Para abonar al debate de los últimos días, es importante volver a la historia del arte. No sólo a las distintas representaciones de Zapata sino al impacto de la censura, el escándalo y la polémica en otras piezas de arte. Además es fundamental entender el cuadro de Fabián Cháirez en su debido contexto de producción estética.

Un cuadro nos ha puesto a todos a hablar de arte, en redes sociales, en la calle, en las sobremesas de las comidas decembrinas: que si un artista puede representar a los héroes patrios a su antojo, que si el pintor le faltó al respeto a un hombre fuerte de la Revolución, que si hay que defender la libertad de expresión ante todo, que si el intento de quema de la obra por parte de la turba enardecida del pasado miércoles es un reflejo del machismo mexicano, etcétera. Claramente, no es una discusión nueva. El escándalo, la censura y la protesta son temas recurrentes en la historia del arte y, en cierto modo, esto mismo ha determinado que una obra perdure en el imaginario o que se diluya en lo anecdótico. Si bien los hechos sucedidos en el Palacio de Bellas Artes fueron lamentables, yo al menos agradezco que todos estemos hablando de arte, aunque a veces la discusión se ha desviado hacia otras cosas —por supuesto de enorme importancia para reflexionar sobre la sociedad que somos, y queremos ser, pero que poco tienen que ver con el cuadro en sí. Pareciera como si nadie en realidad buscara entender la obra, sino lanzarse directamente a cazar brujas. Por eso, empecemos con el cuadro.

Se ha dicho que está desproporcionado el caballo, que parece calendario de mecánico, que es de mal gusto, etcétera. En esa parte del debate tienen razón los más críticos, y ése es precisamente el punto. Hay que entender al controvertido Zapata de Fabián Cháirez dentro del movimiento al que se adscribe, el neomexicanismo, aunque algunos argumenten que éste nunca existió como tal.1 De ahí que sería quizá más atinado hablar de una estética y no un movimiento. El neomexicanismo surge en el contexto de las crisis económicas de los años ochenta y noventa, que obligaron a los artistas a voltear la mirada hacia lo nacional ante la falta de acceso a referentes extranjeros, ya sea a través del viaje o la circulación de materiales importados (libros, revistas, entre otras).2 Así, comenzaron a brotar obras que retomaban imágenes de la iconografía mexicana, como elementos prehispánicos, figuras de la Escuela Mexicana de Pintura (coincidiendo, además, con el boom de la Fridamanía) y, por supuesto, héroes patrios. “Lo nacional” también abrió la puerta hacia las imágenes que circulan en nuestra cotidianeidad, de manera que el cine de la época de oro y otros elementos de la cultura popular comenzaron a asomarse en el arte; y sí, entre ellos, se encontraban los calendarios de mecánico. En este rescate de la iconografía popular se buscaba incorporar a la plástica aquellos elementos que no eran considerados “Arte” (con mayúscula), cuestionando de paso la manera en que se ha construido esa mexicanidad y a quiénes ha excluido. En una operación muy similar a la de las películas de ficheras, el neomexicanismo también hacía de la risa y lo vulgar un mecanismo de defensa colectivo ante la pavorosa situación económica y social; estamos tan jodidos que solo nos queda reírnos. Un clásico de la idiosincrasia mexicana.

Cartel de exposición “Emiliano Zapata después de Zapata” de la Secretaría de Cultura, que anunció retirar sólo la imagen del cartel el 13 de diciembre.

En el caso de la pintura, personajes como los guerreros águila o las imágenes del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl tan recurrentes en los icónicos impresos de Galas de México, eran subvertidos como representaciones de la otredad, de esa “cultura que se siente excluida en su propio país”;3 sí, en gran medida, la homosexual. Es decir, se trataba de convertir la cultura del macho mexicano en lo que más rechaza, empleando sus propias formas de representación. Dentro de esta operación, comenzaron a asomarse personajes de la historia, como el propio Zapata, quien a lo largo del siglo XX se fue construyendo ya no solo como héroe patrio, sino como ícono pop. En nuestro imaginario, Zapata es probablemente el personaje que mejor resume la Revolución, equiparable tan solo a Villa; en este sentido, ha devenido símbolo. Ese Zapata ícono resurgió precisamente en el contexto del neomexicanismo a través del EZLN, pero esto de cierta forma fue la culminación de un proceso de mitificación que inició en el México posrevolucionario.

