Actualizar la lectura e incorporar críticamente los gestos del presente parece una necesidad, como lo defiende y pone en práctica el autor en este texto. Entre otras cosas, nos invita a leer de otra manera El Aleph de Borges, que este año cumplió sus primeros 70.

Hace pocos meses se cumplieron 70 años de la publicación de El Aleph (1949), probablemente el libro de cuentos más famoso de Jorge Luis Borges. La colección está compuesta por narraciones publicadas por separado a lo largo de más o menos una década, desde Sur —la revista emblemática de la alta cultura argentina en el siglo XX— hasta El Hogar —publicación “femenina” donde Borges escribió, además de un puñado de cuentos y minificciones, algo de su mejor trabajo como divulgador y reseñista literario.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

Al menos en este año de conmemoraciones, el libro se ha recordado sobre todo por el cuento que le da título: una sátira de la alta sociedad de su tiempo, del arribismo social y del “hombre mediocre”, incapaz de cumplir con las exigencias sociales y sexuales impuestas sobre él y que se retrae y se vuelve patético, como el Borges-personaje que protagoniza el cuento, o se convierte en un charlatán narcisista, como Carlos Argentino Daneri, modelo perdurable del escritor pésimo que triunfa solamente a fuerza de hacer más ruido y engañar con más desvergüenza.

Nada de lo anterior se resalta en los resúmenes porque, en general, parece más llamativo el objeto mágico —llamado Aleph— que une las historias de Borges y Daneri: un punto sin presencia material aparente, una ventana infinitamente pequeña desde la cual pueden observarse, simultáneamente, todos los puntos del universo entero, tal como son en el momento en que se observan. Contemplar el Aleph es un viaje alucinatorio por el espacio de la naturaleza y la vida humana: puede enloquecer a quien se atreve a realizarlo, y siempre mueve a “infinita veneración, infinita lástima”, pues reduce o aniquila cualquier pretensión, cualquier orgullo por nuestra mera estatura humana.

La más usual lectura presentista de “El Aleph” —ignorando su propio contexto e influencias y privilegiando únicamente los intereses y referencias de lectores actuales— compara al objeto con la red internet. Es una comparación inexacta porque la red sólo da la apariencia de infinitud: no es, como ya deberíamos saber, el mundo entero, y menos todavía el mundo entero sin mediación, sin sesgo. Por otro lado, nuestra época —ensimismada, individualista, narcisista— es de lecturas presentistas, que para bien o para mal, a sabiendas o no, reclaman la primacía de nuestros puntos de vista sobre cualesquiera otros. A partir de ellas podemos cuando menos examinar esas perspectivas y preguntarnos, de otra manera, acerca del tema de la posteridad: la permanencia de las obras. ¿Puede tal o cual texto ser acogido en una época como la nuestra? ¿Pueden serlo el resto de los cuentos de El Aleph?

Lo que sigue es una pequeña lista —otro hábito del presente— que examina brevemente cada uno de los 15 textos que acompañan a “El Aleph” de manera individual. Como en los párrafos iniciales de esta nota, quiero proponer una lectura inusual de esos cuentos, que los considere desde preocupaciones actuales, pero no intente solamente reducirlos a la repetición de algún tema de moda. Un último gesto actual: si no han leído el libro, vayan y léanlo antes de continuar, porque lo que sigue contiene spoilers.

“El inmortal”

Este cuento tiene en su centro una imagen perturbadora: la Ciudad de los Inmortales, que no es sino una serie de cavernas habitadas por trogloditas, hombres y mujeres a los que al aburrimiento de la vida eterna ha llevado a una especie de salvajismo pasivo. Sería fácil tratar de comparar a esos seres embrutecidos con las tribus de nuestra actualidad polarizada (fifís, chairos, zombis de toda orientación política) pero esa lectura sería engañosa. Este es de los cuentos de Borges con preocupaciones más trascendentes; es decir, que menos puede ajustarse a los intereses de nuestro tiempo, que están en lo momentáneo y lo banal. En las sociedades occidentales seremos brutos, pero no inmortales, sino al contrario: efímeros, desechables.

“El muerto”

“El muerto”, por el contrario, es —como cuento realista, criminal y con un ambiente de bajos fondos— la narración que más fácilmente podría compararse con textos actuales. Hay cierto reconocimiento en la narrativa negra de la labor editorial de Borges, que con Adolfo Bioy Casares fue responsable de “El Séptimo Círculo”, una colección señera de novela policiaca. Aparte de ella, cuentos como éste (y dos más de El Aleph) también podrían entenderse como parte de la evolución que va de las historias bien encuadradas en el subgénero detectivesco o en el noir a las historias de violencia y corrupción más generales, más literarias a su propia manera, que son hoy la columna vertebral de narrativas como la mexicana. La ruta que va de María Elvira Bermúdez, digamos, a Fernanda Melchor.

