Nunca es tarde para leer o releer a Rulfo. Y más si se hace bajo la luz de un cuestionamiento fascinante: el de la relación entre la creación literaria y la escritura de la Historia, ambas tan cercanas y a veces tan opuestas.

Este 7 de enero se cumplen 34 años de la muerte de Juan Rulfo. Entiendo que es un poco, digamos, inopinado, pero acaso la fecha permita recuperar un tema ya venerable para la historia, la crítica y la escritura literaria: la relación entre historia y novela. O para ponerlo en términos más genéricos y contemporáneos: la relación entre creación histórica y creación literaria. Rulfo ha sido motivo (y pretexto) de muchas disgresiones. Que lo sea para una más.

1.

Lo primero que hay que asumir, con Saramago (o con Ortega y Gasset o con O´Gorman o con quien quieran ustedes de los no pocos que han dicho algo semejante, sean historiadores o literatos), es que la historia es de algún modo una invención. Burckhardt y Nietzsche fueron los primeros en afirmar que el historiador es un creador. Estirando un poco la liga, como escribió don Luis González y González en El oficio de historiar, tal vez debamos por empezar conviniendo en que el historiador es un “hacedor de novelas verídicas”. Por eso Burckhardt afirmaba que uno puede tener el mismo punto de partida, navegar las mismas aguas en un barco muy parecido y, sin embargo, llegar a puertos distintos al de otros navegantes por los mares de Clío. Como si se escribieran dos relatos sobre el mismo personaje o suceso; ambos podrán apoyarse en fuentes similares o de plano en las mismas fuentes y contar historias, por lo menos, diferentes. Y si fueron hechas con rigor, ambas serán “novelas verídicas”.

2.

Leer literatura, leer novelas, entonces, tiene que ver entre otras cosas con la posibilidad de que el historiador estimule la imaginación. Y no cualquier imaginación. Acá tenemos, en la línea propuesta por el historiador catalán Jordi Canal, a esa invitada de la novela que entra al taller del historiador: la imaginación moral. Alguna vez le preguntaron a Carlo Ginzburg qué aconsejaría a los jóvenes que quieren dedicarse a la historia, a lo cual el historiador italiano respondió muy orondo y sin asomo de duda: “Leer novelas, muchas novelas”.  ¿Por qué? Porque la imaginación moral —recuerda Canal— es también propia del buen historiador, y es diferente de la mera fantasía. La fantasía prescinde del objeto, la imaginación lo incorpora, lo recrea: lo hace creíble, le da sentido. Por eso decimos que hay una “verdad literaria” además de una “verdad histórica”, lo que es lo mismo que decir que la literatura nos enfrenta al misterio del sentido del mundo, de la vida, a veces tan despreciado por el historiador con ínfulas de certeza, con reseca pretensión de objetividad.

Ilustración: Kathia Recio

3.

He aquí una primera idea de cómo la lectura de la obra de un autor como Juan Rulfo es pertinente para la investigación y la escritura histórica. José Ignacio Uzquiza González, un historiador español, en su ensayo “Símbolo e historia en Juan Rulfo”, advierte en los personajes y la trama de Pedro Páramo una ruptura íntima que denuncia una ruptura social: hay una ruptura en ese pueblo llamado Comala en el que todo es “un puro vagabundear de gente que murió sin perdón”. Hay un pecado en Pedro Páramo y en todos los personajes de la novela, en todos los personajes que sucumbieron al cacicazgo, incluido quien tendría que dispensar el perdón y prefirió huir aterrado por su propio pecado de sumisión y complicidad con el mandamás: el padre Rentería, el cura del pueblo.

4.

Ese pecado mantiene a las almas en el limbo del purgatorio, en pena, y ha desarticulado sus vidas. En varios momentos, Rulfo mismo afirmó que Pedro Páramo es la historia de un pueblo antes que la de un cacique: como Luvina de El llano en llamas, que cae ante la ley de Dios, Comala tiene su propia caída cuando se rinde ante la ley de un solo hombre. Es de algún modo, visto desde esta perspectiva, la salida de la historia. Y así salieron de la historia todas esas gentes y esos pueblos devastados por la revolución y la guerra cristera en aquella región del país. No obstante, convulsiones sociales como la Revolución (“ahora somos villistas, después seremos carrancistas”) son solamente la circunstancia externa, el cacicazgo y el pliegue al cacicazgo constituyen la circunstancia interna: la caída, el paso de la Comala de Doña Eduviges Dyada, aquel lugar de “Llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada”. De esa Comala a la Comala que está, en las palabras de Abundio, el arriero, el que describe a su padre Pedro Páramo, al padre-cacique de todo un pueblo, “…sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija”.

5.

Por eso, don Luis González y González ha recomendado que cuando el historiador aspira a revivir un pasado, lea literatura: “Si se aspira a escribir sobre la sociedad del sur de Jalisco en tiempos de la cristiada —escribe el autor de Pueblo en vilo—, no puede dispensarse la lectura de los tres libros de Juan Rulfo y La feria de Juan José Arreola” (supongo que, además de Pedro Páramo y El llano en llamas, González y González se refiere a El gallo de oro). De ahí empieza a forjarse, dice don Luis, una imagen interina del pasado. Esto es, desde ahí empieza a jugar un papel la imaginación creadora, si no de pasado, sí de preguntas. Preguntas distintas para cada lector, para cada historiador. Porque es bien cierto que, recurriendo a Borges, somos los libros que hemos leído, pero no lo es menos que los libros son a su vez lo que el lector ha leído en ellos. Esta es, diría Roger Chartier, la magia de la recepción, de la apropiación del texto que se opera en la experiencia lectora, esa que ocurre en principio con la lectura de literatura stricto sensu.

