Cada día nos transformamos más en expertos y conocedores de todo y de todos. La autopromoción está a la orden del día y, particularmente en el ámbito literario, adquiere un barniz atroz. Aquí les explicamos el porqué.

Cuando con el largo aliento del aforismo Oscar Wilde dijo que un esnob era una persona que conocía a todo mundo sin ser conocido por nadie quería poner a cierto tipo de espectador, el crítico, en su lugar. Los aforismos funcionan cuando se resisten a la lectura unívoca y al implacable viento del tiempo. Quiero ofrecer otra lectura de esta idea, asistido por el fantasma del asco que recorre a las redes sociales. Y es que las condiciones están dadas para que hoy todos terminemos por transformarnos en esnobs. Esto se debe, sencillamente, a que muchos artistas, escritores y otros “productores culturales”, han terminado por ocupar un lugar que antes no tenían: el de quien se esfuerza por ser conocido por todos.

El fenómeno de la sobre-exposición no se reduce, obviamente, al mundo de las artes, sino que se extiende en las distintas capas de la cultura. En la cosmética, no se diga: hay incontables cuerpos híper-ejercitados que parece que sólo se han tonificado para presumirse en las redes sociales. ¿Existe ya el cálculo de qué es más adictivo? ¿El me gusta virtual o las endorfinas —que, como apuntaba un amigo, son tan misteriosas con los antiguos humores de la medicina clásica— producidas en el jimmy? Entre los vecinos de la cosmética tenemos, por supuesto, a los fotógrafos de comida: no pasa un platillo por su boca antes de haber aparecido en Instagram. A veces sospecho que esa gente es capaz de pasar hambre si no hay suficiente batería en sus teléfonos.

Ilustración: Estelí Meza

En este sentido el caso de los escritores es atroz. Están, por un lado, los que toman las preguntas “¿Qué está pasando?” (en Twitter) y “¿En qué estás pensando?” (en Facebook) como campos que deben llenar obligatoriamente. Así nos enteramos de algunos ingredientes de su cocina literaria (como cuánto escribieron hoy, o en qué se inspiraron, que bien puede ser una gallina que vive en un lote vecino); pero sobre todo se permiten un cacareo incesante de ideas, opiniones y ocurrencias que como que no han terminado de cocinarse bien. Algunos ya de plano huyeron de Twitter, donde alguna vez pudieron ejercitarse en el arte de la opinión y el enfrentamiento, para descubrir que son fotogénicos (más o menos) y tomarse una selfie diaria o semanal, que casi es lo mismo: al final es la misma cara. Los que saben que no son fotogénicos pero sexis agarran y se toman fotos en calzones, o ya derrotados, le toman fotos a sus escritorios. Así nos enteramos qué nuevos libros compraron, qué película están viendo, en qué cantina se están emborrachando, a quién están frecuentando, qué silla de plástico encuentran cómoda, o si están en la FIL, que es cuando explota el miramemómetro.

En este sentido mi cuenta favorita, de Instagram, es una que se llama Una vida normal. Subtítulo: “vivo una vida normal”. Dirección: @normalunavida. La lleva un amigo mío, Alejandro Merlín. Él es un editor, y uno bueno. La primera imagen de @normalunavida (en esta, su segunda época) es la de una regadera. Pie de imagen: “Me gusta mirar detenidamente la regadera y me deslumbra lo inerte de su existencia”. ¡A mí me gusta también! Hay otra imagen, es de un bote de Yakult, con su fecha de caducidad. Pie de imagen: “Todo caduca”. ¡Es verdad! También una imagen de un plato, vacío, acompañado por una reflexión: “Qué bonito un plato vacío. Es la expectativa de algo rico que vamos a comer. Creo que los platos vacíos tienen mucho que enseñarnos: llevan la comida y ayudan a que no esté sobre la mesa o se caiga al piso. ¿Se imaginan qué haríamos sin platos?”. Hay más imágenes pero creo que ya entendieron por qué esta cuenta infraordinaria de mi amigo Merlín es un merecido respiro en las redes sociales, y un puntual ejercicio crítico.

La columna de opinión ocurrente que disecciona un problema ¿termina por encajarse en este perpetuo gesto de autopromoción? Si todos sabemos o damos a conocer qué vemos o cómo nos vemos en cierto momento, terminamos por parecernos y convertirnos en poco más que administradores o filtros de conocimiento. Pensadores como Amitav Ghosh han diagnosticado muy bien el momento crítico por el que pasa la cultura occidental: se encuentra en una especie de bucle que se dedica a dar testimonio de cómo es uno, cómo es el mundo, y rara vez se atreve a imaginar cómo podría ser. Y así nos va.

 

Guillermo Núñez
Escritor, filósofo y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.