Con motivo de la presencia de Hustvedt en la FIL de Guadalajara 2019, este ensayo nos invita a leer Recuerdos del futuro, su novela más reciente, a indagar en sus necesarias aportaciones al feminismo.
En la narrativa de Siri Hustvedt (Northefield, Minnesota, 1955) la memoria es una estrategia para asimilar lo que permanece y lo que no en un lienzo representativo de su vida; una herramienta que puede conducir del presente al pasado como si intentara trotar o zigzaguear, ir en línea recta o en espiral para entender cómo era de joven y cómo ha cambiado su visión de las cosas. Los libros de Hustvedt son juegos de espejos. Sus personajes evolucionan y logran asimilar infortunios gracias a que practican la resiliencia, para superar la muerte de un ser querido, un accidente y hasta una violación.

Conferencia magistral de la escritora Siri Hustvedt en la XXXIII Feria Internacional del libro en Guadalajara, domingo 1º de diciembre del 2019. (© FIL/PAULA ISLAS)
“La imaginación y la ficción suman más de tres cuartas partes de nuestra vida real”, refiere Simone Weil, citada por Hustvedt en su novela más reciente, Recuerdos del futuro (Seix Barral, 2019). Un sitio especial ocupan el arte, la literatura y la filosofía, que aparecen una y otra vez y encarnan una suerte de bitácora de cómo llegaron a ella ciertos autores y artistas plásticos.
En estos Recuerdos del futuro se propuso contar un año de su vida, 1978-1979. Así que recupera el diario que escribía en el 78, cuando partió de Minnesota, cambió su residencia a la isla de Manhattan y la Universidad de Columbia le otorgó una beca para estudiar Literatura Comparada. Las experiencias de aquellos años se cruzan en varios puntos del presente, donde se encuentra la escritora que lee y confronta sus memorias del pasado. Se trata de la metaficción que ella define como “un retrato del artista como mujer joven, la artista que llegó a Nueva York a vivir, sufrir y escribir su misterio. Como el gran detective con quien comparte sus iniciales S. H. [Sherlock Holmes], la escritora ve, oye y huele las pistas. Las señales están en todas partes: en un cara, en el cielo o en un libro”.

Además del diario del 78 y la intervención de la narradora en el presente, aparece la novela de corte policiaco que ella estaba escribiendo entonces y que dejó inconclusa, en la que surgen Ian Feathers e Isadora (la mayor de las cuatro hermanas Doras: Theodora, Andora y Dora). La propia autora observa este ejercicio narrativo, este juego de espejos, como un origami, debido a que todos los elementos contienen algo del otro y no puede entenderse cada uno por separado. Una frase tomada de La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne, sirvió de inspiración para Hustvedt en esos años de juventud: “Escribir un libro es, para todo el mundo, como tararear una canción; así pues, señora, limítese usted a estar a tono consigo mismo: que éste sea alto o bajo da absolutamente igual”. Precisamente el libro reciente de la narradora estadunidense es un homenaje a Stern. El Tristam Shandy —como ya lo ha señalado Javier Marías, traductor de Stern— ostenta las digresiones como el resplandor del sol, la vida, el alma del protagonista.
En Recuerdos del futuro hay historias dentro de la historia, suerte de cajas chinas fundamentales en la prosa de Hustvedt, quien tanto en sus novelas como en sus ensayos intercala desde reflexiones sobre el proceso creativo y la crítica literaria hasta anotaciones científicas sobre psiquiatría y neurobiología. En la novela se puede hallar otro guiño a esa frase de Sterne:
Soy una narradora sofisticada, madura y erudita, en general amable aunque puedo ser cruel, y tan proclive al engaño como cualquiera pese a que intento ser honesta conmigo misma y admito que hay lagunas en mi propia historia. Estoy tarareando mi canción a mi manera, señora, mientras me abro paso por 3 avenidas y callejones y entro en edificios donde subo en el ascensor o por las escaleras y abro y cierro puertas y, sí, pego la oreja a las paredes, bolígrafo y cuaderno en mano.
