El escritor franco-libanés Amin Maalouf es uno de los invitados estelares de la FIL de Guadalajara. Con motivo de su primera visita a México y del inicio fuerte de la difusión de su obra en nuestro país, conversamos con él sobre su libro más reciente, sobre el rumbo de la humanidad, la dificultad de la convivencia y los peligros de las identidades tribales y violentas que nos acechan.

Cuando encontré entre las novedades El naufragio de las civilizaciones (Alianza, 2019) de Amin Maalouf (Beirut, 1949) fue difícil no ser refractario. No pude evitar ciertos reparos: ¿cómo se sostendrá un libro así? ¿logrará ahuyentar la exageración, el pesimismo, la tentación apocalíptica, el análisis generalizado que ahoga a conveniencia los matices? Y peor aún: ¿por qué seguir empleando el término “civilización” que ha perdido firmeza y ganado vacuidad?

Mi sorpresa fue grata, y eso sucede en general con los ensayos de Amin Maalouf. En lugar de un quejumbroso inventario del desastre encontré una lúcida exposición de acontecimientos, un panorama preciso de la historia mundial de los últimos cuarenta años y, sobre todo, un abanico de anécdotas de primera mano. Como cuando a Maalouf, periodista y reportero internacional desde muy joven, lo invitan a subirse a un avión que volará de París a Teherán. Es enero de 1979. En ese avión de gran capacidad viaja Jomeini, que había tenido asilo político en Francia. Maalouf asiste ya en Teherán a una extraña ceremonia el 4 de febrero: sobre el escenario de un cine pequeño el Ayatolá repantigado en un gran sillón anuncia la fundación de la República Islámica. “Existía un contraste sobrecogedor —escribe Maalouf— entre la magnitud del acontecimiento histórico que estaba ocurriendo ante nuestra vista y la vulgaridad del lugar que hacía las veces de decorado. Acababan de abolir un Estado milenario en presencia nuestra, el mundo musulmán estaba pasando por un trastorno capital que iba a tener consecuencias en todo el planeta. Y, sin embargo, el local parecía municipal, y la ceremonia, escolar; hubiérase dicho un ritual de fin de curso, la entrega de un diploma al alumno más aplicado”.

Diagnóstico geopolítico, balance sosegado con un sentido positivo y pedagógico de la pausa —a contracorriente de las somníferas mañaneras—, ensayo personal y autobiográfico, El naufragio de las civilizaciones es una pieza ejemplar de lo que en muchas aulas llaman “Historia inmediata”. Novelista traducido a varias decenas de lenguas, conocido sobre todo por sus bestsellers León el Africano y Samarcanda, Maalouf ha trazado en sus ensayos las coordenadas del extravío del mundo contemporáneo tras la caída del muro.

Amin Maalouf a su llegada a la ciudad de México, noviembre de 2019. Fotografía de: Norma Bautista

Álvaro Ruiz Rodilla: Este nuevo libro retoma y desarrolla un hilo de ideas que ya aparecen en sus ensayos anteriores: El desajuste del mundo (2009) e Identidades asesinas (1998). ¿Qué ha cambiado y evolucionado en sus ideas en estos últimos veinte años?

Amin Maalouf: Efectivamente hay un vínculo muy fuerte entre estos tres libros: la misma reflexión se prolonga en el tiempo. La característica principal de El naufragio… en relación a los anteriores es que en los primeros había inquietudes en aumento, pero ahora hay certezas preocupantes, confirmaciones. El desenfreno identitario no se ha detenido, continúa, se agrava, se expande por el mundo. Así que trato de volver algunas décadas hacia atrás para entender cómo llegamos hasta aquí.

En Identidades asesinas me preocupaba precisamente el desenfreno de las identidades. Ese libro se publicó en el 98 y tres años después ocurrieron los atentados del World Trade Center y así surgió un camino más concreto. Es decir, ya no hacía falta explicar —como sí tuve que hacerlo en el 98— cuáles eran los riesgos de la violencia identitaria. Entre todos los acontecimientos importantes, no había habido uno tan central hasta entonces como el del 2001, un evento que impusiera así la violencia identitaria en el mundo entero.

ARR: Y profundizó en esas observaciones con El desajuste del mundo casi diez años después.

