Las comunidades mexicanas y chicanas de Estados Unidos han producido una literatura rica y variada, buena parte de la cual toca temas paralelos a las preocupaciones de muchos escritores de este lado de la frontera. Sin embargo, muchos lectores y autores mexicanos insisten en negarse a aceptar a sus colegas del otro lado en las filas de la tal llamada “literatura nacional”. Este texto toma una nueva edición de …y no se lo tragó la tierra, la obra maestra del escritor chicano Tomás Rivera, como punto de partida para una meditación sobre la naturaleza irremediablemente trasnacional de la lengua y la literatura.

Ahora que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte amenaza con transformarse en el Tratado entre México, Estados Unidos, y Canadá, resulta relevante volver a …y no se lo tragó la tierra, la célebre novela en la que el escritor mexicano-texano Tomás Rivera retrata la dureza de la vida al otro lado de nuestra frontera norte, y a través de ella preguntarnos sobre la relación de poder entre las lenguas y los estados.  ¿Cuáles son las perspectivas de las lenguas de las naciones indígenas a las que el colonialismo impidió formar Estados en el sentido moderno del término y que la actual noción de Estado Mexicano continúa oprimiendo?  ¿Cuál es el lugar del español como una lengua no reconocida por el país del norte?

Permítanme responder con una imagen. Una troca pasa y levanta la tierra seca, suelta y expuesta. Una tremenda polvareda se levanta de su tranquilo reposo. Y se yergue. El polvo en suspensión por un momento se erige en un muro permeable. Por un momento deja ver a través pero nunca permite olvidar su presencia, como un filtro. El que mira a través de la aglomeración de sus partículas suspendidas las percibe como parte del paisaje. En este punto de la suspensión es difícil, sino es que imposible, separar al polvo del paisaje.

Aquel que mira es el lector de …y no se lo tragó la tierra. Entrar al libro de Rivera es estar en medio de una nube de partículas, la nube de la polvareda, y mirar cada viñeta o capítulo como la suspensión momentánea de historias.

Rivera escribió …y no se lo tragó la tierra en español en 1970 y consiguió publicar la novela al año siguiente, cuando el manuscrito ganó la primera entrega del Premio de Literatura Chicana de la editorial Quinto Sol de Berkeley, California. El libro apareció en una edición bilingüe inglés-español preparada por el autor en colaboración con Herminio Ríos. Desde entonces han aparecido varias ediciones, todas bilingües a partir de la traducción de Evangelina Vigil-Piñón para Arte Público Press, entre las que cabe destacar una de las más recientes, preparada en 2012 por la editorial argentina Corregidor.

Edición argentina de El Corregidor, serie “Vía México”, 2012.

Esta última edición es, hasta la fecha, la única en haber publicado …y no se lo tragó la tierra exclusivamente en español —es decir, sin la traducción al inglés— y con un aparato crítico que posiciona a la novela como parte de una concepción transnacional de la literatura mexicana que excede a las fronteras geográficas. Además de un prólogo de Julio Ramos y Gustavo Buenrostro, la edición presenta un anexo documental que incluye cartas entre el autor y luminarias como Octavio Paz y Luis Valdez. Para ilustrar la utilidad de este acervo, basta citar una carta en la que Rivera dice de su libro: “Lo escribí en español. Intenté traducirlo pero me di por vencido. No estoy muy satisfecho con la traducción, pero por razones comerciales pienso que es mejor que salga en una edición bilingüe”.1

