Con este discurso, la escritora argentina inauguró el Salón Literario Carlos Fuentes, y recibió la presea homónima, en la Feria del Libro de Guadalajara 2019. Se refiere a la realidad de la lectura en el mundo contemporáneo, a las derrotas y a las luchas esperanzadoras que nos embargan: entre ellas el feminismo de la quinta ola.

Muchas gracias. mi querida y admirada Rosa Beltrán por tus lúcidas, generosas palabras.

Y quiero agradecer, ¡y celebrar! a Marisol Schulz y a Laura Niembro, dos mujeres maravilla que año tras año logran el milagro de dar vida a esta creciente aventura del saber, a Raúl Padilla sin el cual no habría FIL Guadalajara, a Silvia Lemus, brillante alma del Salón Literario, a Gonzalo Celorio por el recuerdo de los encuentros en esta misma feriea sobre “El placer de la lengua”, y a la memoria de dos grandes amigos: Javier Wimer que me abrió las puertas de México y Roque González Salazar que en la embajada en la Argentina.

Abrió las puertas a tantos asilados durante los años de plomo.

Rosa Beltrán presenta a Luisa Valenzuela en la Apertura del Salón Literario y entrega de la medalla Carlos Fuentes en la Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, Domingo 01 de Diciembre del 2019. (© FIL/Pedro Andres)

Por todo esto, además de la gran responsabilidad, es para mí un orgullo y una sincera alegría hablar hoy en la Inauguración del Salón Literario. Carlos Fuentes, nada menos. Carlos Fuentes, genio múltiple, imperecedero. ¿Qué mejor guia par este recorrido que emprenderemos hoy?

“Las letras, verdadero espacio de libertad" es el es el título que escogí para esta exposición. Las letras, lo leído y también lo escrito. Lectura y escritura… caminos paralelos que se cruzan y se complementan. Toda escritura, quizá sobre todo la de ficción, es una forma de lectura de la realidad, desde los muy diversos ángulos, con miradas al bies o ejerciendo el pensamiento lateral en el cruce entre lo fáctico y lo narrativo. Cada obra literaria es una apertura al mundo y, sin ofrecernos soluciones predigeridas, nos brinda herramientas para encontrar respuestas por cuenta propia en un viaje exultante.

Un libro nos acompaña sin melindres (recordemos el número 7 de los Derechos del Lector según Daniel Pennac, que nos otorga “El derecho a leer en cualquier sitio").

Me inclino por el libro impreso, verdadero amigo. Al leerlo ejerzo mi libertad sin depender de nadie, ni de wifi. Aun con corte de luz basta una vela, un fueguito, el sol. Batería recargable desde lo espiritual.

Y aquí estamos en compañía los libros, en un magno festejo. Toda feria que los honra es una instancia mágica. Más aún tratándose de una feria de estas dimensiones, la mayor de todo el continente americano si no me equivoco, una feria internacional que figura entre las más importantes del mundo.

La FIL Guadalajara, más allá de sus apoteóticas dimensiones (y a pesar de ellas), es sin lugar a dudas la feria más festiva del mundo. No es una apreciación superficial y sin sustancia. Todo lo contrario. Lo festivo puede muy bien pertenecer al orden de lo sagrado.

Recuerdo la dicha de cierta edición temprana de la FIL, cuando escritoras y escritores de todas las Américas llegamos a Guadalajara desde la Ciudad de México en tren después de un encuentro en el Palacio de Minería. Era un tren antiguo, con compartimientos individuales, imperial y decrépito. Al culminar aquella alegre noche de viaje fuimos recibidos al mejor estilo Jalisco, con mariachis y un desayuno pantagruélico que quedó en nuestra memoria como uno de los hitos de la celebración de las letras.

Años después invoqué este recuerdo con Dante Medina, gestor del inolvidable recibimiento, para enterarme de que había sido una improvisación de último minuto: las habitaciones del hotel aún no estaban prontas para recibir a los recién llegados.

