Las librerías de viejo representan una viva memoria de la ciudad y de nuestra historia cultural. El siguiente reportaje nos acerca a los posibles modelos para entender su configuración laboral y económica y los riesgos que enfrentan. Sin dejar de lado la función de salvaguarda y curaduría de sus libreros.

Pocos testigos de la historia de la Ciudad de México sobreviven al paso del tiempo como las librerías de ocasión. Muchas ocupan no nada más un lugar seductor, paisajístico, en el imaginario del Centro Histórico, sino que ya son parte fundamental de la identidad citadina. No es difícil, por lo tanto, entender por qué las librerías de viejo son “un reflejo y testimonio de la historia cultural del país”.1

Sirven también, evidentemente, como vía singular de difusión de la cultura bibliográfica y democratización de un conocimiento muchas veces fuera de lo común. Sin ellas, no conoceríamos más que esa parte actualizada y vendible de la literatura mundial, así como de las disciplinas humanísticas y científicas. En su elogio del libro, Alfonso Alfaro dice que “uno de sus mensajes secretos emana de su propia identidad material. La vida de un volumen desborda ampliamente la actividad conceptual de sus signos alfabéticos”.2

A pesar de su importancia en el mundo interior y exterior de la ciudad, resulta preocupante la falta de investigaciones sistemáticas al respecto: no hay descripciones detalladas de la evolución del comercio del libro de segunda mano; mucho menos diagnósticos claros sobre su configuración económica actual. Gran parte de la información que tenemos sobre la historia editorial en México ha sido reunida por Juana Zahar y Javier Garciadiego. Sin embargo, más allá del enorme esfuerzo realizado por Mercurio López por recopilar la historia de las librerías de la familia López Casillas, que ahora ocupan gran parte de la calle Donceles, los estudios sobre el comercio del libro son escasos.3 Por otro lado, los artículos y comentarios esporádicos en revistas especializadas  difícilmente llegan al público general.

Tras visitar a algunos actores clave en la industria del libro de ocasión, encontré algunos indicios preocupantes que muestran la vulnerabilidad de dichas librerías. Pero antes de verlos, vale la pena detenerse en algunos de los acontecimientos históricos que llevaron al surgimiento de estas librerías.

Una historia entre líneas

¿En qué momento surge un comercio del libro viejo en nuestra ciudad? Al no existir ninguna historia general sobre el tema, la respuesta se dificulta. Todo parece indicar que hacia finales del siglo XIX algunos vendedores se concentraban alrededor de un Mercado de Libros Viejos, que se erigió a un costado de la Catedral, y del ex Mercado del Volador, en los terrenos que actualmente ocupa la Suprema Corte de Justicia. En 1916 el Gobierno del Distrito Federal decidió prohibir categóricamente la compra y venta de libros viejos debido a la falta de higiene y el posible contagio de enfermedades por medio de los ejemplares más antiguos. Como consecuencia de esta política restrictiva cerraría en 1922 el Mercado de Libros Viejos, y en 1932 el Mercado del Volador.

Tras la Revolución mexicana, el Estado asumió la responsabilidad del nacimiento de una industria editorial fuerte. Bajo el liderazgo de José Vasconcelos, surgió en el país un nuevo acervo literario que, en el futuro, llenaría los estantes de las librerías de viejo de los clásicos editados por la SEP, o de sus compendios empolvados de historia nacional. No sin razón alguna, insistiría el profesor Javier Garciadiego en que la aparición de la industria del libro viejo sería impensable en un país que no publica muchos libros. Así, comprendemos que entre las décadas de 1930 y 1960 hubo una edad de oro de las librerías, “felices épocas de bonanza económica que se reflejaban gratamente en el comercio del libro”.4

En 1949 se reúnen los comerciantes de libros que ocupaban la Lagunilla y las zonas aledañas en la hoy llamada calle República de Haití para fundar la Unión de Libreros de México.5 Como resultado de la fuerza gremial que los libreros habían adquirido con el tiempo, en 1985 el entonces delegado de la Cuauhtémoc, Enrique Jackson, les otorga la famosa Casa Talavera en el barrio de la Merced para conformar un Mercado de Libros para la Ciudad. Sin embargo, el proyecto no llegó a ver la luz del día.

Ilustraciones: Estelí Meza

En 1987, la familia López Casillas decide separarse de la Unión para seguir su propio camino. En la actualidad, las librerías de la familia se encuentran dispersas en dos grupos: Librerías de Ocasión y Librerías A través de los Siglos; se mantienen al margen de toda organización gremial.

