La escritora argentina Mariana Enríquez se perfila como una de las creadoras hispanoamericanas más prominentes y sombrías del momento. En sus relatos conviven el terror social y el sobrenatural, la violencia de género y la simbólica.

I

En la cultura anglosajona existe la superstición de que uno siente escalofríos o temor cuando alguien camina sobre lo que será su tumba o el suelo donde será enterrado. Para los faraones egipcios era más importante decorar la que sería su casa del descanso eterno que sus palacios y en África las tumbas sirven para adherir a un espacio determinado —o a un signo material— el alma del difunto con la finalidad de que en su deambular incorpóreo por la Tierra desista de atormentar a los vivos.

Desde pequeños montículos de piedra, hasta enormes y hermosos mausoleos, las tumbas y los cementerios resultan un atractivo que escapa más allá del mero entretenimiento turístico, pues algo hay en nuestra pulsión de muerte que nos invita de manera constante a reconocer la fragilidad humana. Por ejemplo, José Carlos Becerra era asiduo a dar largos paseos en solitario por los cementerios ataviado con su largo abrigo negro y unas ojeras que se antojan dignas de un personaje victoriano. Por mi parte, desde que me reconozco visitando la tumba de mi padre desde hace 29 años, una sensación nerviosa siempre se apodera de mí al verme rodeado de un silencio que se antoja hondo y —evidentemente— sepulcral. Se trata de un silencio sordo apenas atravesado por el graznido de algún ave, los pasos cautelosos de un cuidador o, en el más extremo de los casos, por un cortejo fúnebre, pero también es un sitio reconfortante para quien busca una pausa en medio del mundo exterior. En suma, los paseantes de tumbas somos recolectores de memorias mortuorias y escapistas de la enajenación social. 

II

Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), quien ha sido merecedora del  37° premio Herralde de novela 2019 otorgado por la editorial Anagrama, uno de los de mayor prestigio en lengua hispana, apareció en los últimos años como una de las voces más feroces, sombrías y potentes de la nueva literatura argentina.

Recientemente, Ediciones Antílope publicó Alguien camina sobre tu tumba, un libro de crónicas de panteón o colección de cementerios que recorren, entre el ensayo y el relato de viajes, las visitas de la autora por diecisiete cementerios alrededor del mundo y donde somos testigos del furor que despierta la tumba de Elvis; de un cementerio inundado del cual sólo quedan flotantes vestigios; de un panteón africano resultado de una masacre; la tumba de Marie Laveau, reina del vudú; o un emotivo recorrido por el legendario panteón de Belén en Guadalajara y que también permite a Enríquez establecer un diálogo al mismo tiempo con algo de la literatura nacional: “Leo sobre el nacionalismo mestizo, el nacionalismo revolucionario, la Reforma, Rulfo, Paz y su Laberinto de la soledad, las tradiciones indígenas, el sincretismo, el culto a la memoria colectiva. Desespero. ‘México es muy vasto’, escucho. Todo es muy vasto”. Y es que para la escritora bonaerense deambular por cementerios y escribir sobre ellos es también caminar sobre unntheion —en el sentido griego que evoca al sitio de los héroes y los dioses— muy particular de la literatura, donde conviven escritores imprescindibles del género fantástico como Poe, Lovecraft, Hoffman y Shirley Jackson al lado de otros escritores menos “canónicos” —para críticos empecinados en que existe la “alta literatura”—, tales como Stephen King o Anne Rice, la escritora de Entrevista con el Vampiro.

Y si este tránsito le resulta natural a la escritora de Las cosas que perdimos en el fuego se debe a que, como ella misma lo ha dicho en un sinfín de entrevistas: “En Argentina un relato de terror no es sólo un relato de género”, ya que, por un lado, gran parte de la literatura argentina está templada en el género fantástico gracias a figuras como Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo o Adolfo Bioy Casares, sólo por mencionar a los más emblemáticos; y por otro, Mariana Enriquez decidió dar un paso más allá y hacer de las historias de fantasmas, posesiones y brujería, un rasgo del terror social, algo que aprendió, aventuro, de Stephen King, quien en novelas como Carrie o IT se atreve a cuestionar el bullying, el racismo o la homofobia.

Por fortuna, a diferencia del autor norteamericano, Enríquez es más cuidadosa en sus relatos y más sutil al tocar temas cotidianos que son capaces de aterrar a cualquiera. Pienso en “Chicos que faltan” de su libro de cuentos Los peligros de fumar en la cama, donde Mechi —una empleada del Centro de Gestión y Participación de Parque Chacabuco— se encarga de mantener actualizado el archivo de los chicos desaparecidos en Buenos Aires y para la cual todo cobra otra dimensión cuando se obsesiona con la figura de Vandis, una chica que desapareció a los catorce años y que de repente un día vuelve a aparecer, pero con la peculiaridad de que el tiempo no ha hecho mella en su belleza. Y así como Vandis, otros niños vuelven sin haber envejecido un solo instante.

