Osvaldo murió la Nochebuena del año pasado, y su muerte fue tan imprevista que algunos (yo entre ellos) nos vinimos a enterar al día siguiente y de manera indirecta. En mi caso se trató de un e-mail de la novelista Susana Sisman, quien desde mi Buenos Aires querido me escribió el 25 tan sólo esto: “Lamento mucho lo de tu amigo Osvaldo”. No necesitó decirme más, siete palabras bastaron para sentir en carne propia ese nuevo tiro que caía tan cerca. Le contesté con una sola línea: “¿Cómo carajo es posible que se mueran los inmortales?”.

Cada vez que tengo que sacar algún nombre de mis directorios, sobre todo en casos como el de Osvaldo, una amistad entrañable de más de cuarenta años, siento que se me rompe algo dentro. Entretanto mi libreta de direcciones computadorizada, donde siempre antepongo el signo † al nombre del amigo fallecido, se parece cada vez más a un cementerio. Repasé atento las páginas de la libreta, aquí en la pantalla, y contando el signo † delante del nombre de Osvaldo eran 182 cruces [un año después ya son 213, ay].

Ilustración: Raquel Moreno

Osvaldo Bayer: uno de los más grandes luchadores por unas causas que otros —los más— dan por perdidas de antemano. Su nombre está unido de manera indisoluble con la historia del ideario anarquista y la lucha por la justicia social en ese país que al contrario que Saturno es devorado por sus propios hijos y se llama Argentina.

Basta mencionar su obra fundamental, los cuatro tomos de La Patagonia rebelde (que darían pie a uno de los mejores films argentinos de todos los tiempos, Oso de Plata en el festival de cine de Berlín 1974) para asegurarle un puesto en los anales de su país. Pero su obra de historiador de la lucha de los pueblos originarios a los que se despojó de su riqueza en base a criterios racistas que todavía subsisten, y por otra parte la de combatiente por los derechos humanos y en favor de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, no es menor en importancia que aquella obra capital. Y aún me quedarían por mencionar su preciosa novela en clave Rainer y Minou, su ensayo Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, y su inmensa labor docente como catedrático de Derechos Humanos en la facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, amén de sus centenares de columnas en la prensa argentina, en el diario Clarín antes de su exilio y en Página12 al volver a su Argentina.

Tuve la inmensa suerte de conocerlo y ser su amigo. Los conocí juntos el 3.7.1977, a él y a Marlies, su esposa, lo sé con toda certeza porque ese día di una conferencia sobre literatura latinoamericana en Das Haus der Begegnung [la Casa del Encuentro] de la Iglesia Evangélica Alemana, cerca de Duisburgo, y ellos acudieron al acto. Estaban recién llegados, huyendo de la dictadura criminal de Videla, Massera, Astiz & Co., y esa amistad nuestra, anudada desde aquel día, no se aflojó nunca.

Lo llevé a la Radio Deutsche Welle y estuvo colaborando con nuestra redacción hasta que regresó a Buenos Aires. Muchos de esos años alemanes los pasó en Berlín y cuando yo viajaba allá, varias veces me alojé en su apartamento cerca del viejo aeropuerto de Tempelhof, pero si no lo hacía allí, de todos modos siempre nos juntábamos una noche para cenar en un restaurante que elegía él; recuerdo sobre todo uno de Charlottenburg, archiberlinés, de cuyas paredes colgaba obra gráfica original de Heinrich Zille. Y cuando luego repartió su tiempo entre Buenos Aires y la casa de Linz, una bella ciudad chiquita a la orilla del Rhin, todas las veces íbamos a visitarlos un día para platicar y comer los sabrosos platos que guisaba Marlies, gran cocinera, no sin antes abrir el apetito con una botella del espumante alemán Príncipe de Metternich, su predilecto.

Su coherencia, su honestidad, su anarquismo de buena ley, son algo que desde el primer momento me impresionaron en Osvaldo, Y su formidable estilo como escritor historiador. No todos los historiadores escriben de esa manera tan sabia que sabía hacerlo él. Me recuerda lo que decía Chesterton de Bernard Shaw, que reunía en su persona el ser inteligente y el ser inteligible.