“Los teólogos”

“Los teólogos” está, como buena parte de las narraciones del libro (pero de modo más inesperado y sorpresivo), centrado en el tema del doble, uno de los más importantes en toda la obra de Borges. Por lo mismo, costaría trabajo “traer al presente” su historia de persecución religiosa y vanidad o estupidez intelectual: decir que el bueno y el malo de la historia son uno a los ojos de la divinidad no es exactamente relativismo, pero tampoco encajaría en una lectura que quisiera repartir culpas y hacer juicios de valor de manera tajante. No sería un elogio tratar de equipararla con textos posteriores sobre personajes encumbrados y detestables al estilo de Amsterdam de Ian McEwan.

“Historia del guerrero y la cautiva”

“Historia del guerrero y la cautiva” es un cuento de estructura experimental, hecho en dos mitades y dos historias complementarias que dialogan entre sí. Su tema común es el influjo de la civilización occidental, sea lo que ésta sea: cómo sus costumbres y reglas se debilitan hasta desaparecer en la conciencia de un personaje, y cómo su belleza y sofisticación se fortalecen en la percepción de otro. En ambos casos la identidad de los personajes (dobles, o complementarios el uno de la otra) cambia hasta la raíz. Sospecho que no se le ha llevado a los debates sobre conflictos entre culturas —como el que se da en torno a diferentes pueblos y naciones originarias en América Latina, o como el que finge entablar el racismo antiinmigrante— simplemente porque no se cree que Borges tenga nada que decir sobre el tema. Pero habría que observar la manera en que el cuento subvierte más de un estereotipo al negarse a juzgar las transformaciones de sus protagonistas.

“Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”

Este cuento es un precursor de lo que hoy llamamos precuela, tan abundante y hasta cansino en series y películas: la historia de un personaje menor del clásico argentino, Martín Fierro (1872) de José Hernández. Es preciso conocer al menos lo esencial acerca de la historia que se cuenta en él para entender el sentido del relato y la forma en que Borges humaniza a su protagonista. El cuento acaba cuando empiezan los sucesos contados en el poema narrativo de Hernández.

“Emma Zunz”

“Emma Zunz” es el segundo relato noir de este libro. El plan de Emma, su protagonista, para cometer un crimen “perfecto” —o al menos impune— no es menos extraño y difícil de sostener como coartada que algunos argumentos de Dorothy Sayers o Ellery Queen, pero se salva, como en los grandes cuentos de argumento enérgico, por la claridad de la(s) ofensa(s) cometidas contra Emma y la simpatía que puede inspirar su deseo de justicia. Suele llamar más la atención que Emma es el personaje femenino más conseguido de toda la obra de Borges, quien no se distinguió en ese aspecto y que ha sido acusado de “no saber qué hacer” con las mujeres —argumento de doble sentido más bien sórdido, y por lo tanto popular en muchas discusiones actuales. Pero Emma, en el fondo, es de la estirpe curiosa de Lisbeth Salander: otra heroína policial y strong female protagonist creada por un hombre que no inventó a ninguna otra.

“La casa de Asterión”

“La casa de Asterión” podría leerse también como una especie de precuela —de los relatos mitológicos acerca de Ariadna y Teseo, por supuesto— pero en este caso la lectura más clásica cuadra perfectamente con nuestros apetitos del siglo XXI. Al centrar el punto de vista en el monstruo, el cuento lo humaniza, aunque no como a Tadeo Isidoro por darle más antecedentes y profundidad psicológica, sino simplemente por permitirnos la identificación con él, por quitarle su carácter de “otro” indescifrable y amenazante. Buena parte de la obra de Guillermo del Toro, por mencionar a un artista cercano y mundialmente famoso, recurre a la misma estrategia; otra parecida —más vulgar y sensiblera— es la de la subcultura de las versiones cute de personajes populares de todo tipo, desde los juguetes de la empresa Funko hasta la artesanía japonesa de los amigurumi.

“La otra muerte”

No es el texto más famoso de Borges, pero lo sería si Borges hubiera sido inglés o estadunidense y encuadrado como autor de ciencia ficción. El tema del viaje en el tiempo, o más precisamente del “cambio” en el pasado, que mágicamente altera el presente, es uno de los más trillados de la narrativa especulativa, y un lector desprevenido podría creer que Borges está en esa tradición: episodios precisos como el cambio de los recuerdos de un personaje, o el contacto con el pasado por medio de la mente (por la voluntad o el deseo) se han visto miles de veces en otras ficciones.

“Deutsches Requiem”

Parecería el cuento con más evidentes “lecturas actuales” de toda la colección, pues su personaje central es un nazi: Otto Dietrich zur Linde, oficial encargado de un campo de concentración ficticio que sugiere el nombre de Auschwitz. La diferencia del personaje con los estereotipos actuales del nazi es que Dietrich no es un burócrata que se limita a obedecer órdenes inhumanas —el icono de la “banalidad del mal” según Hannah Arendt— y sus motivaciones son muy diferentes: es un devoto, en términos casi religiosos, de la fuerza como justificación del poder. Pero justamente por eso su discurso se parece al que pasa por la intelectualidad dentro de los movimientos neonazis y ultraderechistas actuales: desde “clásicos” del conservadurismo estadunidense como la rusoamericana Ayn Rand hasta autores vivos como el francés Renaud Camus o terroristas “con manifiesto” como Anders Breivik, todos comparten su misma admiración por una idea infantil del poder. Dietrich, eso sí, escribe mucho mejor que cualquiera de ellos.

