La imagen de la bruja en nuestra cultura tiene raíces profundísimas. Este texto va señalando su desarrollo iconográfico y lo contrasta con una bruja real, moderna y mexicana.

Y en verdad, así como por su primer defecto de inteligencia, [las mujeres] son más propensas a abjurar de la fe, así, por su segundo defecto de afectos y pasiones exagerados, buscan, cavilan e infligen diversas venganzas, ya sea por brujería o por otros medios. Por lo cual no es asombroso que existan tantas brujas en este sexo.
Malleus Maleficarum, Heinrich Kramer

 

—Yo soy bruja de nacimiento— me dice Marisela, adelantándose a una de mis preguntas (¿una bruja nace o se hace?). Se toca la ceja izquierda con la punta del dedo índice como si se le hubiera corrido el delineador, que sigue intacto. Su rostro magro y arrugado, así como su baja estatura, concuerdan con la imagen de las brujas en la cultura popular, pero Marisela está bien maquillada y arreglada. Tiene el pelo corto y peinado hacia atrás, unos aretes que lucen dos piedras de ámbar, y viste una hermosa guayabera rosa floreada.

—Desde chamaca siempre tuve experiencias raras, tenía visiones. Veía cosas que luego se hacían realidad y me tomó mucho tiempo de entender que no era mi culpa… al principio me sentía mal, creía que era niña mala porque le había deseado mal a esas personas o había causado esos desastres. Entonces cerré mis canales por miedo… me negué a aceptar lo que veía.

—¿Y cómo comenzaste a ejercer el oficio? —la tuteo para corresponder a la relación de confianza que se estableció entre nosotros desde que le escribí, unos días antes, por recomendación de una amiga en común.

—Eso fue hace 27 años. Resulta que cuando nace mi hija a mí me da una eclampsia fulminante; o sea, todo mi cuerpo, todos mis órganos, se van al cielo. Me morí y estuve en coma tres días. Cuando regreso, entiendo que tengo una misión en esta vida, aparte de cuidar a mi hija.

Nos encontramos en un pequeño despacho en uno de los antiguos edificios coloniales del centro histórico de la Ciudad de México. Sentada detrás del escritorio, Marisela continúa su relato con desenvoltura. La luz blanca que emiten los focos titila de vez en cuando.

Ilustración: Estelí Meza

—Al principio mucha gente se ofreció a apadrinarme, a pagarme la preparación de santería en Cuba, me decían que fuera y me instruyera allá, pero yo sabía que eso no era lo mío.

—¿Por qué?

—Porque los santeros le hacen daño a la gente y lucran con eso, cobran mucho dinero y hacen trabajos de magia negra. Yo no soy capaz de matar a ningún ser vivo, ni siquiera a una palomita. En la santería se sacrifican palomas, gallos, patos, borregos, bueyes, hasta niños; ¿ya ves que a veces desaparecen los niños de los hospitales? Es por eso. Yo nunca me atrevería a ese salvajismo. Mi esencia en esta vida es buena, en esta vida yo vine a ayudar.

—¿En esta vida?

—Sí. He podido ver mis otras vidas y también he sido bruja. Hice otras cosas en el pasado, pero ahora, gracias a los cuatro arcángeles que me cuidan y me enseñan, puedo limpiar y sanar.

Antes de ejercer el oficio de bruja, Marisela trabajaba como diseñadora en una pequeña imprenta donde conoció a su esposo. Después del parto de su única hija, ingresó a la Escuela de Brujas de Giovannita. Allí aprendió a “liberar sus canales”; es decir, a permitir el paso de los ángeles, seres benignos de otra dimensión, para que hagan su labor de sanación y liberación en esta. Ahora es una especialista en trabajos de magia blanca: hace limpias, exorcismos, busca entierros, practica la cartomancia y la consultoría emocional. Aunque radica en Ixtapaluca, su trabajo la lleva constantemente a estados como Jalisco, Coahuila y Nuevo León. Cuando habla, parece que se estuviera riendo de algo que solo ella entiende. Gesticula con ímpetu y tiene una energía muy potente para sus 63 años.

—¿Pero y qué sucede con la gente a la que no le gusta el trabajo que haces? ¿Cómo respondes si alguien quiere atacarte?

Sin perder la sonrisa, Marisela me mira a los ojos por primera vez. Se levanta de la silla, se dirige al sofá que está junto a la puerta y toma un bolso de tela. Mete la mano y saca un estuche de cuero negro de donde desenvaina una daga metálica de punta roma. Más que de combate, el arma parece meramente ornamental. Es un poco más larga que un cuchillo de cocina y es completamente plateada.

