Tan arbitrario como una ofrenda de párrafos y versos, compartimos con nuestros lectores esta selección colorida de lo que se ha escrito en México sobre la muerte y sus dominios. Con una calavera inicial para solaz del internauta.

Ilustración: Gonzalo Tassier


Calavera de invitación

Lector desocupado y fino
Que buscas aquí con tino
Un literario esparcimiento
Para distraer un momento
A Doña Parca en sus humores,
Admira frente a ti las flores
Varias de nuestra literatura
Y síguenos en la travesura
De adivinar la identidad
De estos muertos escritores
Que están muertos sin piedad.

§

1.

Hidalgo es de los [héroes] que salen más perjudicados. Hasta físicamente. Es de los pocos casos conocidos de personas que han seguido envejeciendo después de muertas. Fue fusilado a los cincuenta y ochos años, pero no ha faltado quien, arrastrado por la elocuencia, diga: “Quisiera besar los cabellos plateados de este anciano venerable”.

[…]
Entre nosotros los mexicanos, en un velorio es de rigor que las mujeres hablen de muertos y enfermedades, y los hombres de las parrandas que hicieron antaño, en compañía del difunto.

[…]
Yo he escuchado a tres hermanas, hablando de su padre, no en plan de confesión, pero sí de ratificación, diciendo:
—¡Tan bueno que era mi papá!
—¡Siempre con la sonrisa en los labios!
—¡Y tanto que le gustaba el chicharrón!
Son tres virtudes del difunto que ya las tres hermanas conocían, pero no están ‘intercambiando impresiones’, sino repitiendo tres características para conservar una imagen. Este ejemplo entra dentro del género de lo que se podría llamar conversación ritual.

[…]
El miércoles pasado, 29 de agosto de 1973, a las 7 de la noche, murió Luz Antillón, que fue mi madre.
Cuando yo estaba en la agencia, escogiendo la caja, oí su voz que me decía:
—¡La más barata, la más barata!
[…]
Los empleados de la agencia, que la cargaron y la bajaron a la tumba, le hubieran causado muy buena impresión.
—Muy limpios, muy bien rasurados, dos de ellos bastante guapos. ¡Pobres muchachos, qué oficio tan horrible el de andar cargando muertos! —probablemente para resaltar los adelantos modernos, hubiera recurrido a una comparación con los cargadores borrachos de Guanajuato.

[…]
—Me estoy quebrando como un charal— fue su última opinión de sí misma.”

§

2.

¿Morir? No. Es demasiado bello para ser cierto.
Ya vas a comprobar cómo, después del tránsito
(que no es, a fin de cuentas,
más que uno que otro espasmo muscular, "amor grande",
si al sexo te permites llamar "muerte chiquita")
la cosa sigue igual en algún otro lado.

Con más o menos frío, quizá; con hígado,
con pulmones, con pies, con narices, con hambre,
con años, con fatiga,
con olvidos, con ese tábano memorioso
que alrededor te zumba.

Lo continuo no cesa, así que cálmate.
Deja ya de sentarte al borde de las sillas,
de mirar el reloj
y de hojear las revistas de la sala de espera.

§

3.

La contemplación del horror, y aun la familiaridad y la complacencia en su trato, constituyen contrariamente uno de los rasgos más notables del carácter mexicano. Los Cristos ensangrentados de las iglesias pueblerinas, el humor macabro de ciertos encabezados de los diarios, los “velorios”, la costumbre de comer el 2 de noviembre panes y dulces que fingen huesos y calaveras, son hábitos, heredados de indios y españoles, inseparables de nuestro ser. Nuestro culto a la muerte es culto a la vida, del mismo modo que el amor, que es hambre de vida, es anhelo de muerte. El gusto por la autodestrucción no se deriva nada más de tendencias masoquistas, sino también de una cierta religiosidad.

§

4.