AM: Con El desajuste… me preocupaba la manera en que se manejó el final de la guerra fría y el hecho de que no nos dirigíamos hacia un nuevo orden mundial equilibrado capaz, de reorientar el curso del mundo. Me acuerdo que cuando lo estaba terminando se acababa la era Bush y comenzaba la de Obama. En ese momento había una interrogación: la nueva era surgía con un personaje distinto que tenía, al menos cuando llegó al poder, cierta autoridad moral.

Pero el acontecimiento central en El desajuste… es la caída del muro. Me impactaba el hecho de que los Estados Unidos, que se convirtieron en ese momento en la primera súper potencia y en prácticamente la única, tenían la posibilidad de ejercer su autoridad —en ese libro me refiero a ella como “parental”— de manera equilibrada, considerando su estatus moral en el mundo. Pero vimos poco a poco el desmoronamiento de ese estatus.

Hubo algunos episodios, con Bush padre, en los que los estadunidenses tomaban decisiones en nombre de la comunidad internacional y con el apoyo de la mayoría de los países. Pero en un momento dado, ya con Clinton, ocurrió el episodio de Kosovo en el que la comunidad internacional no estaba lista para entrar. Bush dijo “no es grave, lo haremos a través de la OTAN”. De modo que pasamos de la comunidad internacional —representada por los Estados Unidos— a una alianza militar que solo era una parte de las Naciones Unidas. Unos años después, con la intervencion de Irak, la OTAN no quiso comprometerse, así que los estadunidenses dijeron “bueno ahora lo haremos sin la OTAN”. Formaron lo que se llamó “the Coalition of the willing”. En vez de evolucionar hacia una postura de liderazgo de todas las potencias, los estadunidenses empezaron a tomar decisiones solos, sin consideración alguna por sus antiguos aliados.

Y hoy en día el presidente dice: “no tenemos aliados”; de hecho, él no piensa en términos de “aliados”; ya ni Europa lo es, es solo un rival comercial. La idea misma de que un país pueda ser el garante de un orden mundial o de valores mundiales ha desaparecido por completo.

ARR: Otra diferencia notable con los ensayos anteriores es que El naufragio… es profundamente autobiográfico. ¿Hubo alguna necesidad personal para optar por ese tono más personal, esa proximidad con los lectores?

AM: Mi motivación profunda es estar convencido de que vivimos un periodo en el que el mundo de ayer está agonizando y no podemos ver más que de manera muy borrosa lo que va a ser el mundo de mañana. El mundo al que estábamos acostumbrados, con sus virtudes y sus defectos, con sus horrores y sus maravillas, está desapareciendo.

El momento actual me impuso hacer un balance. Y si debía hacer un balance honesto, no podía hacerlo como si estuviera por encima de la realidad, observando desde una estrella distante; debía contar cómo se había constituido mi mirada sobre el mundo. Esa mirada se formó al principio en las sociedades en las que viví —en Líbano, en Egipto— y, poco a poco, con el tiempo, con la edad, con las lecturas y los viajes pude ampliar mi visión del mundo. Por eso, en la segunda parte del libro puedo extraerme un poco de mi propia vida para observar con más perspectiva.

ARR: Usted menciona, al principio de El naufragio…, la “desaparición del espíritu del Levante”, esa región que fue la cuna de la civlización. ¿Qué define hoy la idea de civilización, qué queda de ella en mitad de este naufragio?

AM: Creo que la idea de civilización necesita ser revisitada. ¿Hay en verdad una civilización humana? ¿Las cosas que nos separan importan más que las que nos unen? Son preguntas que debemos hacernos, porque la discrepancia actual más importante se da entre los que consideran que la humanidad es una y tiene la vocación de compartir los mismos valores —a pesar de las diferencias de cultura, de etnia, de país, pero con un destino común— y aquellos que consideran que en realidad —no de forma explícita sino incluso implícita— hay humanidades distintas, que cada cual debe vivir a su manera, que no hay que intentar extender la visión de nuestra humanidad sobre los demás.

Así que vamos a la deriva. Una de las características del periodo que atravesamos, y una de las más inquietantes, es que la noción misma de universalidad, la noción misma de humanidad con un destino común, está debilitándose.

ARR: ¿No cree que la idea de civilización es polémica? Se ha empleado como argumento para construir una “barbarie”, una otredad que dominar y conquistar.

