Para las vacaciones decembrinas, aquí una breve lista de qué hacer en la Ciudad de México en materia de arte, por parte de una de nuestras curadoras predilectas.

Lectores, ¡escapen mientras puedan de los compromisos decembrinos!: digan mentiras piadosas, dejen mensajes sin contestar o citen a la gente cerca del Museo Carrillo Gil, San Ildefonso o el MAM con tal de visitar estas tres extraordinarias exposiciones antes de que las quiten.

Árboles como cuerpos
Moverse para nombrar / Galia Eibenschutz
Museo de Arte Moderno Carrillo Gil
Termina el 12 de enero de 2020

Los vestigios siempre han despertado curiosidad en los seres humanos. Cuando todos éramos nómadas, reconocer una huella o rastro era relevante para sobrevivir, porque no eran lo mismo una huella de oso que una de tejón, una planta marchita por el sol que una debilitada por una plaga, el rastro de cenizas de un incendio natural que el del fuego de otra tribu. Todos estos vestigios nos ayudaban a contar la historia previa (¿qué pasó aquí?) y a adivinar qué podía pasar.

Imagen de: Museo Carrillo Gil

Más tarde, nos volvimos aficionados a coleccionar y conservar en museos los restos de las civilizaciones antiguas, y poseerlos nos dio una noción de origen, pues sustentaba la historia y evolución de nuestra especie. En un extremo opuesto al del coleccionismo y de la macro-historia, al de la obra plástica como objeto fijo (“fijable”) y tangible, los trazos que cubren las paredes de la exposición Moverse para nombrar de Galia Eibenschutz en el Museo de Arte Moderno Carrillo Gil son rastros de algo que sucedió, pero que ya no está; son efímeros y parciales, sólo una sugerencia de la coreografía, a la vez compleja y primordial, que los originó.

La propuesta de Eibenschutz va más allá del action painting, que, aunque tiene ya sus años, viene a la mente por lo que comparte de performático, porque la obra de Galia también sucede en el tiempo y es irrepetible. Pero en este caso, no se trata de la materia pictórica en sí, del juego entre cuerpo, gravedad y pintura; las líneas de Galia vienen de la danza, del dibujo y sus posibilidades expresivas: “Sólo utilizo pastel en ambas manos. El rango de escape en mis trazos es mucho menor al de los suyos [de Pollock]; en lugar de enfocarme en el derrame de la pintura, me enfoco en la variedad tonal y diferencias de grosor de las líneas”.

Pareciera que los trazos continuaran visualmente el impulso del cuerpo y se transformaran en otra cosa: la “energía vital que escapa y toma formas diversas”, en palabras de la artista. Entre el dibujo y el cuerpo en movimiento hay una simbiosis tal que no se trata sólo de lo que queda finalmente plasmado, sino de la interacción con el espacio:

En mi caso, el movimiento del cuerpo se desenvuelve más allá del dibujo, se proyecta en el espacio y es influenciado también por éste, por lo que el foco no está únicamente en el lienzo, sino en el todo, en el encuentro preciso de ese momento […] A veces es el movimiento del cuerpo el que ocasiona el trazo y en otras ocasiones es el trazo el que ocasiona el movimiento.

La historia completa de estas huellas se encuentra en los videos que acompañan la exposición, donde vemos a bailarinas y personas ordinarias ejecutar los trazos-movimientos que tienen como resultado patrones de líneas que forman costillares o auras; estrellas y círculos concéntricos; ramas que funcionan como una especie de sismógrafo del cuerpo; árboles como cuerpos.

§

Asociar obras en simultáneo
La causa de las causas / TACO, AA.VV.
Museo de Arte Moderno
Termina el 22 de marzo de 2020

La causa de las causas ocupa la sala Gamboa del Museo de Arte Moderno y es un proyecto de TACO (Taller de Arte Contemporáneo), un espacio independiente que coordinan Rodrigo Flores Herrasti, Anahí H. Galaviz y Sergio Ricaño. Es una exposición colectiva, con obras de más de ochenta artistas, nacidos entre 1970 y 1990.

La curaduría y concepción de La causa de las causas está inspirada, entre otros, en dos referentes visuales: los diagramas que Mark Lombardi creó para representar diferentes relaciones de poder y el Atlas Mnemosyne de Aby Warburg, historiador del arte que en 1905 decidió pensar de otra manera, a través de la simultaneidad de las obras. Warburg colocó sobre un fondo negro diversas imágenes relacionadas con el arte de la cultura grecolatina en una colección ecléctica que le permitía hacer combinaciones nuevas y leer las obras de manera no lineal, a través de una unión y proceso metafóricos, un método que se asemeja más a la forma asociativa como pensamos que a la tendencia clasificadora y analítica que emplea la historia moderna para acomodar los hechos. Su Atlas no era una obra, sino una máquina de pensamiento.

Así como Warburg era el sujeto que unía todos los puntos, el que tenía la clave, si la había, para descifrar sus yuxtaposiciones, el espectador de La causa de las causas será el que decida qué une y qué separa las obras que la componen. El espectador tiene que adentrarse en esta colectividad, esta reunión de fragmentos, para leer entre líneas el espíritu común que las une. El título de la exposición es paradójico sólo en apariencia: aunque no hay relaciones causales evidentes entre las obras que comparten un mismo muro, sí la hay entre diferentes documentos, esbozos y evidencias del proceso de cada obra, expuestos tanto en las vitrinas como en las paredes. El proceso es otro protagonista, igual o más importante que el resultado final.