Así, la edición argentina del clásico de Rivera nos ayuda a ver que la lengua y el Estado-Nación no están inherentemente unidos.2 A manera de ilustración, consideremos el siguiente pasaje de la novela en el que una madre le ruega a la Virgen: “Por favor Vírgen María… Tápale los ojos a los comunistas… Cuídamelo por favor, te lo ruego. Te prometo mi vida por su vida. Tráemelo bueno y sano de Corea… ¿Por qué se lo han llevado? Él no ha hecho nada. Él no sabe nada. Es muy humilde…”.3 El lector nunca “ve” a la madre que ruega, pero el contenido del rezo nos permite deducir que estamos a principios de los cincuenta y que su hijo es, como muchos otros jóvenes de origen o ascendencia mexicana, parte de la leva militar que se ha llevado a miles de norteamericanos a pelear la Guerra de Corea. Para mediados de la década alrededor de 20 mil soldados de origen hispano formaban parte de las fuerzas armadas estadunidenses  —es decir, 16% de las 120 mil tropas que verían combate en la península asiática. La tercera parte de estos 120,000 serían declarados missing in action, una categoría que engloba a aquellos soldados que desaparecieron en el curso de la guerra — ya sea porque fallecieron, fueron capturados, o desertaron — y que el ejército norteamericano considera “un riesgo ocupacional”.

Tal cantidad de bajas obligó al gobierno norteamericano a tomar medidas drásticas para asegurar la renovación de la tropa. En el transcurso de los siguientes años alrededor de 150,000 jóvenes adicionales se unieron a las fuerzas armadas, ya sea voluntariamente o acarreados a la fuerza. Sin embargo, no fue sino hasta la década de los setenta —cuando Tomás Rivera escribe … y no se lo tragó la tierra— que estos cuerpos desaparecidos hicieron sentir su presencia, si no a través de sus propias voces, entonces a través de las voces de las madres que rezan por ellos. En la novela de Rivera, esta reemergencia de los hechos de los cincuenta parece sugerir una visión de la historia regida por la repetición: apenas terminada la Guerra de Corea, miles de jóvenes de ascendencia mexicana e hispana son llevados a la fuerza a la guerra de Vietnam. La tragedia recurre una y otra vez hasta 1973, año en que el gobierno norteamericano cede por fin a las protestas masivas contra la leva y declara el fin del servicio militar por lotería.

Edición de Arte Público Press

El fin de la leva, sin embargo, llega muy tarde para los missing in action. En la novela de Rivera, la figura del desaparecido asusta tanto o más que la del aparecido. Los cuerpos que aparecen, cuando aparecen, sólo son visibles a partir de sus heridas. Las voces son voces sin cuerpo: coros que aparecen en los trece interludios o viñetas que Rivera intercala entre las catorce historias principales de su novela. Así, el texto se presta tanto a lecturas lineales como no-lineales. Si imaginamos al lector de pie en medio de la polvareda, las viñetas e historias de la novela formarían un círculo a su alrededor, de tal suerte que las voces de los diversos narradores le llegarían desde diferentes direcciones.  Hay veces en las que estas voces forman coros, pero en otras ocasiones dos o más voces singulares toman turnos para contar la misma historia No queda del todo claro si cada historia narra o es narrada por una de las otras, pero se entiende que todas son partículas en la nube de la polvareda. Tomemos, por ejemplo, el siguiente pasaje: “Una vez se detuvo antes de dar la vuelta entera y le entró miedo. Se dio cuenta de que él mismo se había llamado. Y así empezó el año perdido”.4

Más que un año perdido, la voz narrativa se refiere a un año que desapareció. Un año que quizás no haya sido otra cosa que un sueño, pues esta es una narración fragmentada que parece batirse a duelo contra la desmemoria. Sigue Rivera: “Pero antes de dormirse veía y oía muchas cosas…”.5 Así como los textos están fragmentados, así las voces y así los cuerpos. Esta es una novela en la que las heridas tienen voz propia, una voz diferente a la voz de los cuerpos heridos:  “Que lo único que no se quemó fueron los guantes. Dicen que a la niñita la hallaron toda quemadita con los guantes puestos”.6 O, en otro momento: “Los trabajadores de la compañía de luz hallaron a Ramón dentro de la planta de luz que estaba como a una cuadra del salón. Dicen que estaba bien achicharrado y cogido de uno de los transformadores. Por eso se apagaron las luces de todo el pueblo”.7 Estos pasajes ilustran como Rivera suple las partes faltantes de los cuerpos de sus personajes multiplicando el número de voces narrativas. La suma de estas voces forma un cuerpo: de obra, de coro, de comunidad, de novela, de novela también fragmentada.

