Estas reflexiones corresponden a las intervenciones de Aguilar Camín en la Mesa 1, “La desilusión liberal: comprendiendo el descontento con la democracia”, del Foro Internacional Desafíos a la Libertad en el siglo XXI, celebrado en mayo del 2019 en la Universidad de Guadalajara. En él participaron Enrique Krauze, Ana Laura Magaloni, Héctor de Mauleón, Valeria Moy, Lisa Sánchez, Mario Vargas Llosa y José Woldenberg, entre otros. Una versión de este texto forma parte del libro Desafíos a la libertad en el siglo XXI, que publica la editorial Taurus en coedición con la Fundación de la Universidad de Guadalajara, y se presenta en la FIL Guadalajara 2019.


I.

El tema de esta mesa es “La desilusión liberal:  comprendiendo al descontento con la democracia”. Yo iré un paso más allá , o más acá, para  abordar una inquietud más inmediata, viva y vigente en México, sobre el destino de  nuestra democracia.

En los últimos meses he sido invitado a distintos foros a responder una pregunta que está en la cabeza de muchos mexicanos. Esa pregunta es: ¿a dónde va el gobierno electo en julio del 2018? ¿Está inscrito en el  derrotero internacional que conocemos y que no queremos asumir como propio, el derrotero del populismo?

Creo que nadie duda de que el gobierno mexicano que hemos elegido tiene un alma, un impulso, una voluntad populista. La pregunta es ¿cuán populista y cómo medirlo? Para responder a esta pregunta recurrente hice un catálogo de las cosas que se debían observar con precisión para saber en qué grado de evolución está el populismo del gobierno de México. Porque en esto, como en el alcohol, hay un problema de grado. Bueno, ¿cuánto alcohol trae el populismo que ha tomado el poder en México? ¿Cómo medirlo? ¿Qué observar para entender y anticipar su camino? Yo tomé de un pequeño libro de Jan-Werner Müller: ¿Qué es el populismo?, una sencilla lista de las características  comunes a todos los gobiernos populistas. Son estas:

Para empezar, hablan a nombre del “pueblo”, en el sentido de que sólo el “pueblo” que ellos representan, es el verdadero “pueblo”. Todas las otras representaciones políticas partidarias no son parte del “pueblo”, son parte de quién sabe qué, pero no del pueblo al cual estos gobiernos a dedican sus esfuerzos.  Este es el discurso de López Obrador.

Una vez en el poder, los gobiernos populistas buscan  capturar el Estado, apropiarse del poder legislativo, del poder judicial, de los poderes federativos y los poderes locales. En México está muy avanzada la captura por el gobierno de López Obrador del poder legislativo federal, del poder judicial y avanza hacia el control de los poderes de los estados.

Los gobiernos populistas tienden a desdeñar, contener o desmontar los órganos autónomos que hay en la estructura del Estado. En México tenemos una gran cantidad de órganos autónomos, como el Banco de México, la Comisión de Derechos Humanos, el Instituto Nacional Electoral y muchos otros que han ido acompañando la acción del Estado a manera de contrapesos institucionales. La ofensiva del actual gobierno contra estos órganos autónomos no ha ido todavía sobre el Banco de México, pero con todos los demás ha tenido algún nivel profundo de querella, desencuentro, crítica o neutralización.

Los gobiernos populistas reprimen o ejercen distintas maneras de contención de los medios de comunicación. Esta es una tarea que en México no tiene una gran dificultad, porque los medios en México han sido siempre muy colaboradores del gobierno. Pero siempre han existido momentos, medios y personas que son parte de la crítica, no de la colaboración. Hemos visto en estos meses a este gobierno declararle la guerra discursiva a un periódico y a muchos periodistas, a muchos intelectuales, a muchos escritores que ven críticamente la conducta del gobierno. Ahora estamos viendo que da un paso adelante en la utilización de los medios de información del Estado para emitir mensajes oficiales  favorables al gobierno y para hacer la crítica oficiosa de los críticos del gobierno.

Los gobiernos populistas recelan también de las organizaciones de la sociedad civil, ajenas si no opuestas a la noción favorita de Pueblo. López Obrador ha puesto en la casilla de conservadores y adversarios a prácticamente todas las organizaciones  independientes de la sociedad civil, y ha manifestado sin descanso su desprecio tanto por los diagnósticos de los expertos como por los hechos que  desmienten sus dichos.

El siguiente rasgo es muy importante: los gobiernos populistas generan nuevas clientelas que dependen del dinero del Estado. La cantidad que han establecido los estudiosos de cuántas nuevas clientelas podría crear López Obrador con sus nuevos programas sociales es enorme. De cumplirse el plan de reparto de dinero del presupuesto a nuevas clientelas, en tres años habrá en México 23 millones de personas recibiendo cada mes un dinero en efectivo de parte del Estado, salvo que no es el Estado quien aparece como dador de estos recursos, sino el presidente de la República.

Por último, a los gobiernos populistas les da por hacer nuevas constituciones. Porque las nuevas constituciones, y es el caso de Chávez al que se refería hace un momento Mario Vargas Llosa, son las que permiten realmente cambiar las instituciones y hacerlas irreversibles. Cuando democráticamente, con el control del Congreso, Chávez hace los cambios constitucionales que le van a permitir primero controlar el Instituto Electoral, luego la Suprema Corte y luego las leyes electorales que le permiten reelegirse, en ese momento está destruida la democracia. Y está destruida, paradójicamente, grotescamente, por la vía democrática. López Obrador ha anunciado ya su decisión de hacer una nueva constitución en su tercer año de gobierno.