Es tal cual el mundo al que ingresamos al abordar el tren de la lectura: un mundo hecho de imaginación, improvisaciones y sorpresas, poesía y desconciertos. Así, aquel inolvidable y ya desaparecido tren nocturno ha ingresado, como tantos otros, en el reino de la metáfora.

Hoy vivimos en un mundo en movimiento constante, arrollador. Sin embargo detenerse a leer, sumergirse en un libro, no significa perder la marcha sino acercamos a una comprensión de aquello que de otra forma arrasaría con nosotros.

Leer no es apearse del “tren” en plena carrera, se trata más bien de avanzar por otros rieles. Crear carriles nuevos.

Instancias que nos invitan a reflexionar, a sopesar opciones y no dejarnos arrastrar por la nefasta corriente, fascinante y despiadada, que nos impone la era tecnológica. Pensamos queremos que nuestra rebeldía esté bien direccionada.

Hoy hemos alcanzado una época por demás fuenteana. “¿Cuánto faltará para que llegue el presente?”, pregunta Jerónimo de Aguilar en “Las dos orillas”, cuento insignia de ese memorable libro titulado El Naranjo.

Carlos Fuentes, su autor, no escatimó respuestas al respecto; no en vano englobó el vasto conjunto de su obra bajo la denominación La edad el tiempo. Queda latente la pregunta, “¿Cuánto faltará para que llegue el presente?”. La respuesta, hoy, es estremecedora.

Con la posmodernidad en pleno ejercicio, con la proliferación de la posverdad, falsas noticias y el lawfare, llegó un presente que pretendió eternizarse. Fue el llamado Fin de la historia, un aquí y ahora de la gratificación inmediata sin empatía o solidaridad alguna.

Clic, me gusta. Y desatentas a la realidad ya replicamos par el inconmensurable ciberespacio aquello que nos resulta cómodo, vagamente gratificante, tranquilizador. Sin medir las consecuencias

Las noticias falsas llegan a nuestras pantallas con una terminología que apela directamente a nuestros más profundos sentimientos. Cortesía de Cambridge Analytica, como es sabido, que robando nuestra información en las redes se valía de complejos algoritmos para descifrar nuestra personalidad. Fue, es, la denominada Guerra de Cuarta generación.

Complejos algoritmos ofician la alquimia de acciones psicológicas de propaganda, captando la información que colgamos en las redes, y produciendo la droga verbal que los bots y los trolls nos harán llegar por el ciberespacio para llevaros a un convencimiento espurio valiéndose de nuestras emociones.

¡Hay que estar muy alertas! Marina Garcés, la joven filósofa catalana. nos invita a asumir una actitud siempre crítica contra la “credulidad de estos tiempos y sus formas de opresión”.

Démosle libre curso a nuestra capacidad indagatoria, nuestra curiosidad, nuestro espíritu de rebeldía para enfrentarnos a las fuerzas reaccionarias y dogmáticas que pretenden regir nuestro mundo. Que pretenden imponer, y en buena medida imponen, la globalización asimétrica en la que estamos inmersas. Estas “nuevas credulidades” que llegan al extremo de cambiar gobiernos convenciendo a los votantes.

Hoy es sabido que de esta forma obtuvieron su triunfo Trump, Macri en mi país, Bolsonaro en Brasil. Manipulaciones de la ideología (suponiendo que éste sea el término) que no siempre resultan pacíficas. Basta mirar a nuestra pobre América del Sur tan convulsionada hoy en día. El nefasto tecno-neoliberalismo no se rinde.

La literatura de ciencia ficción, como toda literatura que se precie, nos alertó al respecto. Siempre lo hace, sólo que en general lo comprendemos en retrospectivas.

Guerra literaria a los algoritmos por lo tanto. Propuse en otra instancia a todos los escritores que están presentes escribir una novela al estilo de la brillante obra del checo Karel Çapek, La guerra de las salamandras. Las salamandras eran dulce animalitos extremadamente inteligentes que la humanidad empezó a adoptar, primero como mascotas, después como sirvientes para todo trabajo.