Reivindicar la presencia de las mujeres
Por otro lado, hay que señalar que cada vez que puede la novelista les otorga a las mujeres un espacio para reivindicar su presencia, ignorada en un mundo regido por hombres: por ejemplo, la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven —artista del protopunk—que estuvo detrás de la idea de Duchamp y su orinal; la influencia de Lee Krasner en la obra de Jackson Pollock; o el hecho de que varios de los pensamientos de Simone de Beauvoir le fueran atribuidos a Sartre.
Otro lazo de sororidad se establece cuando la joven escritora de los años setenta describe a su vecina, Lucy Brite, una mujer a quien escucha llorar del otro lado de la pared. Primero piensa que se trata de un mantra o una especie de canto: “Amash, amash, amash”. Luego descubre lo que realmente dice la chica: “I’m sad”. La vida de Lucy la inquieta y, si por ella fuera, le quitaría esa carga de tristeza inamovible que no la deja en paz. Pero no se atreve a decirle que escuchó su lamento porque usó un estetoscopio para mejorar la claridad del sonido.
La sexualidad, cómo no, también forma parte de este universo feminista que Hustvedt aborda con suma destreza. Si bien en el siglo XIX y a principios del XX, las mujeres se hacían pasar por sonámbulas para demostrar su interés erótico —pues podían ser menospreciadas si exhibían abiertamente sus ganas de pasar la noche con un varón— aquí se habla abiertamente de sexualidad como muy pocas mujeres lo hubieran hecho en 1979. La S. H. del pasado y de ahora coinciden en que a ambas les interesa tener sexo en los trenes, y recuerda cómo se masturbaba en su departamento imaginando que tenía relaciones sexuales con una persona de su mismo sexo, que podría haber sido una rubia voluptuosa con características similares a Marilyn Monroe, a quien idealiza montada sobre ella.
También relata una agresión sexual. Lo que narra Hustvedt es un hecho devastador: el capricho de un chico que, al término de una fiesta, se niega a dejarla ir a su departamento sin que él la acompañe. El hombre insiste en compartir un taxi, en llevarla a su casa, en entrar en el departamento —a la fuerza— y sigue con sus obstinaciones más allá de la voluntad de la joven. Hay violencia y golpes, como antesala del abuso.
Cabe preguntarse entonces, ¿qué es el feminismo para Hustvedt? Ella deja muy claro que no existe uno sino varios feminismos, como lo hemos visto en la actualidad. Acepta que la teoría feminista no es un “baluarte de consenso” y que los “acalorados debates que se desencadenan dentro de las universidades no suelen tener mucho impacto en el resto del mundo”, como lo estipula en un libro anterior, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (Seix Barral, 2017).
En un ensayo sobre Louise Bourgeois cita una reflexión de la artista plástica que está directamente relacionada con su propia visión: “Una mujer no tiene lugar como artista hasta que prueba una y otra vez que no será eliminada”. ¿Acaso no ocurre lo mismo en los diversos ámbitos en que se desarrollan las mujeres?

Knausgard: encarnación moderna del patriarcado
Para referirse al feminismo en general Hustvedt suele partir de la exposición de inquietudes y situaciones comunes en el patriarcado: como cuando le hizo una entrevista pública al escritor noruego Karl Ove Knausgard, y le preguntó por qué en un libro donde había cientos de referencias a escritores sólo se mencionaba a una mujer, Julia Kristeva. Como respuesta el autor le espetó: “No son competencia”. Esa frase da pie para que la ensayista reflexione sobre cómo todos codificamos la masculinidad y la feminidad, en esquemas metafóricos que dividen el mundo por la mitad. Nunca imaginó que Knausgard reaccionara de forma tan tajante, que ni siquiera se justificara reconociendo su omisión.