En el fondo de la tarde está mi madre muerta.
La lluvia canta en la ventana como una extranjera que piensa con tristeza
en su país lejano.
En el fondo de mi cuarto, en el sabor de mi comida,
en el ruido lejano de la calle, tengo a mi muerta.
Miro por la ventana;
unas cuantas palabras vacilan en el aire
como hojas de un árbol que se han movido al olfatear el otoño.

Unos pájaros grises picotean los restos de la tarde,
y ahora la lluvia se acerca a mi pecho como si no conociera otro camino
para entrar en la noche.

Y allá, abajo, más abajo,
allá donde mi mirada se vuelve un niño oscuro,
abajo de mi nombre, está ella sin levantar la cara para verme.
Ella que se ha quedado como una ventana
que nadie se acordó de cerrar esta tarde;
una ventana por donde la noche, el viento y la lluvia
entran apagando sus luces
y golpeándolo todo.

§

5.

Hay una elegía de Propercio que inaugura un modo poético destinado a tener continuadores ilustres. Me refiero a la elegía séptima del cuarto libro. […] El poema comienza con la declaración de un hecho insólito y que el poeta enuncia como si fuese algo natural y en el orden de las cosas: “No es una fábula, los manes existen; el fantasma de los muertos se escapa de la pira y vuelve entre nosotros”. Cintia ha muerto y fue incinerada apenas ayer. […] Precisamente a la hora en que su amante la recuerda, el fantasma se presenta en su lecho solitario. Es la misma de siempre, hermosa, aunque un poco más pálida. Hay detalles atroces: una parte de su túnica está chamuscada y ha desaparecido la sortija de berilo que llevaba en el anular, devorada por el fuego. Cintia ha vuelto para reprocharle sus infidelidades —olvida, como siempre, las suyas—, recordarle sus traiciones y repetirle su amor. El espectro termina con estas palabras: “Puedes ahora andar con otras pero pronto serás mío, únicamente mío.”

§

6.

No
Me tardo
Voy a dar
Una vuelta
Alrededor
De
Mi
Muerte.

§

7.

El pueblo mexicano tiene dos obsesiones:
el gusto por la muerte y el amor a las flores.
Antes de que nosotros “habláramos castilla”
hubo un día del mes consagrado a la muerte;
había extraña guerra que llamaron florida
y en sangre los altares chorreaban buena suerte.

§

8.

—Mi madre —dije—, mi madre ya murió.
—Entonces ésa fue la causa de que su voz se oyera tan débil, como si hubiera tenido que atravesar una distancia muy larga para llegar hasta aquí. Ahora lo entiendo. ¿Y cuánto hace que murió?
—Hace ya siete días.
—Pobre de ella. Se ha de haber sentido abandonada. Nos hicimos la promesa de morir juntas. De irnos las dos para darnos ánimo una a la otra en el otro viaje, por si se necesitara, por si acaso encontráramos alguna dificultad. Éramos muy amigas. ¿Nunca le habló de mí?
—No, nunca.

§

9.

Sólo el cielo, envidioso,
mi esposo me quitó; la Parca dura,
con ceño riguroso,
fue sólo autor de tanta desventura.
¡Oh Cielo riguroso, oh triste suerte,
que tantas muertes das con una muerte!

¡Ay dulce esposo amado!
¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise,
y por qué tu cuidado
me hizo, con las venturas, infelice?
¡Oh dicha, fementida y lisonjera,
quién tus amargos fines conociera!

¿Qué vida es esta mía,
que rebelde resiste a dolor tanto?
¿Por qué, necia, porfía,
y en las amargas fuentes de mi llanto
atenuada, no acaba de extinguirse,
si no puede en mi fuego consumirse?

§

10.

Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a quienes un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces de mi mutilación saqué fuerzas. Mis hábitos de imaginación acudieron en mi auxilio. Discurrí que estaba ausente mi padre —situación ya familiar para mí—  y, de lejos, me puse a hojearlo como solía… Estando en París hace poco más de dos años me atreví a escribirle a un amigo estas palabras más o menos: “Los salvajes creían ganar las virtudes de los enemigos que mataban. Con más razón imagino que ganamos las virtudes de los muertos que sabemos amar”. Yo siento que, desde el día de su partida, el alma de mi padre ha empezado a entrar en mi alma y a hospedarse en ella a sus anchas… Y véase aquí por donde, sin tener en cuenta el camino hecho de las religiones, mi experiencia personal me conduce a la noción de la supervivencia del alma y aun a la noción del sufragio de las almas —puente único por donde se puede ir y venir entre los vivos y los muertos sin más aduana ni peaje que el adoptar esa actitud del ánimo que, para abreviar, llamamos plegaria.

§

11.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al primer muerto nunca lo olvidamos,
aunque muera de rayo, tan aprisa
que no alcance la cama ni los óleos.
Oigo el bastón que duda en un peldaño,
el cuerpo que se afianza en un suspiro,
la puerta que se abre, el muerto que entra.
De una puerta a morir hay poco espacio
y apenas queda tiempo de sentarse,
alzar la cara, ver la hora
y enterarse: las ocho y cuarto.

§

12.

En los ojos abiertos de los muertos
¡qué fulgor extraño, qué humedad ligera!
Tapiz de aire en la pupila inmóvil,
velo de sombra, luz tierna.
En los ojos de los amantes muertos
el amor vela.

§

13.

A nada puede compararse un cementerio en la nieve.
¿Qué nombre dar a la blancura sobre lo blanco?
El cielo ha dejado caer insensibles piedras de nieve
sobre las tumbas,
y ya no queda sino la nieve sobre la nieve
como la mano sobre sí misma eternamente posada.

Los pájaros prefieren atravesar el cielo,
herir los invisibles corredores del aire
para dejar sola a la nieve,
que es como dejarla intacta,
que es como dejarla nieve.

Porque no basta decir que un cementerio en la nieve
es como un sueño sin sueños
ni como unos ojos en blanco.
Si algo tiene de un cuerpo insensible y dormido,
de la caída de un silencio sobre otro
y de la blanca persistencia del olvido,
¡a nada puede compararse un cementerio en la nieve!

Porque la nieve es sobre todo silenciosa,
más silenciosa aún sobre las losas exangües:
labios que ya no pueden decir una palabra.

§

14.

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una muerte de hormigas
incansables, que pululan
¡oh Dios! sobre tus astillas,
que acaso te han muerto allá,
siglos de edades arriba,
sin advertirlo nosotros,
migajas, borra, cenizas
de ti, que sigues presente
como una estrella mentida
por su sola luz, por una
luz sin estrella, vacía,
que llega al mundo escondiendo
su catástrofe infinita.

[BAILE]

Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!

 

 

¿no has adivinado?
Bueno…

 

1. Jorge Ibargüengoitia, Instrucciones para vivir en México [fragmentos]
2. Rosario Castellanos, “Asentamiento de un hecho”
3. Octavio Paz, El laberinto de la soledad [fragmento]
4. José Carlos Becerra, Oscura palabra [fragmento, poema 3]
5. Octavio Paz, La llama doble [fragmento]
6. Efraín Huerta, “Paseo II”
7. Carlos Pellicer, “Discurso por las flores” [fragmento]
8. Juan Rulfo, Pedro Páramo [fragmento]
9. Sor Juana Inés de la Cruz, “Liras que expresan el sentimiento que padece una mujer amante, de su marido muerto”
10. Alfonso Reyes, “Oración del 9 de febrero”
11. Octavio Paz, “Elegía interrumpida” [fragmento]
12. Jaime Sabines, “En los ojos abiertos de los muertos” [fragmento]
13. Xavier Villaurrutia, “Cementerio en la nieve”
14. José Gorostiza, Muerte sin fin [fragmentos]