Y las salamandras aprendieron, aprendieron, y crecieron en inteligencia hasta que un buen día dominaron a la humanidad en pleno.

¿Les suena?

Ahora los poderes de turno hasta han pergeñado un súper algoritmo que enseña a los algoritmos menores a realizar mejor y más a fondo su trabajo.

Por algo en Chile, donde la lucha —a la inversa de Bolivia— se ha entablado contra el poder hegemónico y la represión, al igual que en Bolivia, es rampante apareció el siguiente grafito: Más ritmo y menos algoritmo.

Porque el ritmo nos lleva a la escritura. o nos sumerge en la lectura, como en un baile. Y ya entregadas al ritmo seguimos escribiendo, o seguimos leyendo, abstraídas del mundo. Y a la vez con una profunda compenetración: aguzando las antenas. O el radar, como quería Julio Cortázar.

Bien lo aclara Rosario Castellanos en su novela Rito de iniciación, por boca de su personaje el poeta Manuel Solís: “[se trata de] el secreto que yo no poseo aún pero ya me posee y que irá manifestándose poco a poco a través de las palabras, de los párrafos de las paginas con los que se digan mis historias”.

Quien escribe, en ese baile mental que hace a la creación poética, capta sin comprenderlo del todo —o para nada— aquello que vibra en el aire esperando su momento para manifestarse. Le corresponde a quien lo lee descifrar en las diversas instancias lo allí encriptado. Una forma de espeleología de sillón, por demás estimulante. Y renovable. Y variada.

No me mueve a escribir novelas o cuentos la necesidad de contar historias, ni un afán de catarsis o de expiación. Es apenas un loco intento de ir en busca de aquello que sabemos perdido de antemano. Lo que no puede ser dicho pero que empujará los límites de lo decible.

Es así el fervor que nos agudiza las antenas, que imanta nuestro entorno y pone a nuestro alcance la información o el dato o la sorpresa que nos irá conduciendo en una exploración del sentido.

La felicidad del libro, de la lectura, es el hallazgo del propio camino.

Cabe recordar medulares palabras de Carlos Fuentes referidas a la novela en general: “El futuro no es el porvenir, el pasado no es lo que ya sucedió. Hay un presente que encara a ambos, pero en una paradoja que le da futuridad al pasado y memoria al porvenir”.

Atenta a dicha “futuridad”, temo que por fin, en la vida real y mal que nos pese, ya ha comenzado el futuro. Y nos resulta inasible.

A lo largo de décadas se ha hablado de un cambio de paradigma. Parecería que en estos momentos estamos viviendo tal cambio, entre fascinante y aterrador, que implica salirse de este statu quo, del aquí y ahora. Del “lo quiero ya".

Para evitar estancarnos tenemos paliativos, o más bien herramientas para impulsarnos adelante: Los libros, la literatura, las letras. El Arte en general.

Y sin rechazar los kindle y sus parientes de este nuevo mundo (recodemos la novela Bravo nuevo mundo de Aldous Huxley, que ya en 1932, nos estaba alertando) recurrimos al libro impreso como una tabla de salvación (no una tablet).

No hay más propio, más privado en materia de letras, que el viejo y querido libro. Lo acariciamos, lo olfateamos, lo marcamos, subrayamos y nadie, a menos que lo prestemos, se entera de nuestras preferencias.

En los libros nos esperan las utopías, los sueños concretados y los que vendrán, aquello que descubrimos que sabíamos aun si saberlo, hasta ciertas respuestas absolutamente individuales.

Luisa Valenzuela en la FIL de Guadalajara, domingo 1.º de diciembre de 2019. (©FIL/Pedro Andrés)

Una novela, una serie de cuentos o poemas, nos abren a los mundos más diversos, permitiéndonos obviar obcecadas certidumbres, la falsa seguridad de fundamentalistas y amantes del autoritarismo. Porque ¡ojo! No estamos peleando contra molinos de viento. No. Estos son verdaderos gigantes internacionales, omnipotentes, que hacen lo imposible por llevarnos a la ruina porque eso significa la fortuna de ellos.

