La historia del asesinato de las hermanas Mirabal en República Dominicana bajo la dictadura de Trujillo sigue siendo un ejemplo de cómo ciertas reivindicaciones contra la violencia pueden convertirse en símbolos de lucha perennes. Décadas después sus denuncias contra el machismo, el feminicidio y el poder desmesurado no pierden vigencia.

Las fechas que conmemoran causas no se eligen al azar y el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer no es la excepción. Feministas de todo el continente, en el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe celebrado en 1981, en Bogotá, eligieron esta fecha inspiradas en la vida y en la muerte de las hermanas Mirabal: tres mujeres asesinadas por su activismo político contra el dictador de República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo. Años después, lo que comenzó siendo una efeméride regional, se convirtió oficialmente en internacional cuando en 1999 la Asamblea General de las Naciones Unidas ratificó la fecha y la causa, impulsando a gobiernos de todo el mundo a organizar actividades para sensibilizar a las poblaciones sobre este problema, así como para promover la búsqueda de soluciones integrales.

La historia de las hermanas Mirabal y su relación con la violencia de género plantea muchas reflexiones al observador contemporáneo. Principalmente porque notamos que a Patria, Minerva y María Teresa Mirabal no las mataron simplemente por ser mujeres; su asesinato tuvo una fuerte motivación política: las tres hermanas ya se habían hecho un lugar firme y destacado en la lucha contra el gobierno trujillista. Eran líderes de un movimiento clandestino y, a pesar de haber estado en prisión, su compromiso con la causa no había menguado.

Retrato de las hermanas Mirabal. Fotografía de: Alvaro Diaz y Adony Flores. Licencia de Creative Commons CC BY-SA 4.0

El 25 de noviembre de 1960 fue viernes. Y si Julia Álvarez no miente, al norte de la isla, en aquellas montañas serpentinas de Puerto Plata, llovía a cántaros. Entre la tempestad se abría camino un Jeep en el que viajaban nerviosas tres hermanas de apellido Mirabal, conducidas por un hombre de confianza, Rufino de la Cruz. Se dirigían a la Fortaleza de San Felipe, a visitar a los maridos de Minerva y María Teresa. Patria, a pesar de que su propio marido había permanecido en La Cuarenta —cárcel que hasta hace poco compartía con sus cuñados—, decidió aquel día acompañar a sus hermanas. Ya conocían el camino. Hacía unas semanas que, sin explicación alguna, habían trasladado a los muchachos a esta prisión al final de un camino inhóspito y peligroso, lejos de la civilización.

Dijeron que fue un accidente. Dijeron que el chofer había perdido el control del vehículo de regreso al municipio de Salcedo. Dijeron que encontraron el Jeep al fondo de un barranco, con los cuatro pasajeros muertos y cubiertos de sangre. En las calles de Santo Domingo, en aquel entonces Ciudad Trujillo, nadie lo creyó. Y la noticia del asesinato de las Mirabal a manos de los agentes del SIM —el brazo de inteligencia del régimen— arrasó como los vientos tropicales por toda la República Dominicana, sacudiendo los ánimos y las conciencias de cuantos habían escuchado hablar de ellas.

Patria, Minerva y María Teresa Mirabal se convirtieron esa tarde en las víctimas más emblemáticas de Trujillo, líder de un régimen que llevaba 30 años oprimiendo, aleccionando y dominando las voluntades y mentes de los dominicanos. El dictador, acostumbrado a eliminar con una palabra todo lo que le estorbara, debió pensar aquel día, con cierta satisfacción, que podría dormir un poco más tranquilo. Jamás se imaginó, y tal vez nunca supo, que fue precisamente éste, entre todos y tantos de sus múltiples crímenes, el que terminaría por sellar la cadena de acontecimientos que llevarían a su asesinato meses después.

La familia del comerciante y hacendado Enrique Mirabal, su esposa Mercedes Reyes y sus cuatro hijas (una cuarta hija, Dedé, se mantuvo alejada de las actividades de sus hermanas y sobrevivió al trujillismo), se formó casi a la par que el régimen. Y así como éste prosperó, también lo hicieron ellos. Las muchachas crecieron en un entorno privilegiado y asistieron a buenas escuelas. La política no era un tema común en la mesa de los Mirabal. Si bien no llegaban a colgar la imagen del Benefactor —como se le decía a Trujillo con intención zalamera— en la pared de su sala, tampoco sentían ninguna inclinación agitadora y evitaban a toda costa llamar la atención de los agentes del gobierno. Como dice el personaje de Patria en la novela de la escritora domínico-americana Julia Álvarez, En el tiempo de las mariposas: “Mi familia no había sido directamente perjudicada por Trujillo”.1 No obstante, conforme las chicas fueron creciendo y el régimen se fue afianzando, empezaron a llegar a sus oídos experiencias del horror y esto debió dejarlas incrédulas, indignadas y atemorizadas a la vez. Pero, ¿en qué momento decides oponerte a un régimen? ¿Qué pasa cuando no ha sido perjudicial para todos? ¿Cuál es la flexibilidad moral que nos permitimos cuando las consecuencias todavía no nos alcanzan personalmente? Los Mirabal debieron de hacerse más de una vez esas preguntas, hasta que los horrores finalmente llegaron a tocarles directamente a la puerta.