—Con mi hijita y los cuatro arcángeles que me resguardan ya tengo el amparo que necesito —dice mientras pasa un dedo por la lama— Ella me protege de todo mal y peligro.

Le pregunto si siempre la carga y me explica que solo la deja cuando debe viajar en avión. En ese caso usa una versión en miniatura que puede hacer pasar como un llavero en los aeropuertos. Miro con curiosidad el objeto y antes de mi petición, Marisela me advierte que solo ella puede tocarla. En ese momento aventuro la otra pregunta que me causaba más curiosidad.

—¿Y qué sucedió en tu vida anterior?

—Me quemaron en la hoguera los de la Santa Inquisición, que tiene de “Santa” lo mismo que yo de astronauta —dice sonriendo y mete la daga en la funda— pero no sentí nada. Ni siquiera me dolió porque el fuego a mí me limpia. Yo lo uso para purificar.

Su broma me causa gracia, pero lo ominoso de la hoguera me impide reír. Extrañamente me consuela imaginar que Marisela no sintió nada aquella vez en el siglo XV.

El Sabbath de las brujas (1650) de Michael Herr.

§

En sus incontables manifestaciones, la figura de la bruja parece tan antigua como el mundo mismo. Resulta difícil rastrear su origen con exactitud pero probablemente sus predecesoras se encuentran en la Biblia y luego se despliegan por las aristas de la mitología grecorromana.

Ya en el libro de Samuel aparece la Bruja de Endor: tiene el don de la adivinación y la nigromancia. La hechicera Circe fascina a Ulises y sus marineros en el canto X de La Odisea. Desde ahí surgen ya varios atributos de la bruja moderna: sabe de herbolaria, prepara todo tipo de pociones, venenos o remedios y, además, tiene la facultad de transformar a los hombres en cerdos, lobos o leones. Devota del culto de Hécate, su sobrina Medea aprende las artes místicas pero, antes que nada, es una mujer rebelde e insumisa. Usa un manto encantado para asesinar a la nueva prometida de su esposo Jasón y, después, para completar su venganza, sacrifica a sus propios hijos. Ocupa el trono de varios reinos que siempre habían sido gobernados por hombres. No es casualidad entonces que la anarquía de sus acciones frente a la autoridad masculina y la institución familiar rebasen la condición de hechicera y le valgan el título de bruja.

Más tarde, la Farsalia de Lucano nos presenta a Erichto, una bruja con cabellos de serpiente, enclenque, caucásica y horrenda. Horacio, por su parte, describe en una de sus Odas a la bruja Canidia, que se dispone a sacrificar a unos niños para preparar una poción afrodisíaca. Otro tanto agrega Ovidio en Los Amores al evocar a Dípsade, una hechicera capaz de controlar las nubes, provocar la lluvia y hacer que reluzcan las estrellas con sus conjuros mágicos. En general, las brujas romanas aparecen como un grupo de mujeres que se declaraban descendientes de Circe y Medea. Cada luna nueva se paseaban con el pelo suelto, la ropa alrededor de la cintura y recolectaban huesos y hierbas en los cementerios. Luego, durante las fiestas lupercales, se cubrían con pieles de cabra, se reunían entorno a las hogueras, entonaban cánticos, bailaban y alcanzaban estados muy cercanos al éxtasis.

Los hallazgos de las expediciones arqueológicas en la antigua Roma han probado la importancia de la brujería en la vida cotidiana de sus habitantes. Maleficios y envenenamientos contra los enemigos; danzas y ritos de fecundidad; prácticas que incluían sacrificios y relaciones carnales entre familiares. Las costumbres paganas se mezclaron con el saber de las plantas y las creencias místicas de sus habitantes. Desde luego, había una jurisdicción en contra de las brujas en pos de liberar al pueblo de la superstición. En el año 16 d.C. se dictó una ley para expulsar a los astrólogos y brujos de Roma, pero eso no impidió que el emperador Augusto llevara una piel de foca para protegerse del golpe de un rayo enviado por una bruja enemiga.

Compendium Malleficarum (1608) de Francesco Maria Guazzo.

La iconografía común de la bruja —una anciana encorvada, de rostro arrugado, nariz aguileña (preferiblemente coronada por una verruga), que cabalga su escoba por los aires o prepara bebedizos en un caldero— obedece al arte pictórico del siglo XVI. En particular, a los grabados de Durero y Brueghel el Viejo, que sentaron las directrices del código visual tan reconocible y común hoy. Bruja montando una cabra al revés (1500) y Santiago en la cueva del brujo (1563), de los dos pintores respectivamente, no solo marcan un precedente para otros artistas como Goya o Michael Herr, sino que dan cuenta de una asociación entre arte religioso y legislación política que dominó el Renacimiento y la modernidad: la caza de brujas.