¡Salgamos a la lucha no sanguinaria con lo que aquí mismo tenemos a mano!

El poder de la lectura nos enseña a enfrentarnos al poder.

La vigencia de toda gran obra es actual. Nuestra captación de los matices la revitaliza a cada paso, revitalizándonos a su vez, despertándonos del letargo. Bien lo aclaró nuestro guía, el gran Carlos Fuentes, y fue más allá: “Cuando Pierre Ménard, en una famosa historia de Borges, decide escribir Don Quijote, nos está diciendo que en literatura la obra que estamos leyendo se convierte en nuestra propia creación”.

Acceder a una magna feria del libro como es ésta equivale a tener al alcance el Libro de arena de Borges. “El libro imposible”, según definición del protagonista del cuento, que añade “Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin”.

En la bella Guadalajara el concepto no resulta monstruoso ni pesadillesco como lo es en el cuento de Borges. Porque el infinito sólo queda eternamente postergado si tenemos la dicha de que se sigan imprimiendo más y más libros a lo largo de los siglos.

De todas maneras, a unos metros de distancia de este salón, la oferta parece infinita, enorme, inabordable. Y eso es lo exultante. Y nos llena de entusiasmo.

Lo que nos enriquece es el placer del conocimiento, de la indagación que nos llevará lejos, mucho más lejos de lo que podemos prever.

“No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres”, dijo Carlos Fuentes en una entrevista y hoy más que nunca, en estos tiempos amenazado y convulsos, conviene recordar siempre las palabras de su credo: “.… entre la vida y la muerte, entre la belleza y el horror del mundo, la búsqueda de la libertad nos hace, en toda circunstancia, libres”.

Y dicha búsqueda la iremos haciendo en los libros.

Así, en otro capitulo de esa biblia fuenteana que es En esto creo, leemos “que un libro nos enseña lo que le falta a la pura información: un libro nos enseña a extender simultáneamente el entendimiento de nuestra propia persona, el entendimiento del mundo objetivo fuera de nosotros, y el entendimiento del mundo social donde se reúnen la ciudad —la polis— y el ser humano la persona”.

No hay duda de que el maestro se refiere, en primera instancia, a la alta literatura. La que no intenta imponer creencias sino abrir el juego. Intelectuales son quienes ponen un signo de pregunta ante las certidumbres de los poderosos, ya lo dijo Chéjov.

En 1983, nos invitaron, a Carlos Fuentes y a mí, a leer en una importante sala de Nueva York. El formato siempre era el mismo: un escritor o escritora leía en primera instancia, la segunda parte la ocupaba la figura central. Pero Fuentes, siempre generoso, propuse que de entrada hiciéramos un diálogo Norte-Sur, y para comenzarlo, él planteó: “El Norte no es lejano, es sólo vacuo y perdido. Los Aztecas lo imaginaban como un infierno blanco. Pera el Sur es profundo. No se va hacia él, sino dentro de él. El Sur es una herida que no cicatriza”.

La herida del Sur, el Sur de América, está nuevamente abierta en estos momentos dolorosos, pero no voy entrar en aciagos temas políticos, de represiones y actitudes dictatoriales.

Aquí y ahora elijo centrarme, porque la FIL es una fiesta, ya lo dije, en aquello que cauteriza la herida de mi Sur y abre nuevos horizontes. Porque el cambio de paradigma, de modelo, es real. Estamos con un pie en otra era y esta nueva era, en toda su convulsión, nos trae también vientos de esperanza.

¡Cuánta razón tenía Julia Kristeva tres décadas atrás cuando afirmó que el siglo XXI seria femenino o no sería!