6.

En otro sentido, en su ensayo “Lección de arena. Pedro Páramo”, Juan Villoro apunta que: Pedro Páramo no pretende ser una novela histórica, sin embargo, la idea de la Historia es un elemento decisivo en su elocuente laberinto. Los alrededores de Comala llevan los apropiados nombres de Los Confines o La Andromeda; ahí (en esos lugares), la historia sigue su curso.

Ilustración: Patricio Betteo

En esos lugares se escenifica una revolución, una guerra cristera: en Los Confines y La Andromeda se despliega lo que poco después será conocido como Historia. ¿Hay aquí algún sentido histórico oculto en el sentido literario de la novela? En el mismo escrito, Villoro afirma que “la dimensión política de Pedro Páramo es específicamente literaria. La historia de quienes no pueden tener Historia”. Es otra historia, un peculiar tipo de intrahistoria con su propia temporalidad social y metafísica, la que arroja a los personajes hacía sí mismos, la que los expulsa de la Historia.

7.

En Pedro Páramo hay murmullos. Juan Preciado, ya sabiéndose difunto, dice a su compañera de ataúd: “Es cierto, Dorotea. Me mataron los murmullos”. Los murmullos marcan el territorio escindido de un pueblo en el que todo se rompió, en el que nadie habla realmente con los demás, “donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio”. De aquí la alegoría de la expulsión de la Historia. Forzando a Cioran —y tenemos el derecho de forzar a un pensador que lo forzó todo— diríamos que esta gente hizo una historia que terminó deshaciéndola a ella misma. Cioran escribió en Desgarradura: “El hombre hace a la historia; a su vez la historia lo deshace a él”. A los personajes de Rulfo no los deshizo la Historia, los deshizo su historia.

8.

Pero hay una esperanza con nombre y apellido: Susana San Juan, la mujer amada por Pedro Páramo, la que se convirtió en su obsesión de toda la vida, a la que hizo venir a Comala, a la que le mató al padre, Bartolomé San Juan, para que necesitara amparo, porque eso es lo que ofrece el cacique: subordinación, silencio cómplice y subordinado, aquiescencia con lo arbitrario e injusto, vida que no es vida, subordinación que es pecado. Susana no concede, Susana prefiere entregarse a la locura a ceder ante Pedro Páramo, Susana mantiene la esperanza en sus recuerdos reales o en sus recuerdos inventados, en su mar que la abraza y la acaricia aunque no lo haya conocido jamás. Por eso es la única que habla desde su  personal ataúd. Ella es la que mantiene el lazo con el otro mundo, el de la esperanza, el que no se dio a las puras sombras, a los murmullos. Usquiza González afirma que “Pedro Páramo nunca tuvo en realidad acceso al mundo de Susana, un mundo poseído de visiones del infierno, pero también de ensueños de placer y felicidad”:

el mar moja mis tobillos —dice Susana en su ensueño— y se va, moja mis rodillas, mis muslos, rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos, se abraza de mi cuello, aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera, me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo […]. Y al otro día estaba otra vez en el mar, purificándome. Entregándome a sus olas.

Hay en Susana, dice el mismo autor, una relación amorosa y primordial, casi cosmogónica con el mar. Aunque nunca lo conociera sino en sueños, como dijo el mismo Rulfo en alguna entrevista. En esa purificación, Susana recobra la mejor conciencia de sí, sus vínculos más antiguos y profundos con la tierra. Eso la hace cogerse de sus propias ataduras, no las de la Historia ni las de la historia de los condenados de Comala. Como si hubiera elegido salir ella misma de ambas. Aferrarse a una memoria erigida por sus recuerdos y olvidos. Hay gente así, y lo paradójico es que es gente que forja la historia en el relato del novelista y el cuentista, o es gente que da sentido a la Historia en la escritura del “hacedor de novelas verídicas”.

9.

No pasemos por alto lo obvio, algo que también aborda Jordi Canal en su ensayo “El historiador y las novelas”: Pedro Páramo es una novela (El llano en llamas un ejercicio literario, cuentos) que forma parte de la historia de la literatura y de la historia cultural (que no son lo mismo). También en este sentido se liga con la historia, es objeto de la crítica literaria, de la historia de la literatura o de la historia cultural. ¿Qué explicación hubiera dado un crítico como Sainte-Beuve a la decisión de Rulfo de no publicar ninguna otra obra acabada después de Pedro Páramo y El llano en llamas? ¿Qué explicación daría (ha dado) a esto mismo el historiador de la literatura y cuál el historiador cultural?

10.

Por último, la narrativa de Rulfo, otra obviedad que el historiador suele obviar, posee una voluntad de estilo, ciertamente mucho más allá del añoso costumbrismo en que todavía se estila escribir mucha de la crónica en México. Algo podrá servir a la olvidada búsqueda de estilo de quienes siguen cultivando las artes de Clío en el siglo XXI.

 

Ronaldo González Valdés
Historiador, sociólogo y ensayista. Su libro más reciente es Dispersa andadura (México, Secretaría de Cultura-ISIC, 2017).