AM: La noción de civilización no es fácil de explicar. Uno puede perderse indefinidamente en las definiciones. Yo la planteo en este sentido: durante todo el siglo XX evocamos el clash, el enfrentamiento, de las civilizaciones, y la idea de que el mundo se está dividiendo en áreas de civlización que van a enfrentarse unas a otras. El título de mi libro es una respuesta a eso: no se trata de un clash de civilizaciones; son todas nuestras civilizaciones las que están naufragando juntas.

ARR: El naufragio que usted describe parece corresponder al fracaso del Estado-nación como modelo de organización política y social. ¿Su diagnóstico no implicaría superar ese modelo, que no ha sabido contener la violencia de las “identidades asesinas”?

AM: Puede ser. Pero no estoy seguro de que la interrogación sobre el Estado-nación esté ligada al momento presente. Es una interrogación que lleva varias décadas entre nosotros y se quedará todavía bastante tiempo. Hay casos, efectivamente, en los que tenemos la impresión de que el Estado-nación no cumple con su papel. Pero tampoco encontramos soluciones de reemplazo.

A veces pienso que los grandes conjuntos que agruparon a pueblos tan disímiles han ofrecido soluciones interesantes a través de la historia. Pienso mucho, por ejemplo, en el Imperio austro-húngaro, que tal vez pudo tener algo interesante. Y el modelo de la construcción europea sigue siendo atractivo: es decir, el modelo de un conjunto de naciones que se reagrupan en una entidad política común. En mi opinión sería ciertamente un progreso que ese tipo de organizaciones reemplazaran a los Estados-naciones, en vez de que entidades aún más pequeñas sigan dinamitando el Estado-nación.

Pero incluso si esta solución me atrae, también plantea muchos problemas. La construcción europea pasa por un periodo difícil.

ARR: Su observación es que “las recetas tradicionales de las naciones con que se han creado las naciones durante el paso de los siglos no sirven ya para gran cosa en nuestros días”. ¿A qué se refería con estas “recetas tradicionales”?

AM: Lo que quería decir es que reagrupar gente dentro de un país únicamente porque pertenecen a la misma religión es una buena idea falsa. Tomo un ejemplo que para mí es muy evidente y que lo demuestra de manera muy clara: el de la India y Paquistán. Se pensó que la solución adecuada ante las tensiones entre hindús y musulmanes era separarlos en dos Estados, salvo que la idea de un Estado nuevo fundado únicamente sobre las bases de la religión mostró muy rápidamente sus límites. La tensión entre las distintas etnias, que tenían la misma religión, sí, pero no la misma lengua ni la misma historia, condujo al estallido de Pakistán: los bengalíes crearon su propio Estado en Bangladesh. Y dentro de Pakistán surgieron otras tensiones; podría haber tensiones así al infinito. Es decir, cada vez que se busca imponer la homogeneidad a una población, siempre habrá un pequeño grupo de inconformes diciendo: “yo soy diferente”. El día en que tengamos incluso entidades microscópicas habrá todavía gente pensando en sus diferencias. Y la solución no es buscar mayor homogeneidad, porque esa es una falsa virtud. No aporta nada. Ni siquiera conduce a más tolerancia, sino todo lo contrario. La solución no es ir hacia Estados monocromáticos, monoreligiosos, monoétnicos, monolingüísticos, sino hacia conjuntos que pongan a convivir en armonía a gente distinta, con lenguas y creencias diferentes. Por eso el ejemplo de la Unión Europea prefigura lo que debería ser el porvenir.

ARR: Y en esa ecuación, ¿dónde colocaría a los Estados que se han declarado multiculturales?

AM: El hecho de declararse multicultural ya es una forma de introducir diferencias entre los ciudadanos. Esas diferencias existen, claro, pero hay que saber qué estatuto se les quiere dar. En mi opinión, hay una evolución inquietante cuando la gente se siente obligada a afirmar su pertenencia étnica, y casi la empujan a afirmarla. Para mí eso es bastante bárbaro.

El objetivo es que cualquier persona, dentro de una sociedad, pueda vivir sin discriminación de ningún tipo y sin tener que mostrar una pertenencia a un grupo particular. Los ciudadanos, cualquiera que sea su color, su sexo, sus orientaciones, etcétera, deben saber que son ciudadanos en toda regla. Pero no hay que empujarlos a afirmar sus pertenencias comunitarias.