La exposición parte de cuatro preguntas, una especie de encuesta, que les hicieron a los artistas participantes, relacionadas con los artistas mexicanos que tuvieron influencia en su trabajo, así como los hechos históricos que marcaron sus vidas. Las respuestas se leen de manera indirecta en las obras y, sobre todo, detonan nuevas preguntas.
En mi visita a esta sala pude imaginar algunos de los núcleos que formarían el esquema de la exposición, si lo hubiera: un círculo grande sería la urbe —la expresión extrema de una sociedad— y, en torno a este círculo, otros de diferentes tamaños: los rostros, el movimiento constante, la interacción de los cuerpos con la arquitectura, el paisaje, otros cuerpos; el intenso intercambio de todos tipos; la violencia. Otro núcleo es la materia, orgánica e inorgánica, con todas sus iteraciones y ramajes: la contaminación, la extinción, el absurdo de todos nuestros excesos. Otro círculo sería la reflexión sobre la materia misma del arte, las técnicas que van desde las más antiguas, como la cerámica, hasta el gran protagonista de nuestra era, el plástico. Y entre estas grandes categorías circulan imágenes de todos tipos: recortes de periódico, postales, retratos, escenas cotidianas, monstruos imaginados y reales, diarios, planos, esquemas.
Pero dejo a los lectores que vayan y descubran su propio mapa para navegar La causa de las causas.

§

El diseño universal de las cosas vivas
Árbol de huesos / Sandra Pani
Museo del Antiguo Colegio de San Ildefonso
Termina el 5 de enero de 2020

El museo del Antiguo Colegio de San Ildefonso alberga este recorrido por veinte años (1998-2018) de la producción artística de Sandra Pani. Su obra se centra en el cuerpo humano y se caracteriza por cierta unidad de temas y de técnicas, aunque también es llamativa la experimentación con diferentes soportes y materiales, así como el desarrollo sutil de un lenguaje basado en la decantación de las formas básicas del cuerpo y acaso, de la naturaleza. La artista misma dice que “todas las cosas vivas tienen un mismo diseño” y su obra se finca en este diseño universal.

El blanco predomina junto con el rojo, el negro, el verde, algunos tonos tierra, ocre y dorado. Un color que siempre asociamos a lo limpio, lo puro y lo pacífico es, en la obra de Pani, la piel que deja ver algo de sangre o músculo, algo que se enreda allá adentro. A veces es transparente, como si cada uno de sus cuadros fuera una especie de radiografía o tomografía, como si esta veladura envolviera como capullo las entrañas, como lo hace en “Mujer de piel”. El uso de diferentes tipos de papel y tela que permiten la transparencia es una expansión de este blanco. A veces, el blanco es un color más protagónico, con relieves y durezas, más como el hueso, lo que queda del cuerpo cuando nada lo cubre.

El rojo, sobre estos blancos, es una inconfundible mancha de sangre y a pesar de la violencia de esta combinación, no parece venir de una herida. El rojo irradia el calor de lo que fluye, la sangre que alimenta a los órganos (“De respirar”) o la sangre menstrual que desciende y parte a la mitad el cuerpo.

Línea
La línea vertical, sea la de la columna, sea la del tronco del árbol, organiza la composición de muchos lienzos y el movimiento de los trazos. Se complica en trenzas de lo que podrían ser músculos o huesos, huellas de manos que luchan por asirse de algo (o asir a alguien), trazos tenues como pequeñas espinas, dubitativos, hormigueantes.
 
Rombo
La inquietante ausencia de cabeza en muchas de las siluetas de tamaño real nos hace conjeturar que esa línea que atraviesa y parte en dos el cuerpo se continúa en el cielo, infinitamente, sin que nada la contenga. El rombo es justamente ese espacio abierto que forma el cuello echado hacia atrás, tan evidente en el cuadro “Cuello” y reinterpretado en otros, sus líneas simplificadas en apenas vértices.

Mano
La mano está presente en el papel y el lienzo, en las huellas que deja la artista al trazar su propia silueta acostada, como señal de un movimiento, de una búsqueda constante que casi vemos materializarse. La mano aparece y reaparece en la obra de Pani como la fuerza motriz, como el lugar en que comienza y termina el cuerpo. En sus cinco puntos concentra todas las líneas. Las líneas de la mano son raíces (“Brazos”) y también, caminos.

Flor
La palabra “flor” aparece en varios títulos y, sin embargo, nunca vemos una flor de manera figurativa. La flor en la obra de Pani es un doble de la mano, un símbolo de lo que se extiende en todas direcciones (una versión abierta del círculo), lo que se abre, lo que muestra, lo que libera. La flor puede ser el cruce de líneas horizontales con una línea vertical que forma un costillar o el corazón que se resguarda debajo de ese armazón.

Nidos
Aunque un nido es una casa, una muestra de arquitectura natural, también es un entrecruzamiento denso de líneas. En las “esculturas blandas” de Pani, una serie de superposiciones de dibujos y figuras en telas y papeles que penden a una mínima distancia entre sí, se integra una selección de objetos recolectados, entre ellos, un nido colgante, que más que protagonizar la obra con su volumen y materialidad, parece hacerse menos nido y volverse más dibujo, más nudo.

 

Aurelia Cortés Peyron
Poeta y ensayista.