La mayoría de nosotros pasamos gran parte del tiempo enajenados (nadie quiso decir embrutecidos) no sólo en redes sociales sino bajo una cascada de imágenes vacuas, que perseveran más que las pausas en las mañaneras.

Existe una región de la cultura a la que apenas vale la pena llamar cultura. Es fácil de reconocer. Creo que todos podemos entender, rápidamente, a qué nos referimos con “novelas de aeropuerto” o con “música de elevador”. Nos cuidamos de ser pesados al respecto: no se trata, casi nunca, de una apreciación valorativa, pues la mayoría de nosotros no somos expertos ni críticos de arte ni nos dan ganas de defender posturas estéticas fuertes, porque es muy difícil. Y ¿por qué es difícil? No porque los principios estéticos no estén a la mano, sino porque es agotador.

A veces uno quiere consumir basura, supongo que para ir con el espíritu de la época. Es una dificultad similar a la de quien intenta barrer en una playa. Y es que a estas horas de la historia, la mayor parte de la cultura es así, como de relleno, Muzak, objetos sólo de consumo, desechables y olvidables, chatarra, baladí. Aún así, hay fenómenos dentro de ese fenómeno que son más interesantes que otros. Me puse a pensar en esto y se me ocurrió lo siguiente: así como existe la música de fondo, la que se transmite sin aparente interrupción en las salas de espera, en los apocalípticos centros comerciales o en los fantasmagóricos momentos muertos al teléfono (como cuando esperamos a que nos atienda un igualmente espectral “ejecutivo de cuenta”), existe también la imagen de fondo.

Ilustración: Oldemar González

Aquí hay una diferencia: no estoy hablando de la contaminación visual. Se trata de algo más acotado, la imagen que parece tener un objetivo —entretener, informar— pero que por su familiaridad y supuesta ubicuidad, vemos con una mirada prácticamente muerta, como si no estuviera allí. La imagen de fondo de la publicidad es un buen ejemplo: parece que estuviera en todos lados, pero no es así. Está en espectaculares, en las paradas del transporte público, en  ventanas emergentes en pantallas de todo tipo, o en los volantes entregados a mano (ya casi sin ganas ni esperanzas). Pero la imagen de fondo de la publicidad aparece, a su vez, al fondo de otro fondo: entre la señalética medio neurótica de la urbe; antes de la película de fin de semana, dominguera; o para distraer de la imagen de fondo del partido de fútbol, ese peloteo sobre verde que siempre se transmite en algún bar (con el sonido enmudecido), de manera completamente intercambiable con el videoclip musical, igualmente mudo. ¿Por qué se somete a los visitantes de un restaurante o un bar a la imagen en movimiento muda? ¿Para evitarle la pena de conversar? ¿De conversar consigo mismo? No hay espectáculo más triste que el del comensal hipnotizado por una imagen que se mueve pero no le interesa. Se invoca, como magia negra, esa mirada perdida, reptiliana, en la que a veces se asoma un eco de inteligencia animal.

Si la música o el ruido de fondo nos niegan momentos de silencio, la imagen de fondo viene a rematar a la reflexión, condenándonos a la distracción continua. Antes se hablaba de un “bombardeo informativo”, ¿pero no estamos ante algo mucho peor que eso? Estos colores y narrativas entorpecidas, que aparecen en pantallas o impresos, funcionan de una manera más sutil o insidiosa, sin ganas reales de informar, como un veneno siempre presente. En cierta época, cuando la paranoia aún estaba injustificada, se temía que los gobiernos inundaran las fuentes de agua potable con sustancias capaces de mantener a la población adormecida y dócil. ¿Quién iba a imaginar que la solución vendría por otro lado? No hicieron falta barbitúricos diluidos en las tuberías porque las pantallas fueron suficientes para mantenernos en el letargo. ¿No es triste que la gente trabaje, todo el día, frente a la pantalla de la computadora, para llegar a casa a descansar frente a la pantalla del televisor? Y esa misma gente, ¿qué hace antes de dormir? “Escrolear” —uno de los verbos más tristes e idiotizantes que sólo ha reemplazado a su abuelito “zapinear”— durante un par de horas las cuentas de Instagram o Facebook, como si se pudiera encontrar algo interesante allí. Durante un tiempo pensé que al menos en Twitter uno podía encontrar inteligencia, que sus coqueteos con la imagen eran sólo eso. Pero de todas las redes tal vez sea la peor porque es la menos honesta sobre sus capacidades: no es tanto que se discutan ideas allí, o que se transmita información relevante, sino que las ideas y la información se reducen a su mínima expresión, acercándolas al estatuto ontológico de las imágenes chafas.

Los críticos de las disciplinas artísticas, los teóricos y los defensores del pensamiento complejo me despiertan simpatía: son como católicos en tiempos del Imperio Romano, perseguidos ya no por leones en el circo, sino por la total indiferencia. Pero quienes ya de plano me enternecen son los que aún buscan dominar la semántica de la imagen pobre, del meme y otras estrellas fugaces de la imagen que nació muerta. ¡Es un laberinto indescifrable! No por complejo, insisto (pues no existe el subtexto en el fondo de la cultura), sino por inabarcable.

Claro, el chiste del pensamiento complejo es estar dispuesto a enfrentarse a esos universos y crear constelaciones, vínculos donde nadie más los ve. Es una tarea digna, aunque se desempeñe en el pantano de la imagen vulgar. Me imagino que es posible hacer antropología, psicología o filosofía de las pantallas encendidas, de las imágenes estridentes, de los papeles manchados de tinta, y que alguna importancia debe tener esa tarea. Pero también, deseo, debe haber forma de no hacerle el juego a esa marea. A riesgo, eso sí, de volverse invisible, irrelevante en todo sentido, de morirse de hambre, de mal humor o de estreñimiento, porque la imagen de fondo es tan omnipresente como las mañaneras.

 

Guillermo Núñez Jáuregui
Escritor, filósofo y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.