De acuerdo con la investigadora Marion Gautreau, a partir de los años 20 del siglo pasado comenzó la construcción de Zapata como personificación del agrarismo y “encarnación de la mexicanidad” a través del uso de su imagen en la prensa. La manera en la que sus fotografías eran presentadas a los lectores no solo evocaba la noción de un héroe, sino que, a su vez, enaltecía ciertos valores en torno a la masculinidad: lo presentaban como un hombre serio, poco sentimental y, por supuesto, con bigote y sombrero. Esta misma imagen sería retomada en las películas de Emilio El Indio Fernández, las cuales jugarían un papel fundamental en la construcción del imaginario revolucionario. No sorprende entonces que, al desnudar a Zapata, Cháirez conservara solo el característico sombrero, depositario de todos los ideales y aspiraciones de la masculinidad mexicana. Al subvertirlo no vulneró al héroe patrio, vulneró al macho mexicano y ahí es donde radica la polémica.

En el alud de opiniones que vimos en estos días, algunos decían que nadie se hubiera ofendido si no hubieran usado el cuadro de Cháirez como imagen de la exposición; otros argumentaban que seguramente aquella turba jamás hubiera visto el cuadro de no ser por la polémica. Decir que aquel grupo campesino no se hubiera acercado a la exposición de no haber visto el cartel es, sin duda, una expresión clasista, pero tristemente tiene algo de cierto, desde otra perspectiva. El tema de hoy no es el elitismo de las instituciones museísticas, condición que ha permanecido desde su origen en el siglo XIX, pero es innegable que existen grupos excluidos de esos espacios y que muy probablemente, sin la circulación de la imagen de la exposición en medios y redes sociales, jamás hubieran visto el controvertido cuadro. Esto, a su vez, tampoco es nada nuevo.

Los medios de comunicación, más aún los impresos, han jugado un rol fundamental en la difusión y el impacto del arte desde que surgió la prensa escrita, pues a través de ella el arte se hizo accesible a las masas y, de esta manera, ciertos cuadros y artistas se volvieron reconocibles. El caso más emblemático es el de la llamada Mona Lisa, un cuadro desconocido durante siglos, del que sólo sabían los especialistas. Estaba colgado en el Museo del Louvre, en el mismo espacio en el que se encuentra hoy en día, pero se volvió una obra de culto a partir de 1911, cuando la robaron. A partir de ese momento, comenzó a aparecer en la prensa, tanto en reproducciones como en caricaturas que satirizaban la situación, y así fue como la Mona Lisa se convirtió en el cuadro más conocido del mundo. Poco tuvo que ver su factura o, incluso, quien la firma; el factor determinante fue que la gente —sí, la de a pie— ya la reconocía y, más aún, se la había apropiado. En cuanto fue recuperada y colgada de nuevo en su clavo habitual, empezó a atraer a más y más visitantes, entre ellos muchos que de otra manera quizá no hubieran puesto un pie en el museo. Así, escándalo y reproducción masiva se conjuntaron para hacer de la Mona Lisa una de las obras más entrañables de la historia del arte.

Volvamos al alud de opiniones reciente: deberían quitarla de la exposición, decían algunos; el director del museo hizo bien en defenderla, decían otros; ¿el nieto debe demandar o no?, se preguntaban los más; finalmente, la solución a la polémica fue quitar el cuadro de Cháirez del cartel. Pero eso no cambia la observación: el escándalo, la censura y la protesta son casi inherentes al arte. En México la provocación y la controversia fueron casi la razón de ser de algunos de nuestros artistas más icónicos del siglo XX. Basta con recordar dos casos emblemáticos. En 1924, un año después de incorporarse al proyecto muralista de la Escuela Nacional Preparatoria, José Clemente Orozco pintó a un Cristo destruyendo su cruz y fue obligado a borrarlo del mural tras recibir ataques por su espíritu nietzscheano. Años más tarde, otro mural fue atacado por su ateísmo: Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central de Diego Rivera. Desde su inauguración en 1948 dentro del Salón Versalles del Hotel del Prado, el mural causó escándalo por la incorporación de la frase “Dios no existe”, pintada sobre un pergamino sostenido por Ignacio Ramírez “el Nigromante”, su autor. Esa vez no hubo autoridad que defendiera la obra cuando dos jóvenes conservadores del grupo de “Los conejos” entraron a vandalizarla para borrar la frase a martillazos. Tampoco hubo autoridad que defendiera la decisión de exhibir la obra en ese espacio, la gerencia del hotel simplemente decidió cerrar el Salón.