Sorprendentemente, no es sino hasta el año de 1993 cuando el gobierno capitalino reconoce el derecho a la libre venta de periódicos, revistas y libros, por ser consideradas actividad de interés público.6 En 2008, el gobierno de Felipe Calderón publica la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, que prohibe a toda autoridad local, estatal o federal restringir u obstaculizar la distribución de libros o publicaciones periódicas.

La librería como variedad

En cuanto a la organización de las librerías, pude identificar tres modelos distintos, que clasifiqué según la clientela específica y el modelo de negocio que los caracteriza: clásico, innovador y  especializado.

El modelo clásico es el que domina la calle de Donceles. Estas librerías tienen una estructura centralizada de adquisición de bibliotecas, etiquetación de volúmenes y distribución a lo largo de sus sucursales. Visité el grupo de Librerías a través de los Siglos, bajo la dirección de Mercurio López, que cuenta con ocho locales diferentes. En ellos trabajan alrededor de 20 personas, incorporadas al IMSS y con un salario estable, pero con alta rotación y poco tiempo de permanencia, probablemente debido a los bajos salarios ofrecidos y a las pocas (o casi nulas) oportunidades de ascenso. Por ello, los puestos son ocupados por estudiantes de educación superior o media superior que aún no han concluido sus estudios, y que no tienen expectativas de permanencia a largo plazo ni una alta capacitación.

El comprador objetivo, en este modelo, es principalmente el lector ocasional, el ciudadano de a pie. Los libros se apilan en grandes montañas de descuentos, en donde se pueden adquirir 10 ejemplares a 100 pesos. Los ingresos de las librerías no son particularmente altos, pero permiten a sus propietarios dedicarse de lleno a la venta del libro.

Por otro lado, el modelo innovador, orientado a una clientela más sofisticada, se encuentra principalmente en el circuito comercial de la Roma-Condesa. Este tipo de negocio tiene un perfil más pequeño y focalizado. En entrevista con Selva Hernández, descubrí que cada librería tiene un catálogo propio. Su Increíble Librería, por ejemplo, ha incursionado en la venta de libros originales de editoriales mexicanas independientes. Los empleados son, al igual que en el modelo clásico, estudiantes. A diferencia de los primeros, los trabajadores de la Increíble Librería no cuentan con seguridad social.

En este caso, el comprador objetivo es el lector más experimentado, aficionado a las artes o a la cultura, y alguno que otro coleccionista. Las tiendas son llamativas, con un componente importante de diseño visual para satisfacer al cliente de clase media o media alta. La venta es más moderada en número y más alta en el valor del libro individual. La mayor parte de los ingresos se dirige a los proveedores de las editoriales independientes. Durante gran parte del año 2018, la Increíble Librería acumuló pérdidas considerables.

Selva ha participado con entusiasmo en el Corredor Cultural Roma-Condesa pero, a pesar de la gran afluencia y buenas relaciones con los comerciantes vecinos, no ha tenido resultados económicos positivos. En un intento de articulación con las instituciones de promoción del libro, Selva Hernández —quien colaboró desde 1996 con el FONCA para la impresión de la revista La Galera de difusión de la cultura del libro de viejo— fundó Ediciones Acapulco en 2011, año desde el cual ha trabajado continuamente en conjunto con la Secretaría de Cultura. Todas estas son, sin duda, estrategias de promoción y sobrevivencia económica para la propia librería.

Finalmente, el modelo especializado es mucho más escaso. Algunas de estas librerías, como El Burro Culto, sólo pueden visitarse tras concertar una cita privada con el propietario. En el caso de la Librería Antigua Madero, un par de empleados, altamente especializados, se ocupa de atender las estanterías. Algunos de ellos llevan en el negocio desde que fue adquirido por don Enrique Fuentes Castilla en 1986. Su comprador objetivo es el investigador, el académico, el intelectual o el coleccionista de alto perfil. Las ventas son muy bajas en número, pero muy altas en el valor del libro individual. En términos de don Enrique, “la librería no es un negocio, pues los libros no se mueven con velocidad. Existe fuera de la dinámica económica primaria”. A pesar de ser bien conocida entre universidades, museos e instituciones públicas, Enrique exclama que la librería es “la dragona, pues traga y traga y lo pulveriza todo. No me queda nada”. También, denuncia el rechazo por parte la gran industria editorial, que ve al comercio del libro viejo como algo sucio y poco respetable. Para Enrique el comercio del libro viejo es una forma de “establecer contacto, comunicar”. El problema viene cuando “al no llegar al público, [el libro] se convierte en la negación misma de los fines que persigue la cultura, pues se interrumpe la comunicación”.