“La busca de Averroes”
Es el otro texto experimental de esta colección: el impulso de la invención, proveniente de investigaciones superficiales acerca de su protagonista, “se le acaba” al narrador antes de terminar de contar y su personaje simplemente desaparece, junto con su mundo narrado y sus circunstancias, para dar paso al “yo” del escritor. A principios de este siglo, Heriberto Yépez contaba, palabras más o menos, que lecturas como la de Kathy Acker lo habrían “curado” de gustos convencionales como el de Borges; sería interesante leer esta narración partiendo de que es la más ackeriana de su autor y la estrategia de Acker de cortar y pegar textos ajenos tiene, desde luego, muchos puntos de contacto con más de un truco intertextual borgesiano.

“El Zahir”

Es la historia de un personaje llamado Borges —éste es otro de los cuentos en que el escritor crea una máscara que imita su rostro— que se obsesiona y enloquece con el recuerdo de un solo objeto. Poco a poco, éste se apodera de la totalidad de su conciencia y la aniquila. Aunque Paulo Coelho tiene un libro con el mismo título, aún falta el cuento o la novela que “actualice” el de Borges para referirse no a un objeto arbitrario —máscara de la divinidad o de lo inefable— sino a un teléfono móvil con sus aplicaciones de control de la atención y adicciones para el ego. Un cuento así, por supuesto, sería meramente paródico, como el anagrama con el que Rodolfo Fogwill tituló su novela Help a él.

“La escritura del dios”

Este relato podría leerse como un intento fallido de apropiación cultural: el protagonista “maya” tiene un nombre náhuatl y el escenario está a medio camino entre Bernal Díaz del Castillo y “El pozo y el péndulo” de Poe. Siguiendo ese impulso, sería posible denunciar todos los pastiches de inspiración arabesca de Borges —incluyendo los dos relatos que siguen en el libro— y de una vez toda la tradición del exotismo en el occidente europeo. Probablemente ya se haya hecho en más de una ocasión, sin atender a otra noción, modernísima, del cuento: la de los seres vivientes como asiento de texto, que prefigura la idea del ADN mismo como sustrato posible de escritura y codificación.

“Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”

El tercer cuento policiaco de la colección es menospreciado por el mismo Borges en el epílogo. Es cierto que, de los tres, es el cuento más convencional, más “de género”, pero por otra parte es un ejemplo brillante de la adaptación y reinvención que hicieron de Borges un autor emblemático de la posmodernidad literaria, antes de que sus propuestas fueran asimiladas y trivializadas por la cultura popular. Igual que “La otra muerte”, es un texto que parece haber sido devorado por sus sucesores y resulta mucho menos sorprendente ahora que cuando fue publicado, pero en ese desgaste está cifrada parte de la evolución de la ficción occidental, cuya costumbre es devorarse a sí misma en busca de repetir sus efectos (o incrementar sus ganancias).

“Los dos reyes y los dos laberintos”

Aquí encontramos una historia un poco más intrincada que en otros cuentos del libro, en el sentido de que es un doble simulacro. Apareció por primera vez en El Hogar atribuido al explorador y literato inglés Richard Francis Burton —como parte de su traducción de Las mil y una noches— y ya en El Aleph se le relaciona con “Abenjacán el Bojarí” pues este cuento lo atribuye a uno de sus personajes secundarios. En cualquier caso, su estructura y argumento simétricos concentran, como un fractal, mucho de lo que se desarrolla en el resto del libro y podrían ser precursores de los de muchos textos actuales escritos en línea a partir de procedimientos y esquemas abstractos.

“La espera” y “El hombre en el umbral”

Finalmente, ambos son los cuentos menos memorables de la colección, pero también constituyen variaciones, más arriesgadas, de argumentos policiales: en uno se relata desde la interioridad de un personaje que no puede o no quiere distinguir el sueño de la vigilia, y el otro es otra variación del crimen impune, cometido “por nadie”, con la colaboración “de todos”, en un entorno exótico. Ambos coinciden en representar percepciones claramente alteradas, algo que Borges intentó poco —aunque la imprecisión o la corrupción de la memoria aparecen en otro de sus cuentos clásicos, “Funes el memorioso”, y en una de sus grandes obras tardías, “La memoria de Shakespeare”.

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Ediciones del siglo pasado de El Aleph cerraban el libro —tras el cuento de Carlos Argentino Daneri y el Borges-personaje— con “La intrusa”, que las ediciones póstumas de Borges han quitado del libro. También dejo fuera de aquí ese cuento, para que lo recobren los lectores de otros libros o los buscadores de rarezas en línea.

 

Alberto Chimal
Entre sus obras destacan la novela La torre y el jardín y los libros de cuentos Manos de lumbre, Los atacantes, Estos son los días y Gente del mundo.