseguir que se integren a un todo, considero que eso lo logro bastante bien en Saña.

Quauhnáhuac. Tiene 18 iglesias y 57 cantinas. Lo describe Lowry en la primera página de Bajo el volcán.

Rastro, El. Es un libro que me interesa mucho. Cuando estaba escribiendo El rastro (2002) me encontraba en Harvard, impartía una clase un día a la semana y el resto de la semana lo dedicaba a la escritura. Todos los días escuchaba música de Bach, lo leía en voz alta y entonces me daba cuenta que esa lectura me permitía advertir que había un tono, una musicalidad en la prosa, y notaba claramente cuando había asperezas o estaba fallando y debía reacomodar las frases, rehacer la puntación.

Sor Juana. Es inagotable, infinita. Tiene sonetos de gran perfección y cristalinos que pueden leerse en su primera aceptación y entenderse en todos los niveles, pero al mismo tiempo tienen toda una serie de capas que uno puede ir destapando y profundizando en ellas. O está también la Sor Juana del Primero sueño, misteriosa, hermética, pero con unas imágenes deslumbrantes, que nunca acaba una de descifrar totalmente, y que producen por eso una necesidad incesante de lecturas y relecturas. Sor Juana se ha vuelto ícono de muchas cosas, por ejemplo de la literatura femenina, y eso me parece demasiado fácil. Me indigna, me subleva profundamente que cualquier persona que crea que puede llegar a Sor Juana y piense que la puede descifrar tranquilamente. Claro que hay cosas que Sor Juana que se pueden dar a casi a nivel de un bolero escrito por Agustín Lara, pero detrás de eso hay cosas mucho más profundas, más difíciles de penetrar y para las cuales uno necesita trabajar mucho. Implica un gran gozo encontrar una especie de médula del texto aunque no llegue uno a encontrar la verdadera médula: es como descascarar y descascarar algo infinito.

Trotski. A mi padre lo confundieron una vez con Trotski y tuvo que llevar testigos para comprobar que se trataba de Jacobo Glantz.

Ucrania. Mi abuelo provenía de una región de Ucrania, donde se habían fundado colonias agrícolas para los judíos, cerca del río Don.

Viajera. Ahora de vieja me gusta viajar en primera, no es que me atraigan los hoteles elegantísimos pero sí que tengan agua caliente, me gusta comer bien. Soy una viajera poco intrépida. La aventura ya la he vivido en la literatura.

Walter Bejamin. Benjamin dijo que la forma de literatura del futuro será el fragmento. Para mí es mi método favorito: fragmentar.

Yiddish. La lengua materna de mi padre.

Zapatos. Basta con tener unos Blahniks para estar a la moda. Me gusta usar zapatos de diseñador.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista cultural.