En busca de alternativas, Andrea Fuentes, hija de Enrique Fuentes, fundó La Caja de Cerillos Ediciones en 2011, para publicar la historia de la Antigua Madero con ayuda del Fideicomiso del Centro Histórico.

Articulación gremial de supervivencia

La precariedad y la presión económica que asfixia a estas librerías se debe, en gran parte, a la ausencia de políticas públicas orientadas a la promoción del libro viejo. Algo que se agudiza en el caso de los López Casillas o de don Enrique, quienes se encuentran en un estado de completo aislamiento político y falta de coordinación gremial.

Resulta interesante comparar tales experiencias con el testimonio de César Sánchez Obregón, líder de la Coalición de Libreros de México; un organismo gremial creado en 1998 que opera principalmente en la zona de metro Balderas, alrededor de la Biblioteca de México y en la plaza de la Ciudadela. Cuenta con 20 miembros permanentes y más de 60 libreros aliados, quienes una vez al año organizan la Feria del Libro de Ocasión, de forma paralela a la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. A partir de su agrupación, han logrado articular el diálogo con las autoridades, obteniendo apoyos del Fideicomiso del Centro Histórico para publicar información relacionada con la tradición del libro de ocasión.

Han sido excluidos de la discusión en la Cámara Nacional de la Industria Editorial; espacio en donde se exige su desaparición, por atentar contra las ventas editoriales en un marco de “competencia desleal”. Al mismo tiempo, se han llegado a presentar episodios conflictivos entre la Coalición de Libreros y otros grupos de comerciantes, quienes se han cobijado en la libertad de distribución del libro para ofrecer productos ilícitos. En balance, César reconoce que hay una indisposición entre las autoridades hacia el diálogo y la colaboración.

A pesar de ello, la experiencia de la Coalición nos demuestra la importancia de la articulación política en la construcción del comercio urbano en la Ciudad de México: mientras que la Coalición de Libreros ha logrado visibilizar su problemática y obtener apoyos limitados por parte de las autoridades, los libreros que se han aislado de la organización se encuentran en una posición frágil y se enfrentan a un panorama adverso.

El futuro incierto

Queda claro que las librerías de ocasión se distinguen claramente de otras redes de comercio formal e informal por su estructura, organización y, sobre todo, por sus objetivos. Tras analizar sus aspectos económicos operativos, parecen vincularse sólo de forma marginal con las mecánicas del mercado.

Por eso, su permanencia en dicho mercado peligra a largo plazo. Lo difícil es adaptar al mercado un comercio que no debe entenderse en términos de negocio, sino de capital social, cultural y artístico. Si queda aún duda de ello, basta con pensar en los miles de Exlibris trazados a mano que se esconden entre las hojas viejas, algunos incluso grabados por artistas de la talla de Saturnino Herrán, Rufino Tamayo o Diego Rivera. Es también interesante observar que, como consecuencia de los avances tecnológicos, nuestras librerías pierden gradualmente su orientación económica para adquirir un valor simbólico —entre lo auténtico y lo local— y un papel central como mediadoras culturales.7

A pesar de los esfuerzos en materia de promoción de la lectura, no existe política alguna dirigida a las librerías de ocasión, ya sea en el campo fiscal o programático. En la mayoría de las ocasiones, los libreros tienen que voltear hacia otras actividades como la edición para ser candidatos a ciertos estímulos, que además los obligan a aumentar los costos de operación y de facturación. A partir de ello, considero necesario visibilizar el problema y diseñar una política pública real de promoción y apoyo a las librerías de ocasión.