* * *

La última vez que había visto a Osvaldo fue el 11.9.2015, durante el sepelio de su Marlies, de nuestra inolvidable Marlies. Fue en el cementerio de Linz. Llegamos a la capilla con un par de minutos de retraso. En la capilla no quedaba sitio libre para sentarse, lo supimos ya desde lejos por la veintena de personas siguiendo la ceremonia desde fuera, bajo el techo del pórtico. Calculé un total de ± 100 amigos de Marlies que acudíamos a despedirla. Hablaron los hijos, dos de los nietos, y entre cada speech hubo música (folclore argentino y “Der Lindenbaum” del ciclo Viaje de invierno, de Schubert), también se proyectó en una pantalla una secuencia de fotos donde pudimos seguir la vida de Marlies a lo largo de sus 86 años. Por último, los hijos sacaron la urna de la capilla, y caminamos hacia la tumba. A Osvaldo le acercaron una silla y leyó al pie de la tumba, en español primero, luego en alemán, su emotivo adiós a la compañera con quien estuvo casado 63 años, tuvo cuatro hijos, diez nietos (de los que sólo faltó Bruno), cuatro biznietos y doce libros. Cuando se alejó de la tumba, después de haber arrojado en ella un puñado de tierra del delta del Tigre y unos pétalos de rosa, todos los presentes fuimos despidiéndonos de Marlies de la misma manera. Le di el pésame a Ana y a sus hermanos; finalmente a mi querido Osvaldo, quien no me reconoció, pero sí a mi esposa. Esteban, a quien se lo conté, me dijo que su padre estaba anonadado, eran muchas las personas a las que no reconocía, aquel había sido un golpe muy duro para él. Y regresamos a Colonia en ese día espléndido de sol y de temperatura, por la orilla —toda llena de viñedos en flor— del ancho y majestuoso río padre de los alemanes, donde fue a recalar nuestra querida Marlies, nacida tan cerca del río ancho como mar.

Eso me hizo recordar que aparte de los valores humanos de la pareja y de la talla —más que intelectual, humanista— de Osvaldo, lo que más me cautivaba de su personalidad era cuando recordaba sus tiempos de piloto de una chata (así le llaman allá a esos barcos planos para el transporte de mercancías) en el río Paraná; era como escuchar a un Mark Twain criollo.

Recordé asimismo aquel apartamento de Tempelhof en el que vivimos un día glorioso, durante la Berlinale de 1984, cuando almorzamos allí con Osvaldo Soriano, Héctor Olivera y Federico Luppi, y de repente sonó el bíper de Héctor y era un llamado anunciándole que había ganado el Oso de Plata por No habrá más penas ni olvido. ¡Qué festejo el que organizamos! [Aunque lo que más recuerdo de ese día es que cuando Luppi, Olivera, Soriano y yo regresamos al Festival, Luppi me dijo que si por una casualidad pasábamos delante de la casa donde nació Marlene Dietrich, o el cementerio donde está enterrada, que no dejara de avisárselo].

Y es también a Osvaldo que le adeudo la visión en su salsa del cementerio de la guarnición de Berlín, en el costado norte de Tempelhof. Es la Estación Término de los grandes hombres de la historia militar prusiana: los Trützschler von Falkenstein, los Stern von Gwiazdowski, los von Wentzky und Petersheyde, los von Zeidlitz, el almirante Eduard von Know (Caballero del Aguila Negra)… El buen Osvaldo me llevó una mañana a contemplar el espectáculo que él mismo iba a describir luego en una estampa imborrable:

"Al cementerio de los generales prusianos le han quitado un trozo de tierra y la municipalidad berlinesa lo entregó a la comunidad otomana. Ahora está allí el cementerio turco de Berlín. Los muertos turcos van avanzando sobre la tierra de los aristocráticos mariscales. Ya la tumba que mira hacia La Meca del turco Tufanin Ruhima, muerto el 5 de octubre de 1982, está a cinco metros del general Erich Werner August Wilhelm von Livonius. Y siguen avanzando. Son muertos que traen vida: por ese lado el cementerio se puebla los domingos de mujeres con pañuelos en la cabeza y chicos que ríen, lloran y gritan. Es una ofensiva que los generales no esperaban. La vida no se rinde".

Sí que es así, lo sé porque he vivido ese picnic dominical, paseando con Osvaldo, y los he visto, a los pequeños Mehmet y Alí jugando al escondite entre los mausoleos de los von Moltke y los von Kretschmann, y a la pequeña Leila saltando a la comba o bailando hula–hoop entre los mausoleos de los Von–loquefueren.

¡Tengo tantos recuerdos hermosos asociados a mi amistad con Osvaldo! Y el mejor de todos, el que me resulta más entrañable, es que siempre que lo llamaba por teléfono y reconocía mi voz, siempre me saludaba igual, desde la altura de los doce años que me llevaba (todavía me parece oírlo y se me hace un nudo en la garganta): “¿Qué decís, pibe?”. ¿Cómo agradecérselo?

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.