Además del enorme cúmulo bibliográfico, una serie reciente presenta matices y perspectivas históricas sobre la Conquista que no debemos perder de vista. Un material audiovisual importante para entender las conmemoraciones de 500 años de la llegada de Cortés.

Desafortunada porque repite los clichés de un nacionalismo anticuado, la petición que AMLO envió al Gobierno español para disculparse por la Conquista no obtuvo de la parte interpelada una mejor actitud ante la historia, sino que pudimos percibir el desinterés por revisitar el pasado fuera de las narrativas eurocentristas. Sin duda, resulta totalmente anacrónica la obligación de pedir y ofrecer el “perdón” para un evento que mantiene claroscuros y del que ni México ni España fueron testigos. Los hombres de aquellos años se han ido y sus errores son sólo suyos y de su tiempo. Pero esto no nos exime de la necesidad de una memoria crítica, como lo intenta Conquistadores Adventvm (2017), serie española de Israel del Santo que se aleja del júbilo imperialista y asume las atrocidades que pudieron haberse cometido durante la colonización de América.

Hablar de Conquistadores Adventvm es hablar de una imponente obra audiovisual sobre el épico viaje de Colón y sucesivos colonizadores a través del océano Atlántico o lo que entonces se nombraba el mar tenebroso, pues según la tradición medieval no podía navegarse a reserva de caer en el abismo una vez llegado a sus límites terrestres. Pero también es hacerlo en un sentido polémico porque la serie vuelve sobre un tema sensible para España: la leyenda negra. Lo comprueban los múltiples comentarios en YouTube: “Terrible satanización de los personajes, otra consecuencia más de la leyenda negra”; “sólo nos han mostrado a españoles malos y a indígenas mansos”; “el cine español, como siempre: mintiendo, exagerando lo malo y callando lo bueno”; “excelente calidad, las mismas mentiras”; “siempre pintando nuestra historia como si fuéramos gilipollas”.

Pero no veo que esa sea la vocación de la serie. Lo que sí crea es una especie de autoconciencia, lo cual es loable porque en nuestro tiempo —que defendemos democrático y respetuoso de la otredad— no esperamos seguir escuchando la vieja arrogancia eurocentrista acerca de la labor civilizatoria que los americanos le “debemos” a España.

En medio de las discusiones ideológicas del siglo XIX en México, Lucas Alamán llamaba a sus compatriotas a reconocer que la cultura nacional había heredado múltiples elementos de la cultura española, que por acción del uso cotidiano se habían vuelto esenciales:

Suprimamos de nuestra comida —decía el historiador en sus Disertaciones— el carnero, la vaca, el cabrito, el puerco… las gallinas, los huevos de éstas, la manteca, el aceite, la leche… el pan, la harina… los postres de nuestras mesas, de uvas, peras, manzanas, duraznos, naranjas, limones y limas; abstengámonos igualmente de vino, aguardiente, licores, azúcar, café.

Pero una cosa es esto, reconocer que la colonización dejó una fuerte huella en nuestra identidad, y otra es defender —como lo hacía el mismo Lucas Alamán— que la colonización nos “trajo” cultura, nos “hizo” hombres, nos “sacó” del salvajismo, de la idolatría, del canibalismo, en fin, nos llevó a la “verdadera” civilización.

La tesis de la misión civilizatoria de España es peligrosa porque pretende pasar por alto los pesares que la colonización dejó sobre el indígena. Es peligrosa porque, bajo la consigna del bien común, parece olvidar todo sufrimiento. Desde hace muchos años que la palabra civilización ha perdido su arrogancia original. Fernand Braudel veía que incluso Europa había sido presa de un concepto de civilización que estructuraba a las culturas a partir de un centro perfecto, bien acabado y en cuyas periferias se ubicarían los otros, los no civilizados. En esta discriminación, las planicies mediterráneas conformarían el escenario idóneo, “la escena teatral en que se mueven los príncipes y los poderosos”. La marginalidad, la civilización incompleta, quedaría en las montañas, hábitat de “toscos” campesinos. Así resumía Braudel el prejuicio civilizatorio:

El centro, el “corazón”, reúne todo lo más avanzado y diversificado. El anillo siguiente sólo tiene una parte de estas ventajas… es la zona de los “brillantes segundos”. La inmensa periferia, con sus poblaciones poco densas, es, por el contrario, el arcaísmo, el atraso, la explotación fácil por otros. Esta geografía discriminatoria, todavía hoy, hace caer en la trampa y explica la historia general del mundo.

Conquistadores Adventvm es una cinta monumental, que recuerda a la serie Vikingos (2013– ), igual de fascinante, porque ofrece una imagen verosímil de la cultura medieval vigente entonces. Verosímil en relación con el conocimiento que los historiadores tenemos sobre el tema. La serie lleva a la pantalla los hallazgos de los estudios históricos en torno a las mentalidades. Por ejemplo, los trabajos de Marc Bloch, ese eminente historiador que abrió la exploración de temas que en su época parecían superfluos pero que no han dejado de ser cultivados hasta el día de hoy. Bloch hizo ver que las realezas europeas medievales, y aun de la modernidad, habían asentado su poder explotando las virtudes milagrosas que les fueron atribuidas a los reyes por una sociedad supersticiosa, que no distinguía entre lo terrenal y lo divino. Marc Bloch nos llevó a una historia más humana, que nos permitiera experimentar cómo habrían pensado y sentido los hombres del medievo. No es que hiciera del pasado medieval una época oscura, como ocurrió en la Ilustración, pero tampoco una época bella, como se encargaron los románticos en el siglo XIX, sino que quiso ver a los hombres medievales en sus sufrimientos y esperanzas. En la pluma de este historiador se diluye la “perfecta” Europa que habría de “civilizar” el resto del globo:

Estos hombres —decía Marc Bloch—, sometidos alrededor de ellos y en sí mismos a tantas fuerzas espontáneas, vivían en un mundo cuyo tiempo escapaba tanto más a su observación cuanto que apenas lo sabían medir. Costosos y molestos, los relojes de agua existían en escaso número. Los de arena parece que fueron un poco más corrientes. La imperfección de los cuadrantes solares… era evidente. Este fue el motivo del empleo de curiosos artificios. Preocupado en regular el curso de una vida nómada, el rey Alfredo imaginó el transportar con él, por todas partes, unos cirios de igual longitud, que hacía encender uno tras otro.

Éste es el mundo que retrata Conquistadores Adventvm: un mundo de peripecias, de dificultades, de dudable perfección cultural, pero también —o precisamente por esto— de constantes anhelos de riqueza y la oportunidad de ejercer dominio sobre el otro. Esta imagen pesa, pero nadie la está inventando.

Ilustración: Izak Peón

La serie expone muy bien a los poderosos que impulsaron a Colón y los objetivos materiales que tuvieron para ello. En el centro está Isabel la Católica, cabeza de la gran monarquía hispánica. Una película anterior, 1492, La conquista del paraíso (1992), ya la había retratado con la magnificencia que ahora la vemos. Presente en no más de seis secuencias, pero con la mayor fastuosidad imperialista, esta Isabel logró impregnarse de ese vaho misterioso que por mucho tiempo caracterizó a las realezas del mundo antiguo y medieval. Con sus atavíos exquisitos —que incluyen, por ejemplo, vestidos inspirados en los pellotes medievales de seda y piel de amplio vuelo, sólo reservados a las mujeres nobles— Sigourney Weaver lograba lucir como una portentosa monarca, pintada en el día a día de la corte real. En esta misma tónica de resaltar la “ventaja” cultural y política del pueblo conquistador.,

En esa película los Reyes Católicos celebran el “descubrimiento” que permitiría la expansión de la monarquía, en una catedral perfumada con el humo de un gran incensario que recuerda al Botafumeiro de Santiago de Compostela, según la solemnidad regia del acto. Al fondo, en la lengua de las clases privilegiadas del medievo —el latín, por supuesto— se escucha una loa al imperio de los Reyes: Maiestates coniuncta Hispania Regis Ferdinando et Isabella executores voluntas Dei sunt et cum vobis regnum domini per terras novas ultra mares crescatur et in eas crux Christi maneast semper.