Cuando dicen que hay que afirmar la pertenencia comunitaria siempre tengo reservas. Tal vez porque vengo de un país en el que esas afirmaciones fueron una llaga desde la fundación del país. El reconocimiento de todos los ciudadanos por igual, con plenos derechos y sin ningún tipo de discriminación, es lo que permite el florecimiento de culturas y lenguas distintas. Y para mí ése es el objetivo, no el de dividirnos en comunidades.

ARR: Me llamó mucho la atención esta idea en El naufragio…: a partir de un comentario deWilliam James a sus estudiantes a propósito de encontrar “un equivalente ético de la guerra” —puesto que los periodos de guerra movilizan las mejores energías y sentimientos de una sociedad (solidaridad, unión, fraternidad, etcétera)— usted se pregunta si no habría que encontrar un “equivalente ético del internacionalismo proletario”, pero sin sus facetas monstruosas. ¿Cómo imaginar ese tipo de equivalencias?

AM: Creo que sí necesitamos un equivalente moral del internacionalismo, que no tendrá la forma histórica que tuvo, ni la forma teórica que pensó Marx. Pero la idea de decir “obreros de todo el mundo, únanse” es muy amplia. Equivaldría hoy a decir “ciudadanos de todos los países, consideren que sus combates son los mismos, que su patria de base que es nuestro planeta es la misma”. Esa idea de pertenencia a una nación humana debe volver a aparecer. Y si vuelve a aparecer no será como variante del marxismo. Hay que inventar algo distinto, sin devolverle vida a una experiencia que tuvo su oportunidad y no logró triunfar. Hay que imaginar algo nuevo: necesitamos hacerlo.

Te decía que el mundo de ayer está agonizando y que del mundo de mañana sólo adivinamos algunos vagos trazos: en esa perspectiva sí hay que imaginar una forma nueva de universalidad, una nueva forma de internacionalismo, une nueva concepción de la identidad, una nueva concepción de lo que significa pertenecer a un país. Nos toca construir el porvernir con lucidez. Por eso nuestra época es tan fascinante como inquietante; se está forjando un mundo radicalmente distinto al que conocimos durante siglos.

ARR: ¿Tal vez la ecología podría ser una de esas soluciones, un reemplazo moral, una nueva universalidad?

AM: Creo que uno de los elementos que demuestran con cabal claridad la unidad del destino humano es el estado del planeta y la cuestión del clima. Para construir una nueva solidaridad planetaria esa cuestión va a ser central. La perspectiva de lo que puede ser el mundo de mañana —en la que pienso todo el tiempo— va por ese rumbo y en este libro hay algunas pistas, pero creo que será el objeto del próximo libro.

ARR: El año pasado se celebró medio siglo de un acontecimiento mayor, una suerte de revolución simbólica planetaria: el 68. Usted cambia de ruta y reorienta la reflexión al año 1979, que define como “el gran vuelco”. ¿Cómo llegó a esa idea?

AM: Hay seguramente decenas de acontecimientos recientes que cambiaron el mundo de manera significativa. Pero si tuviera que escoger el momento en que las cosas dieron un vuelco en verdad irreversible, el que explica mejor las características de la época actual, ese momento es cuando, de pronto, el conservadurismo se proclamó revolucionario. Y todo ocurrió con tanta simultaneidad a pesar de las particularidades regionales: está la revolución iraní, liderada por un clérigo, un jefe religioso entrado en años que proclama una revolución islámica, conservadora en lo social pero revolucionaria y militante en lo político; tres meses después, en mayo del 79, tenemos la llegada de Thatcher al poder, quien anuncia claramente la revolución conservadora, una revolución que se prolonga hasta Estados Unidos con Reagan al año siguiente, y que va a crear una forma nueva de concebir el rol del Estado en la sociedad.

Esa nueva aproximación rompe con todo lo que se había hecho desde el New Deal de Roosevelt y sigue siendo la norma en la mayoría de las sociedades. Esa nueva aproximación también es una de las razones por las cuales hoy presenciamos tantos movimientos de poblaciones que se sienten abandonadas, marginadas.

Y hay otros acontecimientos que van en la misma dirección: está el auge de un militantismo extremadamente violento y reaccionario en países como Arabia Saudita o Afganistán, cuya guerra comienza precisamente en el 79; se viven también ataques en La Meca, en un lugar santo, intocable, en esos meses.