La quinta ola del feminismo arrasa como un tsunami. Las mujeres en masa salen a las calles a reclamar por sus derechos en forma pacífica pero contundente, al punto que el cuestionado presidente de Chile las considera un peligro y la policía y los carabineros las reprimen con saña. “Hay un violador en tu camino” es la canción-performance protesta que hoy ellas interpretan en masa y que se ha ido replicando en muchas ciudades del mundo: “El patriarcado es un juez/ que nos juzga por nacer/ y nuestro castigo es/ la violencia que no ves” reza una estrofa.

Imparable es la fuerza que van cobrando las mujeres, junto con la aceptación de las diversidades.

Alentemos la irreverencia y la trasgresión. La literatura nos lo ha enseñado siempre, desde uno u otro lugar. Ha llegado el momento de asumirlo plenamente en nuestra habla cotidiana. Reconocer y aceptar las diferencias, irles dando nombres que se irán ajustando, precisando, como una forma más de ingresar a un futuro transformativo, enriquecedor.

Y este año, tan cargado de transformaciones, le toca a la India ser el país invitado, con sus grandes escritores y escritoras de ayer y de hoy, y su multiplicidad de dioses con sus diversos avatares. Así, la aterradora Kali, diosa de la destrucción y la transformación, resume todo el espectro del poder de la mujer. Y deviene sanadora y propicia en tanto Durga, la invencible, y encarna —en tanto Shakti, la esplendorosa— la energía femenina de todo lo viviente.

Y atendiendo a dichos avatares, las palabras también gozan y exigen transformaciones.

Razón por la cual, por más incómodo que nos resulte (por el momento) brego por el uso del lenguaje inclusivo.

El lenguaje es político, bien sabemos, y los posibles cambios al respecto van más allá de una mera formalidad, cuestionan directamente el hoy llamado sexismo lingüístico.

En español vamos aceptando, no sin reticencias, el uso de la E como vocal neutra, frente a las muy sexualmente cargadas A y O, si bien en lo posible conviene buscar los caminos menos ríspidos para limarle al habla cotidiana su duro estigma patriarcal.

Interesante ejercicio es el de la busca de sinónimos, y el retorno al molesto leísmo hispánico. Le en lugar de lo o la. Un ejemplo bien argentino sería, mal que le pese a los milongueros, cambiar la letra del tango:

“La vi pasar tangueando altanera”.

Por:

“Le vi pasar, tangueando con altanería”.

Santiago Kalinowski, director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras, afirma:

Cada vez que se usa el masculino genérico, se vuelve un refuerzo de esa configuración histórica de la especie humana (el hombre que se asignó el centro del universo). Si yo me quiero parar frente a una sociedad injusta, nada tiene más sentido que intervenir ese refuerzo, como una herramienta para crear conciencia sobre un problema, crear un consenso y modificar la injusticia.

Dedicado a Rosa Beltrán voy a leer un pequeño relato mío:

Des/equilibrios
El hombre mono / El hombre lobo / El homo erectus / El homo sapiens / El hombre ilustrado / El hombre invisible / El hombre biónico / El superhombre /El Ecce Homo
La mujer sin cabeza

Ya no será más así. Contra viento y marea, este nuevo paradigma trae también aires de diversidad.
En estos tiempos mutantes y acelerados, géneros literarios y géneros sexuales se confunden o imbrican. El lenguaje va señalando el camino.

Cuando las letras danzan y se combinan y los vocablos van armando las historias, son infinitas las posibilidades que pueden brindarnos y es sublime su poesía. Una verdadera caja de sorpresas.

Letras, palabras, mundos que se van recombinando y variando para abrimos la mirada hacia otras realidades.

“Necesitamos ficciones que alojen lo heterogéneo, lo vulnerable, lo precario. Ficciones capaces de expandir lo posible, de acoger lo extraño, de avivar las llamas. Ficciones que agiten los cuerpos, que hagan sudar las caderas, y qué también custodien la pereza, la calma y el silencio”, reclaman les integrantes de Sudor Marika, un conjunto de cumbia villera que está haciendo furor (furor combativo) en el sur de sures.