En los siglos XV a XVII, la Santa Inquisición emprendió una persecución sistemática y feroz por toda Europa contra lo que denominó “brujería”. Una serie de bulas y tratados de demonología, entre los cuales el más famoso es el Malleus Maleficarum o “Martillo de las brujas”, dictaminaron el paradigma de sus presas y se difundieron ampliamente gracias a la imprenta. En su mayoría, se trataba de mujeres ancianas que sobrevivían gracias a la asistencia pública y a lo que podían mendigar en sus pueblos. Algunas otras, las más jóvenes, habían conformado grupos de trabajo e intercambio de servicios a menudo reconocidos como “herejes”. En Sorcières: la puissance invancue des femmes [Brujas: el poder invicto de las mujeres] Mona Chollet refiere cómo estos trueques incluían muchas veces una poción abortiva o de esterilidad en lo que llama “la alquimia sutil del no-deseo de hijos”. Es lógico que esa posibilidad de decidir sobre la natalidad y de rebasar las relaciones mercantiles establecidas contravenía los intereses de la familia, la iglesia y el estado como factores de cohesión social. Por tanto, los primeros inquisidores no tardaran en lanzar una campaña de denuncia y satanización de estos círculos femeninos. Según Silvia Federici, autora del fascinante estudio Calibán y la bruja (2004), para la concertación de este brutal genocidio que acabó con más de 200.000 campesinas europeas, “se reclutaron artistas, entre ellos el alemán Hans Bandung, a quien debemos algunos de los retratos de brujas más mordaces”. Evidentemente, la misoginia era la punta de lanza.


Linda maestra y Todos caerán, de Los Caprichos (1819-1821), Francisco de Goya.

Al arrancar el siglo de las luces, el espectro aterrador de las brujas se fue difuminando; el discurso científico-racionalista se concentró en reivindicar lo que antes satanizaba la religión. La brujería se volvió sinónimo de superchería y las persecuciones de la Inquisición empezaron a entenderse como una terrible masacre. La imagen de las brujas perdió el cariz político y sectario pero ganó poder simbólico, artístico y pedagógico. Además, la representación de las herejes se fundió con la idea de femme fatale, adquirió un toque de sensualidad y provocación. En Las brujas de la noche visitando a las brujas de Laponia (1796) o en La pesadilla (1781) de Henry Fuseli admiramos la fascinación de lo gótico por Shakespeare, Milton, los mitos clásicos y la relación entre el súcubo y la mujer lasciva, pero también abrazamos la vieja idea fáustica de que la bruja es una mujer que hizo un pacto con el diablo.

Por su parte, El aquelarre (1798), Los Caprichos (1799) y Las pinturas negras (1819-1823) deFrancisco de Goya denuncian los peligros de la superstición al tiempo que retratan a la inquisición desde una perspectiva satírica y burlesca. En La bella durmiente (1697) o Hansel y Gretel (1812) se muestra una bruja lúdica, a la vez malévola y patética al mismo tiempo; su maldad suscita horror pero también compasión. Sin embargo, la representación de la bruja no provoca risa más que a destiempo. Su silueta se mantiene impecable y sombría, su belleza produce inquietud, se acerca a la estética de lo “sublime terrible”, a la imagen romántica que conservamos hasta nuestros días.

Si bien es cierto que los últimos siglos han tratado de resignificar a la bruja —el cine y la televisión, por ejemplo, difundieron el arquetipo de la bruja doméstica en  películas de Walt Disney, en Harry Potter, programas como Mi bella genio,etcétera.— el imaginario universal ha configurado un prototipo inevitable que se asentó firmemente en el inconsciente colectivo. Semejante folclore esconde unas raíces muy profundas y bastante tenebrosas.

El sentido histórico del Halloween desde la perspectiva feminista ha adquirido un brillo singular. Parece una revancha, simétrica, de lo que Hegel concibió como el Espíritu de la Historia. El movimiento estadounidense WITCH (Women’s International Conspiracy from Hell, o bien Women’s Inspired to Tell their Collective History) nació el 31 de octubre de 1968 y reivindica una forma incómoda e inquietante de la feminidad: “la hereje, la curandera, la esposa desobediente, la mujer que se anima a vivir sola, la mujer obeah que envenenaba la comida del amo e inspiraba a los esclavos a rebelarse”.1

 

Camilo Rodríguez
Escritor y traductor independiente.


1 Silvia Federici, Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria, p. 21.