Tanto en sus cuentos como en su obra periodística José de la Colina, fallecido este 4 de noviembre, tejió conexiones insólitas, juntando tramas, épocas y referencias, con una atención incansable a su tiempo y a su entorno.

Ha muerto José de la Colina. Nacido en 1934 en Santander, hijo de una familia republicana, fue parte del exilio español que huía de la dictadura de Francisco Franco; pasó por República Dominicana y Cuba y luego llegó a México. Hizo su vida y su carrera en este país y siguió escribiendo, como se dice, hasta el final: el 2 de noviembre pasado publicó su último artículo, sobre Henri Michaux, en el suplemento Laberinto. Fue uno de los escritores más presentes de la literatura mexicana: de los más atentos a su tiempo y su entorno, más dispuestos a pensar en ellos y sondearlos mediante el lenguaje, durante más de sesenta años.

José de la Colina el 17 de marzo de 2018.
Fotografía de: Maritza Ríos / Secretaría de Cultura CDMX, con licencia de Creative Commons CC BY 2.0

Esta cualidad no era frecuente en el siglo XX y no es frecuente ahora, por mucho que vivamos sumergidos en un flujo incesante de información y podamos “saberlo todo” —supuestamente— luego de una vuelta por Wikipedia y los dos o tres primeros resultados de una búsqueda en línea. Lo que tenemos hoy no es conocimiento sino empacho de datos, que no aprendemos a retener ni a relacionar. De la Colina, por el contrario, era no solamente un hombre memorioso, erudito, sino un genio para evocar detalles y establecer conexiones. Discutir a Michaux le permitió recordar a grandes poetas franceses y hablar borgesianamente sobre los espejos; en otro de sus artículos recientes, un gesto del Che Guevara en los años sesenta se enlaza con una película de Howard Hawks y una investigación muy curiosa de Georg Christoph Lichtenberg, y en otro más una breve historia de la cursilería pasa por tres idiomas, dos estampas urbanas, una frase de Gérard de Nerval y la música del Buenavista Social Club.

No es fácil hacer un único texto dando semejantes saltos y justificando cada referencia sorpresiva y relación inesperada; repetir la hazaña con regularidad durante varias décadas parecería imposible, pero de la Colina lo hizo, y además sin perder de vista los hechos del día, las películas en cartelera y fuera de ella —se debe recordar que también fue uno de nuestros críticos de cine más reconocibles— ni, para el caso, las horas de cierre de edición de las publicaciones con las que colaboraba, y en las que varias veces fue también consejero o director. Cuando se reúna al menos una selección de sus mejores artículos en un solo volumen —al modo en que se reunieron los del Inventario de José Emilio Pacheco, su contemporáneo—, podremos apreciar más fácilmente lo extraordinario de una obra así: lo indispensable de su autor como comentarista de varias épocas y su generosidad como constructor de puentes, de rutas entre saberes aparentemente remotos —adelantado a los teóricos de posmodernidad, de la Colina hacía, en realidad, mapas cognitivos, redes de referencias que no ordenan el caos pero sí permiten cruzarlo, encontrarle caminos y orientación.

Y también se podrán apreciar mejor las cualidades de su estilo: sintético, brillante en sus giros, afilado —como siempre dispuesto a hacer una broma feroz— y a la vez bonachón y hospitalario. El artículo y la reseña, géneros humildes de por sí, están tal vez en una etapa de decadencia: por creer que todo es “contenido”, y que basta “con que medio se entienda”, no nos molesta leer textos hechos por software que redacta como robot (obvio) o por humanos que no han aprendido el idioma en el que escriben. El modo en el que se emplea un idioma puede ser una marca precisa de identidad, un nivel distinto de sentido, una herramienta creativa, pero no siempre llegamos a los textos dispuestos a notarlo. En el caso de José de la Colina, su obra narrativa tendrá que ayudar a remediar la falta: concentrada en el cuento, y por lo tanto menos apreciada de lo que hubiera debido ser en vida del escritor, lo confirma de todas maneras como uno de los grandes narradores mexicanos.

En uno más de sus últimos artículos, de la Colina escribió sobre la escritura del cuento: “El cuento nos sorprende —dice— visitándonos cuando le da la gana, no cuando nos da la nuestra, y preferiblemente si nos hallamos en las situaciones menos adecuadas para tratar con él”. Es verdad, y sin duda a él mismo le sucedió muchas veces, pero no hay nada de inseguridad ni de torpeza en sus propias historias. Le ayudan su oficio, un conocimiento profundo de la literatura y sus formas y otro aún mayor: el de sus propios temas y obsesiones, que sabe manifestar de manera apasionada pero no caótica, gracias a la precisión de su escritura y no a pesar de ella. “La tumba india”, su cuento más famoso y más antologado, se tiene por perfecto pues combina tres hilos narrativos distintos y los junta en una serie de acontecimientos distantes pero que se corresponden de forma clara, y sin embargo su hazaña no es solamente formal, porque el cuento habla de la pérdida: de lo que se vuelve inalcanzable para siempre, y que él conoció, o aprendió a ver de lejos, desde que era un niño. La pérdida, la distancia insalvable, está en muchas otras de sus grandes historias, siempre como una experiencia real, devastadora por real, inevitable. Su marca es la marca de una humanidad que se queda con quienes lo leen.

Quiero terminar con otro de los muchos puentes que construyó José de la Colina: un puente sutil, de los cuales hay más de lo que parece en su obra precisamente porque es fácil pasarlos por alto. En su libro de cuentos Portarrelatos (2007), de la Colina incluye una serie de minificciones que parten del mismo juego literario: realizar versiones del comienzo de La metamorfosis de Kafka en diversos estilos, incluyendo los de varios autores famosos. Así, están Kafka según Cervantes, según Carroll, según Hamlet, según Shakespeare (se debe recordar que Hamlet es escritor y director teatral además de príncipe de Dinamarca), y también según Samuel Beckett:

puf puf puf no llegando puf arrastrándome puf quién soy agh puf tantas patas puf lo terrible es haber despertado oh yo no Gregorio agh yo escarabajo puf maldito Godot que me hizo puf mierda agh

El nombre de Godot puede despistar a algunas personas que conozcan las obras teatrales del escritor irlandés, pero la referencia es más profunda y más elusiva: el texto, sin puntuación y con ese ritmo tan extraño, es en realidad un pastiche de Cómo es (1961), una novela postapocalíptica y experimental de Beckett que —para volver a un personaje ya mencionado— José Emilio Pacheco tradujo al español para la editorial Joaquín Mortiz en 1966. Por supuesto que de la Colina la leyó; por supuesto que la recordó, en un siglo distinto, a la hora de hacer una carambola de varias bandas en unos pocos renglones, enlazando a Kafka con un texto narrativo que puede leerse igual como teatro y como poesía, y con el gran tiempo de la literatura y la historia de occidente que se abrió paso en México, en no escasa medida, gracias a él.

Gracias a don José, pues, de parte quienes lo leímos (lo leemos) y de quienes aún están por leerlo.

 

Alberto Chimal
Entre sus obras destacan la novela La torre y el jardín y los libros de cuentos Manos de lumbre, Los atacantes, Estos son los días y Gente del mundo.