Se nos mueve el piso, se mueve todo. Más allá de la gramática, nos conmueven las identidades en movimiento. Así, Marlene Wyar, psicóloga social y directora del primer periódico travesti de la Argentina, habla de la identidad como una construcción permanente y del resentimiento como potencia creativa. “Nos estamos construyendo —dice Marlene— cada día estoy siendo la mejor versión de mi misma. Soy un gerundio: no sé qué soy, sí que estoy siendo travesti”.

Y en este devenir, en este “estar siendo”, fue que escribió su libro Travesti, una teoría lo suficientemente buena, donde reconoce que “tiene que ser una teoría que no baje de ningún territorio iluminado sino que se construya en diálogo”.

Diálogo es la clave.

Y poner el cuerpo, escribir con el cuerpo.

Leer con el cuerpo.

Pienso en los o las (dirán les) muxes zapotecas de Juchitán. Es sabido que en la región de Istmo de Tehuantepec, hay tres géneros que conviven alegremente: hombres, mujeres y muxes, una tercera clasificación reconocida y celebrada desde la época prehispánica.

Lukas Avedaño, eerformer y antropólogo (¿antropólogue?) aclara que en su idioma zapoteco, “como en inglés, no hay géneros gramaticales. Solo hay una forma para todas las personas y los muxes nunca se han visto obligados a preguntarse: ¿son más hombres o más mujeres?”.

“¿Entonces, como llamarte?”, le preguntaron.

“Entonces, llámame cariño”, respondió.

Qué fuerza, qué extraordinaria perseverancia han ido recuperando nuestros pueblos originarios. Siempre me conmovió, en México, la riqueza y vigencia de las culturas ancestrales. Hoy más que nunca se las percibe vivas, actuantes, defendiendo siempre sus plurales voces.

El idioma español nos permite la ágil comunicación de norte a sur, de esto a oeste de Nuestra América, como supo llamarla José Martí. Agradecemos esta lengua franca con la que hoy nos comunicamos, aportando sus sabores y matices regionales, pero lamentamos —al menos yo lamento— la pérdida de una cosmovisión unificadora y amorosa con la madre tierra y todos los elementos, cosmovisión que en buena medida fue arrasada con la cruz y la espada. “Los españoles matamos algo más que el poder indio: matamos la magia que lo rodeaba” dijo Fuentes por boca de Jerónimo de Aguilar. Y en otra instancia entendió  que “La tierra y la palabra. Esto nos sostiene".

Una palabra que, por fortuna, se está haciendo oír cada vez con mayor intensidad. Las mujeres de los territorios ancestrales de Bolivia, mujeres poderosas del arcoiris según propia definición, ponen el cuerpo en defensa de quien consideran su líder natural, y alzan la voz y proclaman su “palabra florida”, su “sentipensar”. Porque así de complejas, sutiles y poéticas son sus lenguas de origen. Y estas mismas mujeres proclaman: “Hemos construido no sólo retóricas, sino resistencias, re-existencias…”.

La cultura milenaria y la actual se dan la mano en estos nuevos tiempos porque, como bien lo supo el interlocutor de Federico en su balcón, “Todos sus tiempos son uno, el pasado es ahorita, y el futuro ahorita, el presente ahorita. Ni nostalgia, ni desidia, ni ilusión, ni fatalidad”.

Por eso AHORITA mismo vamos a disfrutar de la feria y de su prolífico y magnánimo salón literario. Con ánimo de aventura vemos con ojos ávidos para esculcar los libros y con oídos atentos porque la oferta oral y hasta la musical es también inabarcable.

Muchas gracias, entonces, ¡y felices encuentros!

 

Luisa Valenzuela
Escritora. Autora de: El chiste de Dios y otros cuentos, Cuidado con el tigre y La travesía, entre muchos más.