A esta historia de mochismos en el arte mexicano, habría que agregar aquel episodio en el que intentaron cubrir a la Diana Cazadora, recordado hoy entre risas pero que en su momento un grupo de la sociedad se tomó muy en serio, pues consideraban que la desnudez exhibida por esa escultura en la vía pública era una afronta a las buenas costumbres; algo muy similar a lo que está sucediendo ahora. Lamentablemente, tampoco es la primera vez que se descalifica a un artista por su orientación sexual y por la manera en que la refleja en su obra. El propio Diego Rivera atacó la propuesta estética de los artistas afines al grupo de los Contemporáneos en su famoso artículo “Arte puro, puros maricones”; en él asegura que esta tendencia era “sandez sentimental” y los artistas que la seguían además de burgueses “no son en realidad sino puros maricones”.4

Esos momentos de censura nos parecen muy lejanos, pero a medida que el arte se ha vuelto cada vez más crítico y contestatario, las sociedades que lo consumen se han vuelto más reaccionarias. El debate sobre lo que se debe exponer o no ha remontado de una manera alarmante en años recientes y no solo en nuestro país. En 2017, el Louvre decidió cancelar la exhibición de la escultura Domestika del artista holandés Joep van Lieshout, al recibir críticas por tratarse de una pieza sexualmente explícita. Ante la controversia, el artista condenó la actitud del museo como hipócrita, asegurando que en su colección permanente se exhibían ya muchas obras con cuerpos femeninos erotizados e incluso escenas de violencia sexual. A pesar de que la obra de van Lieshout no tenía que ver realmente con el acto sexual —muestra a un hombre teniendo relaciones con una bestia para criticar el abuso humano de la naturaleza—, el malestar que generó radicaba en que la figura erotizada no era la de una mujer, sino la de un hombre, como sucede con nuestro Zapata. Mientras el Louvre se doblegó ante los ataques, resulta refrescante la postura de Miguel Fernández Félix y Lucina Jiménez, quienes han entendido que no se trata de lo que un grupo considere ofensivo sino de garantizar que cada uno pueda interpretar los pasajes y personajes de la historia en libertad. Finalmente, Zapata debe pertenecernos a todos.

 

Veka Duncan
Historiadora del arte y conductora de El Foco en Adn40. Twitter: @VekaDuncan.


1 Olivier Debroise, “Me quiero morir” en La era de la discrepancia, México, UNAM-MUAC, 2007, p. 278.

2 Ibid., p. 279.

3 Ibid, p. 280.

4 Diego Rivera, “Arte puro, puros maricones” en Choque, 27 de marzo de 1934,

 

 

3 comentarios en “Pintar a Zapata más allá de la censura y el escándalo

  1. Neomexicanismo por favor, esa obra deberia estar en el piso en algun mercado de pulgas o en la pared de algun sauna, no en una exhibición en ninguna galeria, es pretenciosa, su unico valor es el shock que provoca de una forma barata, es vulgar y pueril, su provocadora pieza pudo salir de la mente de un niño de 12 años y con la misma calidad, que la dejen donde esta, que sea una muestra mas de que el arte esta muerto

  2. Toda la explicacon esta muy bien. Pero aquí las autoridades deben de ser neutras y no herir suseptibilidades porque en el arte todas las tendencias merecen respeto inclusive la cultura de los que se sienten orgullosos de lo viril asi como de lo femenino los que admiran la belleza de los xontrastes en la vida como el dia y la noche, el desierto y la vegetacion. Pero en estos tiempos hay una tendencia hacer sentir que es mala la hombria y lo femenino. Yo me pregunto a alguien le gustaria que publicamente sugirieran que es algo que en realidad no es o porque ya esta muerto ya se puede sugerir que a el le gustaba ser mujer. Repito la cultura es libre pero las autoridades deben pensar en todos y asumir posiciones neutras.