Conquistadores Adventvm presenta a Isabel bajo la imagen más potente. En los primeros minutos vemos a una Isabel madura, con el semblante grave e imponente de la actriz hispanoitaliana Aitana Sánchez-Gijón. Se acerca Antonio de Nebrija, que viene a la corte a presentarle su gramática castellana, y le dice, con cierto temor, que será “el arma más poderosa del imperio que se forjará bajo sus pies”. Después, superando la postal que ofrecía La conquista del paraíso, vemos a Isabel llegando, cual caballero medieval, al campamento de su poderoso ejército que se alista para la toma de Granada. Esta vez luce una vestimenta sobria, sin las piedras preciosas ni las telas finas propias de palacio; ha cambiado la toca blanca por una negra, y encima de ésta sigue portando su corona. Habla con firmeza a sus “valientes solados” y los alienta a la victoria: “¡mañana, antes de que caiga el sol, tomaremos Granada!”. La monarquía está en guerra, Isabel es el jefe de la hueste. Luego viene la audiencia de ese genovés que le propone extender sus dominios allende el mar. Conquistadores Adventvm muestra a una mujer ruda, conquistadora. El motivo del viaje de Colón es claro: obtener una nueva ruta para llegar a la tierra de las especias. Forma parte de la actividad expansionista de su imperio. Ni cómo ocultarlo, lo sabemos desde la primaria.

Nada de proyecto civilizatorio. Las naves de Colón no llevaban “ni reyes, ni frailes ni soldados”, sino “desgraciados”, esclavos y esclavistas. Los navegantes llegan al fin a tierra el 12 de octubre de 1492, en la isla de Guanahani (Bahamas). En el viaje de retorno, al final del primer capítulo de la serie, las naves transportan un nuevo cargamento: un grupo de indios. La escena lleva a la autoconciencia del dominador, que ahora parece relativizar su papel civilizatorio:

los indios… los indios ni siquiera se llamaban así antes de llegar nosotros, tenían sus propios nombres, nombres preciosos que sus madres les habían puesto al nacer. Ellos nos tomaron por dioses y nosotros les tomamos por esclavos. Y lo peor estaba aún por llegar. Adoptarán nuestras costumbres, empezando por la de agachar la cabeza cuando les hablen, y les enseñaremos la verdadera fe y aprenderán nuestra lengua para que podamos entenderles cuando nos den las gracias.

En esta serie, la petulante escena de La conquista del paraíso sobre la España gloriosa que celebraba el “descubrimiento” no vuelve a repetirse, por fortuna. Por el contrario, Conquistadores Adventvm da la sensación de querer acordarse del conquistado, de su voz y de sus dolores, que vuelven impertinente cualquier júbilo imperialista. Aquí, la voz del conquistador revela un dejo de vergüenza, de culpa por el pasado.

Nunca habíamos visto algo semejante. Nos recuerda a Juan Pablo II pidiendo perdón desde Roma por los errores de la Iglesia: por la Inquisición, por Galileo. Nos recuerda también a Francisco —esta vez, desde Bolivia— pidiendo perdón por los crímenes cometidos durante la colonización de América, incluidos los de su Iglesia. Conquistadores Adventvm realiza un ejercicio sano, con las posibilidades que el arte cinematográfico ofrece, por lo que se nos presenta como una oportunidad más para la reflexión serena y comprensiva de la historia de la Conquista, en todas sus direcciones.

 

Germán Luna Santiago
Historiador, UAM-Izt.