Su protagonismo en esta historia inicia cuando la familia fue distinguida por Trujillo con una invitación al baile del Día del Descubrimiento. Mediante rumores o  ficciones se dice que el “Jefe” ya había tenido ocasión, en otro evento, de ponerle los ojos encima a Minerva —por entonces una adolescente—, y quiso aprovechar el baile para “conocerla mejor”; o bien que ese mismo día la vio y sintió gran atracción. Estas  historias mencionan lo que significaba para los dominicanos que el Jefe le pusiera los ojos encima a una mujer de la familia: “un honor” desde la perspectiva oficial, una sentencia desde la perspectiva de la elegida y sus allegados. En el documental Nombre secreto: Mariposas, Leandro Guzmán, viudo de María Teresa, afirma que Trujillo esperaba que todos los dominicanos estuvieran dispuestos a entregarle a sus hijas si él así lo deseaba. Y Mario Vargas Llosa, en su célebre novela La fiesta del Chivo, extiende esta idea al narrar cómo el Generalísimo disfrutaba de acostarse con las esposas de sus ministros solo para humillarlos; subordinaba y sometía a los dominicanos hasta en su esfera más íntima.

En aquel baile las cosas no salieron como el Jefe esperaba y su joven presa no se dejó conquistar. Lo que es peor, sin contar con el permiso del anfitrión como era la costumbre los Mirabal salieron corriendo de la fiesta en cuanto una distracción se los permitió. El Generalísimo se ofendió tremendamente e hizo un berrinche que a partir de entonces inauguraría el camino de subversión y de desgracias que acompañaría a los Mirabal Reyes por el resto de sus días; Enrique Mirabal fue arrestado al poco tiempo, sus negocios confiscados o vetados, y a pesar de que eventualmente fue liberado, murió poco después, ya casi en la miseria física y económica. La vida, para los miembros de la familia, había cambiado drásticamente por una absurda atracción no correspondida. Los rumores se convirtieron en experiencias personales y la inquietud por buscar un cambio se instaló firmemente en las jóvenes, especialmente en Minerva.

Nunca volvió a pasar desapercibida para el Benefactor. Éste incluso se permitió la “generosidad” de dejarla estudiar la carrera de Derecho, que por aquel entonces estaba abierta únicamente para hombres, solo para informarle, después de cinco años de estudios, que no le otorgarían la licencia para ejercer. El Jefe tenía sentido del humor: el título era inútil.

Trujillo tenía ese poder. Podía disponer de la vida personal y profesional de los dominicanos a su antojo. Podía quitar títulos, expropiar fincas, prohibir matrimonios, cambiar nombres a las ciudades y a las calles, exterminar haitianos y encarcelar, desaparecer o asesinar a casi cualquier ciudadano impunemente. En República Dominicana era todopoderoso y, a través de sus espías, prácticamente omnipresente. Hacia el final de su tercera década al mando, las injusticias, los abusos y las humillaciones ya habían hecho mella entre los dominicanos de todas las generaciones y las conspiraciones empezaron a brotar dentro y fuera de la isla.

Ilustración: Kathia Recio

El primer eslabón en la cadena de sucesos que llevaron al desenlace de Trujillo ocurrió el 14 de junio de 1959. Apadrinados por Fidel Castro, jóvenes mayoritariamente dominicanos, cubanos y venezolanos del Movimiento de Liberación de la República Dominicana desembarcaron en varias playas de la isla para derrocar al gobierno trujillista. Días después, todos los miembros de la expedición estaban presos o muertos. El régimen había combatido la invasión con todo su músculo militar y el Generalísimo cantó otra victoria antes de que terminara el mes. Sin embargo, la victoria fue amarga. A pesar de haber sido derrotada, la invasión inspiró a los jóvenes del país y pronto se empezaron a fundar nuevos movimientos clandestinos para combatir al régimen. Uno de los más importantes fue liderado por las hermanas Mirabal y sus esposos. Precisamente en homenaje al valor de los derrotados, las hermanas decidieron llamarle Movimiento Revolucionario 14 de Junio. Según Vargas Llosa estaba conformado por “profesionales y estudiantes jóvenes tratando de organizarse para luchar contra la tiranía, aunque sin saber cómo”.2 No les dio mucho tiempo de averiguarlo. A pocas semanas de su fundación, la organización fue descubierta. Redadas masivas pusieron tras las rejas a la mayoría de los integrantes, entre ellos a Minerva y María Teresa Mirabal, además de los esposos de ambas y de Patria.