No obstante, logra distinguir las virtudes narrativas de Knausgard y no se deja llevar por lo ríspido de su respuesta. Al contrario, intenta ver qué es lo que en realidad le molesta al escritor. Recuerda que “las humillaciones que viven las mujeres porque no se les considera competencia y se les trata como fantasmas en la habitación son frecuentes”.
Comenta que el autor noruego en cierta ocasión confesó que de niño se burlaban de él y le decían que era afeminado. Lamenta que Knausgard no logre darse cuenta que en Mi lucha hay mucho de ese universo femenino que tanto desprecia; por ejemplo, el hecho de que llora a menudo a lo largo de su extensa autobiografía: “Sus lágrimas trastocan el fuerte estoicismo presente en toda la cultura noruega. Lo sé. Me eduqué en ella. Había que tener una buena razón para llorar —la muerte de un ser querido, un terrible accidente que te deja sangrando y mutilado, una enfermedad terminal— y, aun así, un despliegue tal sólo cabía hacerlo en la intimidad, nunca en público. […] En el alma noruega debían imperar la dignidad y la rigidez. Noruega era una cultura de ojos permanentemente secos. Y, sin embargo, el Knausgard de Knausgard, el héroe de esta larguísima saga personal, es un verdadero pantano de lágrimas. Tales son las ironías del mundo literario”, apunta en La mujer que mira a los hombres…
Desde su punto de vista, la respuesta de Knausgard evidencia un mecanismo del patriarcado y que en muchas ocasiones ya no se cuestiona, simplemente se acepta como parte de los usos y costumbres de la sociedad: los hombres encuentran su propio valor en la mirada de otros hombres y, en ese sentido, a las mujeres se les deja de lado porque no representan ningún tipo de competencia. Y, desde esa perspectiva, no lo disculpa pero lo entiende, sin dejar de sorprenderse de que las miles de páginas de ese autoexamen que es Mi lucha “no parecen haberle dado un mayor conocimiento de la ‘mujer’ que hay en él. […] De hecho, él tal vez sea más honesto que muchos escritores, académicos y compañeros que no ven o no escuchan a una mujer porque no es competencia. No creo que ésta sea la única razón para hacer desaparecer a las mujeres de una sala o del campo más amplio de la literatura, pero es sin duda una idea interesante que hay que abordar”.
Aunque no lo señala de manera abierta, el feminismo de Hustvedt comparte la idea de Gilles Lipovetsky sobre “La tercera mujer”, esaque surge desde mediados del siglo XX y que dejó de ser definida por la mirada del hombre:
La mujer puede ahora elegir lo que desea ser, tiene el poder de inventarse a sí misma. Rechaza el modelo de vida masculino, el dejarse tragar por el trabajo y la atrofia sentimental y comunicativa. Ya no envidia el lugar de los hombres ni está dominada —como diría el psicoanálisis— por el deseo inconsciente de poseer el falo.
Es común que las mujeres tengan que nadar a contracorriente, deben hacerlo para no vivir oprimidas, siendo una especie de fantasmas. La escritora es consciente de otra de las herencias del patriarcado: el hecho de que en ocasiones “las mujeres, también ciegas, se odian a sí mismas. Viven atrapadas en los hábitos perceptivos de los siglos, en las expectativas que han llegado a gobernar su mente. Y estos hábitos son peores para la mujer joven, que sigue siendo concebida como un objeto sexual deseable porque el cuerpo lozano, fértil y apetecible no puede tomarse realmente en serio, no puede ser el cuerpo que hay detrás del gran arte”. Por eso Hustvedt enfatiza, y lo demuestra con su propia inteligencia, una vez más con su propia obra —es el caso de Recuerdos del futuro—, que la novela, entre otros géneros, es un campo literario fértil donde las mujeres han logrado igualarse a los hombres.
Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, editora y periodista cultural.