“La existencia probada de imágenes ofensivas revela una paradoja. Si el pensamiento y la imaginación no delinquen ni ofenden, ¿puede afirmarse lo mismo de la representación plástica de aquellas figuras mentales inocentes?”.
—Roman Gubern

 

Días atrás leía en mi fuente de noticias una combinación de palabras sumamente inesperada: “Emiliano Zapata gay escandaliza las redes”. El líder campesino — figura clave de la Revolución mexicana, ícono de bigote y sombrero, charro que posa una y otra vez en los libros de Historia — había sido supuestamente insultado y denigrado por un retrato expuesto en la muestra “Emiliano: Zapata después de Zapata” del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). El insulto se agravó (como es normal en estos días) cuando una imagen del retrato comenzó circular de forma viral; en pocas horas, el “Zapata gay” era motivo de memes, sesudas reflexiones, apasionadas defensas y, por supuesto, una ola de insultos a quien quiera que hubiera ideado “tan indignante” perversión óptica.

Pero ¿cuál había sido la afrenta hacia el Caudillo del sur? La obra “La Revolución,” de la autoría del pintor mexicano Fabián Cháirez, se había atrevido a mostrar a un hombre desnudo, moreno, delgado, y de tupido bigote montando un caballo que mientras repara muestra su enorme y por tanto evidente órgano sexual. Aquel hombre sólo estaba ataviado con tres elementos: un sombrero de charro color rosa, una banda tricolor y unos zapatos de tacón en forma de agudos revólveres.

Bastó aquella imagen para que la mecánica del ruido hiciera presencia en las redes sociales: “y así piden respeto esos jotos” (sic); “si pintaran así a tu papa seguro no te iba a parecer” (sic); “como humanidad cada día nos degradamos más” (sic); “yo los respeto, pero ahora quieren que todos seamos putos” (sic). Comentarios que a su vez eran seguidos por las esperables respuestas a favor: “hay que romper los estereotipos” (sic), “todo mi apoyo a Cháirez ante la desmedida ola de odio en su contra” (sic), “pero claro que el general era bisexual, se trata del primer retrato que lo muestra tal y como era” (sic).

Ilustración: Ricardo Figueroa

La dinámica habitual, el ruidoso intercambio de ideas tuvo entonces un episodio inesperado: el nieto de Emiliano Zapata salió a defender a su abuelo y amenazó con  demandar al INBA y al autor, también pidió que las autoridades hicieran algo. Mientras los organizadores de la exposición daban su punto de vista, hubo una segunda embestida en contra de aquella imagen, esta vez algunos colectivos campesinos y zapatistas amenazaron con entrar violentamente a las salas del Palacio de Bellas Artes, descolgar aquel cuadro y quemarlo de una buena vez. Tal querella terminaría en un vergonzoso episodio de golpes, mentadas de madre y prejuicios como armas que iban del “pinches sidosos” al “pinches indios ignorantes”; un catálogo del odio, cortesía de una imagen conflictiva.

Entonces algunos volvimos a ver el cuadro, esta vez con suspicacia. ¿Quién dice que el representado es homosexual? Medios de comunicación reprodujeron incansablemente aquella idea: un Zapata “homosexualizado” era el motivo de todos los problemas. Podría parecer que el simple título del cuadro y la exposición eran razón suficiente para afirmar que: a) aquel cuadro retrataba a Emiliano Zapata y b) aquella obra representaba a un Emiliano Zapata gay.

Sin embargo poco a poco tuvimos información contradictoria. El propio autor declaraba en entrevistas en diarios1 y televisión: “Es interesante porque al inicio no lo hice [el cuadro] pensando en Zapata, pero con el tiempo la gente, el público, lo fue nombrando y lo fue relacionando con Zapata, y pues yo no pudo contra eso […], al final diría que sí, que se trata de él”.2 Es decir, irónicamente quienes se quejaron de aquella irreverente representación terminaron por intitularla y colocaron el nombre del amado líder mexicano en aquella “bochornosa” circunstancia. Todo el embrollo se debía entonces a que todos asumimos que el hombre con aquellos tacones y figura coqueta.

¿Y quién podría culparnos? Si la imagen se presentó dentro de una muestra que, en palabras del INBA “[…] despliega las diversas, y a menudo contradictorias transformaciones de las imágenes de Zapata como héroe revolucionario, símbolo racial, guerrillero contemporáneo o bandera de las luchas feministas y los activismos contemporáneos”.3 Las declaraciones del artista al respecto de la obra fueron posteriores a la curaduría y los boletines de prensa se publicaron justo en el punto álgido de la polémica, entonces ¿quién faltó a la verdad?, ¿quién omite detalles importantes sobre lo que esta obra representa?