Si ponemos junto todo lo anterior podemos decir que en México ha empezado ya el proceso de destrucción de la democracia mediante procedimientos democráticos. Esta inquietante paradoja, es la que realmente recorre la consciencia  democrática de México.

II.

¿Qué faltó en la construcción de la democracia mexicana? Nos faltaron muchas cosas; pero una cosa nos sobró: que construimos la imagen de una democracia que iba a resolverlo todo. Por el simple hecho de que hubiera una alternancia pacífica y unas instituciones que contaran los votos (cosa que no se hacía), concedimos que todo lo demás vendría por añadidura: el desarrollo económico, la equidad social.

No, la democracia no sirve para todo. La democracia no sirve para que un país crezca al 10%. Lo que hace falta para que haya crecimiento es inversión. La democracia puede darle un mayor prestigio al país, puede hacer que se elijan gentes de mejor calidad para el gobierno y que, como consecuencia, todo mejore. Pero en realidad, directamente, la democracia sirve para sacar del poder, con plazo fijo, a un  gobernante al que se le dio el poder con plazo fijo; y sirve también para que haya, en el equilibrio de poderes, el ambiente de libertades sin el cual no puede pensarse seriamente en ninguna democracia.

Las soluciones económicas y sociales  que se reclaman a nuestra democracia, de las que habla José Woldenberg, tendrían que venir de otro lugar, no de los votos, sino de las decisiones económicas y las políticas públicas adecuadas. La democracia es sólo un factor, fundamental, pero sólo un factor de la modernización cabal de un país.

Nuestro problema, creo, es que hemos llegado democráticamente a una situación que empieza a ser amenazante para la democracia y para la modernización del país. No quiero exagerar en esto, pero prefiero exagerar un poco a no tomar nota de lo que está sucediendo.

Tenemos en México a un presidente popular, que ha concentrado el poder como no lo había hecho nadie en nuestra corta vida democrática y cuyo proyecto es centralizarlo más. Cada paso que da es en el camino de sustituir la estructura institucional del poder en México y construir una paralela.

Pongo como ejemplo el de los llamados superdelegados que va a mandar a los estados. ¿Qué son estos superdelegados? Son una especie de prefectos, representantes únicos del gobierno federal, encargados de vigilar las inversiones federales en los estados. El problema es que las inversiones federales son, en promedio, el 85% del dinero que se invierte en los estados. De manera que el superdelegado será una especie de controlador del 85% del dinero que los estados van a recibir del gobierno federal. En las entidades que no gobierna Morena, los superdelegados nombrados son hasta ahora políticos que han aspirado a ser gobernadores. Por lo pronto son una especie de gobernadores o vice gobernadores paralelos.

Otro ejemplo de la centralización buscada: la estrategia de seguridad del nuevo gobierno prevé un redespliegue territorial del ejército bajo la forma de una Guardia Nacional. Esto implica entregarle al ejército una presencia y una fuerza territorial que no hemos visto en setenta años. Un ejemplo más: el ya mencionado clientelismo de un gobierno que amplía sus programas sociales pero los ofrece no como una política impersonal del Estado sino como una política asociada directamente a la voluntad y la figura del presidente.

Estamos frente a un gobernante que quiere construir una larga hegemonía política. No digo que quiera reelegirse, digo que está poniendo las bases para una hegemonía política que dure más allá de su gobierno, una hegemonía parecida a la hegemonía en la que él se crio, que fue la hegemonía del PRI. Se trata de un proyecto muy ambicioso, bien diseñado, que ha puesto ya en acción algunas de sus fundamentales y que en este momento prácticamente no tiene contrapesos: no hay partidos políticos que puedan oponérsele; no hay poderes autónomos que puedan contenerlo. Realmente es un presidente con un poder enorme.

El contrapeso paradójico que puede tener, aparte de los agentes económicos externos, es su propia impericia. Los errores que este gobierno comete van generando anticuerpos. Como todos los que vivimos esa efectiva transición democrática de la que hablan Woldenberg y Krauze, yo creo que en nuestra sociedad hay, por esa misma experiencia que se valora poco ahora, una enorme reserva de respuesta cívica y democrática.

Convendría hacer bien el corte de caja de cuán avanzado va el gobierno populista mexicano en la construcción de su nueva hegemonía. Y elevar nuestra voz en defensa de los asuntos irreductibles de la vida democrática: la legalidad, la división de poderes, la pluralidad, las libertades.

Hay elementos suficientes para preocuparse por el destino de nuestra democracia, esa democracia que ahora no valoramos, porque trajo consigo tantas deformidades. Tenía, sin embargo lo fundamental de la democracia, que era libertad, competencia política, pluralidad y gobiernos con contrapesos. Esa democracia está en riesgo. Es necesario revalorarla y volverla a poner en el horizonte.

Y asumir lo que ha dicho Woldenberg: es imposible volver a pensar la democracia en México sin añadirle una dimensión de crecimiento económico y de inclusión social. Sin eso, no iremos muy lejos en la lucha contra el populismo, porque el bajo rendimiento económico y social de la democracia, qué duda cabe, es uno de los resortes del populismo. Si la democracia no puede ofrecer inclusión además de libertades, lo que va a seguir generando  son movimientos y gobiernos populistas, nuevos procesos de destrucción de la democracia por vía de la democracia.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor e historiador. Su libro más reciente: Nocturno de la democracia.