Y hay eventos ligeramente anteriores con una impronta similar: en diciembre del 78, Deng Xiao Ping llega al poder e inaugura otra revolución que rompe por completo con la revolución maoísta y su objetivo —no está declarado así, pero va en ese sentido— es una revolución conservadora fundada en el desarrollo económico y en la adopción de reglas del mundo capitalista. Por otro lado, en octubre del 78 la llegada de un nuevo líder de la Iglesia Católica será fundamental: Juan Pablo II. Con él, de nuevo, surge una forma de revolución conservadora que tendrá consecuencias directas primero en la revolución polaca y luego en la caída del muro. Podría alinear todavía más eventos de este tipo. Y todos se concentran en apenas un año. Algo cambia para siempre ahí, por eso lo llamo el gran vuelco del 79. El mundo en el que vivimos hoy, que se caracteriza por un conservadurismo militante, por una izquierda muy defensiva que no sueña con el porvenir sino que quiere defender sus conquistas, es una consecuencia de lo que pasó en el 79. Ese año forjó nuestro mundo.

ARR: Tanto sus novelas como sus ensayos muestran un gran apego por la Historia. ¿Qué historiadores lee en este momento? ¿Cuáles lo auxiliaron para el libro?

AM: Leo a muchos historiadores todo el tiempo. En este libro, más autobiográfico, regresé a ciertos textos para verificar la exactitud de mis recuerdos, porque fueron acontecimientos de los que, en muchos casos, fui testigo directo. Tuve que solicitar mucho más a mi memoria que a otros trabajos.

Un ejemplo de una historiadora estadunidense fascinante que leo a menudo: Barbara Tuchman. El libro por el que la conocí, A Distant Mirror, evoca la Francia del siglo XIV. Pero es más conocida por otro, llamado The Guns of August, sobre la Primera Guerra mundial. Y hay otro que estudia el periodo anterior a la Primera Guerra llamado The Proud Tower. Otro más, que me encanta, es The March of Folly donde ciertos episodios históricos le sirven como ejemplo para revelar esos instantes de decisiones absurdas y estúpidas que cambiaron para siempre el curso de la historia.

ARR: En tanto que novelista y hombre de letras, ¿le atribuye algún tipo de función a la literatura en mitad del naufragio que describe?

AM: Creo que hoy en día la literatura y, en general, la cultura tienen una función mayor. Estamos en una época de muchos problemas y crisis, como en otras épocas de la historia, pero con la característica de que en este tiempo, a diferencia de antaño, tenemos mayor y mejor capacidad para resolver los problemas. Antes no teníamos el conocimiento o los medios suficientes y a duras penas se lograba identificar un problema como para llegar a su solución. En cambio hoy sí podemos resolver más y mejor. El verdadero problema de nuestra época está en las mentalidades. No logramos gestionar las relaciones entre los distintos grupos humanos; no logramos identificar siquiera estas vicisitudes. Por eso estoy convencido de que el naufragio se debe a problemas culturales y no materiales, porque éstos ya se resolvieron y se siguen resolviendo a gran velocidad.

ARR: ¿Qué otros escritores le ayudaron a entender mejor los rasgos del naufragio?

AM: Fueron dos los que acompañaban mis pensamientos mientras escribía este libro. Uno es Orwell, porque identificó una gran cantidad de problemas que nos estamos planteando hoy, aunque él pensara que ocurrirían de otra forma. El segundo es Stefan Zweig cuyo último libro se llama El mundo de ayer: él veía desaparecer ese mundo y no veía para nada el mundo del porvenir, no sentía que tenía un lugar en el mundo del mañana. Pensé todo el tiempo en él diciéndome que incluso cuando constatamos que el mundo de ayer está desapareciendo, hay que conservar esperanza en el mundo del mañana y tratar de procurar que en ese mundo del mañana sí tengamos ganas de vivir, y en el que la gente que amamos —los hijos y los nietos—, tengan ganas de vivir también.

• Amin Maalouf, El naufragio de las civilizaciones, trad. de María Teresa Gallego Urrutia, Madrid, Alianza editorial, 2019, 276 p.

 

Amin Maalouf
Escritor. Entre sus novelas y ensayos destacan León el Africano e Identidades asesinas.