Si observamos con más a detalle algunas de las otras creaciones de Cháirez notaremos que casi nunca hace uso de figuras populares específicas, sino que se vale de ciertas ideas generales del macho mexicano (el charro y el luchador) para jugar con la idea de lo femenino y lo masculino. Con influencias notorias de los cromos de Galas de México, el pintor nos presenta hombres usando gestos y signos que tradicionalmente se asocian a la mujer “coqueta”, “voluptuosa” o pin-up de mediados del siglo pasado.

¿Basta una subversión de los signos tan sencilla y evidente para representar a un hombre homosexual? Y una pregunta más interesante, ¿es una imagen capaz de abstraer la esencia de lo homosexual de una forma tan contundente que sea imposible pasarlo por alto o siquiera dudarlo? “Lo que se ve no se juzga”, respondía un provocativo Juan Gabriel cada vez que era cuestionado sobre su sexualidad; nosotros, igual que él, aprendimos que hay cosas evidentes: las piernas cruzadas, las telas satinadas, las flores y la voz invariablemente aguda y sobreactuada. Un error, lo que se ve siempre debe cuestionarse.

En el epílogo del libro El deseo homosexual, Beatriz Preciado afirma: “La heterosexualidad se presenta como un muro construido por la naturaleza, pero es sólo un lenguaje: un amasijo de signos, sistemas de comunicación, técnicas coercitivas, ortopedias sociales y estilos corporales". Entonces, ¿qué signos construyeron la supuesta homosexualidad en aquella imagen? Fue la desnudez o los tacones; fue acaso utilizar gestos reservados para la representación de las mujeres. Todo el escándalo podría reducirse a que se feminizó al icónico charro revolucionario y nada puede ser más humillante en el imaginario social para un hombre que ser convertido en mujer (lo dicen algunos autores respecto a la violación masculina, a los travestis, la imposibilidad de penetrar o de continuar las dinámicas de poder reservada a los varones).

Nuestra cultura está plagada de burdos ejemplos de representación: el homosexual se aparece como un aspirante a mujer, y un hombre que aspira a ser mujer no puede ser alguien digno o masculino. Lo femenino no es solamente lo opuesto a lo masculino, sino lo indeseable, lo impensable y lo humillante.

Durante los últimos días han discutido que la “afrenta” radica en sugerir que Zapata podría renunciar a ser hombre de esa forma, al hacerlo mujer. Debatieron si el problema, no era acaso que se le represente como un gay guapo, moreno y fornido, ¡escándalo! (Como si el artista tuviera la obligación de representar o enunciar las innumerables diversidades del espectro humano). También se dijo si era adecuado históricamente hablar de un Emiliano homosexual, pues su cercanía con otros hombres era tan sospechosa como aquellos tacones simbólicos. No nos hagamos, dijeron algunos, nuestro amado general era bisexual.

Pero aún falta discutir lo más importante ¿por qué nos cuesta tanto trabajo subvertir el lenguaje de las imágenes? ¿De dónde surge este pánico y rechazo a lo femenino? ¿Al homosexual se le odia por distinto o por renunciar a la mítica hombría? En un país que asesina, se mofa, violenta e intenta neutralizar todo rastro de femeneidad en los varones; en una cultura popular que alaba la imagen maternal o erótica de la mujer pero que oculta los signos de masculinidad en ella es necesario pensar en el lenguaje de lo icónico. Postergar por unos días la imagen de nuestros héroes muertos y debatir sobre la dignidad que necesitamos quienes aún sobrevivimos.

 

Alberto Martínez Fernando
Maestro en comunicación y humanismo digital. 


1Fabián Cháirez niega que su obra ‘La Revolución’ retrate a Zapata feminizado”, El Sol de México, consultado el 11 de diciembre 2019, 23:15 hrs.

2Fabián Cháirez explica la obra de Emiliano Zapata con Nacho Lozano”, Imagen Entretenimiento,  1:45 -2:10 consultado el 11 de diciembre 2019, 21:00 hrs.

3Emiliano. Zapata después de Zapata”, INBA, consultado el 11 de diciembre del 2019 a las 20:00 hrs.