En esta carta recomendamos un libro que abre la puerta a reflexiones y preguntas casi aterradoras: ¿sobreviviremos si nos mantenemos en el esquema del Estado-nación? ¿Hasta que punto la biotecnología dominará nuestras mentes? ¿Cómo es que la globalización nos ha hecho más desiguales y más destructivos?

Estimado lector que tuiteas con brío, pero miras con recelo a la tecnología:

Hace poco terminé el libro más reciente de Yuval Noah Harari. Sí, aquel historiador que hace unos años osó escribir una “biografía de la humanidad” causando furor en los suplementos literarios de fin de semana. Aquél que con la publicación del bestseller Sapiens en 2014 sorprendió por la frescura y lucidez con la que estudiaba tanto el pasado más remoto como el futuro más incierto. El mismo que es capaz de hilar en cuatrocientas páginas un relato coherente que vincula la extinción de los neandertales con la ciencia jurídica espacial. El mismo que ahora en noviembre podremos leer en una edición que integra la serie panorámica de tres libros que formulan uno de los diagnósticos más ambiciosos y completos sobre nuestra especie y nuestro lugar en la Tierra.

La tercera y más reciente entrega de esa serie, que ahora concluí, 21 lecciones para el siglo XXI, es un libro igualmente provocador e inteligente con el que aborda las problemáticas fundamentales de nuestro tiempo. En sintonía con el texto previo, Homo Deus: breve historia del mañana, Harari elabora un diagnóstico interesante de nuestro presente e identifica con claridad los desafíos actuales de la agenda humana.

Para el historiador israelí, los retos que enfrenta la humanidad ya no son el hambre, las enfermedades y la violencia, fenómenos cuyos efectos más dramáticos han sido controlados en la mayoría de los países a partir de marcos nacionales. Los verdaderos desafíos actuales están relacionados con la tecnología, el terrorismo nuclear y el calentamiento global, hechos de mayor magnitud que requieren un tratamiento mundial para diseñar soluciones capaces de atajarlos.

En opinión de Harari, la convergencia entre el procesamiento masivo de datos y la biotecnología no sólo impactará al mercado laboral —convirtiéndonos a la mayor parte de humanos en entes inútiles frente a máquinas cada vez más sofisticadas— sino que pondrá en predicamento dos de los pilares fundamentales de las democracias contemporáneas: la libertad y la igualdad. Y aquí, estimado lector que ya deberías empezar a preocuparte, está el meollo del libro.

Reflexionemos: al festejar la aparición de un robot, un gadget, una app o un software nuevo no solemos analizar las implicaciones políticas y sociales de dichos “avances”. El desarrollo vertiginoso de la tecnología rara vez se acompaña de una reflexión ética o social. ¿Qué sucede cuando alguien —pensemos, por ejemplo, en una corporación que gestiona una red social— dispone de la capacidad tecnológica para conocer nuestro cerebro y manipularlo? ¿Qué ocurre cuando el algoritmo de un buscador es capaz de detonar mecanismos bioquímicos en nuestra mente para determinar nuestras decisiones? ¿Es válido que una empresa pueda comprar/vender/subastar una lista detallada de nuestras preferencias, gustos y debilidades?  A la luz de la fusión entre el procesamiento intensivo de información y la manipulación de neurotransmisores en nuestra cabeza, la certeza de que nuestro pensamiento es auténticamente libre comenzó a desmoronarse en ¿mi? cerebro.

Curiosamente, a Harari no le preocupa el apogeo de la inteligencia artificial —está  convencido de que humanos y robots podemos cooperar y convivir en perfecta armonía— sino el control absoluto del conocimiento científico y tecnológico por parte de una pequeña élite. En su opinión, la concentración de riqueza, información y poder en un grupo privilegiado le permitirá dominar o “guiar” al resto de la población a través de la innovación científica.

En este sentido, las nuevas tecnologías, lejos de disminuir brechas entre sociedades, ahondarán las diferencias, al grado de dividir a los humanos en auténticas castas biológicas. No será extraño que hacia 2100 los más ricos, quienes tengan el control sobre la ciencia y los datos de los menos favorecidos, sean los mejor dotados, los más sanos y los más creativos, lo que a su vez reforzará su posición de privilegio. ¿Es entonces ilusa la noción de que la globalización nos hace cada vez más iguales?

Te anticipo: la mayor parte de los cuestionamientos que arroja Harari no tiene respuesta. Una de las peores funciones que realizamos los seres humanos es presagiar el futuro, por lo que las consecuencias puntuales del cambio climático o de una crisis nuclear son impredecibles. No obstante, podemos empezar por reconocer que el Estado-nación es el esquema equivocado para enfrentar los nuevos retos. Ninguna nación por sí sola puede resolver el efecto invernadero o el terrorismo cibernético. Para hacerles frente, requerimos asumir una identidad global, compartir reglas éticas generales, así como redoblar un compromiso individual, permanente y cotidiano con la verdad científica —como oposición al dogma y la ignorancia.

Los temas glosados por Harari son sumamente interesantes. No obstante, estimado lector digital, vistos a través del crisol de la realidad mexicana me parecieron un tanto lejanos. Cuando enfrentamos problemas elementales como la fragilidad del estado de derecho, la desprotección de los derechos humanos o el rezago en las políticas educativas básicas, los desafíos globales parecen remotos. Sin embargo, están ahí. Corrijo: están aquí. Una manera óptima de conocerlos es leyendo a Harari.

 

• Yuval Noah Harari, 21 lecciones para el siglo XXI, México, Debate, agosto 2018, 408 p.
• Yuval Noah Harari, Sapiens, Homo deus, 21 lecciones para el siglo XX. Obra completa, Barcelona, Debate, noviembre 2019, 1090 p.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.