Hoy sabemos que el libro no está en peligro frente a un mundo cambiante. Por su valor inherente jamás podrá ser sustituído por medios digitales. Como diría el bibliófilo Robert Darnton, el libro tiene una resiliencia extraordinaria. No solamente por su capacidad de almacenar información y su alta resistencia a la degradación, sino también por su diseño, que lo vuelve un deleite a la vista, y el placer que provoca tan sólo sujetarlo. Además de que, claro está, no necesita ser actualizado, descargado, no se queda sin batería y no necesita conectarse a un circuito para extraer su contenido.8

Sin embargo, no podemos decir lo mismo de las librerías de ocasión. De no haber un cambio contundente en la disposición de las autoridades, sus escaparates podrían desaparecer de las transitadas calles de la ciudad. Ello significaría la pérdida de volúmenes, el alza en los precios de venta y la progresiva imposibilidad para llegar a los usuarios ocasionales. El estilo de la edición, la disposición del texto y hasta la forma de la encuadernación reflejan sutiles cambios en la percepción del mundo y en el espíritu de una época. La desaparición del libro viejo, así como su inaccesibilidad, significaría una pérdida histórica irreparable para las generaciones futuras. Ni las grandes editoriales ni el internet podrán sustituir un trabajo tan encomiable y complejo como el del librero, que preserva, cataloga, actualiza y pone el libro indicado al alcance del lector.

 

Rodrigo Salas Uribe
Estudiante de Política y Administración Pública en El Colegio de México.


1 Javier Garciadiego, “Las imprescindibles librerías de viejo”, en Mercurio López Casillas, Libreros: crónica de la compraventa de libros en la Ciudad de México, México, Acapulco, 2016, p. 12.

2 “Desde hace algún tiempo, sólo los ciegos y los bibliófilos recuerdan que algunas de las voces más hermosas de la palabra escrita son únicamente accesibles a través del tacto. Las tablillas, los rollos, los manuscritos y los libros han exigido siempre una relación con el cuerpo lector que va más allá del contenido manifiesto de sus palabras. Como todas las artes aplicadas, los oficios de la letra impresa tienen una función y una forma: un uso y un estilo. La vida de un volumen desborda ampliamente la actividad conceptual de sus signos alfabéticos. No sólo está habilitado para transmitir ideas, sino que es capaz de producir en los sentimientos mociones infinitamente más poderosas. Uno de los mensajes secretos de los libros -ostensible pero oculto a los ojos de tantos- emana de su propia identidad material. Un libro es, a doble título, un objeto: es una entidad física, y posee también la capacidad de encender el deseo, de saciarlo y de avivarlo de nuevo”. En “Sortijas”, presentación a Selva Hernández López y Mercurio López Casillas, Ex-libris mexicanos: artistas del siglo XX, México, RM, 2001, p. vii.

3 Véase a Juana Zahar, Historia de las librerías de la Ciudad de México, México, UNAM, 2000. A Javier Garciadiego, Autores, editoriales, instituciones y libros: estudios de historia intelectual, México, El Colegio de México, 2015. Y a Mercurio López Casillas, Libreros: crónica de la compraventa de libros en la Ciudad de México, México, Acapulco, 2016. En el primero encontramos más referencias al mercado de libros de viejo, mientras que el segundo presta más atención al surgimiento y desarrollo de las editoriales mexicanas y la industria editorial; así como su relación con los intelectuales y académicos del siglo pasado.

4 Enrique Fuentes Castilla, “Las redes ocultas del libro”, Istor, 2007, núm. 31, p. 61.

5 Mercurio López Casillas, Libreros: crónica de la compraventa de libros en la Ciudad de México, México, Acapulco, 2016, p. 31.

6 Bando por el que se prohíbe el ejercicio del comercio en la vía pública en puestos fijos, semifijos y de cualquier otro tipo en las calles comprendidas dentro del perímetro determinado por el Departamento del Distrito Federal para la Primera Fase de Desarrollo del Programa de Mejoramiento del Comercio Popular, art. 1º, inc. C.

7 Sophie Noël, “Le petit commerce de l’independance. Construction matérielle et discursive de l’independance en libraire”, Sociétés Contemporaines, 2018, núm. 111, p. 67. Noël reflexiona sobre el carácter simbólico de la librería independiente en oposición a la librería comercial, que se rige por el comercio impersonal. En tal contexto, la librería independiente representa un modelo de transacción local, encarnado y, de tal forma, “auténtico”.

8 Robert Darnton, The Case for Books: Past, Present, and Future, Nueva York, Public Affairs, 2009, p. 68.

 

 

2 comentarios en “Las librerías de ocasión en la Ciudad de México:
¿Un patrimonio en riesgo?

  1. El artículo me parece muy interesante, sobre todo por que me ilustró sobre la historia y el valor de las librerías de ocasión. Bien escrito y valiosas referencias. Felicidades!

  2. Muy buena investigación y documentación , ojalá sea un buen aliciente a la causa que aquí explica.