Encarcelar a las Mirabal no hizo más que aumentar su fama en el combate al trujillismo. Vargas Llosa les dedica unas páginas; en especial a Minerva, de magnética personalidad, de quien narra su temeridad, su huelga de hambre y su resistencia a los bárbaros maltratos físicos psicológicos en las prisiones del régimen de La Cuarenta y La Victoria. El autor nos pinta un retrato por boca del único de los siete asesinos del Chivo (Trujillo) que vivió para contarlo, Tony Imbert:

Las hermanas lo habían impresionado con su convicción y el arrojo con el que se entregaban a esa lucha tan desigual e incierta; sobre todo, Minerva Mirabal. Les ocurría a todos los que coincidían con ella y la escuchaban opinar, discutir, hacer propuestas o tomar decisiones. Aunque no había pensado en ello, Tony Imbert se dijo después del asesinato, que, hasta conocer a Minerva Mirabal, nunca le pasó por la cabeza que una mujer pudiera entregarse a cosas tan viriles como preparar una revolución, conseguir y ocultar armas […], hablar de atentados, estrategias y táctica, y discutir con frialdad si, en caso de caer en manos del SIM, los militantes debían tragarse un veneno para no correr el riesgo de delatar a sus compañeros bajo tortura.3

Entre otras cosas a Imbert le impresionaba Minerva por tener las características que él asociaba con un hombre y no con una mujer. Le llamaba la atención que todos la escuchaban cuando hablaba “por lo inteligente que era y la claridad con que exponía”.4 Aún más, por contar con todas esas cualidades y, encima, ser bella. Vargas Llosa no puede resistir la tentación de describírnosla minuciosamente, creando la figura gallarda de una heroína que aparece, ya casi, como fruto de una leyenda.

Así, sin proponérselo, Minerva y sus hermanas se convirtieron en los estandartes de la lucha clandestina contra el régimen. El Jefe, según los rumores, solía admitir que tenía dos problemas: “La Iglesia y Minerva Mirabal”. Si es verdad que lo dijo, estaba minimizando su situación. A partir de enero de 1960 el trujillismo estaba en flagrante decadencia. Sus antiguos aliados, la Iglesia y Estados Unidos, ya no podían seguir ignorando las brutalidades y las violaciones a los derechos humanos que el régimen perpetraba: las presiones internacionales no se hicieron esperar. Para agosto de ese año, República Dominicana ya estaba en franca enemistad con la OEA, que le había impuesto severas sanciones.

Por la situación diplomática anterior, en una treta para suavizar su imagen pública, el Generalísimo decidió poner en libertad, entre otros presos políticos, a Minerva y a María Teresa, representándolo como un acto de buena voluntad. Después de los hechos, se especuló ampliamente que, a ojos del régimen, era la artimaña perfecta: las “mariposas”, como les llamaban en la lucha clandestina, estaban libres y su “seguridad” ya no dependía del gobierno.

El coche que conducía Rufino de la Cruz y en el que viajaban Patria, Minerva y María Teresa, fue interceptado en la carretera por los esbirros de Trujillo. En medio de gritos y clamores desesperados en busca de ayuda, los pasajeros fueron sometidos y llevados a la fuerza a la casa de La Cumbre —no puedo dejar de pensar en lo que las hermanas irían imaginando en lo que duró ese trayecto. Si temieron que las fueran a asesinar, no se equivocaron; lejos de oídos indiscretos, las estrangularon y las molieron a golpes. Una vez caído el régimen, para estremecimiento de toda la población, sus verdugos confesaron los detalles del crimen y narraron cómo, al menos, tuvieron la “consideración” de separarlas, para que ninguna presenciara el asesinato de la otra. Como todo mártir, las hermanas no pudieron saber que su muerte no era en vano para la suerte de los dominicanos, ni para la de las mujeres de todo el mundo.

Para el historiador y periodista Bernard Diederich este crimen tuvo más efecto en la sociedad dominicana que ningún otro, porque le había hecho “algo a su machismo”.5 Algo similar nos deja ver Vargas Llosa en la forma en que sus personajes tratan tan lamentable suceso. Tony Imbert expresa su indignación diciendo: “Nos matan a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros amigos. Ahora también a nuestras mujeres. Y, nosotros, resignados, esperando nuestro turno”.6 Nótese cómo en esa frase los hombres son amigos, padres y hermanos, mientras que las mujeres son, simplemente, mujeres. Así también lo expresa Pedro Livio, otro de los ajusticiadores del Chivo quien, en la ficción del peruano, encontraba paz en su lecho de muerte con la idea de que por fin habían vengado a las hermanas Mirabal, a las que ni siquiera conocía personalmente: “Pero, como a muchos dominicanos, la tragedia de aquellas muchachas de Salcedo lo trastornó. ¡Ahora también se asesinaba a mujeres indefensas sin que nadie hiciera nada! ¿A esos extremos de ignominia habíamos llegado en la República Dominicana?”.7 Leandro Guzmán, en el documental ya mencionado, afirmba que la indignación generalizada en Dominicana era el hecho de “este hombre está matando mujeres, ahora”.8