El relato no sólo ahonda en el problema de las desapariciones, también indaga en la complicidad de los adultos, la normalización de la violencia, la violación y el acoso:

Como Jessica había muchas, porque la mayoría de los chicos que faltaban eran chicas adolescentes. Que se iban con un tipo mayor, que se asustaban por un embarazo. Que huían de un padre borracho, de un padrastro que las violaba de madrugada, de un hermano que se les masturbaba en la espalda, de noche.

Al final, los adultos no se cuestionan cómo es que los niños han empezado a aparecer, mudos, en los distintos parques de la ciudad, pero tampoco parece importarles demasiado; mientras que, por su parte, los chicos terminan por convertirse en una especie de masa informe y violenta creada por la displicencia enajenada de sus mayores.

La narrativa de Mariana Enríquez es, entonces, monstruosa, procede directamente de la etimología de monstro que significa “mostrar” o, incluso, de moneo que quiere decir “aconsejar o advertir”. Ya que, parafraseando a Alberto Manguel, de entre muchas definiciones, la sociedad puede delimitarse a partir de lo que excluye y por lo tanto esta precisión incluye también la de su cara oculta. En otras palabras, “la normalidad precisa de la anormalidad” y en el caso de Mariana Enríquez la imagen de aquello que somos o nos representamos para la sociedad se define por los desarraigados, los subnormales y los esperpentos.

Adolescentes que tienen que lidiar al mismo tiempo con posesiones demoniacas y la pubertad; vagabundos que lanzan maldiciones a toda una cuadra en las calles de Buenos Aires; jóvenes que juegan a la Ouija; mujeres que presentan quemaduras en el rostro provocadas por algún hombre y que al final, las que no lo están terminan por quemarse ellas mismas para unirse a un grupo más grande, son sólo algunos ejemplos donde la autora pone en marcha los mecanismos del horror social junto con el terror sobrenatural para demostrar que hay una “curiosa reciprocidad que existe entre las diversas imágenes de nuestro cuerpo personal y del cuerpo político”. Así, si las mujeres deciden quemarse ellas mismas es porque algo que estaba en franca descomposición las llevó a ello.

Ilustración: Kathia Recio

La escritura de Mariana Enríquez da cuenta una y otra vez de una suerte de descomposición que parece perseguirnos, acompañada de una creciente incertidumbre que muchas veces nos paraliza y que, en el mejor de los casos y si tenemos suerte, nos permite contemplar nuestra monstruosa apariencia.

III

Decía que los paseantes de tumbas somos recolectores de memorias mortuorias y escapistas de la enajenación social. Al igual que en sus cuentos, cuando Mariana Enríquez pasea por distintos cementerios se reconoce en busca de su propio pasado, aunque —como es evidente— esté muy lejos de hallarlo, tal como lo cuenta mientras deambula por el cementerio de Lafayette, famoso por ser el favorito de Anne Rice y escenario recurrente del vampiro Lestat:

Lestat nunca estuvo enterrado ahí, en el Lafayette. Sólo enterró sus joyas en el lugar, su riqueza. Lestat, el vampiro rubio nacido en Francia, lleno de frivolidad y poder no vivía en cementerios. Lestat pasó años en la calle Prytania, cerca del lugar donde me alojo, un hotel sin televisor, bastante precario, delicioso. Desde la calle Prytania se puede caminar derecho hasta el cementerio de Lafayette. Sé que no encontraré mucho ahí, no mucho más que mi nostalgia y mis fantasías.

Deambulación por cementerios que es al mismo tiempo paseo por las influencias literarias, gustos musicales y cinematográficos como en toda la obra de Mariana Enríquez, en las páginas de Alguien camina sobre tu tumba asistimos a un pausado concierto de referencias rico en polifonías que parece estar tramado para quienes disfrutamos de las evocaciones íntimas que algunos libros pueden ofrecer.

IV

Los jurados del premio Herralde afirman que Nuestra parte de noche, novela que le mereció el galardón, es “continuadora de una tradición que podríamos denominar como ‘la gran novela latinoamericana’, pertenece a una estirpe de obras tan disímiles, pero igualmente ambiciosas y desmesuradas, como Rayuela, Paradiso, Cien años de soledad o 2666”. Pero pensar en la novela total es más una herencia norteamericana afianzada en la superchería del marketing literario que un sentencia veraz; lo que sí es cierto es que el lector encontrará monstruos, rituales, historias de la dictadura argentina y una relación entre padre e hijo que prometen un recorrido particular de la literatura y de la historia personal de la autora. A nosotros, los lectores, sólo nos queda esperar que el título llegue a librerías, mientras esbozamos una sonrisa con la esperanza de que un ligero escalofrío nos recorra la espalda, pues seguramente Mariana Enríquez terminará por caminar, como ya lo ha hecho antes, sobre nuestra propia tumba.

 

José Pulido
Poeta y ensayista.