Ilustración: Víctor Solís

Pero este cuerpo-novela sería demasiado simple si tuviera todas las respuestas. “Lo que no queda claro —desde la perspectiva de los sujetos migratorios, casi todos de origen mexicano, hispanoparlantes, que pueblan la novela de Tomás Rivera— es a qué lado de la frontera termina la patria”.8 En la reciente edición argentina los editores Ramos y Buenrostro abren el prólogo preguntándose sobre la extensión de la patria y el alcance de lo que puede considerarse “literatura nacional”. Si el cuerpo de la obra abre preguntas taxonómicas —¿se trata de una novela o de una colección de relatos?—, el prólogo cuestiona otras suertes de límites: señala las condiciones que generaron una lengua sin estado —el español de las comunidades hispánicas de Estados Unidos—  que sin embargo produce literatura nacional para así cuestionar las partes que forman el todo de la nación.

Este cuestionamiento de lo que significa el idioma español en el contexto norteamericano nos lleva a preguntarnos por la historia de la literatura chicana y a pensarla como parte de la literatura nacional mexicana. La alternativa es excluir a las experiencias de los migrantes mexicano-americanos del campo de acción de nuestras letras. Poco se habla de la migración una vez que se ha cruzado la frontera. Poco se habla de las constantes migraciones que pasan dentro del trabajo de campo ‘por temporada’ una vez que el migrante entra en este círculo de trabajo. Consideremos este otro pasaje de Rivera:

—Comadre, ¿ustedes piensan ir para Iuta?  . . . . . .

— Se nos hace que no hay ese estado. A ver, ¿cuándo has oído decir de ese lugar?

—Es que hay muchos estados. Y ésta es la primera vez que contratan para ese rumbo.

—Pos sí, pero, a ver, ¿dónde queda?

—Por, nosotros nunca hemos ido pero dicen que queda cerca de Japón.9

La clave para entender el sentido profundo de este pasaje consiste en recordar que los ciclos de la agricultura de rotación norteamericana crean trabajos temporales en el Oeste y Medio Oeste para las temporadas de siembra y cosecha. Para 1971, cuando Rivera publica su libro, la United Farm Workers Association ya llevaba casi una década peleando por los derechos de los trabajadores del campo de California  —incluyendo los jornaleros que vagan de un estado a otro en busca de en busca de los seasonal jobs —,  pero su influencia no llegaría a Texas sino hasta finales de los sesenta. La génesis de la novela, entonces, ocurrió en un ambiente en el que las ideas de justicia social de la UFW comenzaban a tomar fuerza. Bajo esta luz, la ironía que late en el corazón de la novela de Rivera se vuelve fácil de comprender: al inmigrante que trabaja en el campo siempre se lo están llevando a otro lado, impidiendo su asentamiento. Se le permite sembrar semillas, pero nunca echar raíces.

 

Valentina Jagger
Estudiante de la Unviersidad de Houston.


1 En una carta del 17 de abril de 1971 a Mildred, probablemente Prof. Mildred Vinson Boyer de la Universidad de Texas en Austin, Tomás Rivera escribe: “Lo escribí en español. Intenté traducirlo pero me di por vencido. No estoy muy satisfecho con la traducción, pero por razones comerciales pienso que e mejor que salga en una edición bilingüe”. Carta anexa en Tomás Rivera, …y no se lo tragó la tierra (Corregidor, 2012). p. 254

2 Véase: Aguilar, Yásnaya Elena, “Nosotros sin México: naciones indígenas y autonomía”, en El futuro es hoy. Ideas radicales para México (Humberto Beck y Rafael Lemus, prólogo y edición). Biblioteca Nueva, Madrid, 2018.

3 Tomás Rivera, …y no se lo tragó la tierra (El Corregidor, 2012). p. 83

4 Rivera, p. 77

5 Op. cit.

6 Rivera, p. 123

7 Rivera, p. 130

8 Ramos, Julio, and Gustavo Buenrostro. “Prólogo a la edición argentina.” …y No Se Lo Tragó La Tierra, Corregidor, 2012. p. 05

9 Rivera, p.84