En un mundo manejado por hombres, fue el asesinato de tres mujeres lo que terminó por enardecer a una población que tenía años conteniendo su furia por miedo y costumbre. Y resultó el ingrediente faltante para envalentonar a un grupo de hombres a arriesgar la vida para dar el golpe final.

Si reflexionamos sobre el asesinato de las Mirabal en relación a la violencia de género, resalta primero el poder simbólico. Se convirtió en la trasgresión más obscena de un orden intangible al que todos parecían plegarse. Fue el límite de la tolerancia a la opresión y la barbarie. Y si leemos con atención las dos obras de ficción ya citadas sobre las hermanas y sobre el régimen, se puede apreciar que, finalmente, más allá del asesinato, el eje de ambas historias es la violencia contra la mujer. En La fiesta del Chivo Urania nos introduce en la faceta más atroz del régimen; a través de sus ojos vemos que semejante violencia se utiliza como factor de humillación y dominio; también vemos a las mujeres descontadas como entes completos y complejos, con derecho sobre su cuerpo y su porvenir. Incluso cuando son respetadas y admiradas lo son porque cuestionan lo que se espera de ellas; su valentía sorprende por creerse improbable. Con la muerte de las Mirabal el régimen no “estaba matando mujeres”, sino que estaba matando activistas políticas que habían demostrado de sobra su valor como individuos en esa lucha. Aunque no alcanza a ser una novela de ideas políticas sino que se concentra en las relaciones personales y familiares de sus protagonistas, En el tiempo de las mariposas comparte con la del premio Nobel de Literatura la representación de las mujeres como mercancías, recompensas, cartas de negociación.

En ambas historias se percibe la noción de que las mujeres no representan todas las dimensiones de la vida humana, sino que al ser primordialmente vistas y concebidas como “mujeres”, adquieren cierto valor simbólico que termina por hacerlas recipientes de formas muy particulares de violencia. Y, aunque el asesinato es la consecuencia más terrible de esta cultura, no es su única manifestación: ignorar las posibilidades de desarrollo y de voluntad de las mujeres, así como su independencia y las múltiples variaciones de sus identidades autodeterminadas también es una forma de violencia. Y ésta es tan cotidiana y se asume como un acto tan natural —no reconocer y aceptar las múltiples variaciones de la mujer— que termina por ser la base sobre la que se construyen todas las demás; además de ser la batalla más constantemente librada por las mujeres en contra de su entorno personal y su sociedad. Es lamentable que reflexionar sobre el papel del sexo femenino en el imaginario de hombres y mujeres sigue siendo tan urgente hoy como en 1960.

En las múltiples facetas de la historia de las Mirabal podemos ver reflejadas las de tantas y tantas otras mujeres que han sido y que son víctimas de violencia de género día con día. Patria, Minerva y María Teresa dieron la vida por sus ideales y se convirtieron en íconos de la lucha feminista y de la resistencia popular a la opresión gubernamental. En República Dominicana se las ha honrado con calles, monumentos, billetes y provincias enteras a su nombre. Este 25 de noviembre recordémoslas como activistas, guerrilleras, amigas, hermanas, y como todo lo que fueron, además de mujeres. Y, también, dediquemos más de un pensamiento a todas aquellas que no han sido distinguidas con un monumento y reafirmemos la importancia primordial que tiene esta lucha si es que aspiramos a crear una sociedad justa y próspera, como la soñada alguna vez por las hermanas Mirabal.

 

Gabriela Sofía Gómez

Economista. Estudió la Maestría en Humanismo y Culturas en el Instituto Cultural Helénico. Se dedica a escribir y al coaching financiero.


1 Julia Álvarez, En el tiempo de las mariposas, traducción de Rolando Costa Picazo, Plume, 2005, p. 77 .

2 Mario Vargas Llosa, La fiesta del Chivo, México, Alfaguara, 2000, p. 175.

3 Idem, pp. 182-183.

4 Idem, p. 183.

5 Bernard Diederich, Trujillo: The Death of the Dictator, Markus Wiener Publishing, 1999, p. 71.

6 Mario Vargas Llosa, op. cit., p. 181.

7 Mario Vargas Llosa, op. cit., p. 314.

8 https://youtu.be/Y_c1Tu1zgcI